domingo, 23 de octubre de 2011

El Día de Mahal IV.

Buenas noches mis queridos amigos. Os abro de nuevo la puerta de mi hogar para poder recordar con todos vosotros más peripecias de mi larga vida. Maese Marce está a mi lado preparado para tomar nota de todo lo que voy relatando como siempre.

Después del emotivo discurso de Thorin y de la atronadora ovación que cientos de gargantas entonaron en cuanto acabó, se dio por comenzada la celebración del día de Mahal. La gente empezó a marchar de los Atrios del Rey poco a poco, cada uno hacia sus quehaceres, con una sonrisa en la cara. En mucho tiempo no se notaba en las gentes de Zirak-Dûm una alegría tan palpable y una confianza en el futuro como las que veíamos en nuestros congéneres.

Pasaron unos minutos y se empezaban a vislumbrar grandes claros en la plaza lo que me sirvió para poder buscar más fácilmente a mi familia y al resto de mis amigos que seguro estaban todavía en el recinto. A medida que buscaba, me fijé en que los invitados a la ceremonia y al banquete oficial se agolpaban en frente de la puerta de la Morada del Rey y también en que iban avanzando de uno en uno un tramo, hasta que luego se volvían a reunir por grupos y ascendían los 7 grandes escalones que jalonaban el sendero hasta alcanzar la puerta. Vi que a medida que subían los invitados del rey algunos se giraban y señalaban hacia el lugar donde el resto de comensales caminaba muy despacio y en fila. Me llamó mucho la atención, así que intenté ver qué era lo que hacía que algunos invitados, por un rato, se quedaran rezagados, provocando además un gran atasco, que por otra parte, y  cosa extraña, nadie protestaba.

Estaba en esas indagaciones cuando oí a Frálin decirme:

—¡Ahí vienen Grór! ¡¡¡Eh !!! ¡¡¡Estamos aquí!!! ¡Náin, Furin! —los llamó.

Al poco ya los teníamos con nosotros. Me pareció que tenían las mejillas más rubicundas de lo normal y los ojos más cristalinos de lo que normalmente los tienen, cosa que no me extrañó porque la cerveza en abundancia en una taberna produce esos síntomas. En seguida les pregunté:

—¿Qué tal en la posada? ¿Siguió Maglor cantando?

—¡Sí! ¡Ha sido maravilloso! A parte de él se han lanzado otros bardos a cantar sus piezas. Aunque ha estado muy bien sólo ha habido un par de gran nivel. El gondoriano y un elfo llamado Arys o Aeirs no sé muy bien. No consigo recordarlo, pero si el apellido: Althadir. Según él comentaba es de una noble familia que se remonta a la Primera Edad. Bueno, se llame como se llame tiene una bellísima voz y canta muy bien. Yo diría que nos hacía “ver” lo que nos explicaba cantando. ¿No es así Furin? —pidió la colaboración de su primo.

—¡¡Sí!! ¡Es cierto! ¡Ha cantado el romance de Beren y Luthien de una manera increíble! ¡Tanto que me ha parecido que en cualquier momento los dos amantes iban a aparecer abrazados en mitad de la plaza! —aseveró Furin.

—¿Hechizos? Yo más bien creo que han sido las pintas que habéis trasegado entre canción y canción. ¿No es así? —preguntó Frálin entre risas

—¡Celebro que lo hayáis pasado tan bien! —dije— Nosotros hemos visto algunas paradas increíbles en el mercado…

—¡Ah! ¡¡Se me olvidaba!! —me interrumpió Furin— Náin ¿cómo se llamaban aquellos dos medianos tan graciosos? ¿Y qué era lo que cantaban?

—Creo que Bill y Alfred. Sí. Y la canción era para desternillarse. Ummm ¿cómo era? ¡Ah! Sí. Ya me acuerdo del comienzo:

—¡¡EL OSO Y LA DONCELLA!!

—¡¡EL OSO Y LA DONCELLA!! —se sumó Furin a la tonada.

—Había un oso, un oso, ¡un oso! —continuó Náin— Era negro, era enorme, cubierto de pelo horroroso….

—Pero lo más gracioso no era la letra que, según dijeron después, la improvisaban mientras cantaban  —interrumpió Furin—, sino el baile que hacían subidos a una mesa. Uno imitando a la doncella y el otro al oso. ¡Con esos pies tan grandes y velludos! Realmente muy cómico ¿verdad Náin? —finalizó éste.

—Sí, sí. Muy divertido ¿Y por el mercado? ¿Qué tal? —preguntó Náin.

—¡Muy bien! Hay más paradas que el año pasado y han venido comerciantes de tan lejos como Gondor, Dol Amroth y de mucho más al sur. Incluso uno ha venido desde el lejano Harad, ¡Teníais que haber visto que productos! ¡Qué frutos y que ricos ropajes tiene a la venta! Si puedo me acercaré esta tarde para comprar algo—comenté.

—¿Alguien ha visto a Dáin? —preguntó Frálin después de unos segundos de silencio.

—No —respondimos al unísono.

—Esperemos a que siga marchándose la gente. Seguro que está por aquí, con sus compañeros de la guardia—dije mientras ellos asentían—. Venid. Voy a comprobar una cosa, ahora que se ha marchado la mayor parte del público.

Todos me siguieron. Me dirigí hacia dónde se acumulaba el grupo mayor de invitados a la recepción del rey. A medida que nos acercamos pudimos ver cuál era la razón de este atasco. Para llegar a la Morada del Rey todos debían pasar por un puente, más bien una pasarela la cual se debía cruzar de uno en uno. Este puente salvaba un gran foso que dividía en dos los Atrios. Cuando pude acercarme más vi que el foso tenía por lo menos 20 metros de profundidad y unos 30 de largo. Por el único lugar que se podía acceder a las puertas de la Morada era desde el puente que, en caso de necesidad, sería fácilmente defendible. Nos maravillamos aún más del trabajo del Maestro Glûn y de sus hombres.

—¡Mahal! ¡Es una réplica del Puente de Durin! Según dicen los ancianos es el puente que comunica la entrada Este de Khazad-Dûm con los primeros salones orientales. Es un puente estrecho que hace muy fácil la defensa de esta entrada. Salva un abismo que, según cuentan no tiene fondo y llega hasta las mismísimas entrañas de la Tierra—informó Furin.

Estábamos mirando el foso y escuchando las explicaciones de Furin cuando de pronto vi, entre nosotros, a Beris que nos saludaba.

 —¡Hola! ¿Verdad que es increíble? Por fin nuestro rey tiene el lugar que le corresponde en Zirak-Dûm. ¿No es así?

—¡Sí! Sí. Eso mismo decíamos ahora—respondió raudo Náin.

—Realmente el Maestro Constructor y sus hombres han hecho un trabajo estupendo. Imagino que el rey y su hijo están orgullosos del lugar que han construido…—respondió Frálin. Iba a volver a hablar cuando fue interrumpido por Náin.

—¡Beris! Perdona mi atrevimiento ¡Estás radiante! ¡Me faltan las palabras para poder describir tu belleza! ¡Y créeme! ¡Hacerme enmudecer no es tarea fácil! La otra noche, en la cena, no quise acapararos ni a ti ni a tus padres pero hoy, aquí, si quisieras, te podría cantar una canción que he compuesto en tu honor y que no pude cantarte ese día —pidió Náin esperanzado.

Mi prima entre divertida y un poco contrariada casi sin voz dijo:

—Mi buen Náin no tenías que  molestarte. Además no puedo quedarme mucho tiempo. Tengo que regresar con mis padres. Sólo he venido a saludaros.

—¡Pero si no es molestia! Es, como digo, cuestión de honor. Es de justicia el declarar al mundo entero tu belleza sin par. Y será sólo un momento. ¡Ten piedad! ¿Sí? ¡¡Tengo tu permiso!! ¡Oh! Mil gracias—se deshizo en agradecimientos al ver que mi prima asentía con timidez, después de lo cual se lanzó a decir los versos siguientes:

—“De veras siento que el día llega
Si el azar nos une en el camino
A la dicha de ese su destino
Sin más este corazón se entrega.

Tu mirada cándida ardor lega
A este tu esclavo palatino,
Lo que yo digo no es desatino
Sólo es el amor que a mí llega

¡Oh mi Dulce Beris! ¡Luz que me guía!
He de decirte que no podré vivir,
Si no veo tus ojos cada día

Es más, penaré en un duro sufrir,
Mi alma tornará muda y fría
Si tu corazón no hago sonreír.”

Beris enrojeció aún más si cabe, en el momento que Naín hacía una profunda reverencia una vez declamada la poesía. A la vez Frálin comenzó a aplaudir y dijo:

—¡Náin! Deberías haber participado en ese encuentro de bardos y rapsodas de la posada del viejo Tonel y Medio. ¡Qué belleza! Creo que yo no podría explicar mejor lo que nuestra dulce Beris nos causa. Gracias por esta bellísima poesía.

Nosotros, Furin y yo, nos limitamos a aplaudir y a sonreír. Náin, por su parte, con un gesto sentido agradeció las palabras de Frálin e iba a decir algo cuando todos escuchamos a mi tío llamar a mi prima.

—¡¡Beris!! Tenemos que marchar. Disculpad jóvenes amigos que os la arrebatemos pero tenemos que ir a la Morada del Rey.

La aludida se despidió de todos un poco turbada y caminó hasta donde se encontraban mis tíos. Quedaba poca gente al lado del puente e iban a cruzar cuando, Frenrir exclamó:

—¡Por Mahal Bendito! ¡Grór! ¿Qué haces? ¿A qué esperas? ¿Pensabas que te librarías del boato y la etiqueta? ¡Pues no! ¡Tú también vienes! ¡Y compórtate desde ya!

Con la excitación de lo vivido en la mañana se me olvidaba que mi tío me había dicho que al ser él el jefe del Gremio de Herreros del asentamiento, tenía el derecho de participar en el banquete oficial del rey con su familia. Por otro lado me empezaba a fastidiar ese tono continuo de regañina que empleaba mi tío cuando estaba con mis amigos. Ya sabía que era despistado, curioso y un poco indolente, pero no hacía falta que a cada paso que daba fuera de mi casa mi tío me lo recordara delante de mis amigos, ¡no señor! ¡Hoy mismo se lo pensaba decir! Eso sí, también era cierto que me hacía una gran ilusión poder asistir a la recepción y al banquete.

—¡Bueno chicos!  Yo también tengo que ir. Nos vemos esta tarde—me despedí.

Y como en aquel momento hace tanto tiempo os debo despedir por hoy mis entrañables amigos, pero no os preocupéis que bien pronto tendréis noticias nuestras. Buenas noches.

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