jueves, 8 de diciembre de 2011

El Día de Mahal VIII. El Banquete.


¡Queridos amigos! ¡Pasad, pasad! Adelante, poneos cómodos. Enseguida estoy con vosotros.

¡Bien! ¿Está todo según vuestro gusto? Como veis os he preparado unas bebidas: cerveza escanciada de una barrica de la taberna de mi amigo Dáin. ¡No hay mejor en Erebor! También podéis degustar vinos afrutados de los elfos, para paladares más delicados y… recién llegada de Framsburg: ¡hidromiel de la más alta calidad! Todo ello regará estos pastelillos que he hecho para saciar, si es posible, el hambre que seguro os producirá la parte del relato que esta noche acometemos. ¡Ajá! Veo cómo se os ilumina el rostro, ¡eso es bueno! ¡Vamos! ¡No seáis tímidos! Quién tenga hambre que no se prive y el que tenga sed que elija qué quiere tomar. ¡Eso sí! No esperéis que maese Marce o yo os sirvamos, ¡faltaría más! Todos sois mayorcitos y tenéis piernas y brazos, ¿no? Pues adelante. Sólo pido que no seáis demasiado ruidosos porque nosotros vamos a seguir con nuestro cometido. ¿Todo listo? ¡Pues allá vamos!

Después del encuentro con el viejo Báli y los elfos me dirigí al lugar que debía ocupar junto a mis familiares, en la cuarta mesa de las 7 que habían dispuesto. La principal, donde se sentarían las personalidades, al fondo de la sala, orientada hacia el resto. Las otras 6 se colocaron en 2 hileras de 3. A nosotros nos ubicaron en la primera de la segunda fila. Teníamos enfrente a otra familia de artesanos importantes, el orfebre Bor, su esposa Lís y su hijo Borin, según me pareció que dijo mi prima cuando me los presentó. La verdad es que comenzaba a estar ya inquieto y ¡aún no había empezado la comida!  Hice repaso de todo lo que había acontecido en las pocas horas que habían transcurrido del día: había conocido a gentes del lejano sur del Mundo, a un grupo de elfos, me había reencontrado con Báli, estaba como comensal en un banquete dentro de la Morada del Rey… ¡De veras estaba muy feliz!  Aunque lo que más quería hacer en ese momento era salir de allí, reunirme con mis amigos y explicarles lo que había visto. Pero… “¡Debes comportarte como es debido!” Eso fue lo primero que me dijo mi tío, nada más llegar junto a ellos. ¡Habrase visto semejante aguafiestas! Evidentemente no respondí y me propuse comportarme lo mejor posible, procurar no dar la nota, hablar poco, comer rápido y marcharme lo antes posible.

Al poco de estar sentado mi prima quiso hacerme entrar en la conversación que tenía con Borin. Me pareció que Beris me suplicaba con los ojos que no la dejara sola ante el pesado de su interlocutor. Así fue como ella me dijo:

—Grór. Borin me estaba explicando lo apasionante que es darle forma a los metales preciosos para crear joyas. ¿Verdad que es algo increíble?

—¡Realmente es algo que necesita una precisión matemática! Además un error puede ser fatal: se puede romper un molde, echar a perder la amalgama, o ¡Mahal no lo quiera! ¡Llegar a rayar una piedra preciosa! —exclamó entre apocalípticos braceos el orfebre.

—¡El Hacedor no lo quiera! —dije yo pensando si realmente lo que decía tenía tal importancia. Lo peor es que siguió a la carga ya enfrentado a mí y vi, por el rabillo del ojo, cómo mi prima exhalaba un sonoro suspiro, del cual el mentecato ni se percató, con lo que pensé que debía de armarme de paciencia porque me había convertido en su único objetivo.

—Veo que te interesa. Lo celebro. Imagino, además, que querrás escuchar algo que en el futuro te pueda servir, ¿no es así? ¡Claro!  La herrería, como arte menor, tiene algo que ver con la joyería, porque, ¿no somos creadores? Ambos construimos. Unos, cosas prácticas, de utilidad, ¿cómo negarlo?—dijo señalándome con la palma extendida hacia arriba, en un gesto que me pareció un poco ridículo—. Otros, le damos forma a la belleza —fue decir esto y levantó la misma mano para señalar el broche que Frálin le había regalado a Beris, ¿O señalaba a mi prima?

—Borin  —lo interpelé—. La herrería no es…

—Claro, claro… Ya sé lo que me vas a decir —¡se atrevió a interrumpirme!—. Es noble, no lo pongo en duda y forma parte de la tradición de nuestro Pueblo, eso es cierto también. ¡Pero la orfebrería es el FUTURO! Nosotros podemos crear las joyas más increíbles y hacérselas pagar como debe ser a cualquiera que quiera adquirir estas maravillas.

Aproveché ese momento en el que estaba tomando aire para, antes de que siguiera, poder decir algo:

—¡A ver Borin! Nosotros no somos mercaderes. No me malinterpretes. Podemos comerciar con cualquiera y somos duros negociantes, pero hacer de nuestra esencia el comercio…

—¡Querido Grór! —volvió a interrumpirme—. Te hablo del futuro, no del pasado. Además tengo más ideas para el porvenir. Creo que deberíamos invertir todo lo ganado en bienes raíces. Se acabó el acaparar metales y moneda. Así seguro que no seríamos atacados por Dragones, ni por orcos…

Me estaba empezando a enfadar con el imbécil este. Además ¿cómo me había llamado? ¿”Querido”? De todas formas él siguió con su perorata.

… Es más. Podríamos, desde la posición de fuerza que nos darían las grandes cantidades de dinero y bienes materiales, contratar a otros guerreros que luchen por nosotros y recuperar nuestras ciudades perdidas. O de llegar a algún tipo de acuerdo, ¡no sé! ¿Qué te parece?

Esto ya fue demasiado.

—¡Pero! ¿Tú eres imbécil? ¿O te lo haces? —exploté ante el estupor de mi prima, que volvió a la conversación. A pesar de que me agarró del brazo no pude dejarlo—. ¡Qué! ¿Vas a ir a ver al viejo Smaug y le vas a ofrecer un par de casas o granjas y un puñado de anillos para que libere Erebor, ¿no? O…

—¡Hombre Grór! No exager…

—¡Haz el favor de no volver a interrumpirme! —dije, casi entre dientes, pero lo suficientemente claro como para que lo escuchara. Sin más continué—. Y, quizás le ofrezcas un trato parecido al Daño de Durin, y así podremos con estos acuerdos comerciales recuperar Khazad-Dûm, o conseguir un nuevo aliado, ¿verdad? ¡Mahal Bendito! No sé si es que eres tonto o un pobre trastornado.

Iba a lanzarle una bien nutrida ración de insultos cuando, de pronto, sonaron unas trompetas anunciando la entrada del soberano a la plaza pública. Nos levantamos todos de nuestros asientos. En ese momento mi prima aprovechó para decirme al oído:

—¡Lo siento! No imaginaba que iba a decir tantas sandeces. Intenta controlarte, no te estropees el día.

Tenía razón… Pero es que el cretino estaba enfrente de ella y vi cómo la miraba. Y me enojé aún más. Y lo miré, para ver qué hacía y el muy cobarde me rehuyó la mirada, ¡para hablar con su madre! ¡No daba crédito! De no estar dónde estábamos le hubiera dado una buena somanta de palos.

Acabó la fanfarria cuando el rey y sus acompañantes se sentaron en la mesa principal y todos volvimos a sentarnos acto seguido. Miré a los comensales de honor y vi, no sin asombro, sentado en el extremo izquierdo de la mesa a Báli. ¡Esto sí que no me lo esperaba! El anciano loco, como todos daban en llamarlo, sentado a la mesa de las autoridades. Mi curiosidad tuvo nuevas cosas en las que centrarse, lo que me ayudó a olvidarme del sujeto que teníamos justo delante.

Vi cómo se levantaba y pedía la palabra el Guardián del Tesoro dando unos golpes a una de sus copas. Poco a poco se fue haciendo el silencio y todos nos giramos para escuchar sus palabras.

—¡Nobles Invitados! ¡Eminencia! ¡Padre! Por fin ha llegado el momento de celebrar todos juntos este Día al calor de una buena mesa. Hemos preparado un menú de 49 platos, de lo más variados y esperando contentar desde al más delicado paladar  —sonrió ampliamente al grupo de elfos —, al más insaciable de los apetitos —ahora fue el turno de los medianos, que se rieron y levantando sus jarras devolvieron el cumplido—. ¡¡Sólo espero que sea del agrado de todos!!

Thorin se sentó y esperó, como todos, a que su padre, el rey, nos dedicara unas palabras. Éste con una copa en la mano lo miró y con una expresión de hastío en el rostro y sin siquiera levantarse dijo:

—¡Que empiece el banquete!

Se alzó un murmullo entre las mesas y antes de que creciera en demasía Thorin hizo un gesto, claramente contrariado, con lo que empezó el desfile de viandas por delante de la mesa principal, a la cual sirvieron un ejército de camareros. Cuando todos estuvieron atendidos fue el turno del resto de comensales.

En ese momento desde el otro extremo de la sala llegó la música de la orquesta que hizo más amena toda la comida.

Pasaron durante las 3 horas siguientes toda una suerte de platos bien condimentados… como entrantes se sirvieron excelentes embutidos traídos especialmente desde Hobbiton. Yo diría que La Comarca se habría quedado sin existencias, dada la cantidad que se degustaron. También fueron deleite de los comensales unos quesos de Eregion que, combinados con la buena cerveza servida, mejoraron el humor de, yo diría, todos los presentes. Había más entrantes, frutos de huerta que algunos fueron de mi agrado pero que no me entusiasmaron en exceso, reservándome para los platos centrales de la comida.

Estos llegaron al cabo de casi de una hora después de sentarnos. En todo este tiempo Borin no se dirigió a mí. Le hizo algún comentario a mi prima sobre los alimentos y poco más. Desde luego comía con apetito y por ello, supongo, prefirió centrarse en esta actividad antes que seguir polemizando conmigo. Lo celebré.

Los platos servidos fueron altamente aplaudidos. Se degustaron multitud de carnes: pollos, patos, codornices, corderos, jabalíes y los dos bueyes, todos ellos asados. Junto a las carnes, para deleite de algunos de los elfos y dunedain que habían venido, se prepararon platos de pescado tanto de río como de mar; había truchas en abundancia, salmón (que fue uno de los bocados que más me gustó), doradas, raciones bien abundantes de pulpos, etc.

Tanto el pescado como las carnes estaban acompañadas de guarnición de varios tipos, así cada comensal podía servirse lo que quisiera. Se pusieron sobre las mesas cantidades ingentes de puré de patatas, arroces, maíz dulce y mazorcas asadas. Junto a todo ello se podía disfrutar, ¡y como lo hicimos!, de unas conservas de setas que debían haberse preparado el otoño anterior, previendo que serían gratamente consumidas en esta celebración. Las setas arrancaron risas, palmadas y hasta pateos de satisfacción del grupo de hobbits, que entre todos los asistentes creo que fueron los  más felices.

La comida fue regada con vinos de la región, la mayoría eran cosecheros, me pareció, pero de calidad. Creo que a las autoridades les sirvieron caldos algo mejores. Después supe, por Báli, que habían bebido de una barrica añeja de Dorwinion, cedida por el propio Thorin.

A los postres pudimos probar todas las frutas de temporada que nuestros bien saciados estómagos lograron catar. Yo me contenté con un par de piezas. Una de ellas fue una porción del fruto que me llamó la atención esa misma mañana. La cáscara era, como os dije, dura y de un color verde muy oscuro, pero por dentro, la parte comestible, era de color rojo, muy dulce y jugoso.

Estaba a punto de levantarme (me había parecido que alguien lo había hecho ya) para salir de la Morada del Rey e ir a buscar a mis amigos y explicarles todo lo que había visto dentro, cuando noté cómo me cogían del cuello, por detrás, sin mucha fuerza,  como con cariño. A la vez escuché:

—¡Grór! Estás llamado a hacer grandes cosas. ¿Lo sabes no?

Me giré y vi a Bali con una jarra en la mano y con vivos colores en las mejillas.

—¿Si? ¿Vos creéis mi buen Báli? Yo me conformaría con poder, como antes me has dicho, viajar y ver gentes y sitios lejanos y exóticos—dije—.

—¡Eso lo harás! ¡Seguro! ¡Pero…! ¡Recuerda tu promesa! Juraste delante de mí que irías y que rendirías pleitesía la tumba de mi lejano antepasado Azaghâl de Belegost. No lo habrás olvidado, ¿verdad? —preguntó en voz baja, cosa que celebré que hiciera.

—No. Cómo olvidar esa promesa. Pero… Es que… He de hacer otras cosas antes—contesté intentando evitar el tema.

—Desde luego. Claro, claro… Es cierto que aún no debes ir. Tienes que prepararte mejor. Eres joven e inexperto cómo para entrar en la ciudad perdida. No te preocupes. No digo que vayas ya. Sólo que, por favor, te pido que no olvides lo que me prometiste. Nada más. Y nada menos. Sé que te pido mucho, pero la recompensa será grande si lo consigues—me miró con ojos tristes y suplicantes, lo que me conmovió y me llevó a decirle lo siguiente:

—¡Sí! Como te prometí hace años iré a la ciudad perdida, aunque no sé ni por dónde empezar.

—No te preocupes. Llegado el momento sabrás cómo llegar hasta la entrada. Cuando estés preparado sólo tienes que buscar a Gaeron. Él o alguno de los suyos te llevará hasta el Umbral. Después de esto la exploración por los salones sólo tú la deberías comandar—dijo ahora más animado. Respiró unos segundos, después de beber de su jarra, como intentando recordar algo. De pronto se le iluminó la cara y me tendió con la otra mano un objeto. Acto seguido continuó hablando—. Grór. Ten. Esto es para ti. Debes guardar este objeto hasta que decidas ir.

Me dio un pequeño disco metálico de unos 10 centímetros de diámetro. En el centro el disco tenía unas runas inscritas, eran argenthas, pero debían de ser muy antiguas porque no pude leer lo que significaba.

—¿Qué es? Parece una llave-runa, ¿no? —pregunté

—¡Chico listo! —me dijo a la vez que me alborotaba el pelo con un gesto cariñoso, que a mí, la verdad, no me gustaba pero que soporté estoicamente. Siguió explicando—. Esta llave-runa ha pasado de padres a hijos durante los 6 mil años que hace que debimos abandonar nuestro hogar. Es la única pertenencia que conservo del hogar de mis padres. Y te la cedo a ti, Grór hijo de Thrór.

<<¡Mahal bendito!>>. Pensé. ¡Realmente era un descendiente de los reyes de Belegost! Y quiere que yo, un joven inexperto y poco hábil vaya a explorar una ciudad abandonada hace tanto tiempo. Pensaba en esto y en la responsabilidad que me estaba otorgando, cuando aún pudo asombrarme aún más.

—¡Grór! Hijo. Sólo te pido una cosa. Es un gran favor, que quizá, de entrada, no te guste pero es el motivo por lo que te he elegido a ti. Sé que no me dejarás en la estacada.

—¿Qué es lo que queréis mi buen Báli?

—Quiero que cuando vayas me lleves y me dejes con mis padres—dijo con una expresión de tristeza infinita.

—¡Mi señor! No puedo, es mucho lo que me pedís. Es una empresa dura para jóvenes… No os lo toméis a mal, pero sois muy mayor y yo aun debo, como muy bien decís, prepararme unos años antes de emprenderla a menos que lo que pidáis sea… ¡No eso no! No podéis pedirme esto—dije alarmado. Creía saber ya el motivo de este encargo y me sentía sobrecogido y triste por la misión que me encargaba. Tanto que no sabía ni cómo verbalizarlo. Fue el quién lo hizo por mí.

—¡Sí Grór! Quiero que llegado el momento lleves mis cenizas a la cámara del Rey Azaghâl. Quiero reposar por toda la eternidad en mi verdadera casa. ¡No puedes decirme que no! ¡Sólo tú eres capaz de entenderme y de realizar esto por mí! ¡Dime que sí! ¡Que lo harás! Por favor, por favor, por favor…

A medida que me repetía su súplica, lo hacía en voz más baja. Yo estaba hecho un lío. ¡No sabía qué decirle! Estaba con mis dudas, cuando cogiéndome la mano volvió a pedirme:

—¡Grór! ¿Harás eso por este pobre viejo? —exclamó a la vez que empezaban a brotar de sus ojos gruesas lágrimas, que lo hicieron, si cabe, más anciano y desvalido.

—¡Lo haré! —me decidí—. Pero debéis dejarlo todo resuelto. Si no yo, por no ser pariente directo, no podré hacer nada.

Vi cómo se le iluminaba el rostro y me apretó con cariño el hombro a la vez que me dijo:

—¡Me haces la persona más feliz del Mundo! ¡Gracias, gracias, gracias…!

—¡No tenéis porqué dármelas! De todas formas yo también os pido un favor y creo que será mucho más fácil de cumplir que el que me habéis pedido a mí—dije—.

—De qué se trata.

—No debéis decirle a nadie lo que me habéis pedido. A nadie, ni siquiera a mi familia, y ¡mucho menos a ellos! —rectifiqué.

—Te lo juro Grór. Así será—prometió el anciano.

—De todas formas, cómo vos aún tenéis cuerda para rato, si finalmente desistís de esta locura, ¿me lo haréis saber?

—Grór. Estoy muy decidido. No habrá nada en el este mundo que me haga cambiar de opinión. Si tú no hubieras aceptado mañana mismo hubiera partido yo para intentar llegar, aún faltándome las fuerzas. Hasta ahí llega mi determinación. Por ello te repito: ¿lo harás? No me dejarás en la estacada cuando ya no esté aquí, ¿verdad? —volvió a preguntarme.

—¡Te juro por mi familia, con Mahal por testigo que yo Grór hijo de Thrór llevaré tus cenizas al mausoleo de los reyes de Belegost! ¡Sólo mi muerte hará que no cumpla esta promesa solemne! —juré al anciano.

—¡De nuevo gracias! —dijo Báli. Se erguió y más contento añadió—Vuelvo a mi sitio. Guarda la runa. Adiós mi joven amigo. Nos veremos en las Estancias de Mandos. Te esperaré para que me cuentes tus cuantiosas aventuras. Adiós.

Se marchó i supe que nunca más lo vería con vida. Me giré y vi cómo mi prima y Borin me miraban asombrados. Ella fue a decirme algo y para tranquilizarla me adelanté:

—¿Crees que estoy tan loco como él? Lo que pasa es que me ha dado lástima decirle la verdad y desilusionarlo, está tan mayor—mentí con la mayor convicción posible. Borin me pareció que sí se lo creía pero mi prima simplemente se calló.

Seguimos hablando ella y yo de lo que nos había gustado la comida y de otras cosas triviales y después de un tiempo prudencial decidí despedirme de todos y marchar en busca de mis compinches. Se había hecho bastante tarde y pensé  que todas las preguntas que tenía para el maestro constructor se las podría hacer por el camino que a partir del día siguiente compartiríamos. Así fue cómo salí de la Morada del Rey para disfrutar de la tarde veraniega que aún podía depararnos nuevas sorpresas.

Amigos míos. Creo que este día que fue frenético para mí llegará pronto a su fin y podréis poneros en marcha y vivir esta primera aventura con nosotros, pero eso será en otra ocasión.
Buenas noches.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El Día de Mahal VII.

¡Buenas noches hermosa gente! ¿Cómo estáis? Espero que después de unos días separados todo siga bien. Maese Marce ha estado un tiempo un poco alicaído. Hablaba de que seguramente se quedaría a vivir aquí, en Erebor, ¡para siempre! En los momentos peores llegó a decir que renegaba de su tierra… Como os dicho alguna vez (y que siga quedando entre nosotros) es un hombre algo extraño. Tan pronto está contento de estar aquí como echa de menos su Lugar en el Mundo, como él dice… Y a su lady Elena, por supuesto… Y otras veces lo veo echar pestes de gentes que deben ser una especie de gremios muy poderosos en su patria, que según su opinión, están destruyendo todo lo que sus padres y los padres de éstos habían construido para garantizar el bienestar de todos….  Desde luego se me hace extraño. Aunque lo más raro de todo es que dice que la mayoría de su pueblo no hace nada. Sostiene, y esto es lo más increíble, que están desanimados, sin ganas de luchar por defender esas cosas… Realmente entiendo que se quiera…. ¿cómo dice? ¡Ah sí! Exiliar. Huir de allí para vivir entre nosotros. La verdad es que a mí no me importaría y ¿a vosotros mis queridos amigos? En fin. Imagino que también vosotros le ofreceréis ayuda si decide quedarse a vivir entre nosotros…

¡Ah! ¡Por fin llega! De esto que hemos hablado ni una palabra, ¡por favor! Ya os digo que es muy sensible y quizás no le gustara que estemos hablando de él.

¡Querido amigo! ¿Estás preparado para seguir anotando pasajes de mi historia? ¿Sí? ¿Puedo comenzar? Pues allá vamos:

Después del encuentro con el maestro constructor y el Sumo Anciano Místico los dejé charlando animadamente y regresé por la avenida hacia el Salón del Trono. En un momento llegué allí y vi que ya quedaba poca gente y que la orquesta se había retirado del lugar. El rey seguía sentado en el trono pero me dio la impresión de que estaba muy aburrido, tanto que me pareció verlo bostezar. En ese momento agradecí que nosotros hubiéramos sido de los primeros en saludarlo, porque sino quizá mi tío se hubiera sentido más despreciado aún viendo cómo casi ni devolvía los saludos de las personas que seguían acercándose al estrado. Thorin seguía detrás de él presentando a cada uno de los invitados y recogiendo los regalos que todos le tendían al soberano.

Iba ya en dirección a la plaza pública cuando recordé que también quería ver las estancias del rey. Me acerqué hacia el pasillo que comunicaba el salón del trono con los aposentos del regente cuando vi que la entrada estaba muy bien custodiada por 7 recios guardias, su escolta personal, el Tharkarûl. En otro tiempo los efectivos que la constituían eran 49 guerreros seleccionados de entre todas las casas y gremios, pero en Zirak-Dûm se optó por elegir a los 7 soldados más fuertes y leales. Estaban colocados en dos líneas de 3 una enfrente de la otra con el capitán al final del pasillo que formaban, justo debajo del arco de la puerta de la cámara. Debían de ser unos guerreros extraordinarios, los escogidos de entre el Dûmgarul, los más poderosos de todos los enanos que servían en la milicia del asentamiento. Iban, como no podía ser de otro modo, soberbiamente equipados. Coraza de acero y yelmos completos que no dejaban entrever ni un punto débil donde ser atacados. Sus armas no se quedaban atrás respecto de sus armaduras: las dos líneas de 3 portaban escudos torreones tan grandes como ellos mismos, que en caso de lucha se convertían en paredes móviles que daban una cobertura casi completa y en la mano derecha los seis guardias empuñaban unas mazas de combate increíbles. ¡Qué armas más formidables! Las apoyaban sobre el hombro derecho y con el brazo izquierdo alzaban los escudos sin dejar que tocaran el suelo. ¡Eso da la impresión de la fuerza que tenían! ¡Sostener escudos como estos, de unos 20 kg de peso, durante toda la ceremonia sin dejarlos caer! Desde luego sólo los más fuertes podían estar en ese puesto. El capitán de la guardia llevaba como armadura el mismo tipo de coraza y yelmo que el resto de sus hombres pero no embrazaba escudo alguno. Tenía como única arma una espléndida hacha a dos manos que sostenía en vertical con sus brazos extendidos, como mostrándola a todos los que quisieran mirar. Según supe más tarde, el cargo de capitán de la Guardia Real no fue nunca  hereditario pero la familia que lo había ostentado en los últimos tiempos hasta la disolución de la unidad había sido propuesta para que uno de los suyos lo ejerciera de nuevo, si pasaba las durísimas pruebas de admisión; sólo uno de sus enanos más fuertes y capaces podría estar al frente. Esta decisión del Guardián del Tesoro fue respaldada por la mayoría de las casas nobles, puesto que la familia nombrada tenía un prestigio bien ganado en mil y una batallas. Y así fue como se constituyó la Guardia Real después de estar disuelta desde el ataque de Smaug, el dragón dorado. Durante 7 años se prepararon los aspirantes y finalmente después de una selección realmente dura, que dejó a 3 de ellos lisiados para toda la vida, se eligieron a los 7 enanos que serían la sombra del soberano. Cómo no podía ser de otra manera Oín, hijo de Orlo, el dueño de “El descanso del herrero”, la mejor taberna de Zirak-Dûm, se convirtió en su capitán. Su tío Oroma había sido el último en ostentar este puesto al servicio del padre del actual soberano. Este joven enano fue el que mejor se preparó y todos los instructores quedaron gratamente convencidos de que sería un excelente oficial, por lo que la decisión de nombrarlo fue ratificada por el propio Thorin.

No conocía a ninguno de los 7, pero aunque hubiera sido así, tenía la certeza de que no me saludarían y ni mucho menos me dejarían entrar en los aposentos del soberano. Antes de marcharme pude ver como varios ordenanzas ricamente vestidos iban y venían del estrado del trono hasta la cámara real llevando los presentes que los invitados iban haciendo entrega, la mayoría sin abrir.

Me acerqué todo lo que pude hasta la entrada para ver, aunque fuera un momento, parte de la estancia mientras me dirigía hacia el lugar donde se iba a celebrar el banquete. Miré un momento a través de los guardias y sólo pude vislumbrar que la cámara era grande, con tapices en las paredes y arcones abiertos dónde los sirvientes iban dejando alguno de los presentes que seguían introduciendo en ella. Entre los objetos que vi con claridad estaba la cota de malla de acero rojo que había forjado mi tío, colocada ya sobre un pedestal de madera con forma de enano. ¡Realmente era soberbia! Estaba trabajada con primor y era de una resistencia increíble. Hay quien dice que estas armaduras podían ser tan duras como una cota hecha de mithril, la plata verdadera como la llaman también los elfos, aunque no tan valiosa. El acero rojo es el material más fuerte que se puede forjar en nuestro asentamiento. Mi pariente me había explicado que en las fraguas de Erebor y aún de Khazad-Dûm se habían logrado hacer aleaciones todavía más duras. Me explicó también que los herreros, llegado el momento, siguen pasando a sus aprendices la forma de construirlas para que jamás se pierda ese arte y para cuando en el futuro se reconquisten nuestras ciudades se vuelvan a forjar.

Salí de la cámara del trono siguiendo a un grupo de elfos que iban con ese andar tan cadencioso y ligero que me sigue maravillando. Iban ricamente vestidos. Botas de fieltro en varias tonalidades del marrón, polainas de lino en colores que iban del azul más intenso hasta el negro y todos llevaban unos blusones de seda verde, entallados por unos cinturones hechos con ramas trenzadas de algún misterioso árbol que sólo ellos conocen, me pareció. Caminaban entre risas, alegres y confiados y no se percataron de mi presencia. Así me acerqué y me fijé en que eran elfos espigados, pero no excesivamente altos, joviales y risueños, con el cabello rubio y ojos de un azul intenso. Uno de ellos, el que debía de ser su líder, observaba al resto en silencio, como un maestro observa a un grupo de sus alumnos, aunque por su apariencia no daba la impresión de ser el mucho mayor que el resto. Eso me hizo pensar en que alguien, no recordaba quién, me había hablado de la eterna juventud de los elfos, de que sólo envejece su espíritu y su mirada y para comprobarlo me fui acercando a ellos para intentar mirar más de cerca a este elfo que me intrigaba. En ello estaba, cuando escuché a mi espalda una voz que hacía tiempo no escuchaba:

—¡Gror! ¡No seas impertinente! Deja de mirar así a estos nobles invitados. ¡Querido Gaeron! ¿Cómo estás? Ya veo que tus hijos y nietos siguen al patriarca. ¡Eso está bien!

Me giré y vi a Báli, el anciano que se alojaba en la posada de Olro, el que me había llevado a lanzar aquel alocado juramento la noche de mi “Primer Paseo”. Vi cómo el elfo que lideraba el grupo se giró también y con una voz increíblemente melodiosa y con una amplia sonrisa se inclinó para hacer una reverencia al más puro estilo enano, a modo de saludo, a la vez que decía:

—¡Noble Báli! ¿Cuánto hace? ¡Más de 50 años que no nos vemos! ¿No es así? ¡Seguís igual de imponente que siempre!

—¡No mientas! ¡Estoy con un pie en la tumba! Tú sí que estas bien. ¡Vamos! ¡Como siempre! Por ti sí que no pasan los años, ni aún las centurias. ¡A ver Grór! ¿Cuántos años crees que tiene nuestro joven amigo, Gaeron del Bosque de Forlond, al otro lado de las montañas?

Me debí de turbar apreciablemente porque vi cómo el resto de elfos sonreían y unos a otros se avisaban para estar todos atentos a mi respuesta.

—¡No sé mi buen Báli! Yo diría unos… ¿200 años? —dije sin mucho convencimiento, puesto que a mí me parecía que no debía de tener más de 25, como el resto del grupo. Aunque el anciano había dicho que lo acompañaban ¡hijos y nietos!

En seguida me percaté de que la respuesta debió de agradarles mucho porque todos rieron con ganas, lo que a mí no me hizo ni pizca de gracia.

—¡Chico! ¡Menudo ojo! ¿Cuántos elfos has visto antes de hoy? —siguió peguntando.

—Creo que es el grupo más grande que he visto nunca, tan de cerca, si me permiten la expresión. —Respondí un poco azorado por si los elfos se  molestaban.

—¡Se nota! ¡Hijo! ¡Has de viajar! ¡Debes de salir ya de este villorrio! Sí ya sé que partes en unas horas. Eso está bien. Pero una vez cumplas con el encargo, sigue viajando porque ¡por Mahal bendito! ¡Es la única forma de ampliar tus horizontes! —esto lo dijo mientras me daba empujoncitos en la espalda como exhortándome a marchar ya, en ese preciso instante. En un momento continuó—. Este buen amigo tiene por lo menos…. ¡Creo que ya perdí la cuenta! Más de 1000 años, ¿no es cierto?

—Tienes buena memoria mi buen amigo. 1357 para ser exactos. Comienzan a ser muchos años… Suerte que vivo rodeado de los míos y en ocasiones de otros que me son muy queridos.

Las risas se alzaron un poco en el grupo de acompañantes al ver, seguro, mi cara de estupefacción. ¿Cómo era posible? ¿Qué magia era esa? ¡Más de 1300 años y ni una arruga, ni una cana en su dorada cabellera? Realmente los elfos son seres extraordinarios, sin duda. Me fijé entonces en los ojos del elfo. De un azul intenso, insondables. Parecían pozos llenos a rebosar de experiencias, de alegrías y males acumulados en tantos años vividos, en varias vidas de enanos u hombres. Esos ojos me impresionaron por la seriedad y la tristeza que rezumaban por todo lo que debían haber visto, por el peso de tantas preocupaciones, por el dolor por los amigos caídos en guerras antiguas, que no son más que leyendas para jóvenes como yo. En ese momento, movido por mi fantasía había visto pasar toda su vida y me apiadé. ¡Sí! ¡Qué insolencia! ¿No? Sentí su dolor y su pesar y me conmoví por todo el sufrimiento que deben soportar estos seres inmortales. Y nunca más envidié su inmortalidad. No codicié el Hado de los Primeros Nacidos: no morir por muerte natural y enraizarse y fundirse con la esencia de Arda para siempre.

Mientras miraba y pensaba, Báli siguió hablando:

—Gaeron viejo amigo. Te presento a Grór, hijo de Thrór. Joven enano, casi un niño, ¡del que espero grandes cosas!

Al decir el anciano mi nombre me incliné e hice una reverencia al grupo, que pareció gustar a todos los presentes, a la vez que dije:

—¡A vuestro servicio!

—¡Alzaos mi joven amigo! —dijo. Me levanté y me miró muy fijamente unos momentos que me parecieron años y noté su mirada cómo si me sondeara el alma, como una presencia dentro de mí. Gaeron un momento después sonriéndome ampliamente continuó hablando—. Grór, Bali qué os parece si nos apartamos de la avenida y vamos hasta una de esas mesas. ¡Las bebidas y aperitivos que hay en ellas tienen muy buena pinta!

—¡Andando! —respondió el viejo Bali. Seguidamente se cogió de mi brazo izquierdo y nos adentramos por fin en la plaza pública.

Ésta era un espacio abierto enorme. Tenía por lo menos 200 metros de largo por unos 50 o 60 de ancho. La altura era también grandiosa, unos 30 metros. Se habían excavado unos locales a ambos lados del rectángulo que era la plaza para que sirvieran en el futuro como espacios para comercios. En ese momento estaban, por lo menos los dos primeros que vi, los más próximos, llenos de alimentos y toneles de bebidas. En el de nuestra derecha se habían dispuesto unos grandes espetones que estaban acabando de dorar unos enormes bueyes, que sólo de mirar me hicieron la boca agua.

Me di cuenta de que en la gran nave que era la plaza pública se veía perfectamente y no se percibían ni el olor de la carne asándose ni ningún otro de los que se deberían de oler en una caverna cerrada. Ello me llevó a pensar en que sería interesante buscar la ventilación de la sala. Seguro que los locales tenían sus propias chimeneas, sobretodo el que preparaba los asados, pero aún así la atmosfera era de un aire limpio y aún diría que ligeramente perfumado, muy agradable.

Recorrimos unos 20 metros hasta llegar a unas mesas que se habían dispuesto para que los invitados que iban llegando pudieran tomar un refrigerio. No estaban muy ocupadas, porque la mayoría ya se iban sentando  en los lugares que les correspondían para el banquete. Nos acercamos a una de las 7 mesas que estaban dispuestas para esto y vimos como un grupo de enanos que allí estaban se marchó a ocupar sus asientos, sin saludar ni despedirse, lo que no me gustó en absoluto, ¡qué iban a pensar estos nobles invitados de gentes que se comportan con tan poca educación! Báli debió de ver mi malestar porque se apresuró a hablar:

—Grór. Tranquilo. Ya sabes que no soy muy grato a muchos de nuestros congéneres.

—¡Sí! ¡Pero dónde está la educación y la cortesía para con un anciano venerable y hacia una embajada élfica, nada menos! —me quejé en voz alta.

No vi que nadie viniese a ofrecer disculpas o excusas ante semejante falta de educación y empezaba a sentir cómo me hervía la sangre. Los elfos no dieron importancia a la conversación y siguieron llenándose vasos de un vino excelente que acababan de traer y degustando quesos de distintos sabores y olores, ¡por cierto! Al poco, Gaeron fue el único que quiso hacer un comentario:

—¡Grór! ¡No te preocupes! Son viejas rencillas que deberían estar olvidadas, sobretodo porque sucedieron hace tanto tiempo que ni yo mismo había nacido.

—¡Pero… Es que me parece…

—¡Ni peros ni manzanas! —Ahora fue Báli quien habló— ¡Ya has oído la voz de los mayores! ¿No? ¡Pues relájate! Y prueba estas cecinas, ¡están deliciosas! Deben de ser de… Por la textura de… Bree o…. ¡no! Seguro que son de Cavada Grande, sí ¡eso es! Desde luego a los medianos no hay quién les gane preparando estos manjares. ¡Por cierto! Hemos tenido suerte que estos compañeros nuestros sean vegetarianos   —me susurro el anciano entre risas quedas.

 —¿Todos los elfos son vegetarianos?—pregunté extrañado.


—No. Todos no. Pero no sé porque motivo Gaeron, su familia y gran parte de su pueblo, en el Bosque de Forlond lo son. Desde luego en este momento me alegro que lo sean, ¡sí señor!—respondió el anciano.

Yo asentí y sonreí mientras daba cuenta de varios trozos de esa deliciosa cecina que me tendió. Disfruté de esos momentos sin hablar y viendo cómo comían y bebían entre risas mis joviales nuevos amigos. El flujo de gente que entraba en la sala fue decreciendo y vi cómo la mayoría de comensales estaban ya sentados en sus asientos. Fue en ese momento que me acordé de mis parientes y entre reverencias, manos estrechadas, varios “¡a vuestro servicio!” y un largo abrazo del anciano, me despedí de ellos y me dirigí  a las mesas largas dispuestas  para el banquete. Descubrí a mi prima y mis tíos en la cuarta y me reuní con ellos.

Bien. Queridos míos. Os he de dejar por esta noche. En la próxima ocasión os hablaré del magnífico banquete con que fuimos obsequiados por el Guardián del Tesoro, no por el soberano. ¡Nos vemos pronto!

Buenas noches.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El Día de Mahal VI. La Cámara Ceremonial.

¡Saludos de nuevo!  Esta noche estamos especialmente locuaces y este escriba parece que se ha repuesto y puede seguir tomando nota de mi historia un tiempo más. ¡Aprovechémoslo! ¿No creéis? Bien. Continúo pues.

Al ver cómo mi familia partía con otros invitados hacia la plaza pública donde se iba a celebrar el banquete oficial, yo caminé en dirección contraria. Quería ver la Cámara Ceremonial y si podía la Cámara del Rey. Estaba seguro de que el almuerzo tardaría aún una o dos horas más en comenzar, por el número de gente que todavía no había presentado sus respetos al soberano. Por ello en el salón del trono aún había mucho público y se oía el rumor de muchas conversaciones y alguna risa de tanto en tanto. De fondo hacía un rato se escuchaba una música muy liviana de flautas y violines. Hacia dónde me dirigía, la avenida que llevaba a las dependencias que usarían a partir de hoy los Ancianos Místicos, pude ver la orquesta que amenizaba la recepción. Era de 4 violinistas y 3 flautistas que interpretaban en ese momento “El Lago Espejo” una canción muy, muy antigua que en su versión cantada explica cómo Durin llegó ante el lago Azanulbizar y cómo vio su faz reflejada en las aguas tranquilas y cristalinas del lago, haciéndole decidir que ése sería en adelante su hogar y el de su pueblo.

Pasé al lado de los músicos y continué por el largo pasillo hacía la cámara. Éste, como el resto de la Morada, estaba forrado de losas que le daban ese aspecto limpio y pulcro a todas las dependencias que había visto hasta ahora. La particularidad era que las de esta vía no tenían forma de cabeza de hacha, si no que eran losas de granito cuadradas, de unos 77 centímetros, que encajaban unas con otras sin necesidad de ningún tipo de cemento o argamasa. Éstas ascendían en 2 líneas intercaladas hasta una altura de 1,44 metros y a partir de aquí se incorporaba una  línea de piezas de mármol blanco de 30 centímetros de alto por 1 m de largo, que encajadas también, daban la impresión de ser una única pieza la que recorría cada lado del pasillo. Por encima de esta pieza se colocaban otras de granito, también encajadas unas con otras, dejando ahora, entre ellas, un espacio pequeño cada 3 metros lineales de baldosas. En estos lugares se habían colocado unas Piedras de Luz, que daban la claridad suficiente para caminar sin ningún tropiezo, aunque, como digo, el pasillo estaba limpio y cuidado.

De estas Piedras de Luz ya me había hablado mi tío alguna vez. Son gemas mágicas que guardan luz de colores diversos y que permiten ver o romper la oscuridad de los sitios profundos. No alcancé a tocarlas pero me quedé extasiado mirando como iluminaban con una luz blanca todo el pasillo, que poco a poco, a medida que avanzaba por él, se iba abriendo dejándome ver la Cámara Ceremonial.

La sala que iba buscando estaba ante mí. Otra vez me recreé en la contemplación de otra dependencia de la Morada del Rey. La avenida después de haber recorrido unos 50 m se abría en una gruta muy grande, sin duda ensanchada por los maestros constructores, dando lugar a una sala de unos 30 metros de diámetro. Dentro de la sala se erigía la Cámara propiamente dicha. Ésta era un habitáculo de 7 lados con una puerta de 2,5 m de alto rematada en un arco puntiagudo, encarada con la avenida. El edificio se alzaba 21 metros desde el suelo y calculé que debía tener unos 21 metros de diámetro. Toda la construcción estaba recubierta de baldosas de mármol blanco en forma de cabeza de hacha. Me moví. Comencé a recorrer la sala alrededor de la cámara y vi que toda el habitáculo estaba recubierto de éste níveo material. Mientras me movía me di cuenta que en cada una de las 7 paredes a una altura de unos 14 m habían construido unos nichos perfectamente alineados y, si mi vista no me engañaba, estaban a la misma altitud en todos los muros. Éstos estaban tapados por una fina capa de obsidiana o de un cristal muy oscuro o algún otro material. El contraste con el mármol era magnífico

A medida que circunvalaba la cámara escuche unos pasos y unas voces que se dirigían hacia aquí. Pude escuchar algo de su conversación.

—… os parece Venerable? No tiene la grandeza que vos y vuestros hermanos merecéis, pero dadas las circunstancias no hemos podido hacer más.  Y suerte del Guardián del Tesoro, gracias a él y a vuestra intercesión hemos podido acabar estas obras. Estos últimos tiempos han sido muy duros, ¡sólo Mahal lo sabe! El Rey…

—¡Sí! Maestro Glûn. Vuestro trabajo y el de vuestros hombres ha sido encomiable y ha dado unos frutos increíbles, de una gran belleza. Por fin tendremos los edificios que merecemos—interrumpió  la segunda voz.

En ese momento dudé de si quedarme dónde estaba para ver si así podría pasar desapercibido. Al instante siguiente me dije que sería mejor hacerme notar no fuese que al final me descubrieran y pensaran que los estaba espiando. Me dejé llevar por este auto-consejo y caminando con sonoras zancadas me dirigí lo antes posible hacia la avenida. Como sospechaba, quiénes hablaban eran el maestro constructor Glûn y el Sumo Anciano Místico. Los dos me escucharon y el segundo me miró con suspicacia. Antes de que ninguno me increpara me acerqué a ellos, hice una escueta reverencia al Anciano Místico y con mi mejor sonrisa me dirigí al primero:   

—¡Maestro Glûn! ¡Qué belleza! ¡Qué maravilla! Estoy sobrecogido por la grandeza de esta construcción. Todo el conjunto es realmente increíble. ¡Me he quedado mudo de asombro!

—No es para tanto mi joven Grór. Sí no os sorprendáis, soy buen fisionomista y ayer mismo hablamos y acordamos que nos acompañaríais con otros jóvenes una parte del camino, ¿no es así? —respondió a mis halagos.

—¡Sí! Sí. Es cierto. Ayer mismo hablamos con vos. ¡Qué cabeza! ¿Veis? Esto es porque la maravilla de este lugar me nubla las entendederas.

—¡Bueno! Creo que las entendederas las tienes nubladas desde hace un tiempo, ¿verdad muchacho? —se rió el Anciano a mi costa.

Iba a responderle cuando el constructor se dirigió de nuevo a mí:

—Grór. Sabed que saldremos muy temprano. Recién salido el sol, como muy tarde a las 7 de la mañana. Quién no esté en la puerta de Los Puertos nos tendrá que alcanzar en camino, y ya te digo que no será fácil.

—¡Señor! Es un honor poder acompañaros aunque sea sólo una parte de la ruta—dije. Me disponía a marchar y estaba iniciando una reverencia, cuando Glûn volvió a hablar:

—¡Espera hombre! ¿No quieres ver las lámparas encendidas? ¿Qué os parece eminencia? ¿Creéis que este joven es apto para captar la magnificencia de las Luces de Mahal?

Yo estaba ahí de pie, con ellos, y no daba crédito a lo que oía. ¡Las Luces de Mahal! Había oído historias sobre grandes lámparas mágicas que había antaño en todas las grandes ciudades enanas pero, ¡por el Hacedor! Iba a poder ver algunas en funcionamiento, si el Anciano Místico, consentía. Estuve unos segundos esperando y finalmente éste dijo:
  
—¡Bueno querido amigo! Porque me lo pides tú. Muchacho ponte detrás de mí. ¡Y permanece calladito!

Me coloqué detrás del Anciano y esperé. De pronto vi cómo alzaba los brazos extendidos. En el derecho llevaba un báculo que le servía de ayuda al caminar y como símbolo de su autoridad. A la vez empezó a entonar un cántico que era un murmullo al principio. A medida que éste se alzaba vi cómo las Piedras de Luz de la avenida y las que había en la sala se iban apagando hasta que quedamos completamente a oscuras. Cuando esto sucedió alzando todavía más la voz el sacerdote dijo:

—¡Oh Mahal Misericordioso! ¡Tú que fuiste Creador y Maestro!  ¡ILUMINANOS!

De pronto se encendieron a la vez toda la serie de lámparas que había en cada uno de los nichos de cada una de las 7 paredes de la Cámara, emitiendo un fulgor muy intenso. Esos brillos tamizados por las placas de obsidiana daban una luz roja muy fuerte. Ello recreaba, me pareció a mí, la Luz de los Fuegos de la Forja del Herrero. El lugar donde fueron creados los 7 Padres en la Noche de los Tiempos.

El mármol blanco que recubría toda la construcción propagaba esta luz roja y la multiplica. Fue tal la belleza que no pude ni pronunciar palabra durante unos minutos. Mientras tanto el anciano oraba una letanía que no pude entender y vi cómo Glûn me miraba divertido.

—¡Sublime! Mis más agradecidas felicitaciones maestro. —Acerté a decir mientras hice una reverencia que por poco no dio con mis huesos en el suelo, cuan largo era.

—¡No! ¡Gracias a vosotros! Al pueblo de Zirak-Dûm,  que con su buen hacer, día a día, ha permitido que tengamos los recursos suficientes para construir todo esto.

—Ciertamente todos nos debemos congratular de que nuestro Soberano tenga por fin la Morada que se merece en este asentamiento. —Zanjó el Anciano Místico. De nuevo entonó otro canto y las luces de la Cámara se fueron apagando y se encendieron la Piedras de luz, las que estaban por toda la sala.

—¡Bien mi joven amigo! Me temo que nos tienes que disculpar. Debo entrar con su eminencia en la Cámara Ceremonial y tú aún no puedes hacerlo —me dijo Glûn.

—¡Pero...! ¡Sí tengo un montón de preguntas sobre vuestro oficio, sobre el viaje, sobre muchísimas cosas que aún no he descubierto!

—¡No desesperes hombre! Voy a estar el resto de la tarde aquí. Búscame después de la comida y creo que podré hablar contigo. ¡Venga! ¡Ahuecando! —insistió.

—Está bien. Luego nos vemos maestro. Eminencia. —Me despedí de ellos y me dispuse a volver con mi familia. Imaginaba que La Cámara del Rey no se podría visitar, pero aún así me acercaría todo lo posible para echarle un vistazo, antes de reunirme con mi parentela.

Queridos míos. Por hoy debo abandonaros, pero en breve seguiré explicando otra porción más de estas memorias mías.

Gracias y buenas noches.

domingo, 30 de octubre de 2011

El Día de Mahal V. La Morada del Rey.

Henos de nuevo ante vosotros mis queridos amigos. Casi una semana sin poder hablaros. Demasiado tiempo me parece, pero desgraciadamente no nos ha sido posible estar antes ante vosotros. ¿Estáis preparado mi buen escriba? ¿Sí? Pues sin más dilación sigo contando:

Ya me había despedido de mis amigos y me volvía hacia dónde estaba mi familia a punto de cruzar. Entonces me fijé que se habían dispuesto unos gruesos cables a la altura de los codos, que atravesaban el foso y que ayudarían a los ancianos y a los menos ágiles de los que debían de cruzar.

Antes de pasar me giré para ver si mis cofrades se marchaban ya o seguían en los Atrios del Rey. Vi cómo iban hacia la salida los tres entre risas y seguramente pullas de Náin a Frálin y viceversa. Entonces me apercibí que Beris también miraba. Vi, además, que llevaba el broche que le había hecho Frálin. Estaba seguro que se lo había puesto, pero al vérselo me atreví a  preguntar sin más dilación pero con la delicadeza de una piedra de lijar del 7:

 —¡Beris! ¿Te has decidido ya?

—¿Qué quieres decir? —contestó rápidamente a la vez que se empezaba a ruborizar.

—¡Venga! A mí no me lo puedes esconder. No sabes por cuál de los dos decidirte, ¿verdad? ¿Cuál te gusta más? —seguí apremiándola.

—¡Se te han secado los sesos de tantas horas como pasas en la forja! ¿Pero qué dices? ¿A ver, qué se te ha pasado por esa cabezota tan dura?—a la vez que me lanzaba esas y algunas imprecaciones más me dio un par de coscorrones para, imagino, comprobar lo duro que era efectivamente mi cráneo.

—¡Ay! ¡No me pegues! ¡Si salta a la vista! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Las 7 furias de Thangorodrim son menos que esta muchacha! ¡Favor!—bromee mientras intentaba escabullirme de los golpes de mi prima.

—¡Ven aquí! ¡¡Te voy a dar un par de “consejos” a la hora de hacer ciertas preguntas a una dama!! —gritaba ya más divertida corriendo tras de mí entre las miradas de desaprobación de los pocos que aún no habían pasado el puente.

—¡Beris! ¡Gror! ¿Qué hacéis? —habló mi tío y ya en un tono más bajo pero más amenazador—. ¡Queréis comportaros? Haced el favor de dejar de ponerme en ridículo, ¡que ya no sois unos niños!

—Sí. Si por eso es por lo que estamos “hablando”, porque Beris ya ha dejado de ser una niña—dije casi en un susurro para que sólo me escuchara ella. Ya en voz más alta— ¡Perdón tío! He sido yo el que la ha molestado. No te preocupes ya me estaré quieto, descuida.

—¡A ver si es verdad! —me conminó Frenrir.

—Ya hablamos luego. Beris de verdad, no es burla. Si quieres mi consejo aquí me tienes —susurré a mi prima y vi cómo asentía sin decir nada justo antes de que cruzara el puente mi tío, a grandes zancadas y sin vacilar. Del otro lado ya estaba mi tía, que con todo nuestro jaleo ya nos esperaba charlando con otras personas.

En seguida cruzó Beris con gracia y agilidad sin necesidad de agarrarse a los cables de ayuda. Mientras esperaba de este lado vi cómo mis amigos ya salían por las puertas hacia la ciudad. Cedí el paso a un elegante enano que no conocía y que me lo agradeció con un gesto. Cuando ya había cruzado me dispuse a pasar yo. Tuve un momento de vacilación. El Puente era un nombre que le quedaba muy grande a esa estrecha pasarela de unos 20 centímetros de ancho que según me fijé estaba hecha de una sola pieza de granito en forma de arco, cuyos extremos descansaban en dos hendiduras enfrentadas en el foso. De nuevo me maravillé de la manufactura y me paré un momento para ver mejor cómo estaba hecha la junta, para ver si estaba encofrada, o bien descansaba por su propio peso, cuando desde atrás me llegó la voz impaciente de un anciano:

—¡Venga joven! ¡Que no tenemos todo el día!

Me giré para disculparme a la vez que quise seguir andando y volvía ya la cabeza hacía el frente, cuando vi, como el cuerpo tiraba de mí hacia abajo, a la vez que escuchaba un grito de mi prima, secundada por decenas de voces:

—¡¡¡Grór!!!

No sé cómo lo hice, pero os juro que conseguir recuperar el equilibrio sin tocar los cables, y raudo crucé sin vacilar y sin mirar abajo hasta el otro lado. Al llegar junto a mis parientes vi que estaban blancos, no sé si de miedo por ver cómo casi me caigo o de vergüenza de sufrir mi facultad de dar siempre la nota. Frenrir iba a decirme algo, imagino poco amable, pero para mi suerte mi tía lo cogió de la mano y nos dijo a todos:

—¡Vamos! Que nos esperan. Como no espabilemos seremos los últimos.

Avergonzado los seguí hacía los 7 escalones que subían hacia la puerta que, abierta y custodiada por dos veteranos del Dûmgarul con sus trajes y armas de gala, daba acceso a la Morada del Rey. El palacio que el maestro constructor Glûn y sus hombres habían construido junto con los Atrios del Rey durante 23 años. Desde luego no imaginaba aún la maravilla que iba a ver.

Cruzamos la entrada, que medía por lo menos unos 7 metros de ancho, siguiendo a otros invitados. Las puertas que la cerraban eran dos hojas de 3,5 metros de madera de roble reforzada por unas venas de acero que le darían mayor solidez. Mientras cruzábamos puede ver en uno de los refuerzos un símbolo muy familiar. El martillo sobre el alma de una espada, marca del herrero de mi tío. Un gran gozo me llenó en ese momento por pensar que nosotros habíamos contribuido a construir el palacio.

Nos adentramos por el pasillo y cuando llevábamos recorridos unos 20 metros éste se ensanchó e iluminó de una manera que casi nos cegó. Se abría ante nosotros una sala dónde nos reuníamos decenas de personas y pude ver que aún no estaba llena siquiera la mitad de su superficie. Era una sala abierta, sin muebles, pero con las paredes decoradas con frisos que mostraban imágenes de la historia de nuestro pueblo. Completando los lienzos de pared se había dispuesto la decoración con baldosas en forma de cabeza de hacha, la preferida para nuestras construcciones. La sala tenía también dos filas de columnas que sostenían la gran bóveda que se alzaba a unos 25 metros por encima de nosotros. De ésta última pendían siete grandes lámparas que le daban esa luminiscencia que nos maravillaba a todos los presentes. 

Los ecos de las exclamaciones de admiración se iban sucediendo a medida que iba llegando más gente. Me quedé sin palabras, extasiado, mirando arriba, a los lados y abajo un buen rato. Allá dónde posaba mi mirada no veía roca, veía baldosas, azulejos, todo decorado, limpio y reluciente. De pronto, como si estuviera a mi lado, desde el fondo de la sala se escuchó la voz del más anciano de los Místicos.

—¡Adelante hijos míos! ¡Adelante! Entrad en la Morada del Rey. De nuevo será El Guardián del Tesoro, Thorin Escudo de Roble, quién se dirija a vosotros.

Así fue. Unos segundos después la voz del joven príncipe nos envolvió a todos con estas palabras:

—¡Nobles invitados! Pronto degustaremos las viandas con las que nuestro Soberano nos va agasajar, pero antes quiero enseñaros la maravilla que Glûn el Maestro Constructor ha creado con sus hombres para que nuestro Rey viva como debe hacerlo en el exilio. Esta es la Sala de las Asambleas. Será el lugar de reunión para debatir las cosas importantes que nos preocupen.

—Como veis—continuó—, a los lados se abren dos Avenidas. Son los nervios que conectarán todo el asentamiento a medida que lo vayamos agrandando. Si querido Glûn, vuestro trabajo ya ha acabado pero no el nuestro. No pensaréis que esta maravilla no crecerá con los años, como cualquier otro objeto que con mimo construimos, ¿verdad pueblo mío? Crecerá y esta sala ahora de asambleas se convertirá en vestíbulo de una gran ciudad—dejó pasar unos segundos para que estas últimas palabras se asentaran en nuestros corazones y en seguida siguió hablándonos—. Siguiendo las avenidas veréis aparecer dos espacios importantes que darán gran servicio a nuestra comunidad. En el de mi derecha encontraréis la primera Plaza Pública, dónde hoy celebraremos el banquete que nos llevará a disfrutar de la hospitalidad del Rey. En ella se han abierto locales para que en el futuro algún comercio se pueda instalar si es necesario. A mi izquierda está la Cámara Ceremonial, lugar donde los Ancianos Místicos podrán atender a quién lo necesite y dónde guarecerse a rezar. 



—¡Por último ¡Pero no menos importante! !—hizo de nuevo una pausa algo dramática, para continuar con un tono aún más alto— ¡El Corazón del Reino! ¡Seguidme! Entrad conmigo a rendir pleitesía a vuestro soberano—calló en ese momento y se introdujo por otro pasillo que tenía detrás y siguiéndolo lo hicimos, poco a poco, el resto de los que allí estábamos hasta que pasamos a otra sala hexagonal enorme, desprovista también de muebles y dónde casi al fondo había un estrado de piedra de un  metro de alto, encima del cual había un sillón de piedra robusto, de granito, y parecía que no había sido limpiado de asperezas. Sentado en él estaba Thráin. Mirándonos con calma y detenimiento. Thorin se acercó hasta él y de nuevo habló, aunque en esta sala tuvo que alzar la voz para que todos pudiéramos escucharlo:

—¡Padre Mío! ¡Te entrego la Morada del Rey como muestra de mi amor y fidelidad a ti! —mientras decía esto, de rodillas, le tendió al soberano un aro, que desde la distancia me pareció de oro, con unas llaves de plata que pendían de él.

Thráin. Se levantó del trono y poco a poco se acercó a su hijo y ante todos nosotros dijo:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! ¡Ilustres invitados! Sed bienvenidos a esta Nuestra Morada. Hijo mío ¡álzate! Ven a ocupar el lugar que te corresponde. Yo, Thráin, hijo de Thrór, soberano de Zirak-Dûm, de Erebor en el exilio, te confirmo como Guardián del Tesoro y te entrego las llaves del Asentamiento como Albacea y Administrador de Mi Casa—después de lo dicho le devolvió la llaves y de nuevo se sentó en el trono y Thorin se situó de pie a su lado derecho, colgándose el aro del cinturón de cuero tachonado de placas de plata. Acto seguido el rey continuó hablando:

—¡Noble Glain! Seguid con la ceremonia.

—¡Majestad! ¡Queridos hijos míos! ¡Amigos llegados de otras tierras! Yo, Glain hijo de Kalin, el Sumo Anciano Místico, os doy la bienvenida en nombre de Mahal a esta morada que es su regocijo. Y es su regocijo porque nuestro soberano, su hijo predilecto, tiene la Casa que le corresponde, entre la sólida Roca que nos vio nacer y de la cual el Hacedor nos dio Vida.  ¡En este día que conmemoramos el momento en que Él creó a los 7 Padres, inauguramos estos Salones con su Beneplácito!

Con un gesto de su mano las luces de las 7 lámparas que también colgaban del techo de esta sala se fueron apagando poco a poco hasta que todo quedó a oscuras. Se hizo un silencio sobrenatural. De nuevo al cabo de unos segundos se oyó de nuevo la potente voz del Sumo Anciano:

—¡Zirak- Dûm! ¡Rinde pleitesía a tu Ilustre Hijo, Thráin hijo de Thrór, del Linaje de los Barbiluengos, que se remonta a Durin el Inmortal!

Así mientras se apagaban las luces fuimos inclinando las cabezas en signo de entrega al soberano. Justo en el momento que dejó de oírse por completo la voz del Anciano se abrió un agujero en el techo que dejó entrar un haz de luz que fue a iluminar el trono y a Thráin. Y en ese instante se alzó un rugido de la multitud:

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

Todos nos dejamos llevar de nuevo por la euforia y la alegría de ver a nuestro soberano en su trono de dura piedra, el elemento que, según cuenta la tradición, Mahal empleó para crearnos.
Seguimos por un rato así hasta que de nuevo el Sumo Anciano se adelantó hasta dónde el haz iluminaba y con los brazos extendidos reclamó silencio, para una vez conseguido girarse al rey y éste alzándose del trono nos dirigió las que fueron las últimas palabras de la ceremonia:

—¡PUEBLO DE ZIRAK-DÛM!  ¡¡MI MUY QUERIDA FAMILIA!! ¡¡DISFRUTAD DE ESTE DÍA DE MAHAL Y DE MUCHOS OTROS VENIDEROS!!

Thráin volvió a sentarse y poco a poco se fueron encendiendo las lámparas y pude ver lágrimas de alegría en más de un rostro. Pude ver, también, cómo se habían situado varios guerreros del Dûmgarul alrededor del estrado, signo de que durante un buen rato todos los asistentes pasarían a dar su saludo al soberano. Yo esperaba que nos tocara pronto porque quería investigar y recorrer toda la Morada. Me situé cerca de mis parientes y guardamos pacientemente nuestro turno.

A medida que pasaban los invitados con cada uno el rey tenía unas palabras. Entre el Sumo Anciano Místico y Thorin iban presentando a cada persona o familia que rendía homenaje a su majestad. Por allí pasaron elfos invitados de los Puertos Grises, nobles Dunadeain venidos desde Gondor. Sin duda con este grupo debía haber venido Elendur, el noble que le había hecho el encargo a Frenrir. Me alegré de que le hubiera sido imposible desplazarse hasta aquí, lo que me daba a mí la posibilidad de vivir la aventura de viajar hasta su casa a hacerle entrega de la espada forjada para él.

Después de un buen rato nos tocó a nosotros. Subimos los escalones del estrado y descubrí que en el suelo habían cincelado el yunque y el martillo con la corona  de 7 estrellas, el símbolo de nuestra casa regente. El rey estaba, me pareció, algo impaciente. Mi tío, como cabeza de familia nos presentó a todos y le entregó el voluminoso paquete que llevaba.  El soberano agradeció el detalle y ya iba a dárselo a su ayuda de cámara que estaba recogiendo todos los presentes, cuando un ligero carraspeo de Thorin le indujo a abrirlo, no sin cierta parsimonia. Esto debió de molestar a mi tío, pero se controló o a mi no me pareció que dejara ver sus emociones delante del rey. Éste acabó de desenvolver el regalo y vi que era una magnífica cota de malla, como no podía ser otra cosa viniendo de un herrero. Creí ver un leve asentimiento en Thráin, pero fue su hijo quien habló.

—¡Maestro Frenrir! ¡Una vez más colmáis nuestras expectativas! ¿No es así padre? ¡Qué excelente loriga de Acero Rojo! ¡De una calidad sin igual! —de nuevo mi orgullo se inflamó como la llama al ser alimentada por un buen haz de leña. Por ello fue como si me cayera un jarro de agua helada, ¡qué digo! Un cubo de agua de glacial no me hubiera dejado más frío que lo que escuché a continuación en boca de Thráin:

—Sí. Acero. Realmente no está mal. Gracias buen Frenrir. Sigamos—. Y sin derecho a explicación ni a replica alguna, con un gesto, nos desplazó y sin más tuvimos que bajar del estrado para dar paso a los siguientes invitados.

Mi tío, ahora sí, tenía la cara demudada entre la cólera y la desolación. Nos alejábamos, poco a poco, del trono cuando escuchamos la voz de Thorin, que había bajado también y vino a hablar con él:

—¡Disculpad a su Majestad! Estoy seguro que no ha querido ofenderos.

—¡Alteza! No debéis disculparlo, al fin y al cabo es cierto. Ha sido un pobre presente. Siento no haber estado a la altura de Él ni de este día—se lamentó.

—¡No! ¡No mi buen Frenrir es un regalo magnífico, digno de él y de otros reyes con mayor riqueza y poderío. Es sólo que está cansado. Que, imagino, quiere acabar cuanto antes y pasar al siguiente acto de este largo día. No os lo toméis a mal. ¡De verdad!—nos alivió.

—¡Gracias! Sois muy generoso conmigo y con mi familia—agradeció mi pariente.

—¡Bien! La cota tendrá el lugar que se merece con el resto de armas y armaduras del rey en su Cámara. Ya he dado orden que sea la que sustituya a la que normalmente usa. Sin duda sabéis que yo también soy herrero y sé apreciar vuestro  trabajo. Además, el acero rojo es el metal más resistente que podemos forjar en estas instalaciones. Bueno, lo cierto es que no tengo que ensalzar una cosa que ya conocéis de sobra. Sin más os tengo que dejar, debo ir con él y ser su soporte en esta larga jornada, ¿lo entendéis verdad?

—¡Mi señor! Repito. No hacía falta esta explicación, aunque la agradezco enormemente y sabed que tenéis un humilde herrero entregado a vos y al rey.

—¡Bien!  Marcho junto a él antes de que se impaciente. Saludos noble señora, jovencita y tú muchacho… ¿has ido ya a visitar los Salones de Belegost? Has de saber que muchos lo han intentado y pocos han pasado del Umbral y menos aún lo han hecho y han vuelto para contarlo. Así que ten cuidado y entrégate a causas más útiles o lucrativas.

—¡Sí señor!... Así lo haré—conseguí balbucear mientras observaba como se alejaba hacia el estrado—.

—¡Vaya! ¡Me va a perseguir aquello que dije hace ya más de 3 años!—comenté para mí pero en voz demasiado alta.

—¡Pues que te creías! Es que lo que soltaste en esa noche de borrachera no fue cualquiera de las tonterías a las que nos tienes acostumbrados, querido—metió el dedo en la llaga mi prima—.

—Basta de discusiones. Lo que dijo tu primo sin duda fue una gran estupidez, pero creo que ya entendió que hay que saber qué decir y cómo. Además, con lo dicho hoy por el Guardián del Tesoro espero que le quede claro que son cosas que no se olvidan y tienen su importancia. Nada más se dirá de esto ahora. Dirijámonos hacia la Plaza Pública. Antes o después tendremos que ir hasta allí. Y aquí todavía hay para rato—zanjó mi tía Beru antes de que Frenrir pudiera decir algo.

—Tía Beru, tío Frenrir la verdad es que me apetece dar un paseo y admirarme de la construcción. Id vosotros, en seguida os alcanzo—pedí—.

—De acuerdo. Pero no te demores mucho. ¡Vamos a ver si se me acaba de pasar el disgusto con una buena pinta de cerveza! —exclamo algo más alegre mi tío, mientras conducía a su esposa e hija en la dirección que iba tomando la mayoría de la gente.

Esperé un momento viendo como se alejaban con algún otro grupo de invitados y estuve dudando unos instantes para ver hacia dónde me dirigiría yo.

Bueno, estimados amigos por hoy os debo dejar. Hablar del banquete y de la cerveza que mi tío deseaba tomar me ha hecho caer en la cuenta de que también necesito un refrigerio ¿y vos maese? ¿Qué decís a una pinta y unas viandas? ¡Ya imaginaba! Perfecto. Parto a prepararlo todo mientras vos recogéis las herramientas de escritura.

Buenas noches. Nos vemos de nuevo muy pronto.