lunes, 19 de noviembre de 2012

El Día de Mahal X.



¡Ummmm! De vuelta en mi hogar, que es el vuestro, retomamos el relato dónde lo dejamos hace unos meses, en la tarde antes al día de nuestra marcha hacia el Sur. Sin más sigo con mi historia. Maese, ¿estáis preparado? Bien.

Estuvimos un rato más en la taberna y la clientela, poco a poco, se fue animando. Se olvidaron de esas viejas canciones y trastornos y festejaron largamente unas tonadas muy alegres que cantaron un par de medianos subidos a unas mesas. Era una oda a la cerveza o… a los pastelillos de carne, la verdad es que no recuerdo si lo que alzaban a los altares era bebida o comida, pero lo que sí que consiguieron fue hacernos reír a todos.

Cuando los hobbits bajaron de la mesa aproveché para decirle a Dáin que deberíamos marchar, ir a buscar a nuestros amigos y ver cómo quedaríamos para el día siguiente. El día siguiente. Realmente, hasta ese preciso instante creía que no iba a llegar jamás el momento de la partida. Las últimas semanas se me habían hecho muy, muy largas. Pero finalmente a la mañana siguiente partiría con mis amigos a recorrer cientos de kilómetros en una aventura que en ese momento se me antojaba de lo más difícil y peligrosa, ¡qué joven era! Sí, por fin, con el alba marcharíamos en dirección sur, hacia Gondor.

Dáin protestó un poco porque quería ver si los alegres cantarines volverían a subirse a la mesa, aún más, quería subirlos él mismo y hacerlos bailar, porque decía que eran poco menos que marionetas. Conseguí convencerle de que dejara en paz a los medianos y salimos a la calle. La tarde estaba declinando y las calles se veían de nuevo atestadas. Recorrimos un buen trecho en dirección a la explanada, cuando de pronto alcanzamos a  oír la voz bastante modulada de Náin, nuestro bardo particular, alzándose sobre la cacofonía hiriente de los más variados sonidos del mercado. Nos acercamos en su dirección y al girar un recodo vimos en una pequeña glorieta, subido a un improvisado escenario a nuestro amigo cantando un canto muy bonito sobre la Guerra de las Cavernas, la guerra entre los orcos y los enanos de hacía unas décadas. A medida que avanzaba la melodía más y más gente se acercaba. Nosotros, gracias al impresionante corpachón de mi compinche, nos pudimos reunir con Furin y Frálin en primera fila. Nos saludamos con una mirada y antes de que Dáin dijera nada que estorbara a nuestro bardo le pedí con un gesto que guardara silencio.

Estuvo declamando la balada un buen rato, casi media hora y no tuvo ningún momento de duda ni creí ver error alguno. ¡Se estaba convirtiendo en un rapsoda de buena talla!

Al finalizar, la audiencia conmocionada se alzó en vítores por el trovador, por nuestro rey, por nuestro pueblo y lanzaron, también, unas cuantas imprecaciones en contra de los orcos, nuestros grandes y odiados enemigos. En cuanto se reunió con nosotros, los cuatro le hicimos una amplia reverencia, que demostrara lo que nos había gustado su forma de cantar y para que a las personas de alrededor les quedara bien claro que era amigo nuestro. ¡Nunca sabes si puede serte útil que la gente se fije en ti a través de un congénere!

Decidimos pasar los 5 juntos el resto de la tarde y seguir dando vueltas entre las calles atestadas. Nos detuvimos de tanto en tanto en alguna parada del mercado que nos llamaba la atención pero lo cierto es que no nos demoramos en exceso en ninguna.

Pedí acercarnos hasta el mercader con el que había hablado esa mañana pero una vez llegados hasta su tenderete él no estaba allí. Sólo se veía al enorme guerrero que estaba haciendo malabarismos en nuestra primera visita. También había, me fije, menos género que por la mañana. Estuve mirando en el interior desde la perspectiva que tenía y no pude ver si el cuerno de guerra que me había llamado tanto la atención seguía allí dónde estaba. Me quise acercar, pero mis amigos, que no tenían ni mi misma curiosidad ni ganas de quedarse allí mucho tiempo más, me llevaron en volandas, a pesar de mis protestas, hacia la siguiente parada.

Así estuvimos recorriendo las calles hasta que al fin nos acercamos a la explanada donde se había congregado la mayor parte de los habitantes del asentamiento. Las diferentes carpas que estaban montadas se habían vaciado parcialmente, mucha gente había acabado de comer y había vuelto hacia el mercado o al arenal dónde se irían celebrando las pruebas atléticas que acompañaban a todas estas grandes fiestas.

Nosotros después de acercarnos y ver la competición de tiro con ballesta, que estaba en sus primeras rondas, nos aburrimos un poco y quisimos ir a ver algún encuentro deportivo más interesante.

Dáin nos condujo hacia la zona de los combates cuerpo a cuerpo. A pesar de toda la cerveza ingerida pudo explicarnos los pormenores de una competición que a mí, particularmente, me parecía bastante fuera de lugar y un poco bárbara:

—Esta prueba es de las de más prestigio porque consiste en ser no sólo el más fuerte, sino en el más resistente de todos los competidores. Es de las más dotadas de todas. El ganador se lleva una gran cantidad de dinero, unas 50 monedas de oro, por lo menos. Además es una de las más vistas cada año. Y siempre es de las que más participantes se inscriben. En esta edición según me han informado lo han hecho unos 130 luchadores.

—¿Cómo es que no has competido tú, querido grandullón? —pregunté.

—Estuve inscrito pero al saber que marcharíamos mañana pensé que mejor sería no hacerlo porque, ¿sabéis? A veces las fuerzas no se controlan y salen heridos.

—¡No me digas! Desde luego que es un deporte de brutos —añadí.

—Sí. Es duro, pero sirve como entrenamiento y si además te llevas unos duros, pues mejor que mejor, ¿no? —respondió Dáin.

—Bueno, celebro que no participes en esta ocasión, no sea que hubieras salido magullado y te perdieras nuestro viaje —dijo Frálin.

—¡Compañero! ¡Si hubieras participado en esta carnicería yo sin dudarlo habría apostado por ti! —exclamó Náin.

—¡Y yo! —respondimos casi al unísono el resto.

—Gracias amigos, pero creo que aunque hubiese querido competir no tenía posibilidades de ganar. A ver, es probable que no hiciera mal papel, pero ¡tanto como ganar!

—¡Va! No seas modesto. Pocos hay como tú de fuertes, seguro, ¡aún en la guardia! Y como éstos no pueden hoy participar, pues quizás sí que habrías ganado —argumentó Náin, con el que coincidíamos todos.

—Bueno… No sé. Quizá tengáis razón. De todas formas ya lo comprobaremos el año que viene—respondió Dáin.

Nos quedamos callados unos minutos mientras veíamos como un grupo de elfos que competían sin casi órdenes que mediaran entre ellos, se organizaron en un unidad defensiva que repelía los ataques. El resto de competidores no estaban tan compenetrados como éstos. Hubo un grupo de humanos que quisieron coordinarse, pero al ser atacados por varios flancos no resistieron por igual y un par, antes de caer ante los golpes de un mayor número de atacantes, a la que tuvieron una oportunidad se salieron de la formación y huyeron de esa zona de la arena. Los que no pudieron huir fueron vencidos, o se rindieron, con lo que quedaron fuera de esta primera eliminatoria.

—Bien. Creo que ya hemos tenido bastante de este entretenimiento, ¿no creéis?  —dijo Dáin. Al momento continuo—. Venga, vamos a otro lugar. Ver un combate tan largo y tan tedioso y sin poder participar no me reconforta.

Todos estuvimos de acuerdo y marchamos buscando otro pasatiempo, dentro de la enorme explanada, a la cual poco a poco se iban desplazando las gentes que salían de las carpas que habían servido de enormes comedores. Nos íbamos concentrando en un espacio que estaba delimitado con una valla no muy alta, que servía más para no permitir que la gente se aproximara que para otra cosa. El cercado no era opaco con lo que se podía ver bien qué era lo que sucedía dentro desde cierta distancia. Dentro del perímetro se veían unas dianas colocadas a diferentes distancias. Todo estaba listo para otro concurso de puntería, y por el tipo de blancos debía de ser de lanzamiento de hachas.

Al llegar aún con algo de tiempo pudimos tomar un buen lugar para observar la siguiente prueba que se iba a realizar. El problema era que amí estas distracciones ya me aburrían y sin pernsarlo dos veces les dije a mis compadres:


—¡Chicos! Creo que yo me voy. Regreso a casa. Debo acabar de preparar la bolsa y quiero darme una última vuelta por el mercado. 

El resto intentó que me quedara con ellos. La noche prometía ser larga, pero no consiguieron convencerme y regresé decidido hacia mi casa.

Bien mi querido escriba. Estoy muy cansado esta noche, La falta de costumbre después de tantos meses sin hacer este ejercicio de memoria, me ha levantado dolor de cabeza. Espero que no os importe mis queridos amigos. Me retiro a descansar. Espero veros pronto.

Sin más se despide vuestro.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Disculpas y explicación.



¡Saludos mis queridos amigos! Por fin nos reencontramos.

Lo primero que debo hacer es pediros disculpas por esta larga espera. Si. Hemos estado ausentes cerca de un año, demasiado tiempo. No puedo menos que pediros perdón en nombre de maese Marce y el mío propio por tan larga separación. No hay excusas pero sí explicación.

Este que os habla, anciano enano, parece que sigue siendo tenido en cuenta en las más altas instancias, ¡cosa que me sorprende sobremanera!

Sí. Esta larga ausencia ha sido motivada porque tuve que emprender un viaje,  ¡a mis años! Fue además emprendido con premura y casi sin preparación. Para un enano como yo, de más de 300 años, hacer esta singladura no ha sido fácil, pero con la ayuda de mi buen escriba y de otros amigos antiguos y nuevos he podido hacer el largo camino de ida y vuelta hasta Minas Tirith, imagino que por última vez.

Si queridos amigos, durante este tiempo he formado parte de una embajada de nuestro rey Thorin III Yelmo de Piedra que ha sido enviada a la capital de los dunedain para renovar lazos de amistad y tratar cosas que no puedo explicaros con detalle, como espero comprendáis.

Después del concilio celebrado en la gran ciudad humana, por puro placer y ganas de hacer camino por última vez, fui a ver con mis propios ojos las Cavernas Centelleantes del Señor Gimli hijo de Gloin, afamado hermano, que quizás conozcáis. Creía que había visto maravillas y lugares extraordinarios, pero me asombré de tal manera con la sobrecogedora belleza de esas cavernas y construcciones que no pude que quedarme unos meses para recorrerlas enteras con la mejor guía que podía haber tenido: mi prima Beris. Si estimados, el reencuentro con mi querida Beris me reconfortó y me ha dejado con el alma completamente en paz.

Por último antes de regresar a mi dulce hogar de Erebor abusé de la juventud de mi escriba y nos desviamos y nos llegamos hasta los restos de Zirak-Dûm, el asentamiento de mi niñez. En esta ocasión fui yo el cicerone de mi querido cronista. Le pude enseñar los lugares que os he ido describiendo en el relato que él transcribe. Así, imagino, puede hacerse una idea de los escenarios de mi infancia y primera juventud.

Después de esa última visita, que ayudó a mi viajero espíritu a pedir un poco de descanso, emprendimos la vuelta hasta aquí, hasta encontrarnos con vosotros, porque ¿sabéis? Os echaba de menos. Sí. Es cierto que quizás nuestra amistad no sea de muchos años, pero me llena el alma. Por ello no veía el día de estar de nuevo en mi hogar, dónde recibiros y poder degustar juntos de ese brebaje casi místico que es la cerveza, al calor un buen fuego, que invita al recuerdo y la evocación de tiempos pasados.

Por ello, ¿queréis seguir visitando, esta mi casa? ¿Queréis que os siga contando mi historia?

sábado, 21 de enero de 2012

El Día de Mahal IX.


¡Hola de nuevo amigos míos! Henos aquí, otra vez, con vosotros. El relato avanza, ¡aunque no os lo parezca! Maese Marce está a mi lado, plumas en mano y con ganas de saber más de lo que nos aconteció en aquellos días de hace tanto tiempo. Bien, espero que vosotros también. Por ello, sigo adelante con mi historia.

Salí de la Morada del Rey y me encaminé a la explanada donde estaba el resto de los habitantes del asentamiento. Imaginé que mis amigos estarían allá. Como me iba de camino, pasé por la taberna de Olro, “El descanso del Herrero”, por asegurarme de que no estuvieran allí antes de salir de la ciudad. Mientras escudriñaba el local atestado, para hacer más amena la exploración pedí una buena pinta de la espumosa cerveza que Olro expendía en su taberna. Desde luego la búsqueda, aunque infructuosa, al menos fue placentera.

Al cabo de unos minutos salí de nuevo a la calle. Por lo concurrida que estaba se podía presumir que mucha gente ya estaba de vuelta de la comida del mediodía e iban deambulando por las calles del asentamiento en busca de alguna ganga en el mercado o de algún espectáculo de los muchos que se podrían ver en estos días. En ese momento yo no sabía ya a dónde acudir: ir, como tenía previsto, a la explanada; acercarme al mercado para volver a hablar con el mercader sureño que habla conocido esa mañana; volver a la Morada del Rey (esto en seguida me lo quité de la cabeza por el mero hecho de recordar a Borin). Seguía con esas dudas cuando, de pronto, unas manos poderosas, acompañadas de una no menos fuerte voz, me hicieron dar la vuelta a la vez que oía.

 —¡Estás aquí! ¡Por fin te encuentro! ¿Dónde os habéis metido?

Ayudado, como digo, por esas manos enormes me dí la vuelta y vi a Dáin, con unas mejillas más rubicundas si cabe que de costumbre y unos ojos más iluminados que de ordinario y al ver que se inclinaba algo hacia mí mientras esperaba respuesta le dije:

—¡Dáin! Veo que tu espera no ha sido muy aburrida—respuesta que le debió parecer de lo más graciosa porque entre grandes risas intenté proseguir—. He ido a comer con mi familia y, una vez liberado de mis penosas obligaciones, estaba dispuesto a disfrutar de mis amigos y de unas buenas jarras de cerveza, ¡pero veo que ya no te alcanzo de ninguna de las maneras!

—¡Venga no te lamentes! ¡Que pocos son los que comen en la misma sala que el Rey! ¡No te hagas la víctima, que no cuela, por muy borracho que esté! —dijo con la sinceridad que sólo puede venir de las personas que te conocen bien, por muy achispadas que en ese momento estén.

—¡Tienes razón! ¡Venga, entremos de nuevo! Ahora te invito yo. Por cierto, ¿estás sólo? ¿No estabas con un compañero de la guardia? ¡Sí! ¿No estabas con Bór?

—¡Hace rato que se marchó! Estaba bastante perjudicado y los veteranos en estos días deben de estar preparados para cualquier situación y de pronto me ha dejado con la pinta en la mano y no he podido devolverle mi quinta invitación, así que, según los cánones del buen anfitrión y del sacrosanto decálogo del buen juerguista, ¡estoy en deuda con él! Creo que para desquitarme de este mal sabor de boca, te invitaré a ti, en compensación al abandono de mi anterior compadre. ¿Qué te parece?

—¡Cómo podría negarme! ¡A vuestro servicio!—respondí con una reverencia que me hizo perder el equilibrio  y casi da con mis incipientes barbas en el suelo y que arrancó una estrepitosa carcajada en mi amigo.

—¡Al vuestro mi buen señor! ¡Olro! ¡Dos pintas! ¡Se están secando nuestras bocas y gargantas! —gritó a pleno pulmón, mientras se giraba, para hacerse oír por encima de la mucha gente que seguía llenando la posada.

—¡Marchando! ¡Voy raudo y veloz! ¡Antes de que estos dos pozos sin fondo se vayan a llenar a cualquier otro abrevadero! —respondió el tabernero.

—¡No hay mejor charca que la tuya hermano! Beso el suelo por dónde pasan tus pies cada vez que sirves esas pintas de ese espumeante caldo, sólo apto para los mejores paladares, ¡digno de dioses, si señor!

—¡Dáin! Por mucha rosca que me hagas las pintas las vas a pagar, como todos, ¿entendido? —advirtió sonriendo Olro.

—¡Por supuesto! ¡Yo pago lo que bebo! Y si no me alcanza, he aquí un nuevo compinche que será mi tabla de salvación ante tus precios, al mismo nivel de tu excelso brebaje.

Estaba bebiendo mi primer gran sorbo de la jarra mientras veía atónito cómo Dáin replicaba al mismísimo Olro, conocido por su ingenio y su rápida mente. Paré de beber, miré el líquido que contenía y volví la vista a mi amigo que seguía en su conversación con el posadero y me di cuenta que con una ayudita, sin abusar,  hasta el más tímido se convertía en un locuaz conversador. Tomé nota del asunto por si en el futuro me pudiera ser de utilidad. Regresé a la realidad que me envolvía, en parte porque parecía que la discusión entre los dos enanos ya había acabado y en parte porque desde el fondo de la sala se oían unas voces que iban entonando una canción que a medida que otras se unían se iba alzando en volumen, fuerza y en poder, lo que contagiaba a otros a añadirse. De pronto la recordé y sin darme cuenta mi voz se añadió a la del resto y sólo se oyeron las voces y dejaron de sonar jarras y platos y de oírse bancos o taburetes en movimiento y todos los presentes conocíamos la tonada y todos nos sumamos y cantamos lo siguiente:

Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir antes que el día nazca.

Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.

Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.

En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.

Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.

Allí para ellos mismos labraban las vasijas
y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.

Los vientos ululaban en medio de la noche,
y los pinos rugían en la cima.
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
los árboles como antorchas de luz resplandecían.

Las campanas tocaban en el valle,
y hombres de cara pálida observaban el cielo,
la ira del dragón, más violenta que el fuego,
derribaba las torres de las casas.

La montaña humeaba a la luz de la luna;
los enanos oyeron los pasos del destino,
huyeron y cayeron y fueron a morir
a los pies del palacio, a la luz de la luna.

Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a quitarle nuestro oro y las arpas,
¡hemos de ir, antes que el día nazca!

Y después de la canción se hizo un espeso silencio. Sólo se veían caras sombrías. En ese momento a todos nos pareció que la mayor de las injusticias y el peor hado posible se había apoderado de nosotros, de nuestro pueblo. Y se inflamó el deseo de venganza y el de la justa compensación y las manos se comenzaban a crispar alrededor de las asas de las jarras y alguna que otra mirada era más oscura que antes y nadie hablaba; y otros ojos comenzaban a mirar con recelo alrededor y alguna mano se acercaba a tentar las bolsas colgadas al cinto, como para comprobar que todo estaba en su sitio y al volver se quedaban, entretenidas, sobre las vainas de espadas o mazas y en ese momento me desperté como de un sueño y vi que el silencio se empezaba a hacer demasiado incómodo y Olro, con una mirada de alerta, me pareció, intervino rápido gritando:

—¡No nos desanimemos! ¡¡Es el Día de Mahal! Él nos protege y algún día con su ayuda recuperaremos los Salones Perdidos—al ver que no sacaba a todos los presentes de ese ensimismamiento añadió— y para que no digáis que soy un tacaño ¡¡la próxima ronda va de parte de la casa!!

Con ello consiguió que en la mayoría de las caras se borrara el sombrío semblante, aunque creo que no en los corazones de todos.

Amigos míos, es recordar esa antigua canción y vuelvo con más nitidez a aquellos tiempos de mi juventud. Maese Marce creo que por hoy no añadiré más. Ese canto, como tantos otros, tiene el poder de transportarte a otras épocas o lugares o de sacar de dentro de ti recuerdos, sensaciones, emociones. Es una balada poderosa, que en tiempos más recientes se ha hecho muy famosa en todo el Oeste de la Tierra Media gracias al mediano Bilbo Bolsón, ¡que sus andarines pies sigan llevándole a tierras cada vez más exóticas y a las mejores aventuras! Digo bien, él la ha hecho  llegar  a mil y un lugares gracias a sus memorias: “Historia de una ida y una vuelta” porque en uno de los primeros pasajes es cantada por la Compañía de Thorin Escudo de Roble y él transcribe la parte que nosotros hemos puesto en estas notas que este humilde servidor dicta a este devoto amanuense y que juntos queremos haceros llegar para que conozcáis más de mi vida.

Es suficiente por hoy. Buenas noches,