jueves, 17 de noviembre de 2011

El Día de Mahal VI. La Cámara Ceremonial.

¡Saludos de nuevo!  Esta noche estamos especialmente locuaces y este escriba parece que se ha repuesto y puede seguir tomando nota de mi historia un tiempo más. ¡Aprovechémoslo! ¿No creéis? Bien. Continúo pues.

Al ver cómo mi familia partía con otros invitados hacia la plaza pública donde se iba a celebrar el banquete oficial, yo caminé en dirección contraria. Quería ver la Cámara Ceremonial y si podía la Cámara del Rey. Estaba seguro de que el almuerzo tardaría aún una o dos horas más en comenzar, por el número de gente que todavía no había presentado sus respetos al soberano. Por ello en el salón del trono aún había mucho público y se oía el rumor de muchas conversaciones y alguna risa de tanto en tanto. De fondo hacía un rato se escuchaba una música muy liviana de flautas y violines. Hacia dónde me dirigía, la avenida que llevaba a las dependencias que usarían a partir de hoy los Ancianos Místicos, pude ver la orquesta que amenizaba la recepción. Era de 4 violinistas y 3 flautistas que interpretaban en ese momento “El Lago Espejo” una canción muy, muy antigua que en su versión cantada explica cómo Durin llegó ante el lago Azanulbizar y cómo vio su faz reflejada en las aguas tranquilas y cristalinas del lago, haciéndole decidir que ése sería en adelante su hogar y el de su pueblo.

Pasé al lado de los músicos y continué por el largo pasillo hacía la cámara. Éste, como el resto de la Morada, estaba forrado de losas que le daban ese aspecto limpio y pulcro a todas las dependencias que había visto hasta ahora. La particularidad era que las de esta vía no tenían forma de cabeza de hacha, si no que eran losas de granito cuadradas, de unos 77 centímetros, que encajaban unas con otras sin necesidad de ningún tipo de cemento o argamasa. Éstas ascendían en 2 líneas intercaladas hasta una altura de 1,44 metros y a partir de aquí se incorporaba una  línea de piezas de mármol blanco de 30 centímetros de alto por 1 m de largo, que encajadas también, daban la impresión de ser una única pieza la que recorría cada lado del pasillo. Por encima de esta pieza se colocaban otras de granito, también encajadas unas con otras, dejando ahora, entre ellas, un espacio pequeño cada 3 metros lineales de baldosas. En estos lugares se habían colocado unas Piedras de Luz, que daban la claridad suficiente para caminar sin ningún tropiezo, aunque, como digo, el pasillo estaba limpio y cuidado.

De estas Piedras de Luz ya me había hablado mi tío alguna vez. Son gemas mágicas que guardan luz de colores diversos y que permiten ver o romper la oscuridad de los sitios profundos. No alcancé a tocarlas pero me quedé extasiado mirando como iluminaban con una luz blanca todo el pasillo, que poco a poco, a medida que avanzaba por él, se iba abriendo dejándome ver la Cámara Ceremonial.

La sala que iba buscando estaba ante mí. Otra vez me recreé en la contemplación de otra dependencia de la Morada del Rey. La avenida después de haber recorrido unos 50 m se abría en una gruta muy grande, sin duda ensanchada por los maestros constructores, dando lugar a una sala de unos 30 metros de diámetro. Dentro de la sala se erigía la Cámara propiamente dicha. Ésta era un habitáculo de 7 lados con una puerta de 2,5 m de alto rematada en un arco puntiagudo, encarada con la avenida. El edificio se alzaba 21 metros desde el suelo y calculé que debía tener unos 21 metros de diámetro. Toda la construcción estaba recubierta de baldosas de mármol blanco en forma de cabeza de hacha. Me moví. Comencé a recorrer la sala alrededor de la cámara y vi que toda el habitáculo estaba recubierto de éste níveo material. Mientras me movía me di cuenta que en cada una de las 7 paredes a una altura de unos 14 m habían construido unos nichos perfectamente alineados y, si mi vista no me engañaba, estaban a la misma altitud en todos los muros. Éstos estaban tapados por una fina capa de obsidiana o de un cristal muy oscuro o algún otro material. El contraste con el mármol era magnífico

A medida que circunvalaba la cámara escuche unos pasos y unas voces que se dirigían hacia aquí. Pude escuchar algo de su conversación.

—… os parece Venerable? No tiene la grandeza que vos y vuestros hermanos merecéis, pero dadas las circunstancias no hemos podido hacer más.  Y suerte del Guardián del Tesoro, gracias a él y a vuestra intercesión hemos podido acabar estas obras. Estos últimos tiempos han sido muy duros, ¡sólo Mahal lo sabe! El Rey…

—¡Sí! Maestro Glûn. Vuestro trabajo y el de vuestros hombres ha sido encomiable y ha dado unos frutos increíbles, de una gran belleza. Por fin tendremos los edificios que merecemos—interrumpió  la segunda voz.

En ese momento dudé de si quedarme dónde estaba para ver si así podría pasar desapercibido. Al instante siguiente me dije que sería mejor hacerme notar no fuese que al final me descubrieran y pensaran que los estaba espiando. Me dejé llevar por este auto-consejo y caminando con sonoras zancadas me dirigí lo antes posible hacia la avenida. Como sospechaba, quiénes hablaban eran el maestro constructor Glûn y el Sumo Anciano Místico. Los dos me escucharon y el segundo me miró con suspicacia. Antes de que ninguno me increpara me acerqué a ellos, hice una escueta reverencia al Anciano Místico y con mi mejor sonrisa me dirigí al primero:   

—¡Maestro Glûn! ¡Qué belleza! ¡Qué maravilla! Estoy sobrecogido por la grandeza de esta construcción. Todo el conjunto es realmente increíble. ¡Me he quedado mudo de asombro!

—No es para tanto mi joven Grór. Sí no os sorprendáis, soy buen fisionomista y ayer mismo hablamos y acordamos que nos acompañaríais con otros jóvenes una parte del camino, ¿no es así? —respondió a mis halagos.

—¡Sí! Sí. Es cierto. Ayer mismo hablamos con vos. ¡Qué cabeza! ¿Veis? Esto es porque la maravilla de este lugar me nubla las entendederas.

—¡Bueno! Creo que las entendederas las tienes nubladas desde hace un tiempo, ¿verdad muchacho? —se rió el Anciano a mi costa.

Iba a responderle cuando el constructor se dirigió de nuevo a mí:

—Grór. Sabed que saldremos muy temprano. Recién salido el sol, como muy tarde a las 7 de la mañana. Quién no esté en la puerta de Los Puertos nos tendrá que alcanzar en camino, y ya te digo que no será fácil.

—¡Señor! Es un honor poder acompañaros aunque sea sólo una parte de la ruta—dije. Me disponía a marchar y estaba iniciando una reverencia, cuando Glûn volvió a hablar:

—¡Espera hombre! ¿No quieres ver las lámparas encendidas? ¿Qué os parece eminencia? ¿Creéis que este joven es apto para captar la magnificencia de las Luces de Mahal?

Yo estaba ahí de pie, con ellos, y no daba crédito a lo que oía. ¡Las Luces de Mahal! Había oído historias sobre grandes lámparas mágicas que había antaño en todas las grandes ciudades enanas pero, ¡por el Hacedor! Iba a poder ver algunas en funcionamiento, si el Anciano Místico, consentía. Estuve unos segundos esperando y finalmente éste dijo:
  
—¡Bueno querido amigo! Porque me lo pides tú. Muchacho ponte detrás de mí. ¡Y permanece calladito!

Me coloqué detrás del Anciano y esperé. De pronto vi cómo alzaba los brazos extendidos. En el derecho llevaba un báculo que le servía de ayuda al caminar y como símbolo de su autoridad. A la vez empezó a entonar un cántico que era un murmullo al principio. A medida que éste se alzaba vi cómo las Piedras de Luz de la avenida y las que había en la sala se iban apagando hasta que quedamos completamente a oscuras. Cuando esto sucedió alzando todavía más la voz el sacerdote dijo:

—¡Oh Mahal Misericordioso! ¡Tú que fuiste Creador y Maestro!  ¡ILUMINANOS!

De pronto se encendieron a la vez toda la serie de lámparas que había en cada uno de los nichos de cada una de las 7 paredes de la Cámara, emitiendo un fulgor muy intenso. Esos brillos tamizados por las placas de obsidiana daban una luz roja muy fuerte. Ello recreaba, me pareció a mí, la Luz de los Fuegos de la Forja del Herrero. El lugar donde fueron creados los 7 Padres en la Noche de los Tiempos.

El mármol blanco que recubría toda la construcción propagaba esta luz roja y la multiplica. Fue tal la belleza que no pude ni pronunciar palabra durante unos minutos. Mientras tanto el anciano oraba una letanía que no pude entender y vi cómo Glûn me miraba divertido.

—¡Sublime! Mis más agradecidas felicitaciones maestro. —Acerté a decir mientras hice una reverencia que por poco no dio con mis huesos en el suelo, cuan largo era.

—¡No! ¡Gracias a vosotros! Al pueblo de Zirak-Dûm,  que con su buen hacer, día a día, ha permitido que tengamos los recursos suficientes para construir todo esto.

—Ciertamente todos nos debemos congratular de que nuestro Soberano tenga por fin la Morada que se merece en este asentamiento. —Zanjó el Anciano Místico. De nuevo entonó otro canto y las luces de la Cámara se fueron apagando y se encendieron la Piedras de luz, las que estaban por toda la sala.

—¡Bien mi joven amigo! Me temo que nos tienes que disculpar. Debo entrar con su eminencia en la Cámara Ceremonial y tú aún no puedes hacerlo —me dijo Glûn.

—¡Pero...! ¡Sí tengo un montón de preguntas sobre vuestro oficio, sobre el viaje, sobre muchísimas cosas que aún no he descubierto!

—¡No desesperes hombre! Voy a estar el resto de la tarde aquí. Búscame después de la comida y creo que podré hablar contigo. ¡Venga! ¡Ahuecando! —insistió.

—Está bien. Luego nos vemos maestro. Eminencia. —Me despedí de ellos y me dispuse a volver con mi familia. Imaginaba que La Cámara del Rey no se podría visitar, pero aún así me acercaría todo lo posible para echarle un vistazo, antes de reunirme con mi parentela.

Queridos míos. Por hoy debo abandonaros, pero en breve seguiré explicando otra porción más de estas memorias mías.

Gracias y buenas noches.

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