¡Queridos amigos! ¡Pasad, pasad! Adelante, poneos cómodos. Enseguida estoy con vosotros.
¡Bien! ¿Está todo según vuestro gusto? Como veis os he preparado unas bebidas: cerveza escanciada de una barrica de la taberna de mi amigo Dáin. ¡No hay mejor en Erebor! También podéis degustar vinos afrutados de los elfos, para paladares más delicados y… recién llegada de Framsburg: ¡hidromiel de la más alta calidad! Todo ello regará estos pastelillos que he hecho para saciar, si es posible, el hambre que seguro os producirá la parte del relato que esta noche acometemos. ¡Ajá! Veo cómo se os ilumina el rostro, ¡eso es bueno! ¡Vamos! ¡No seáis tímidos! Quién tenga hambre que no se prive y el que tenga sed que elija qué quiere tomar. ¡Eso sí! No esperéis que maese Marce o yo os sirvamos, ¡faltaría más! Todos sois mayorcitos y tenéis piernas y brazos, ¿no? Pues adelante. Sólo pido que no seáis demasiado ruidosos porque nosotros vamos a seguir con nuestro cometido. ¿Todo listo? ¡Pues allá vamos!
Después del encuentro con el viejo Báli y los elfos me dirigí al lugar que debía ocupar junto a mis familiares, en la cuarta mesa de las 7 que habían dispuesto. La principal, donde se sentarían las personalidades, al fondo de la sala, orientada hacia el resto. Las otras 6 se colocaron en 2 hileras de 3. A nosotros nos ubicaron en la primera de la segunda fila. Teníamos enfrente a otra familia de artesanos importantes, el orfebre Bor, su esposa Lís y su hijo Borin, según me pareció que dijo mi prima cuando me los presentó. La verdad es que comenzaba a estar ya inquieto y ¡aún no había empezado la comida! Hice repaso de todo lo que había acontecido en las pocas horas que habían transcurrido del día: había conocido a gentes del lejano sur del Mundo, a un grupo de elfos, me había reencontrado con Báli, estaba como comensal en un banquete dentro de la Morada del Rey… ¡De veras estaba muy feliz! Aunque lo que más quería hacer en ese momento era salir de allí, reunirme con mis amigos y explicarles lo que había visto. Pero… “¡Debes comportarte como es debido!” Eso fue lo primero que me dijo mi tío, nada más llegar junto a ellos. ¡Habrase visto semejante aguafiestas! Evidentemente no respondí y me propuse comportarme lo mejor posible, procurar no dar la nota, hablar poco, comer rápido y marcharme lo antes posible.
Al poco de estar sentado mi prima quiso hacerme entrar en la conversación que tenía con Borin. Me pareció que Beris me suplicaba con los ojos que no la dejara sola ante el pesado de su interlocutor. Así fue como ella me dijo:
—Grór. Borin me estaba explicando lo apasionante que es darle forma a los metales preciosos para crear joyas. ¿Verdad que es algo increíble?
—¡Realmente es algo que necesita una precisión matemática! Además un error puede ser fatal: se puede romper un molde, echar a perder la amalgama, o ¡Mahal no lo quiera! ¡Llegar a rayar una piedra preciosa! —exclamó entre apocalípticos braceos el orfebre.
—¡El Hacedor no lo quiera! —dije yo pensando si realmente lo que decía tenía tal importancia. Lo peor es que siguió a la carga ya enfrentado a mí y vi, por el rabillo del ojo, cómo mi prima exhalaba un sonoro suspiro, del cual el mentecato ni se percató, con lo que pensé que debía de armarme de paciencia porque me había convertido en su único objetivo.
—Veo que te interesa. Lo celebro. Imagino, además, que querrás escuchar algo que en el futuro te pueda servir, ¿no es así? ¡Claro! La herrería, como arte menor, tiene algo que ver con la joyería, porque, ¿no somos creadores? Ambos construimos. Unos, cosas prácticas, de utilidad, ¿cómo negarlo?—dijo señalándome con la palma extendida hacia arriba, en un gesto que me pareció un poco ridículo—. Otros, le damos forma a la belleza —fue decir esto y levantó la misma mano para señalar el broche que Frálin le había regalado a Beris, ¿O señalaba a mi prima?
—Borin —lo interpelé—. La herrería no es…
—Claro, claro… Ya sé lo que me vas a decir —¡se atrevió a interrumpirme!—. Es noble, no lo pongo en duda y forma parte de la tradición de nuestro Pueblo, eso es cierto también. ¡Pero la orfebrería es el FUTURO! Nosotros podemos crear las joyas más increíbles y hacérselas pagar como debe ser a cualquiera que quiera adquirir estas maravillas.
Aproveché ese momento en el que estaba tomando aire para, antes de que siguiera, poder decir algo:
—¡A ver Borin! Nosotros no somos mercaderes. No me malinterpretes. Podemos comerciar con cualquiera y somos duros negociantes, pero hacer de nuestra esencia el comercio…
—¡Querido Grór! —volvió a interrumpirme—. Te hablo del futuro, no del pasado. Además tengo más ideas para el porvenir. Creo que deberíamos invertir todo lo ganado en bienes raíces. Se acabó el acaparar metales y moneda. Así seguro que no seríamos atacados por Dragones, ni por orcos…
Me estaba empezando a enfadar con el imbécil este. Además ¿cómo me había llamado? ¿”Querido”? De todas formas él siguió con su perorata.
… Es más. Podríamos, desde la posición de fuerza que nos darían las grandes cantidades de dinero y bienes materiales, contratar a otros guerreros que luchen por nosotros y recuperar nuestras ciudades perdidas. O de llegar a algún tipo de acuerdo, ¡no sé! ¿Qué te parece?
Esto ya fue demasiado.
—¡Pero! ¿Tú eres imbécil? ¿O te lo haces? —exploté ante el estupor de mi prima, que volvió a la conversación. A pesar de que me agarró del brazo no pude dejarlo—. ¡Qué! ¿Vas a ir a ver al viejo Smaug y le vas a ofrecer un par de casas o granjas y un puñado de anillos para que libere Erebor, ¿no? O…
—¡Hombre Grór! No exager…
—¡Haz el favor de no volver a interrumpirme! —dije, casi entre dientes, pero lo suficientemente claro como para que lo escuchara. Sin más continué—. Y, quizás le ofrezcas un trato parecido al Daño de Durin, y así podremos con estos acuerdos comerciales recuperar Khazad-Dûm, o conseguir un nuevo aliado, ¿verdad? ¡Mahal Bendito! No sé si es que eres tonto o un pobre trastornado.
Iba a lanzarle una bien nutrida ración de insultos cuando, de pronto, sonaron unas trompetas anunciando la entrada del soberano a la plaza pública. Nos levantamos todos de nuestros asientos. En ese momento mi prima aprovechó para decirme al oído:
—¡Lo siento! No imaginaba que iba a decir tantas sandeces. Intenta controlarte, no te estropees el día.
Tenía razón… Pero es que el cretino estaba enfrente de ella y vi cómo la miraba. Y me enojé aún más. Y lo miré, para ver qué hacía y el muy cobarde me rehuyó la mirada, ¡para hablar con su madre! ¡No daba crédito! De no estar dónde estábamos le hubiera dado una buena somanta de palos.
Acabó la fanfarria cuando el rey y sus acompañantes se sentaron en la mesa principal y todos volvimos a sentarnos acto seguido. Miré a los comensales de honor y vi, no sin asombro, sentado en el extremo izquierdo de la mesa a Báli. ¡Esto sí que no me lo esperaba! El anciano loco, como todos daban en llamarlo, sentado a la mesa de las autoridades. Mi curiosidad tuvo nuevas cosas en las que centrarse, lo que me ayudó a olvidarme del sujeto que teníamos justo delante.
Vi cómo se levantaba y pedía la palabra el Guardián del Tesoro dando unos golpes a una de sus copas. Poco a poco se fue haciendo el silencio y todos nos giramos para escuchar sus palabras.
—¡Nobles Invitados! ¡Eminencia! ¡Padre! Por fin ha llegado el momento de celebrar todos juntos este Día al calor de una buena mesa. Hemos preparado un menú de 49 platos, de lo más variados y esperando contentar desde al más delicado paladar —sonrió ampliamente al grupo de elfos —, al más insaciable de los apetitos —ahora fue el turno de los medianos, que se rieron y levantando sus jarras devolvieron el cumplido—. ¡¡Sólo espero que sea del agrado de todos!!
Thorin se sentó y esperó, como todos, a que su padre, el rey, nos dedicara unas palabras. Éste con una copa en la mano lo miró y con una expresión de hastío en el rostro y sin siquiera levantarse dijo:
—¡Que empiece el banquete!
Se alzó un murmullo entre las mesas y antes de que creciera en demasía Thorin hizo un gesto, claramente contrariado, con lo que empezó el desfile de viandas por delante de la mesa principal, a la cual sirvieron un ejército de camareros. Cuando todos estuvieron atendidos fue el turno del resto de comensales.
En ese momento desde el otro extremo de la sala llegó la música de la orquesta que hizo más amena toda la comida.
Pasaron durante las 3 horas siguientes toda una suerte de platos bien condimentados… como entrantes se sirvieron excelentes embutidos traídos especialmente desde Hobbiton. Yo diría que La Comarca se habría quedado sin existencias, dada la cantidad que se degustaron. También fueron deleite de los comensales unos quesos de Eregion que, combinados con la buena cerveza servida, mejoraron el humor de, yo diría, todos los presentes. Había más entrantes, frutos de huerta que algunos fueron de mi agrado pero que no me entusiasmaron en exceso, reservándome para los platos centrales de la comida.
Estos llegaron al cabo de casi de una hora después de sentarnos. En todo este tiempo Borin no se dirigió a mí. Le hizo algún comentario a mi prima sobre los alimentos y poco más. Desde luego comía con apetito y por ello, supongo, prefirió centrarse en esta actividad antes que seguir polemizando conmigo. Lo celebré.
Los platos servidos fueron altamente aplaudidos. Se degustaron multitud de carnes: pollos, patos, codornices, corderos, jabalíes y los dos bueyes, todos ellos asados. Junto a las carnes, para deleite de algunos de los elfos y dunedain que habían venido, se prepararon platos de pescado tanto de río como de mar; había truchas en abundancia, salmón (que fue uno de los bocados que más me gustó), doradas, raciones bien abundantes de pulpos, etc.
Tanto el pescado como las carnes estaban acompañadas de guarnición de varios tipos, así cada comensal podía servirse lo que quisiera. Se pusieron sobre las mesas cantidades ingentes de puré de patatas, arroces, maíz dulce y mazorcas asadas. Junto a todo ello se podía disfrutar, ¡y como lo hicimos!, de unas conservas de setas que debían haberse preparado el otoño anterior, previendo que serían gratamente consumidas en esta celebración. Las setas arrancaron risas, palmadas y hasta pateos de satisfacción del grupo de hobbits, que entre todos los asistentes creo que fueron los más felices.
La comida fue regada con vinos de la región, la mayoría eran cosecheros, me pareció, pero de calidad. Creo que a las autoridades les sirvieron caldos algo mejores. Después supe, por Báli, que habían bebido de una barrica añeja de Dorwinion, cedida por el propio Thorin.
A los postres pudimos probar todas las frutas de temporada que nuestros bien saciados estómagos lograron catar. Yo me contenté con un par de piezas. Una de ellas fue una porción del fruto que me llamó la atención esa misma mañana. La cáscara era, como os dije, dura y de un color verde muy oscuro, pero por dentro, la parte comestible, era de color rojo, muy dulce y jugoso.
Estaba a punto de levantarme (me había parecido que alguien lo había hecho ya) para salir de la Morada del Rey e ir a buscar a mis amigos y explicarles todo lo que había visto dentro, cuando noté cómo me cogían del cuello, por detrás, sin mucha fuerza, como con cariño. A la vez escuché:
—¡Grór! Estás llamado a hacer grandes cosas. ¿Lo sabes no?
Me giré y vi a Bali con una jarra en la mano y con vivos colores en las mejillas.
—¿Si? ¿Vos creéis mi buen Báli? Yo me conformaría con poder, como antes me has dicho, viajar y ver gentes y sitios lejanos y exóticos—dije—.
—¡Eso lo harás! ¡Seguro! ¡Pero…! ¡Recuerda tu promesa! Juraste delante de mí que irías y que rendirías pleitesía la tumba de mi lejano antepasado Azaghâl de Belegost. No lo habrás olvidado, ¿verdad? —preguntó en voz baja, cosa que celebré que hiciera.
—No. Cómo olvidar esa promesa. Pero… Es que… He de hacer otras cosas antes—contesté intentando evitar el tema.
—Desde luego. Claro, claro… Es cierto que aún no debes ir. Tienes que prepararte mejor. Eres joven e inexperto cómo para entrar en la ciudad perdida. No te preocupes. No digo que vayas ya. Sólo que, por favor, te pido que no olvides lo que me prometiste. Nada más. Y nada menos. Sé que te pido mucho, pero la recompensa será grande si lo consigues—me miró con ojos tristes y suplicantes, lo que me conmovió y me llevó a decirle lo siguiente:
—¡Sí! Como te prometí hace años iré a la ciudad perdida, aunque no sé ni por dónde empezar.
—No te preocupes. Llegado el momento sabrás cómo llegar hasta la entrada. Cuando estés preparado sólo tienes que buscar a Gaeron. Él o alguno de los suyos te llevará hasta el Umbral. Después de esto la exploración por los salones sólo tú la deberías comandar—dijo ahora más animado. Respiró unos segundos, después de beber de su jarra, como intentando recordar algo. De pronto se le iluminó la cara y me tendió con la otra mano un objeto. Acto seguido continuó hablando—. Grór. Ten. Esto es para ti. Debes guardar este objeto hasta que decidas ir.
Me dio un pequeño disco metálico de unos 10 centímetros de diámetro. En el centro el disco tenía unas runas inscritas, eran argenthas, pero debían de ser muy antiguas porque no pude leer lo que significaba.
—¿Qué es? Parece una llave-runa, ¿no? —pregunté
—¡Chico listo! —me dijo a la vez que me alborotaba el pelo con un gesto cariñoso, que a mí, la verdad, no me gustaba pero que soporté estoicamente. Siguió explicando—. Esta llave-runa ha pasado de padres a hijos durante los 6 mil años que hace que debimos abandonar nuestro hogar. Es la única pertenencia que conservo del hogar de mis padres. Y te la cedo a ti, Grór hijo de Thrór.
<<¡Mahal bendito!>>. Pensé. ¡Realmente era un descendiente de los reyes de Belegost! Y quiere que yo, un joven inexperto y poco hábil vaya a explorar una ciudad abandonada hace tanto tiempo. Pensaba en esto y en la responsabilidad que me estaba otorgando, cuando aún pudo asombrarme aún más.
—¡Grór! Hijo. Sólo te pido una cosa. Es un gran favor, que quizá, de entrada, no te guste pero es el motivo por lo que te he elegido a ti. Sé que no me dejarás en la estacada.
—¿Qué es lo que queréis mi buen Báli?
—Quiero que cuando vayas me lleves y me dejes con mis padres—dijo con una expresión de tristeza infinita.
—¡Mi señor! No puedo, es mucho lo que me pedís. Es una empresa dura para jóvenes… No os lo toméis a mal, pero sois muy mayor y yo aun debo, como muy bien decís, prepararme unos años antes de emprenderla a menos que lo que pidáis sea… ¡No eso no! No podéis pedirme esto—dije alarmado. Creía saber ya el motivo de este encargo y me sentía sobrecogido y triste por la misión que me encargaba. Tanto que no sabía ni cómo verbalizarlo. Fue el quién lo hizo por mí.
—¡Sí Grór! Quiero que llegado el momento lleves mis cenizas a la cámara del Rey Azaghâl. Quiero reposar por toda la eternidad en mi verdadera casa. ¡No puedes decirme que no! ¡Sólo tú eres capaz de entenderme y de realizar esto por mí! ¡Dime que sí! ¡Que lo harás! Por favor, por favor, por favor…
A medida que me repetía su súplica, lo hacía en voz más baja. Yo estaba hecho un lío. ¡No sabía qué decirle! Estaba con mis dudas, cuando cogiéndome la mano volvió a pedirme:
—¡Grór! ¿Harás eso por este pobre viejo? —exclamó a la vez que empezaban a brotar de sus ojos gruesas lágrimas, que lo hicieron, si cabe, más anciano y desvalido.
—¡Lo haré! —me decidí—. Pero debéis dejarlo todo resuelto. Si no yo, por no ser pariente directo, no podré hacer nada.
Vi cómo se le iluminaba el rostro y me apretó con cariño el hombro a la vez que me dijo:
—¡Me haces la persona más feliz del Mundo! ¡Gracias, gracias, gracias…!
—¡No tenéis porqué dármelas! De todas formas yo también os pido un favor y creo que será mucho más fácil de cumplir que el que me habéis pedido a mí—dije—.
—De qué se trata.
—No debéis decirle a nadie lo que me habéis pedido. A nadie, ni siquiera a mi familia, y ¡mucho menos a ellos! —rectifiqué.
—Te lo juro Grór. Así será—prometió el anciano.
—De todas formas, cómo vos aún tenéis cuerda para rato, si finalmente desistís de esta locura, ¿me lo haréis saber?
—Grór. Estoy muy decidido. No habrá nada en el este mundo que me haga cambiar de opinión. Si tú no hubieras aceptado mañana mismo hubiera partido yo para intentar llegar, aún faltándome las fuerzas. Hasta ahí llega mi determinación. Por ello te repito: ¿lo harás? No me dejarás en la estacada cuando ya no esté aquí, ¿verdad? —volvió a preguntarme.
—¡Te juro por mi familia, con Mahal por testigo que yo Grór hijo de Thrór llevaré tus cenizas al mausoleo de los reyes de Belegost! ¡Sólo mi muerte hará que no cumpla esta promesa solemne! —juré al anciano.
—¡De nuevo gracias! —dijo Báli. Se erguió y más contento añadió—Vuelvo a mi sitio. Guarda la runa. Adiós mi joven amigo. Nos veremos en las Estancias de Mandos. Te esperaré para que me cuentes tus cuantiosas aventuras. Adiós.
Se marchó i supe que nunca más lo vería con vida. Me giré y vi cómo mi prima y Borin me miraban asombrados. Ella fue a decirme algo y para tranquilizarla me adelanté:
—¿Crees que estoy tan loco como él? Lo que pasa es que me ha dado lástima decirle la verdad y desilusionarlo, está tan mayor—mentí con la mayor convicción posible. Borin me pareció que sí se lo creía pero mi prima simplemente se calló.
Seguimos hablando ella y yo de lo que nos había gustado la comida y de otras cosas triviales y después de un tiempo prudencial decidí despedirme de todos y marchar en busca de mis compinches. Se había hecho bastante tarde y pensé que todas las preguntas que tenía para el maestro constructor se las podría hacer por el camino que a partir del día siguiente compartiríamos. Así fue cómo salí de la Morada del Rey para disfrutar de la tarde veraniega que aún podía depararnos nuevas sorpresas.
Amigos míos. Creo que este día que fue frenético para mí llegará pronto a su fin y podréis poneros en marcha y vivir esta primera aventura con nosotros, pero eso será en otra ocasión.
Buenas noches.
