sábado, 7 de septiembre de 2013

En camino.



Buenas noches amigos míos. Nos encontramos de nuevo para disfrutar de una velada en vuestra grata compañía. Celebro poder seguir disfrutando de estos momentos, que para un viejo como yo son de lo más agradecidos. Pasar mis últimos días con gente como todos vosotros me llena de satisfacción. No quiero extenderme más en halagos hacia vuestras mercedes, aunque creo que no son suficientes. Estimado maese Marce, ¿estáis preparado? Bien. Continúo con nuestra historia:

Finalmente partimos de nuestro hogar acompañando a aquella tropa de hermanos, lo que nos dio los ánimos suficientes como para esperar enfrentar con éxito cualquier inconveniente en el recorrido que compartiríamos con ellos. Nos mantuvimos al final de la columna y en los primeros momentos íbamos alegres, con las chanzas y algarabía, propias de nuestra juventud. El resto de la compañía iba más callada, con algún intercambio de impresiones entre alguno de ellos, pero nada parecido a todo el alboroto que íbamos protagonizando nosotros.

Como digo, esto fue al inicio de esta primera jornada, al cabo de un rato el primero en callarse fue Dáin. Normalmente no era un muchacho muy hablador así que se limitó a escuchar, reír y de tanto en tanto silbar alguna tonada que cantaba a voz en grito Náin, el bardo de nuestro pequeño grupo. Furin, al poco, se sumó al silencio y con él su primo Nain que así dejó de cantar (para suerte de todos nosotros). Frálin y yo seguimos un rato más con la conversación, pero ya en un tono más tranquilo.

El ritmo que marcaban el maestro Glûn y sus hombres era muy rápido. Causaba impresión verlos caminar a la velocidad que iban con unos bultos a las espaldas tan grandes. No se veía que ninguno aminorase el paso o que alguno perdiera el compás. Nosotros los seguíamos a corta distancia y por ahora ésta no se agrandaba, lo que nos motivaba para seguirlos.

El sol comenzaba a subir en el cielo y nuestro camino empezó a bajar, primero poco a poco y luego con una mayor pendiente; nos íbamos alejando del alto valle dónde estaba nuestro hogar, Zirak-Dûm. Aún era temprano, con lo que la luz y el calor eran soportables. Sin parar de caminar giré la cabeza y vi que ya no se veían las rocas que coronaban la ladera dónde se asentaba nuestro refugio.  

En seguida llegamos al bosque que estaba a los pies del valle, de donde nos servíamos de madera para nuestras construcciones y forjas. El camino seguía descendiendo y lo atravesaba y una vez salías del otro lado, éste continuaba en paralelo al Annúduinn, lo que podría hacer más fresco nuestro recorrido. Había estudiado el mapa y la ruta nos llevaba en dirección Este resiguiendo este río, para al cabo de unos 60 km toparnos con el Lhûn, del que el primero era afluente. Con lógica seguiríamos en ese momento dirección Sur hasta llegar al pueblo de Caras Celairnen en unos 3 o 4 días más a un buen ritmo. Así lo habíamos trazado y pensamos que yendo por esta vía, que nuestro pueblo ayudaba a reparar avanzaríamos mucho. Además alguno de nosotros habíamos ido en más de una ocasión hasta esta aldea en días de mercado para intercambiar productos, por tanto era un trayecto conocido.

Se hizo un alto en el camino después de atravesar el bosque. Llevábamos como un par de horas andando y todos íbamos con energías. Echamos la vista atrás y vimos las montañas, por encima de los árboles, y calculamos que detrás de la loma más cercana estaba nuestra casa, aunque ya no la veíamos. 



 
Después de beber un poco de agua  la compañía se puso de nuevo en movimiento, aunque en una dirección inesperada. Abandonamos el camino y tomamos dirección Sureste campo a través. En un principio nos miramos y pensamos que a lo mejor era un desvío momentáneo pero al cabo de media hora siguiendo en esa dirección no pude más y me adelanté para poder hablar con el maestro Glûn.

—¡Disculpad mi señor! ¿Abandonamos el camino?

—Sí. Atravesaremos Numeriador y con ello podemos ganar un par de días —explicó el maestro constructor.

Iba a replicarle que por el camino iríamos seguramente más rápidos por el mejor terreno, pero al ver la determinación en su cara, me lo pensé y opté por preguntar:

—Así, ¿Cuánto pensáis que tardaremos en llegar al Lhûn?

—Mañana a última hora de la tarde, si todo va como hasta ahora, podremos estar cruzando el vado de la Isla de la Piedra Muerta —dijo.

—¡En sólo dos días! Es un ritmo muy alto  —pensé en voz alta.

—¡Chico! Por eso digo si todo va como hasta ahora. ¿Tu compañía podrá seguir el paso? —preguntó entre risas de los veteranos que venían detrás.

—¡Por supuesto! No os preocupéis, no os haremos perder el compás. Si me disculpáis voy a trasmitir la nueva ruta a mis compañeros.

—Me parece muy bien —concluyó con una sonrisa maliciosa en el rostro, aderezada con otras carcajadas del resto de hermanos que iban en vanguardia.

Regresé malhumorado por las burlas con mis amigos y les comuniqué el cambio de dirección.

—¡Chicos! ¿Habéis descansado y almorzado bien? —Antes de que respondiera ninguno seguí —Lo digo porque vamos a ir a un ritmo frenético. El maestro Glûn quiere estar mañana por la noche en la Isla de la Piedra Muerta.

Sólo Náin se atrevió a preguntar lo que todos pensábamos:

—¡Por Mahal Bendito! ¿No pararemos a descansar esta noche?

—Supongo que sí, pero al ser verano tenemos muchas horas de sol por delante. Así que ¡cogeros los machos y no perder el ritmo! No quiero que se rían más de nosotros.

A partir de ese momento nuestra compañía no desplegó cánticos, ni bromas, ni risas inútiles. Todas las fuerzas las concentramos en el camino y en seguir la caminata que iba abriendo el maestro albañil, él el primero de todos, delante de la columna. Así estuvimos atravesando unas colinas cada vez más bajas y más desprovistas de árboles que nos cobijaran del sol, que a medida que pasaban las horas más apretaba. De tanto en tanto me giraba para ver cómo iban siguiendo el paso mis amigos. El que peor impresión me daba era Daín, a pesar de toda su fuerza, se le veía con un andar deslavazado y torpe. Su altura y seguro que su poco dormir de la noche anterior no le ayudaban. El resto se mantenía a ritmo, también porque no llevaban tantos bultos como él y yo. Y a mí no me iban mucho mejor las cosas, la verdad, aunque aún podía seguir la velocidad.

Hacia el mediodía atravesamos por una vereda unos campos de trigo preparados para la siega y nos gustó pensar que parte de este cereal, una vez trabajado, sería parte del pan que comeríamos en Zirak-Dûm. Calculé que estos eran dominios de los hombres de Numeriador que comerciaban con mi pueblo. De pronto escuchamos con voz entrecortada a Dáin exclamar:

—¡Qué daría por comerme un pan recién horneado!



El lamento de nuestro amigo nos hizo reír a todos y con ello, Náin se arrancó a cantar una canción de taberna que hablaba de pan, vino y de otros manjares y placeres que todos querríamos degustar en este momento. Y nos sumamos a cantar con él. Y en la segunda estrofa se añadieron otros hermanos de la compañía que también se la sabían.

Recorrimos este tramo con algo más de alegría y llegamos al final de estos campos sin segar. Nos encontramos un camino más ancho que iba de Sur a Norte, pero lo atravesamos y seguimos en dirección Este por otra vereda. En esta zona se veían, más adelante, porciones de tierra donde se había ya segado el cereal. En este momento la columna aminoró el paso y al poco vi como Glûn hablaba con su segundo. Miré más adelante y vi unas construcciones de las cuales se veía salir una pequeña columna de humo. Sin detenernos pudimos advertir como el maestro constructor y 3 enanos más se adelantaban a un paso muy rápido. Me maravillé de la velocidad que llevaban con semejantes pesos y en este terreno tan irregular. En poco tiempo los destacados llegaron hasta las cabañas que cada vez veíamos más cerca. Observé como salían un grupo de hombres a su encuentro y como entablaban una conversación, al parecer, amistosa. Me percaté que el resto de nuestros hermanos también se distendían y aseguraban sus armas, que por cierto yo no había visto que preparasen.

Bueno mis queridos amigos. Por ahora lo dejo aquí. En seguida vuelvo y os relato lo que sucedió en este primer encuentro de este largo viaje.

¡Nos vemos en seguida!

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