viernes, 14 de octubre de 2011

El Día de Mahal III.

Parece que el escriba está decidido a trabajar. Eso está bien. Espero poder contar con sus ganas de transcribir mi relato por un tiempo más y, espero, sin grandes interrupciones, amigos.

Como os decía el otro día, en la época que os explico yo era un joven de lo más distraído y bobalicón y mirad en lo que me he convertido: en un viejo y gruñón enano. Sí, sí podéis reíros pero es verdad. Ya habéis visto lo fácil que era para mí distraerme, bueno la verdad es que me sigue pasando y, ¿cómo decís maese? ¿Que a vos también os pasa? ¡Vaya! Parece ser que tenemos más cosas en común de las que pensaba. Bueno, pues para contradecirme a mí mismo vamos a ponernos ya manos a la obra y sigamos con el relato, ¡que mañana es tarde!

Llegamos corriendo, sudorosos y jadeantes a los atrios de la Morada del Rey. Se había congregado una gran multitud. Toda la población de Zirak-Dûm estaba allí y ¡nosotros habíamos llegado los últimos! O casi. Pudimos ver cómo, desde el otro lado de la calle, venían charlando animadamente y más despacio Náin y su primo Furin. Me disponía a llamarlos cuando Frálin tiró de mí hacia dentro del recinto e iba a protestar cuando lo que vi me dejó sin palabras. Realmente lo que contemplamos nos deslumbró.

Este complejo, que se dio en llamar la Morada del Rey, era un conjunto de edificios gubernamentales que se habían ido construyendo durante años a las órdenes de Glûn, el maestro Constructor, y el resultado desde luego nos impactó. Hasta este día no se pudieron ni visitar las obras y hoy, delante de todo su pueblo, nuestro Señor Thráin nos lo mostraba a todos. Y repito fue un descubrimiento que nos llenó de regocijo y a muchos nos hizo pensar en el resurgir de nuestro antiguo poderío.

Todo el recinto estaba amurallado  con un lienzo de pared de sillares de granito de por lo menos 3 metros de grosor, lo que podría permitir transitar a una columna de al menos 2 enanos en fondo, codo con codo, por encima de ella. En diversos lugares tenía escaleras que la hacían fácilmente accesible. La muralla alcanzaba en todo su perímetro una altura de unos 7 m y las puertas estaban abiertas y dispuestas en el mismo centro de los atrios. Estaban situadas, como digo, en el justo centro de la muralla que en esta parte frontal tenía unos 200 m de longitud.

Las Puertas en sí mismas eran el primer edificio defensivo de todo el conjunto. Además de las dos hojas de madera de roble reforzadas con espadañas de acero colado, éstas estaban rematadas por una torre almenada que hacía las veces de torre de vigía y de transmisión de señales al resto de la ciudad. Para ello se había colocado un enorme gong que, en momentos de necesidad, congregaría a toda la población del asentamiento.

Entramos como pudimos al interior del recinto apartando a las gentes allí ya reunidas con la idea de acercarnos al máximo a un estrado que se veía al fondo. Debía de ser alto porque desde nuestra posición podíamos ver a varios enanos de gran importancia que estaban preparados para abrir el Día de Mahal. Aún así decidimos seguir acercándonos. Nos costaba cada vez más puesto que otros muchos también querían hacerlo, todos con caras llenas de admiración y orgullo.

El estrado quedaba debajo de una grandiosa bóveda nervada de mármol que ofrecía sombra y protección a la mayoría de las personas que íbamos a presenciar el rito. La bóveda estaba sostenida por 7 grandes columnas de unos 5 m de diámetro y unos 25 de altura. Todo esta parte central de los Atrios, como supimos más tarde, se llamó la Avenida de los Reyes, recordando a los 7 Reyes Enanos, fundadores de las 7 Casas.

A los lados de esta gran plaza, siguiendo los dos lienzos de murallas y dándoles soporte, se habían construido otros sólidos edificios. En el lado izquierdo, al fondo, se hallaban los Cuarteles del Dûmgarul, la Guardia de la Mansión y su armería. A continuación estaba la herrería del Soberano y por último la Chancillería, el lugar dónde se despachaban todos los documentos relativos a la ciudad y dónde se depositaban los contratos ya firmados. Este edificio había duplicado su espacio respecto del anterior, que estaba en la plaza del Mercado.   
En el lado derecho, al fondo, estaba La Despensa del Rey, los almacenes del soberano. Una soberbia construcción que guardaba los excedentes y los impuestos que el rey cobraba a toda la población de Zirak-Dûm. A continuación se había habilitado un gran palacio para albergar a embajadas ilustres. Y por último  en otro edifico más sencillo se alojaban los 7 Ancianos Místicos, el Alto Consejo, que ayudaba a Thráin a gobernar. 



No pudimos acercarnos más y calmados, desde dónde estábamos, nos dedicamos a observar como casi todos los que allí estábamos, la magnificencia y la sencillez con la que estaba todo construido. Por lo que vimos la ceremonia acababa de empezar, aunque aún seguía llegando gente. Me fijé que Frálin estaba mirando alrededor e imaginé que buscaba entre el gentío a mi prima.  Yo no la vi a ella ni a mis tíos y ya hacía un rato que había perdido a mis dos amigos. A Dáin no lo había visto desde que nos separamos esa mañana.

Para intentar ver mejor me ayudé del hombro de Frálin y casi subiéndome encima pude ver más allá del estrado. Con este vistazo me fijé que el lado de enfrente de los Atrios era la Montaña. Pude ver que las dos murallas acababan y cerraban el perímetro soldándose con la ladera de las mismísimas estribaciones de las Montañas Azules y justo enfrente nuestro se abría una única gran entrada a unas cuevas que seguro eran la Morada del Rey. Una lágrima de pura emoción me resbalaba por la mejilla y no pude resistirme más:

—¡Mahal misericordioso! ¡Qué belleza!

—¡Eh! ¡Qué has visto? —me preguntó Frálin.

—La Morada del Rey está excavada en la ladera de la montaña. Es impresionante. ¡El Maestro Constructor y su gente se han ganado muy merecidamente sus honorarios! —respondí.

—¿Sí? ¡Déjame ver! ¡Ayúdame!

Lo hice y él también se percató que realmente la sola visión de aquella construcción era todo un espectáculo.

—¡Es magnífico!

En ese momento desde detrás del estrado, se dejó oír un redoble de tambores que permitió que todas las conversaciones y exclamaciones de admiración se fueran apagando y cuando terminó se alzó, imponente, un silencio sobrecogedor en un lugar que hasta ese mismo instante había estado inundado de sonidos.

Este silencio se alargó unos instantes más y fue uno de los enanos que estaban en el estrado, el que habló poco después:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! ¡Y nobles invitados! Sed bienvenidos a la Morada del Rey Thráin! —. Debía de ser el líder de los 7 Ancianos Místicos. Era un gran enano con el pelo y la barba blancos. Ésta la llevaba en dos gruesas trenzas con unas borlas doradas que la anudaban y por lo que brillaban debían de ser de oro. Sostenía en su mano derecha un báculo de acero muy bruñido que estaba rematado por un orbe de obsidiana o algún otro material negro y liso.

Mientras decía esto se giraba para dar paso al único enano que estaba sentado en una gran silla de madera con un enorme respaldo. En él, en la parte más alta, estaban grabadas en relieve las 7 Estrellas sobre la Corona, el Martillo y el Yunque, los símbolos de la soberanía de Thráin. El Soberano en el Exilio se alzó y dio unos pasos hacia el borde del estrado. Todos lo podíamos ver. Era un enano alto, fuerte, con el pelo encanecido, más por las preocupaciones y los estragos de su infortunio que por la edad; tenía una ligera cojera y un parche en el ojo derecho fruto de las heridas que sufrió en la pasada guerra contra los orcos en venganza de la ignominiosa muerte de Thrór, su padre. Una vez situado en el linde y sin necesidad de alzar mucho la voz los congregados pudimos escuchar claramente lo que nos dijo:

—En esta jornada que celebramos el Glorioso Día de Mahal os abrimos nuestras humildes puertas y, desde la más sincera de las muestras de hospitalidad, os invitamos a disfrutar de estas nuestras pobres riquezas.

Hizo una pausa y se oyeron algunos murmullos y a mí me pareció que alguno de los enanos que estaban en el estrado se agitaban ligeramente, entre ellos su hijo y heredero Thorin Escudo de Roble.

—¡Sed bienvenidos, como digo, a esta Casa en el Exilio. A este humilde hogar, pobre remedo de los Salones de Nuestros Padres!

Una nueva pausa. Los murmullos fueron mayores y los gestos nerviosos se hicieron aún más claros. Thorin fue a dar un paso y el Anciano Místico, con una señal le pidió que se contuviera, lo que acrecentó los cuchicheos. En seguida el rey volvió a hablar:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! Divertíos y solazaros en estos días y recordad nuestra antigua Gloria Perdida—después de lo cual se giró y se disponía a marchar cuando con un sonido casi atronador la voz joven, fuerte y conminadora de Thorin se alzó por encima de todo el ruido que se había extendido por toda la plaza.
  
—¡¡Padre!! ¡¡Padre!! ¡Rey Thráin en el Exilio! ¡Yo soy consciente, tanto como tú, de nuestros pesares, pero creo ver la Luz al final del Túnel. Este no es nuestro lugar definitivo. Todos lo sabemos —y mientras decía esto nos señalaba a todos y después de unos segundos continuó—. Pero YO sé que este es NUESTRO HOGAR en este momento y que es digno y que lo hemos hecho bien y que lo haremos más grande y que cuando todo esté preparado no habrá nadie que nos contenga y recuperaremos lo que fue nuestro.

—¡Padre mío este es tu PUEBLO! ¡Esta es tu CASA! ¡¡¡Y JURO ANTE LOS 7 PADRES FUNDADORES QUE ALGÚN DÍA RECUPERAREMOS EREBOR!!!

Lo que aconteció a continuación fue algo increíble, más aún, mágico. A la vez que Thorin acababa su juramento me pareció ver cómo el Anciano místico que había hablado antes hacía un ligero movimiento con el bastón y de pronto ¡las 7 columnas que sostenían la bóveda se convertían en la representación de los 7 padres fundadores! El cuerpo central de cada de las columnas había desaparecido para dejar ver 7 estatuas de los primeros 7 enanos creados por Mahal esculpidas sobre los pilares.

La locura se desató en un momento y cientos de voces graves, calladas hasta ese momento, empezaron a gritar como si fueran una:

—Baruk Khazâd!! Khazâd ai-mênu!!

—Baruk Khazâd!! Khazâd ai-mênu!!

—Baruk Khazâd!! Khazâd ai-mênu!!

Y luego, sin previo aviso pero en la sincronía que sólo nuestra gente puede demostrar en momentos como estos, de nuevo se alzaron al cielo cientos de voces llamando:

—EREBOR!!

—EREBOR!!

—EREBOR!!

El rey, como la totalidad de su pueblo gritaba y agitaba los brazos como desafiando al dragón que aún mantenía en su poder nuestra añorada morada.

Y el grito parecía incansable y siguió sin desfallecer, hasta que después de unos momentos el rey se acercó a su hijo y lo abrazó ante lo cual todos los presentes comenzaron a gritar sus nombres. Y así estrechamente abrazados partieron hacia la Morada del Rey, dando por acabada, de la mejor manera posible, esta ceremonia de apertura del Día de Mahal. El resto de los ritos más importantes se celebraban dentro de los salones de Thráin, junto con el banquete para la familia real, los altos dignatarios y  los invitados ilustres. Para el resto de los ciudadanos a las afueras del pueblo se habían montado 7 enormes carpas que darían cobijo a todo aquél que quisiera participar de esta celebración.

Estimado maese Marce parecéis cansado, ¿es así? ¡Claro! Después del tiempo de inacción no podéis seguir el ritmo. No os preocupéis, yo también y, además, necesito refrescar mi garganta después de tanto relatar y de recordar aquel día histórico. Siendo así, amigos, os dejamos por esta noche y espero encontraros a todos en la próxima ocasión.

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