Buenas
noches amigos míos. Nos encontramos de nuevo para disfrutar de una velada en
vuestra grata compañía. Celebro poder seguir disfrutando de estos momentos, que
para un viejo como yo son de lo más agradecidos. Pasar mis últimos días con
gente como todos vosotros me llena de satisfacción. No quiero extenderme más en
halagos hacia vuestras mercedes, aunque creo que no son suficientes. Estimado
maese Marce, ¿estáis preparado? Bien. Continúo con nuestra historia:
Finalmente
partimos de nuestro hogar acompañando a aquella tropa de hermanos, lo que nos
dio los ánimos suficientes como para esperar enfrentar con éxito cualquier
inconveniente en el recorrido que compartiríamos con ellos. Nos mantuvimos al
final de la columna y en los primeros momentos íbamos alegres, con las chanzas
y algarabía, propias de nuestra juventud. El resto de la compañía iba más
callada, con algún intercambio de impresiones entre alguno de ellos, pero nada
parecido a todo el alboroto que íbamos protagonizando nosotros.
Como
digo, esto fue al inicio de esta primera jornada, al cabo de un rato el primero
en callarse fue Dáin. Normalmente no era un muchacho muy hablador así que se
limitó a escuchar, reír y de tanto en tanto silbar alguna tonada que cantaba a
voz en grito Náin, el bardo de nuestro pequeño grupo. Furin, al poco, se sumó
al silencio y con él su primo Nain que así dejó de cantar (para suerte de todos
nosotros). Frálin y yo seguimos un rato más con la conversación, pero ya en un
tono más tranquilo.
El
ritmo que marcaban el maestro Glûn y sus hombres era muy rápido. Causaba impresión
verlos caminar a la velocidad que iban con unos bultos a las espaldas tan
grandes. No se veía que ninguno aminorase el paso o que alguno perdiera el
compás. Nosotros los seguíamos a corta distancia y por ahora ésta no se
agrandaba, lo que nos motivaba para seguirlos.
El
sol comenzaba a subir en el cielo y nuestro camino empezó a bajar, primero poco
a poco y luego con una mayor pendiente; nos íbamos alejando del alto valle
dónde estaba nuestro hogar, Zirak-Dûm. Aún era temprano, con lo que la luz y el
calor eran soportables. Sin parar de caminar giré la cabeza y vi que ya no se
veían las rocas que coronaban la ladera dónde se asentaba nuestro refugio.
En
seguida llegamos al bosque que estaba a los pies del valle, de donde nos
servíamos de madera para nuestras construcciones y forjas. El camino seguía
descendiendo y lo atravesaba y una vez salías del otro lado, éste continuaba en
paralelo al Annúduinn, lo que podría hacer más fresco nuestro recorrido. Había
estudiado el mapa y la ruta nos llevaba en dirección Este resiguiendo este río,
para al cabo de unos 60 km toparnos con el Lhûn, del que el primero era
afluente. Con lógica seguiríamos en ese momento dirección Sur hasta llegar al
pueblo de Caras Celairnen en unos 3 o 4 días más a un buen ritmo. Así lo habíamos
trazado y pensamos que yendo por esta vía, que nuestro pueblo ayudaba a reparar
avanzaríamos mucho. Además alguno de nosotros habíamos ido en más de una
ocasión hasta esta aldea en días de mercado para intercambiar productos, por
tanto era un trayecto conocido.
Se
hizo un alto en el camino después de atravesar el bosque. Llevábamos como un
par de horas andando y todos íbamos con energías. Echamos la vista atrás y
vimos las montañas, por encima de los árboles, y calculamos que detrás de la
loma más cercana estaba nuestra casa, aunque ya no la veíamos.
Después
de beber un poco de agua la compañía se
puso de nuevo en movimiento, aunque en una dirección inesperada. Abandonamos el
camino y tomamos dirección Sureste campo a través. En un principio nos miramos
y pensamos que a lo mejor era un desvío momentáneo pero al cabo de media hora
siguiendo en esa dirección no pude más y me adelanté para poder hablar con el
maestro Glûn.
—¡Disculpad
mi señor! ¿Abandonamos el camino?
—Sí.
Atravesaremos Numeriador y con ello podemos ganar un par de días —explicó el
maestro constructor.
Iba
a replicarle que por el camino iríamos seguramente más rápidos por el mejor
terreno, pero al ver la determinación en su cara, me lo pensé y opté por
preguntar:
—Así,
¿Cuánto pensáis que tardaremos en llegar al Lhûn?
—Mañana
a última hora de la tarde, si todo va como hasta ahora, podremos estar cruzando
el vado de la Isla de la Piedra Muerta —dijo.
—¡En
sólo dos días! Es un ritmo muy alto —pensé
en voz alta.
—¡Chico!
Por eso digo si todo va como hasta ahora. ¿Tu compañía podrá seguir el paso? —preguntó
entre risas de los veteranos que venían detrás.
—¡Por
supuesto! No os preocupéis, no os haremos perder el compás. Si me disculpáis
voy a trasmitir la nueva ruta a mis compañeros.
—Me parece muy bien —concluyó con una sonrisa
maliciosa en el rostro, aderezada con otras carcajadas del resto de hermanos
que iban en vanguardia.
Regresé
malhumorado por las burlas con mis amigos y les comuniqué el cambio de
dirección.
—¡Chicos!
¿Habéis descansado y almorzado bien? —Antes de que respondiera ninguno seguí —Lo
digo porque vamos a ir a un ritmo frenético. El maestro Glûn quiere estar
mañana por la noche en la Isla de la Piedra Muerta.
Sólo
Náin se atrevió a preguntar lo que todos pensábamos:
—¡Por
Mahal Bendito! ¿No pararemos a descansar esta noche?
—Supongo
que sí, pero al ser verano tenemos muchas horas de sol por delante. Así que ¡cogeros
los machos y no perder el ritmo! No quiero que se rían más de nosotros.
A
partir de ese momento nuestra compañía no desplegó cánticos, ni bromas, ni
risas inútiles. Todas las fuerzas las concentramos en el camino y en seguir la
caminata que iba abriendo el maestro albañil, él el primero de todos, delante de
la columna. Así estuvimos atravesando unas colinas cada vez más bajas y más desprovistas
de árboles que nos cobijaran del sol, que a medida que pasaban las horas más
apretaba. De tanto en tanto me giraba para ver cómo iban siguiendo el paso mis
amigos. El que peor impresión me daba era Daín, a pesar de toda su fuerza, se
le veía con un andar deslavazado y torpe. Su altura y seguro que su poco dormir
de la noche anterior no le ayudaban. El resto se mantenía a ritmo, también
porque no llevaban tantos bultos como él y yo. Y a mí no me iban mucho mejor
las cosas, la verdad, aunque aún podía seguir la velocidad.
Hacia
el mediodía atravesamos por una vereda unos campos de trigo preparados para la
siega y nos gustó pensar que parte de este cereal, una vez trabajado, sería
parte del pan que comeríamos en Zirak-Dûm. Calculé que estos eran dominios de
los hombres de Numeriador que comerciaban con mi pueblo. De pronto escuchamos
con voz entrecortada a Dáin exclamar:
—¡Qué
daría por comerme un pan recién horneado!
El
lamento de nuestro amigo nos hizo reír a todos y con ello, Náin se arrancó a
cantar una canción de taberna que hablaba de pan, vino y de otros manjares y
placeres que todos querríamos degustar en este momento. Y nos sumamos a cantar
con él. Y en la segunda estrofa se añadieron otros hermanos de la compañía que
también se la sabían.
Recorrimos
este tramo con algo más de alegría y llegamos al final de estos campos sin
segar. Nos encontramos un camino más ancho que iba de Sur a Norte, pero lo
atravesamos y seguimos en dirección Este por otra vereda. En esta zona se veían,
más adelante, porciones de tierra donde se había ya segado el cereal. En este
momento la columna aminoró el paso y al poco vi como Glûn hablaba con su
segundo. Miré más adelante y vi unas construcciones de las cuales se veía salir
una pequeña columna de humo. Sin detenernos pudimos advertir como el maestro
constructor y 3 enanos más se adelantaban a un paso muy rápido. Me maravillé de
la velocidad que llevaban con semejantes pesos y en este terreno tan irregular.
En poco tiempo los destacados llegaron hasta las cabañas que cada vez veíamos
más cerca. Observé como salían un grupo de hombres a su encuentro y como
entablaban una conversación, al parecer, amistosa. Me percaté que el resto de
nuestros hermanos también se distendían y aseguraban sus armas, que por cierto
yo no había visto que preparasen.
Bueno
mis queridos amigos. Por ahora lo dejo aquí. En seguida vuelvo y os relato lo
que sucedió en este primer encuentro de este largo viaje.
¡Nos
vemos en seguida!
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