miércoles, 12 de octubre de 2011

El Día de Mahal II.

De nuevo ante vosotros mis queridos amigos. Siento la tardanza. ¡Este maese Marce, cada día está más indolente! ¡Me cuesta horrores hacerlo reaccionar! En fin, ¡nunca es tarde si la dicha es buena!, ¿no tenéis un dicho así? Se lo he oído alguna vez a este escriba perezoso.

Bueno, volviendo al relato ¿os gustó la canción? Espero que sí, a mi me trae muy gratos recuerdos… ¡En fin! Sigo con ellos. Aquí tenéis esta nueva porción:

El bardo obtuvo una gran aclamación y varias rondas gratis por lo mucho que gustó su canción. Náin estaba extasiado y casi no articulaba palabra. Frálin nos hizo la propuesta de seguir adelante, acercarnos a las paradas más interesantes del mercado y ver artesanías de otros lugares. Ya nos íbamos hacia la plaza central cuando Náin, que recuperó el habla dijo:

—¡No! ¡No podemos irnos ahora! ¡Seguro que en breve cantará otra canción o declamará algún poema! ¿No queréis quedaros a escucharlo? ¡Quizá otro bardo se le una y podamos ser testigos de un encuentro histórico!

—La verdad es que es un buen bardo, no lo dudo, pero yo quiero ver los puestos del mercado. Dicen que en esta ocasión han llegado gentes de muy al sur, ¡de más allá de la Ciudad de los Corsarios! —exclamó Frálin. El resto no decíamos nada—. Se me ocurre que podemos dividirnos, si no os parece mal—continuó.

—Está bien—dijo Náin—. Furin, ¿tú te quedas o marchas?

—Me quedo contigo primo—respondió éste.

—¡Perfecto! Pues estamos de acuerdo. Vosotros dos os quedáis aquí y nosotros vamos a seguir explorando el mercado. ¿Dáin? ¿Te vienes o te quedas?

El interpelado, con la duda en la cara y sin saber por qué decidirse, empezaba a enrojecer y antes de que pudiera manifestar su predilección vino en su ayuda Bór, uno de los aspirantes a entrar en el “Dûmgarul”, la Guardia de la Mansión. Éste, sin dejarle ni decir media palabra se lo llevó a dentro de la taberna y Dáin se dejó hacer. Antes de que entrase en el establecimiento grité para que me escuchara tanto él como el par que también se quedaba a seguir escuchando al bardo:

—¡Nos vemos al mediodía en los atrios de la Casa del Rey!

Nain casi no me dejó ver si nuestros amigos respondían y empujándome fuimos hacia la plaza del mercado. En seguida empezamos a callejear y a ver puestos de telas, de alimentos, de objetos raros venidos de todos los lugares del norte. Nada más desembocar en la calle de los caldereros vimos varias paradas con orfebrerías venidas de Framsburg, vidrieros de Bree, e incluso algún joyero llegado desde los Puertos Grises. Ante éste, Frálin se detuvo un buen rato y estuvo estudiando los diseños de collares, pulseras, y algún anillo increíblemente trabajados, como sólo los elfos lo hacen: simples cordones trenzados de algún material parecido al cuero dónde se engarzaban piezas de coral rojo y ónice, lo que les daba un colorido realmente exquisito.

—Hay que reconocer que los elfos hacen unas joyas realmente bonitas. Aunque no tienen ni la solidez, ni la utilidad de nuestros diseños, ¡eso está claro!—apostillé para alabar el oficio de mi amigo. Éste me sonrió pero no dijo nada, ante lo cual seguimos paseando.

Evitamos algunos grupos que observaban a artistas callejeros que hacían las delicias de grandes y pequeños y mientras revisábamos el género de otras paradas, un hobbit, a voz en grito, ensalzaba su producto para todo aquél que quisiera escuchar:

—¡Tabaco! ¡Tabaco de la Cuaderna del Sur! ¡No hay mejor para pipa! ¡Jóvenes señores! ¿No desean degustar este gran producto? Tengo aquí preparadas unas pipas que si quieren….

—¡No gracias! En este momento  no nos apetece—contestó en seguida mi amigo.

—¡Está bien! ¡Está bien! Si en otro momento quieren degustar los estaré esperando. ¡Wilfred de Gamoburgo a vuestro servicio!

—¡¡Lo tendremos en cuenta noble señor!! ¡Nos ponemos al vuestro mi querido Wilfred! —respondí haciendo una reverencia aún mayor que casi da conmigo de bruces en el suelo.

Seguimos caminando, observando otros puestos y al  llegar al recodo de la calle que daba a la plaza mayor, Frálin no se contuvo y a bocajarro me preguntó:

—Grór, ¿le gustó el broche a Beris?

—Sí. Mucho—respondí rápidamente.

Iba a explicarle que hoy me había parecido que se lo había puesto pero justo en el momento que me disponía a hablar de nuevo nos sorprendieron unos gritos, entre divertidos y de alerta. Una vez distraída esa determinación, me convencí que a Frálin le haría más ilusión si veía al mediodía a mi prima con su joya puesta y me callé y aceleré el paso para ver qué era lo que divertía y aterraba por igual a las gentes que estaban en este lado de la plaza.

Después de algún empujón y un buen uso de los codos llegamos hasta estar cerca del claro para ver mejor y en ese momento vimos como una llamarada se alzaba por encima de las cabezas de las personas que estaban en primera línea. Ante esa bola de fuego pensamos que como poco sería un draque de arena o algo parecido lo que se habría liberado de alguna jaula de algún comerciante loco y ya íbamos prestos a empuñar algún trozo de madero como improvisada arma, cuando nos dimos cuenta de que no era más que otra atracción más del mercado.

Vimos que ese fuego era exhalado por la boca por una especie de mago que estaba al lado de uno de los puestos con más productos exóticos que yo haya visto jamás. El hombre era muy alto, mediría por lo menos un metro ochenta, sino más, y manejaba dos antorchas con asombrosa maestría, haciendo unos malabares que eran la alegría de todos los espectadores. La tez de este mago era muy oscura, casi negra, no tenía cabellos y su piel brillaba por el sudor que sí que se veía salir de todos sus poros. Además del fuego que manejaba estábamos en un día muy soleado del mes de julio, lo que hizo que subiera la temperatura hasta alcanzar un calor sofocante en esta hora ya casi del mediodía.

Un poco más retrasado que el malabarista había otro hombre dando a probar a todo aquél que se acercaba parte de los productos que tenía expuestos. Llevaba unas ropas muy coloridas y una especie de pañuelo que le cubría el cabello.  De vez en cuando se le oía entre la algarabía de los parroquianos alardear de sus mercancías, con un marcado acento, que se me antojó debía de ser de alguien venido de muy lejos.

 —¡Frutas! ¡Marfil! ¡Plumas de Ave del Paraíso! ¡Estas son una parte de las mercancias que Garlan Det os ha traído del Lejano Sur.  

¡Mahal bendito! ¡Un mercader del lejano Harad! Ahora entendía que hubiera tanta gente alrededor del puesto. A parte del malabarista pude ver frutos muy extraños, de vivos colores y formas increíbles. Algunos eran grandes, redondos y con cortezas duras y de un verde muy oscuro que, sin embargo, una vez abierto y troceado tenía un color rojo intenso y un dulzor y frescor que lo hacía muy agradable en un día tan caluroso como éste. El mercader nos llamó la atención sobre otros pequeños, muy dulces y arrugados, que según dijo son de gran provecho para atravesar el Gran Desierto, puesto que dan mucha energía con poco tamaño.

Estábamos encantados en apreciar estos productos, cuando entre los objetos que había dentro del carro que hacía de tienda, vi un gran colmillo muy blanco. Estaba, o eso me pareció, mal escondido entre un montón de pliegues de telas. Debía de medir casi 40 cm, quizás más porque no lo veía, de entre las telas, en todo su tamaño, y estaba muy finamente tallado. Las tallas representaban a un caballero o un mago, no lo pude apreciar bien, encarándose a un dragón. ¡Era una cosa realmente extraordinaria! No sé que me pasó pero era cómo si el objeto me llamara, notaba algo en mi interior que me hacía desear tenerlo, quería poseer esa joya. 

Fue una sensación muy extraña y lo que me dio más miedo fue que me gustó. Estaba tan embelesado en su contemplación que  no escuché a mi amigo cómo me llamaba y creo que no reaccioné hasta que me zarandeó y me dijo:

—¡Grór! ¿Qué te pasa? ¿Es que no me oyes?

Fue como volver de un lejano lugar. No supe cuanto tiempo pude estar mirando el colmillo, pero lo que sí tuve claro era que quería tener ese objeto. O ¡algo peor! ¡Me pareció que el objeto quería que yo lo tuviera! Rápidamente miré al mercader y no me pareció que estuviera al caso de mi conversación con Frálin ni de mi clara turbación.

—¡Ya te oigo! ¡No me chilles! Estaba pensando cuánto costará ese colmillo. ¿Qué crees? ¿Será muy caro? Es precioso, ¿verdad?

Mi amigo que por lo visto no se había percatado aún del objeto lo miró y no pareció que le impactara tanto como a mí. En seguida me dijo:

—Es bonito. Aunque a mí me gusta más, como sabes, nuestra orfebrería y quizás algún collar o anillo élfico. Además, ¿qué utilidad puede tener ese colmillo?

En ese momento. Llegó hasta nosotros el mercader. Sin casi darnos tiempo para marcharnos respondió a Frálin pero mirándome a mí.

 —¡Mis jóvenes señores! Este objeto es un objeto magnífico y muy antiguo. Además os sorprenderiais de lo útil que me ha sido en mi largo camino hasta aquí. Es una joya que ha pasado de padres a hijos en mi familia desde hace cientos de años. ¿Os gusta? Realmente es de una exquisitez increíble. Puedo deciros que soy un mercader con muchas millas recorridas y jamás he visto otra pieza de marfil de Mûmakil tan finamente trabajada. Y lamento deciros que no está en venta.

—¡¡¿¿De Mûmakil??!! ¿De Olifante? Creo que así es como se llaman en nuestra lengua. ¿Son animales enormes, como casas, que pueden llevar grandes pesos y a muchos hombres sin siquiera notarlos, como nosotros podemos tener encima a una mosca? —mientras decía esto ahuyenté a un par de estos pesados insectos que me empezaban a incordiar.
  
—Sí. Mi querido señor. Pero no os creáis todas las leyendas. Son animales muy grandes pero no tanto como los han descrito aquéllos que no los han visto nunca. Yo, si tenéis un rato, os podría hablar de ellos y de otras muchas maravillas que hay en mi lejana tierra.

Ya me disponía a buscar un lugar dónde sentarnos a resguardo del sol cuando un carraspeo de mi amigo me recordó, con fastidio, que él seguía allí. En seguida decliné el ofrecimiento, lo más educadamente posible:

—¡Mil perdones mi querido Garlan Det! Obligaciones nos hacen tener que dejar vuestra grata compañía. Si estáis esta tarde, por poco que pueda, regresaré para seguir la charla dónde la dejamos en este momento.

—¡Cómo deseéis mi noble señor! Aquí estaremos durante toda la semana de Mahal. —dijo esto haciendo una inclinación muy elegante y se volvió para dirigirse de nuevo al resto de gentes que estaban curioseando sus mercancías, atendidos por un par de ayudantes y el malabarista. Éste había cambiado sus antorchas por un par de alfanjes a la espalda que le daban un aspecto de lo más amenazador y que seguramente ahuyentaría a más de un “amigo de lo ajeno” que quisiera probar la habilidad de vigilancia del mercader y los suyos.

Antes de que diéramos dos pasos no pude contenerme y le pregunté:

—¡Mi señor Garlan Det! ¡Por curiosidad! Ya sé que el colmillo, por ser un objeto familiar que tiene un gran valor sentimental para vos no está a la venta; pero en el hipotético caso que por alguna necesidad ¡Mahal no lo quiera! quisierais venderlo, ¿por cuánto lo haríais? ¿En cuánto tasáis esa maravilla?

—¡Querido amigo! —dejó pasar unos segundos mientras sonreía de una forma enigmática, después de lo cual prosiguió—Creedme cuándo os digo que no está a la venta, en realidad no puedo venderlo. De todas formas dudo que pudierais pagarlo si me encontrara en tamaña necesidad—volvió a sonreír y inclinándose de nuevo partió con esa misteriosa sonrisa en los labios hacia dónde estaban los clientes comprando de todos los objetos que atesoraba la gran carreta de Garlan Det.

Ya iba a intentar de nuevo preguntar cuando Frálin me espetó:

—¡Dioses Grór! ¡Que no llegamos! ¡Faltan poco más de 5 minutos para que comience la “Hora de Mahal”! ¡Corre demonios! ¡Corre! ¡No quiero llegar más tarde que Náin!

Y corrimos. ¡Vaya si corrimos! Teníamos que atravesar casi todo el asentamiento, atestado de gente. Muchos enanos se acercaban también hacia la Mansión del Rey y gentes de otros pueblos intentarían ver lo máximo que se pudiera de este rito ancestral, símbolo de la creación de los 7 Padres Enanos y de Durin I el Inmortal como líder de nuestra Casa.

Bueno mis queridos amigos. Esta noche creo que ha sido suficiente. Espero no haber cansado en demasía a maese Marce, no sea que de nuevo desaparezca y no pueda seguir relatándoos mi historia. Así pues buenas gentes ¡nos vemos pronto!

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