¡Ummmm! De vuelta en mi hogar, que es
el vuestro, retomamos el relato dónde lo dejamos hace unos meses, en la tarde
antes al día de nuestra marcha hacia el Sur. Sin más sigo con mi historia.
Maese, ¿estáis preparado? Bien.
Estuvimos un rato más en la taberna y
la clientela, poco a poco, se fue animando. Se olvidaron de esas viejas
canciones y trastornos y festejaron largamente unas tonadas muy alegres que
cantaron un par de medianos subidos a unas mesas. Era una oda a la cerveza o… a
los pastelillos de carne, la verdad es que no recuerdo si lo que alzaban a los
altares era bebida o comida, pero lo que sí que consiguieron fue hacernos reír
a todos.
Cuando los hobbits bajaron de la mesa
aproveché para decirle a Dáin que deberíamos marchar, ir a buscar a nuestros
amigos y ver cómo quedaríamos para el día siguiente. El día siguiente.
Realmente, hasta ese preciso instante creía que no iba a llegar jamás el
momento de la partida. Las últimas semanas se me habían hecho muy, muy largas.
Pero finalmente a la mañana siguiente partiría con mis amigos a recorrer
cientos de kilómetros en una aventura que en ese momento se me antojaba de lo
más difícil y peligrosa, ¡qué joven era! Sí, por fin, con el alba marcharíamos
en dirección sur, hacia Gondor.
Dáin protestó un poco porque quería ver
si los alegres cantarines volverían a subirse a la mesa, aún más, quería
subirlos él mismo y hacerlos bailar, porque decía que eran poco menos que
marionetas. Conseguí convencerle de que dejara en paz a los medianos y salimos
a la calle. La tarde estaba declinando y las calles se veían de nuevo
atestadas. Recorrimos un buen trecho en dirección a la explanada, cuando de
pronto alcanzamos a oír la voz bastante
modulada de Náin, nuestro bardo particular, alzándose sobre la cacofonía
hiriente de los más variados sonidos del mercado. Nos acercamos en su dirección
y al girar un recodo vimos en una pequeña glorieta, subido a un improvisado
escenario a nuestro amigo cantando un canto muy bonito sobre la Guerra de las
Cavernas, la guerra entre los orcos y los enanos de hacía unas décadas. A
medida que avanzaba la melodía más y más gente se acercaba. Nosotros, gracias
al impresionante corpachón de mi compinche, nos pudimos reunir con Furin y Frálin
en primera fila. Nos saludamos con una mirada y antes de que Dáin dijera nada
que estorbara a nuestro bardo le pedí con un gesto que guardara silencio.
Estuvo declamando la balada un buen
rato, casi media hora y no tuvo ningún momento de duda ni creí ver error
alguno. ¡Se estaba convirtiendo en un rapsoda de buena talla!
Al finalizar, la audiencia conmocionada
se alzó en vítores por el trovador, por nuestro rey, por nuestro pueblo y
lanzaron, también, unas cuantas imprecaciones en contra de los orcos, nuestros
grandes y odiados enemigos. En cuanto se reunió con nosotros, los cuatro le hicimos
una amplia reverencia, que demostrara lo que nos había gustado su forma de
cantar y para que a las personas de alrededor les quedara bien claro que era
amigo nuestro. ¡Nunca sabes si puede serte útil que la gente se fije en ti a
través de un congénere!
Decidimos pasar los 5 juntos el resto
de la tarde y seguir dando vueltas entre las calles atestadas. Nos detuvimos de
tanto en tanto en alguna parada del mercado que nos llamaba la atención pero lo
cierto es que no nos demoramos en exceso en ninguna.
Pedí acercarnos hasta el mercader con
el que había hablado esa mañana pero una vez llegados hasta su tenderete él no
estaba allí. Sólo se veía al enorme guerrero que estaba haciendo malabarismos
en nuestra primera visita. También había, me fije, menos género que por la
mañana. Estuve mirando en el interior desde la perspectiva que tenía y no pude
ver si el cuerno de guerra que me había llamado tanto la atención seguía allí
dónde estaba. Me quise acercar, pero mis amigos, que no tenían ni mi misma
curiosidad ni ganas de quedarse allí mucho tiempo más, me llevaron en volandas,
a pesar de mis protestas, hacia la siguiente parada.
Así estuvimos recorriendo las calles
hasta que al fin nos acercamos a la explanada donde se había congregado la
mayor parte de los habitantes del asentamiento. Las diferentes carpas que
estaban montadas se habían vaciado parcialmente, mucha gente había acabado de
comer y había vuelto hacia el mercado o al arenal dónde se irían celebrando las
pruebas atléticas que acompañaban a todas estas grandes fiestas.
Nosotros después de acercarnos y ver la
competición de tiro con ballesta, que estaba en sus primeras rondas, nos
aburrimos un poco y quisimos ir a ver algún encuentro deportivo más
interesante.
Dáin nos condujo hacia la zona de los
combates cuerpo a cuerpo. A pesar de toda la cerveza ingerida pudo explicarnos
los pormenores de una competición que a mí, particularmente, me parecía
bastante fuera de lugar y un poco bárbara:
—Esta prueba es de las de más prestigio
porque consiste en ser no sólo el más fuerte, sino en el más resistente de
todos los competidores. Es de las más dotadas de todas. El ganador se lleva una
gran cantidad de dinero, unas 50 monedas de oro, por lo menos. Además es una de
las más vistas cada año. Y siempre es de las que más participantes se inscriben. En esta edición según me han informado lo han hecho unos 130 luchadores.
—¿Cómo es que no has competido tú,
querido grandullón? —pregunté.
—Estuve inscrito pero al saber que
marcharíamos mañana pensé que mejor sería no hacerlo porque, ¿sabéis? A veces
las fuerzas no se controlan y salen heridos.
—¡No me digas! Desde luego que es un
deporte de brutos —añadí.
—Sí. Es duro, pero sirve como
entrenamiento y si además te llevas unos duros, pues mejor que mejor, ¿no?
—respondió Dáin.
—Bueno, celebro que no participes en
esta ocasión, no sea que hubieras salido magullado y te perdieras nuestro viaje
—dijo Frálin.
—¡Compañero! ¡Si hubieras participado en
esta carnicería yo sin dudarlo habría apostado por ti! —exclamó Náin.
—¡Y yo! —respondimos casi al unísono el
resto.
—Gracias amigos, pero creo que aunque hubiese
querido competir no tenía posibilidades de ganar. A ver, es probable que no
hiciera mal papel, pero ¡tanto como ganar!
—¡Va! No seas modesto. Pocos hay como
tú de fuertes, seguro, ¡aún en la guardia! Y como éstos no pueden hoy
participar, pues quizás sí que habrías ganado —argumentó Náin, con el que coincidíamos
todos.
—Bueno… No sé. Quizá tengáis razón. De
todas formas ya lo comprobaremos el año que viene—respondió Dáin.
Nos quedamos callados unos minutos
mientras veíamos como un grupo de elfos que competían sin casi órdenes que
mediaran entre ellos, se organizaron en un unidad defensiva que repelía los
ataques. El resto de competidores no estaban tan compenetrados como éstos. Hubo
un grupo de humanos que quisieron coordinarse, pero al ser atacados por varios
flancos no resistieron por igual y un par, antes de caer ante los golpes de un
mayor número de atacantes, a la que tuvieron una oportunidad se salieron de la
formación y huyeron de esa zona de la arena. Los que no pudieron huir fueron
vencidos, o se rindieron, con lo que quedaron fuera de esta primera
eliminatoria.
—Bien. Creo que ya hemos tenido
bastante de este entretenimiento, ¿no creéis? —dijo Dáin. Al momento continuo—. Venga, vamos
a otro lugar. Ver un combate tan largo y tan tedioso y sin poder participar no
me reconforta.
Todos estuvimos de acuerdo y marchamos buscando otro pasatiempo, dentro de la enorme explanada, a la cual poco a poco se iban
desplazando las gentes que salían de las carpas que habían servido de enormes
comedores. Nos íbamos concentrando en un espacio que estaba delimitado con una valla
no muy alta, que servía más para no permitir que la gente se aproximara que
para otra cosa. El cercado no era opaco con lo que se podía ver bien qué era lo
que sucedía dentro desde cierta distancia. Dentro del perímetro se veían unas dianas colocadas a diferentes distancias. Todo estaba listo para otro concurso de puntería, y por el tipo de blancos debía de ser de lanzamiento de hachas.
Al llegar aún con algo de tiempo
pudimos tomar un buen lugar para observar la siguiente prueba que se iba a
realizar. El problema era que amí estas distracciones ya me aburrían y sin pernsarlo dos veces les dije a mis compadres:
—¡Chicos! Creo que yo me voy. Regreso a casa. Debo acabar de preparar la bolsa y quiero darme una última vuelta por el mercado.
El resto intentó que me quedara con ellos. La noche prometía ser larga, pero no consiguieron convencerme y regresé decidido hacia mi casa.
—¡Chicos! Creo que yo me voy. Regreso a casa. Debo acabar de preparar la bolsa y quiero darme una última vuelta por el mercado.
El resto intentó que me quedara con ellos. La noche prometía ser larga, pero no consiguieron convencerme y regresé decidido hacia mi casa.
Bien mi querido escriba. Estoy muy
cansado esta noche, La falta de costumbre después de tantos meses sin hacer
este ejercicio de memoria, me ha levantado dolor de cabeza. Espero que no os
importe mis queridos amigos. Me retiro a descansar. Espero veros pronto.
Sin más se despide vuestro.