domingo, 30 de octubre de 2011

El Día de Mahal V. La Morada del Rey.

Henos de nuevo ante vosotros mis queridos amigos. Casi una semana sin poder hablaros. Demasiado tiempo me parece, pero desgraciadamente no nos ha sido posible estar antes ante vosotros. ¿Estáis preparado mi buen escriba? ¿Sí? Pues sin más dilación sigo contando:

Ya me había despedido de mis amigos y me volvía hacia dónde estaba mi familia a punto de cruzar. Entonces me fijé que se habían dispuesto unos gruesos cables a la altura de los codos, que atravesaban el foso y que ayudarían a los ancianos y a los menos ágiles de los que debían de cruzar.

Antes de pasar me giré para ver si mis cofrades se marchaban ya o seguían en los Atrios del Rey. Vi cómo iban hacia la salida los tres entre risas y seguramente pullas de Náin a Frálin y viceversa. Entonces me apercibí que Beris también miraba. Vi, además, que llevaba el broche que le había hecho Frálin. Estaba seguro que se lo había puesto, pero al vérselo me atreví a  preguntar sin más dilación pero con la delicadeza de una piedra de lijar del 7:

 —¡Beris! ¿Te has decidido ya?

—¿Qué quieres decir? —contestó rápidamente a la vez que se empezaba a ruborizar.

—¡Venga! A mí no me lo puedes esconder. No sabes por cuál de los dos decidirte, ¿verdad? ¿Cuál te gusta más? —seguí apremiándola.

—¡Se te han secado los sesos de tantas horas como pasas en la forja! ¿Pero qué dices? ¿A ver, qué se te ha pasado por esa cabezota tan dura?—a la vez que me lanzaba esas y algunas imprecaciones más me dio un par de coscorrones para, imagino, comprobar lo duro que era efectivamente mi cráneo.

—¡Ay! ¡No me pegues! ¡Si salta a la vista! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Las 7 furias de Thangorodrim son menos que esta muchacha! ¡Favor!—bromee mientras intentaba escabullirme de los golpes de mi prima.

—¡Ven aquí! ¡¡Te voy a dar un par de “consejos” a la hora de hacer ciertas preguntas a una dama!! —gritaba ya más divertida corriendo tras de mí entre las miradas de desaprobación de los pocos que aún no habían pasado el puente.

—¡Beris! ¡Gror! ¿Qué hacéis? —habló mi tío y ya en un tono más bajo pero más amenazador—. ¡Queréis comportaros? Haced el favor de dejar de ponerme en ridículo, ¡que ya no sois unos niños!

—Sí. Si por eso es por lo que estamos “hablando”, porque Beris ya ha dejado de ser una niña—dije casi en un susurro para que sólo me escuchara ella. Ya en voz más alta— ¡Perdón tío! He sido yo el que la ha molestado. No te preocupes ya me estaré quieto, descuida.

—¡A ver si es verdad! —me conminó Frenrir.

—Ya hablamos luego. Beris de verdad, no es burla. Si quieres mi consejo aquí me tienes —susurré a mi prima y vi cómo asentía sin decir nada justo antes de que cruzara el puente mi tío, a grandes zancadas y sin vacilar. Del otro lado ya estaba mi tía, que con todo nuestro jaleo ya nos esperaba charlando con otras personas.

En seguida cruzó Beris con gracia y agilidad sin necesidad de agarrarse a los cables de ayuda. Mientras esperaba de este lado vi cómo mis amigos ya salían por las puertas hacia la ciudad. Cedí el paso a un elegante enano que no conocía y que me lo agradeció con un gesto. Cuando ya había cruzado me dispuse a pasar yo. Tuve un momento de vacilación. El Puente era un nombre que le quedaba muy grande a esa estrecha pasarela de unos 20 centímetros de ancho que según me fijé estaba hecha de una sola pieza de granito en forma de arco, cuyos extremos descansaban en dos hendiduras enfrentadas en el foso. De nuevo me maravillé de la manufactura y me paré un momento para ver mejor cómo estaba hecha la junta, para ver si estaba encofrada, o bien descansaba por su propio peso, cuando desde atrás me llegó la voz impaciente de un anciano:

—¡Venga joven! ¡Que no tenemos todo el día!

Me giré para disculparme a la vez que quise seguir andando y volvía ya la cabeza hacía el frente, cuando vi, como el cuerpo tiraba de mí hacia abajo, a la vez que escuchaba un grito de mi prima, secundada por decenas de voces:

—¡¡¡Grór!!!

No sé cómo lo hice, pero os juro que conseguir recuperar el equilibrio sin tocar los cables, y raudo crucé sin vacilar y sin mirar abajo hasta el otro lado. Al llegar junto a mis parientes vi que estaban blancos, no sé si de miedo por ver cómo casi me caigo o de vergüenza de sufrir mi facultad de dar siempre la nota. Frenrir iba a decirme algo, imagino poco amable, pero para mi suerte mi tía lo cogió de la mano y nos dijo a todos:

—¡Vamos! Que nos esperan. Como no espabilemos seremos los últimos.

Avergonzado los seguí hacía los 7 escalones que subían hacia la puerta que, abierta y custodiada por dos veteranos del Dûmgarul con sus trajes y armas de gala, daba acceso a la Morada del Rey. El palacio que el maestro constructor Glûn y sus hombres habían construido junto con los Atrios del Rey durante 23 años. Desde luego no imaginaba aún la maravilla que iba a ver.

Cruzamos la entrada, que medía por lo menos unos 7 metros de ancho, siguiendo a otros invitados. Las puertas que la cerraban eran dos hojas de 3,5 metros de madera de roble reforzada por unas venas de acero que le darían mayor solidez. Mientras cruzábamos puede ver en uno de los refuerzos un símbolo muy familiar. El martillo sobre el alma de una espada, marca del herrero de mi tío. Un gran gozo me llenó en ese momento por pensar que nosotros habíamos contribuido a construir el palacio.

Nos adentramos por el pasillo y cuando llevábamos recorridos unos 20 metros éste se ensanchó e iluminó de una manera que casi nos cegó. Se abría ante nosotros una sala dónde nos reuníamos decenas de personas y pude ver que aún no estaba llena siquiera la mitad de su superficie. Era una sala abierta, sin muebles, pero con las paredes decoradas con frisos que mostraban imágenes de la historia de nuestro pueblo. Completando los lienzos de pared se había dispuesto la decoración con baldosas en forma de cabeza de hacha, la preferida para nuestras construcciones. La sala tenía también dos filas de columnas que sostenían la gran bóveda que se alzaba a unos 25 metros por encima de nosotros. De ésta última pendían siete grandes lámparas que le daban esa luminiscencia que nos maravillaba a todos los presentes. 

Los ecos de las exclamaciones de admiración se iban sucediendo a medida que iba llegando más gente. Me quedé sin palabras, extasiado, mirando arriba, a los lados y abajo un buen rato. Allá dónde posaba mi mirada no veía roca, veía baldosas, azulejos, todo decorado, limpio y reluciente. De pronto, como si estuviera a mi lado, desde el fondo de la sala se escuchó la voz del más anciano de los Místicos.

—¡Adelante hijos míos! ¡Adelante! Entrad en la Morada del Rey. De nuevo será El Guardián del Tesoro, Thorin Escudo de Roble, quién se dirija a vosotros.

Así fue. Unos segundos después la voz del joven príncipe nos envolvió a todos con estas palabras:

—¡Nobles invitados! Pronto degustaremos las viandas con las que nuestro Soberano nos va agasajar, pero antes quiero enseñaros la maravilla que Glûn el Maestro Constructor ha creado con sus hombres para que nuestro Rey viva como debe hacerlo en el exilio. Esta es la Sala de las Asambleas. Será el lugar de reunión para debatir las cosas importantes que nos preocupen.

—Como veis—continuó—, a los lados se abren dos Avenidas. Son los nervios que conectarán todo el asentamiento a medida que lo vayamos agrandando. Si querido Glûn, vuestro trabajo ya ha acabado pero no el nuestro. No pensaréis que esta maravilla no crecerá con los años, como cualquier otro objeto que con mimo construimos, ¿verdad pueblo mío? Crecerá y esta sala ahora de asambleas se convertirá en vestíbulo de una gran ciudad—dejó pasar unos segundos para que estas últimas palabras se asentaran en nuestros corazones y en seguida siguió hablándonos—. Siguiendo las avenidas veréis aparecer dos espacios importantes que darán gran servicio a nuestra comunidad. En el de mi derecha encontraréis la primera Plaza Pública, dónde hoy celebraremos el banquete que nos llevará a disfrutar de la hospitalidad del Rey. En ella se han abierto locales para que en el futuro algún comercio se pueda instalar si es necesario. A mi izquierda está la Cámara Ceremonial, lugar donde los Ancianos Místicos podrán atender a quién lo necesite y dónde guarecerse a rezar. 



—¡Por último ¡Pero no menos importante! !—hizo de nuevo una pausa algo dramática, para continuar con un tono aún más alto— ¡El Corazón del Reino! ¡Seguidme! Entrad conmigo a rendir pleitesía a vuestro soberano—calló en ese momento y se introdujo por otro pasillo que tenía detrás y siguiéndolo lo hicimos, poco a poco, el resto de los que allí estábamos hasta que pasamos a otra sala hexagonal enorme, desprovista también de muebles y dónde casi al fondo había un estrado de piedra de un  metro de alto, encima del cual había un sillón de piedra robusto, de granito, y parecía que no había sido limpiado de asperezas. Sentado en él estaba Thráin. Mirándonos con calma y detenimiento. Thorin se acercó hasta él y de nuevo habló, aunque en esta sala tuvo que alzar la voz para que todos pudiéramos escucharlo:

—¡Padre Mío! ¡Te entrego la Morada del Rey como muestra de mi amor y fidelidad a ti! —mientras decía esto, de rodillas, le tendió al soberano un aro, que desde la distancia me pareció de oro, con unas llaves de plata que pendían de él.

Thráin. Se levantó del trono y poco a poco se acercó a su hijo y ante todos nosotros dijo:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! ¡Ilustres invitados! Sed bienvenidos a esta Nuestra Morada. Hijo mío ¡álzate! Ven a ocupar el lugar que te corresponde. Yo, Thráin, hijo de Thrór, soberano de Zirak-Dûm, de Erebor en el exilio, te confirmo como Guardián del Tesoro y te entrego las llaves del Asentamiento como Albacea y Administrador de Mi Casa—después de lo dicho le devolvió la llaves y de nuevo se sentó en el trono y Thorin se situó de pie a su lado derecho, colgándose el aro del cinturón de cuero tachonado de placas de plata. Acto seguido el rey continuó hablando:

—¡Noble Glain! Seguid con la ceremonia.

—¡Majestad! ¡Queridos hijos míos! ¡Amigos llegados de otras tierras! Yo, Glain hijo de Kalin, el Sumo Anciano Místico, os doy la bienvenida en nombre de Mahal a esta morada que es su regocijo. Y es su regocijo porque nuestro soberano, su hijo predilecto, tiene la Casa que le corresponde, entre la sólida Roca que nos vio nacer y de la cual el Hacedor nos dio Vida.  ¡En este día que conmemoramos el momento en que Él creó a los 7 Padres, inauguramos estos Salones con su Beneplácito!

Con un gesto de su mano las luces de las 7 lámparas que también colgaban del techo de esta sala se fueron apagando poco a poco hasta que todo quedó a oscuras. Se hizo un silencio sobrenatural. De nuevo al cabo de unos segundos se oyó de nuevo la potente voz del Sumo Anciano:

—¡Zirak- Dûm! ¡Rinde pleitesía a tu Ilustre Hijo, Thráin hijo de Thrór, del Linaje de los Barbiluengos, que se remonta a Durin el Inmortal!

Así mientras se apagaban las luces fuimos inclinando las cabezas en signo de entrega al soberano. Justo en el momento que dejó de oírse por completo la voz del Anciano se abrió un agujero en el techo que dejó entrar un haz de luz que fue a iluminar el trono y a Thráin. Y en ese instante se alzó un rugido de la multitud:

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

Todos nos dejamos llevar de nuevo por la euforia y la alegría de ver a nuestro soberano en su trono de dura piedra, el elemento que, según cuenta la tradición, Mahal empleó para crearnos.
Seguimos por un rato así hasta que de nuevo el Sumo Anciano se adelantó hasta dónde el haz iluminaba y con los brazos extendidos reclamó silencio, para una vez conseguido girarse al rey y éste alzándose del trono nos dirigió las que fueron las últimas palabras de la ceremonia:

—¡PUEBLO DE ZIRAK-DÛM!  ¡¡MI MUY QUERIDA FAMILIA!! ¡¡DISFRUTAD DE ESTE DÍA DE MAHAL Y DE MUCHOS OTROS VENIDEROS!!

Thráin volvió a sentarse y poco a poco se fueron encendiendo las lámparas y pude ver lágrimas de alegría en más de un rostro. Pude ver, también, cómo se habían situado varios guerreros del Dûmgarul alrededor del estrado, signo de que durante un buen rato todos los asistentes pasarían a dar su saludo al soberano. Yo esperaba que nos tocara pronto porque quería investigar y recorrer toda la Morada. Me situé cerca de mis parientes y guardamos pacientemente nuestro turno.

A medida que pasaban los invitados con cada uno el rey tenía unas palabras. Entre el Sumo Anciano Místico y Thorin iban presentando a cada persona o familia que rendía homenaje a su majestad. Por allí pasaron elfos invitados de los Puertos Grises, nobles Dunadeain venidos desde Gondor. Sin duda con este grupo debía haber venido Elendur, el noble que le había hecho el encargo a Frenrir. Me alegré de que le hubiera sido imposible desplazarse hasta aquí, lo que me daba a mí la posibilidad de vivir la aventura de viajar hasta su casa a hacerle entrega de la espada forjada para él.

Después de un buen rato nos tocó a nosotros. Subimos los escalones del estrado y descubrí que en el suelo habían cincelado el yunque y el martillo con la corona  de 7 estrellas, el símbolo de nuestra casa regente. El rey estaba, me pareció, algo impaciente. Mi tío, como cabeza de familia nos presentó a todos y le entregó el voluminoso paquete que llevaba.  El soberano agradeció el detalle y ya iba a dárselo a su ayuda de cámara que estaba recogiendo todos los presentes, cuando un ligero carraspeo de Thorin le indujo a abrirlo, no sin cierta parsimonia. Esto debió de molestar a mi tío, pero se controló o a mi no me pareció que dejara ver sus emociones delante del rey. Éste acabó de desenvolver el regalo y vi que era una magnífica cota de malla, como no podía ser otra cosa viniendo de un herrero. Creí ver un leve asentimiento en Thráin, pero fue su hijo quien habló.

—¡Maestro Frenrir! ¡Una vez más colmáis nuestras expectativas! ¿No es así padre? ¡Qué excelente loriga de Acero Rojo! ¡De una calidad sin igual! —de nuevo mi orgullo se inflamó como la llama al ser alimentada por un buen haz de leña. Por ello fue como si me cayera un jarro de agua helada, ¡qué digo! Un cubo de agua de glacial no me hubiera dejado más frío que lo que escuché a continuación en boca de Thráin:

—Sí. Acero. Realmente no está mal. Gracias buen Frenrir. Sigamos—. Y sin derecho a explicación ni a replica alguna, con un gesto, nos desplazó y sin más tuvimos que bajar del estrado para dar paso a los siguientes invitados.

Mi tío, ahora sí, tenía la cara demudada entre la cólera y la desolación. Nos alejábamos, poco a poco, del trono cuando escuchamos la voz de Thorin, que había bajado también y vino a hablar con él:

—¡Disculpad a su Majestad! Estoy seguro que no ha querido ofenderos.

—¡Alteza! No debéis disculparlo, al fin y al cabo es cierto. Ha sido un pobre presente. Siento no haber estado a la altura de Él ni de este día—se lamentó.

—¡No! ¡No mi buen Frenrir es un regalo magnífico, digno de él y de otros reyes con mayor riqueza y poderío. Es sólo que está cansado. Que, imagino, quiere acabar cuanto antes y pasar al siguiente acto de este largo día. No os lo toméis a mal. ¡De verdad!—nos alivió.

—¡Gracias! Sois muy generoso conmigo y con mi familia—agradeció mi pariente.

—¡Bien! La cota tendrá el lugar que se merece con el resto de armas y armaduras del rey en su Cámara. Ya he dado orden que sea la que sustituya a la que normalmente usa. Sin duda sabéis que yo también soy herrero y sé apreciar vuestro  trabajo. Además, el acero rojo es el metal más resistente que podemos forjar en estas instalaciones. Bueno, lo cierto es que no tengo que ensalzar una cosa que ya conocéis de sobra. Sin más os tengo que dejar, debo ir con él y ser su soporte en esta larga jornada, ¿lo entendéis verdad?

—¡Mi señor! Repito. No hacía falta esta explicación, aunque la agradezco enormemente y sabed que tenéis un humilde herrero entregado a vos y al rey.

—¡Bien!  Marcho junto a él antes de que se impaciente. Saludos noble señora, jovencita y tú muchacho… ¿has ido ya a visitar los Salones de Belegost? Has de saber que muchos lo han intentado y pocos han pasado del Umbral y menos aún lo han hecho y han vuelto para contarlo. Así que ten cuidado y entrégate a causas más útiles o lucrativas.

—¡Sí señor!... Así lo haré—conseguí balbucear mientras observaba como se alejaba hacia el estrado—.

—¡Vaya! ¡Me va a perseguir aquello que dije hace ya más de 3 años!—comenté para mí pero en voz demasiado alta.

—¡Pues que te creías! Es que lo que soltaste en esa noche de borrachera no fue cualquiera de las tonterías a las que nos tienes acostumbrados, querido—metió el dedo en la llaga mi prima—.

—Basta de discusiones. Lo que dijo tu primo sin duda fue una gran estupidez, pero creo que ya entendió que hay que saber qué decir y cómo. Además, con lo dicho hoy por el Guardián del Tesoro espero que le quede claro que son cosas que no se olvidan y tienen su importancia. Nada más se dirá de esto ahora. Dirijámonos hacia la Plaza Pública. Antes o después tendremos que ir hasta allí. Y aquí todavía hay para rato—zanjó mi tía Beru antes de que Frenrir pudiera decir algo.

—Tía Beru, tío Frenrir la verdad es que me apetece dar un paseo y admirarme de la construcción. Id vosotros, en seguida os alcanzo—pedí—.

—De acuerdo. Pero no te demores mucho. ¡Vamos a ver si se me acaba de pasar el disgusto con una buena pinta de cerveza! —exclamo algo más alegre mi tío, mientras conducía a su esposa e hija en la dirección que iba tomando la mayoría de la gente.

Esperé un momento viendo como se alejaban con algún otro grupo de invitados y estuve dudando unos instantes para ver hacia dónde me dirigiría yo.

Bueno, estimados amigos por hoy os debo dejar. Hablar del banquete y de la cerveza que mi tío deseaba tomar me ha hecho caer en la cuenta de que también necesito un refrigerio ¿y vos maese? ¿Qué decís a una pinta y unas viandas? ¡Ya imaginaba! Perfecto. Parto a prepararlo todo mientras vos recogéis las herramientas de escritura.

Buenas noches. Nos vemos de nuevo muy pronto.

2 comentarios:

  1. Madre mía! Hacía días que no disfrutaba vuestros relatos maese, y aunque he de confesar que los enanos nunca han sido el pueblo de la Tierra Media que más ha despertado mi curiosidad, eso está cambiando gracias a vos.
    Y decidle a ese rey que si está cansado abdique en su hijo, o mejor, que instaure la república! Que no sabeis que es eso? Preguntad a maese Marce, que os podrá hablar largo y tendido del tema ;-)
    Buenas noches!

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  2. ¡Querido Juan Luís!

    ¡Cuántos días sin saber de vos! Me alegro infinito de saludaros.

    Eso que comentáis de que no os habíamos despertado la curiosidad seguro sería porque no nos conocíais. Si mi historia sirve para al menos despertar esa curiosidad y, quizás, simpatia sobre mí y mi pueblo me doy por bien pagado, ¡si señor!

    Respecto a esto que decís sobre la..., ¿cómo es? ¿República? Um... Es cierto que maese Marce me ha explicado en qué consiste esa forma de organización política y os aseguro que he escuchado atentamente sus explicaciones (que han sido largas y reiteradas, ¡no creáis!), pero aún así no he acabado de comprenderlas y además esa separación de poderes que explica, no sé... Son, sin duda, formas de hacer muy humanas, pero para nosotros, los enanos, los naugrim, el Soberano es algo más que un cargo. Realmente es el Padre de Todos. Eso no quiere decir que lo sigamos ciegamente. Pero segun nuestras creencias tiene una ascendencia casi divina. No pretendo que os guste, sólo que comprendáis nuestra forma de actuar y nuestras tradiciones.

    Sin más espero poder seguir contando con vos y con vuestras inquisiciones que hacen que pueda explicar más de mi y de mi pueblo.

    Vuestro,

    Grór hijo de Thrór

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