domingo, 30 de octubre de 2011

El Día de Mahal V. La Morada del Rey.

Henos de nuevo ante vosotros mis queridos amigos. Casi una semana sin poder hablaros. Demasiado tiempo me parece, pero desgraciadamente no nos ha sido posible estar antes ante vosotros. ¿Estáis preparado mi buen escriba? ¿Sí? Pues sin más dilación sigo contando:

Ya me había despedido de mis amigos y me volvía hacia dónde estaba mi familia a punto de cruzar. Entonces me fijé que se habían dispuesto unos gruesos cables a la altura de los codos, que atravesaban el foso y que ayudarían a los ancianos y a los menos ágiles de los que debían de cruzar.

Antes de pasar me giré para ver si mis cofrades se marchaban ya o seguían en los Atrios del Rey. Vi cómo iban hacia la salida los tres entre risas y seguramente pullas de Náin a Frálin y viceversa. Entonces me apercibí que Beris también miraba. Vi, además, que llevaba el broche que le había hecho Frálin. Estaba seguro que se lo había puesto, pero al vérselo me atreví a  preguntar sin más dilación pero con la delicadeza de una piedra de lijar del 7:

 —¡Beris! ¿Te has decidido ya?

—¿Qué quieres decir? —contestó rápidamente a la vez que se empezaba a ruborizar.

—¡Venga! A mí no me lo puedes esconder. No sabes por cuál de los dos decidirte, ¿verdad? ¿Cuál te gusta más? —seguí apremiándola.

—¡Se te han secado los sesos de tantas horas como pasas en la forja! ¿Pero qué dices? ¿A ver, qué se te ha pasado por esa cabezota tan dura?—a la vez que me lanzaba esas y algunas imprecaciones más me dio un par de coscorrones para, imagino, comprobar lo duro que era efectivamente mi cráneo.

—¡Ay! ¡No me pegues! ¡Si salta a la vista! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Las 7 furias de Thangorodrim son menos que esta muchacha! ¡Favor!—bromee mientras intentaba escabullirme de los golpes de mi prima.

—¡Ven aquí! ¡¡Te voy a dar un par de “consejos” a la hora de hacer ciertas preguntas a una dama!! —gritaba ya más divertida corriendo tras de mí entre las miradas de desaprobación de los pocos que aún no habían pasado el puente.

—¡Beris! ¡Gror! ¿Qué hacéis? —habló mi tío y ya en un tono más bajo pero más amenazador—. ¡Queréis comportaros? Haced el favor de dejar de ponerme en ridículo, ¡que ya no sois unos niños!

—Sí. Si por eso es por lo que estamos “hablando”, porque Beris ya ha dejado de ser una niña—dije casi en un susurro para que sólo me escuchara ella. Ya en voz más alta— ¡Perdón tío! He sido yo el que la ha molestado. No te preocupes ya me estaré quieto, descuida.

—¡A ver si es verdad! —me conminó Frenrir.

—Ya hablamos luego. Beris de verdad, no es burla. Si quieres mi consejo aquí me tienes —susurré a mi prima y vi cómo asentía sin decir nada justo antes de que cruzara el puente mi tío, a grandes zancadas y sin vacilar. Del otro lado ya estaba mi tía, que con todo nuestro jaleo ya nos esperaba charlando con otras personas.

En seguida cruzó Beris con gracia y agilidad sin necesidad de agarrarse a los cables de ayuda. Mientras esperaba de este lado vi cómo mis amigos ya salían por las puertas hacia la ciudad. Cedí el paso a un elegante enano que no conocía y que me lo agradeció con un gesto. Cuando ya había cruzado me dispuse a pasar yo. Tuve un momento de vacilación. El Puente era un nombre que le quedaba muy grande a esa estrecha pasarela de unos 20 centímetros de ancho que según me fijé estaba hecha de una sola pieza de granito en forma de arco, cuyos extremos descansaban en dos hendiduras enfrentadas en el foso. De nuevo me maravillé de la manufactura y me paré un momento para ver mejor cómo estaba hecha la junta, para ver si estaba encofrada, o bien descansaba por su propio peso, cuando desde atrás me llegó la voz impaciente de un anciano:

—¡Venga joven! ¡Que no tenemos todo el día!

Me giré para disculparme a la vez que quise seguir andando y volvía ya la cabeza hacía el frente, cuando vi, como el cuerpo tiraba de mí hacia abajo, a la vez que escuchaba un grito de mi prima, secundada por decenas de voces:

—¡¡¡Grór!!!

No sé cómo lo hice, pero os juro que conseguir recuperar el equilibrio sin tocar los cables, y raudo crucé sin vacilar y sin mirar abajo hasta el otro lado. Al llegar junto a mis parientes vi que estaban blancos, no sé si de miedo por ver cómo casi me caigo o de vergüenza de sufrir mi facultad de dar siempre la nota. Frenrir iba a decirme algo, imagino poco amable, pero para mi suerte mi tía lo cogió de la mano y nos dijo a todos:

—¡Vamos! Que nos esperan. Como no espabilemos seremos los últimos.

Avergonzado los seguí hacía los 7 escalones que subían hacia la puerta que, abierta y custodiada por dos veteranos del Dûmgarul con sus trajes y armas de gala, daba acceso a la Morada del Rey. El palacio que el maestro constructor Glûn y sus hombres habían construido junto con los Atrios del Rey durante 23 años. Desde luego no imaginaba aún la maravilla que iba a ver.

Cruzamos la entrada, que medía por lo menos unos 7 metros de ancho, siguiendo a otros invitados. Las puertas que la cerraban eran dos hojas de 3,5 metros de madera de roble reforzada por unas venas de acero que le darían mayor solidez. Mientras cruzábamos puede ver en uno de los refuerzos un símbolo muy familiar. El martillo sobre el alma de una espada, marca del herrero de mi tío. Un gran gozo me llenó en ese momento por pensar que nosotros habíamos contribuido a construir el palacio.

Nos adentramos por el pasillo y cuando llevábamos recorridos unos 20 metros éste se ensanchó e iluminó de una manera que casi nos cegó. Se abría ante nosotros una sala dónde nos reuníamos decenas de personas y pude ver que aún no estaba llena siquiera la mitad de su superficie. Era una sala abierta, sin muebles, pero con las paredes decoradas con frisos que mostraban imágenes de la historia de nuestro pueblo. Completando los lienzos de pared se había dispuesto la decoración con baldosas en forma de cabeza de hacha, la preferida para nuestras construcciones. La sala tenía también dos filas de columnas que sostenían la gran bóveda que se alzaba a unos 25 metros por encima de nosotros. De ésta última pendían siete grandes lámparas que le daban esa luminiscencia que nos maravillaba a todos los presentes. 

Los ecos de las exclamaciones de admiración se iban sucediendo a medida que iba llegando más gente. Me quedé sin palabras, extasiado, mirando arriba, a los lados y abajo un buen rato. Allá dónde posaba mi mirada no veía roca, veía baldosas, azulejos, todo decorado, limpio y reluciente. De pronto, como si estuviera a mi lado, desde el fondo de la sala se escuchó la voz del más anciano de los Místicos.

—¡Adelante hijos míos! ¡Adelante! Entrad en la Morada del Rey. De nuevo será El Guardián del Tesoro, Thorin Escudo de Roble, quién se dirija a vosotros.

Así fue. Unos segundos después la voz del joven príncipe nos envolvió a todos con estas palabras:

—¡Nobles invitados! Pronto degustaremos las viandas con las que nuestro Soberano nos va agasajar, pero antes quiero enseñaros la maravilla que Glûn el Maestro Constructor ha creado con sus hombres para que nuestro Rey viva como debe hacerlo en el exilio. Esta es la Sala de las Asambleas. Será el lugar de reunión para debatir las cosas importantes que nos preocupen.

—Como veis—continuó—, a los lados se abren dos Avenidas. Son los nervios que conectarán todo el asentamiento a medida que lo vayamos agrandando. Si querido Glûn, vuestro trabajo ya ha acabado pero no el nuestro. No pensaréis que esta maravilla no crecerá con los años, como cualquier otro objeto que con mimo construimos, ¿verdad pueblo mío? Crecerá y esta sala ahora de asambleas se convertirá en vestíbulo de una gran ciudad—dejó pasar unos segundos para que estas últimas palabras se asentaran en nuestros corazones y en seguida siguió hablándonos—. Siguiendo las avenidas veréis aparecer dos espacios importantes que darán gran servicio a nuestra comunidad. En el de mi derecha encontraréis la primera Plaza Pública, dónde hoy celebraremos el banquete que nos llevará a disfrutar de la hospitalidad del Rey. En ella se han abierto locales para que en el futuro algún comercio se pueda instalar si es necesario. A mi izquierda está la Cámara Ceremonial, lugar donde los Ancianos Místicos podrán atender a quién lo necesite y dónde guarecerse a rezar. 



—¡Por último ¡Pero no menos importante! !—hizo de nuevo una pausa algo dramática, para continuar con un tono aún más alto— ¡El Corazón del Reino! ¡Seguidme! Entrad conmigo a rendir pleitesía a vuestro soberano—calló en ese momento y se introdujo por otro pasillo que tenía detrás y siguiéndolo lo hicimos, poco a poco, el resto de los que allí estábamos hasta que pasamos a otra sala hexagonal enorme, desprovista también de muebles y dónde casi al fondo había un estrado de piedra de un  metro de alto, encima del cual había un sillón de piedra robusto, de granito, y parecía que no había sido limpiado de asperezas. Sentado en él estaba Thráin. Mirándonos con calma y detenimiento. Thorin se acercó hasta él y de nuevo habló, aunque en esta sala tuvo que alzar la voz para que todos pudiéramos escucharlo:

—¡Padre Mío! ¡Te entrego la Morada del Rey como muestra de mi amor y fidelidad a ti! —mientras decía esto, de rodillas, le tendió al soberano un aro, que desde la distancia me pareció de oro, con unas llaves de plata que pendían de él.

Thráin. Se levantó del trono y poco a poco se acercó a su hijo y ante todos nosotros dijo:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! ¡Ilustres invitados! Sed bienvenidos a esta Nuestra Morada. Hijo mío ¡álzate! Ven a ocupar el lugar que te corresponde. Yo, Thráin, hijo de Thrór, soberano de Zirak-Dûm, de Erebor en el exilio, te confirmo como Guardián del Tesoro y te entrego las llaves del Asentamiento como Albacea y Administrador de Mi Casa—después de lo dicho le devolvió la llaves y de nuevo se sentó en el trono y Thorin se situó de pie a su lado derecho, colgándose el aro del cinturón de cuero tachonado de placas de plata. Acto seguido el rey continuó hablando:

—¡Noble Glain! Seguid con la ceremonia.

—¡Majestad! ¡Queridos hijos míos! ¡Amigos llegados de otras tierras! Yo, Glain hijo de Kalin, el Sumo Anciano Místico, os doy la bienvenida en nombre de Mahal a esta morada que es su regocijo. Y es su regocijo porque nuestro soberano, su hijo predilecto, tiene la Casa que le corresponde, entre la sólida Roca que nos vio nacer y de la cual el Hacedor nos dio Vida.  ¡En este día que conmemoramos el momento en que Él creó a los 7 Padres, inauguramos estos Salones con su Beneplácito!

Con un gesto de su mano las luces de las 7 lámparas que también colgaban del techo de esta sala se fueron apagando poco a poco hasta que todo quedó a oscuras. Se hizo un silencio sobrenatural. De nuevo al cabo de unos segundos se oyó de nuevo la potente voz del Sumo Anciano:

—¡Zirak- Dûm! ¡Rinde pleitesía a tu Ilustre Hijo, Thráin hijo de Thrór, del Linaje de los Barbiluengos, que se remonta a Durin el Inmortal!

Así mientras se apagaban las luces fuimos inclinando las cabezas en signo de entrega al soberano. Justo en el momento que dejó de oírse por completo la voz del Anciano se abrió un agujero en el techo que dejó entrar un haz de luz que fue a iluminar el trono y a Thráin. Y en ese instante se alzó un rugido de la multitud:

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

—¡THRÁIN REY!

Todos nos dejamos llevar de nuevo por la euforia y la alegría de ver a nuestro soberano en su trono de dura piedra, el elemento que, según cuenta la tradición, Mahal empleó para crearnos.
Seguimos por un rato así hasta que de nuevo el Sumo Anciano se adelantó hasta dónde el haz iluminaba y con los brazos extendidos reclamó silencio, para una vez conseguido girarse al rey y éste alzándose del trono nos dirigió las que fueron las últimas palabras de la ceremonia:

—¡PUEBLO DE ZIRAK-DÛM!  ¡¡MI MUY QUERIDA FAMILIA!! ¡¡DISFRUTAD DE ESTE DÍA DE MAHAL Y DE MUCHOS OTROS VENIDEROS!!

Thráin volvió a sentarse y poco a poco se fueron encendiendo las lámparas y pude ver lágrimas de alegría en más de un rostro. Pude ver, también, cómo se habían situado varios guerreros del Dûmgarul alrededor del estrado, signo de que durante un buen rato todos los asistentes pasarían a dar su saludo al soberano. Yo esperaba que nos tocara pronto porque quería investigar y recorrer toda la Morada. Me situé cerca de mis parientes y guardamos pacientemente nuestro turno.

A medida que pasaban los invitados con cada uno el rey tenía unas palabras. Entre el Sumo Anciano Místico y Thorin iban presentando a cada persona o familia que rendía homenaje a su majestad. Por allí pasaron elfos invitados de los Puertos Grises, nobles Dunadeain venidos desde Gondor. Sin duda con este grupo debía haber venido Elendur, el noble que le había hecho el encargo a Frenrir. Me alegré de que le hubiera sido imposible desplazarse hasta aquí, lo que me daba a mí la posibilidad de vivir la aventura de viajar hasta su casa a hacerle entrega de la espada forjada para él.

Después de un buen rato nos tocó a nosotros. Subimos los escalones del estrado y descubrí que en el suelo habían cincelado el yunque y el martillo con la corona  de 7 estrellas, el símbolo de nuestra casa regente. El rey estaba, me pareció, algo impaciente. Mi tío, como cabeza de familia nos presentó a todos y le entregó el voluminoso paquete que llevaba.  El soberano agradeció el detalle y ya iba a dárselo a su ayuda de cámara que estaba recogiendo todos los presentes, cuando un ligero carraspeo de Thorin le indujo a abrirlo, no sin cierta parsimonia. Esto debió de molestar a mi tío, pero se controló o a mi no me pareció que dejara ver sus emociones delante del rey. Éste acabó de desenvolver el regalo y vi que era una magnífica cota de malla, como no podía ser otra cosa viniendo de un herrero. Creí ver un leve asentimiento en Thráin, pero fue su hijo quien habló.

—¡Maestro Frenrir! ¡Una vez más colmáis nuestras expectativas! ¿No es así padre? ¡Qué excelente loriga de Acero Rojo! ¡De una calidad sin igual! —de nuevo mi orgullo se inflamó como la llama al ser alimentada por un buen haz de leña. Por ello fue como si me cayera un jarro de agua helada, ¡qué digo! Un cubo de agua de glacial no me hubiera dejado más frío que lo que escuché a continuación en boca de Thráin:

—Sí. Acero. Realmente no está mal. Gracias buen Frenrir. Sigamos—. Y sin derecho a explicación ni a replica alguna, con un gesto, nos desplazó y sin más tuvimos que bajar del estrado para dar paso a los siguientes invitados.

Mi tío, ahora sí, tenía la cara demudada entre la cólera y la desolación. Nos alejábamos, poco a poco, del trono cuando escuchamos la voz de Thorin, que había bajado también y vino a hablar con él:

—¡Disculpad a su Majestad! Estoy seguro que no ha querido ofenderos.

—¡Alteza! No debéis disculparlo, al fin y al cabo es cierto. Ha sido un pobre presente. Siento no haber estado a la altura de Él ni de este día—se lamentó.

—¡No! ¡No mi buen Frenrir es un regalo magnífico, digno de él y de otros reyes con mayor riqueza y poderío. Es sólo que está cansado. Que, imagino, quiere acabar cuanto antes y pasar al siguiente acto de este largo día. No os lo toméis a mal. ¡De verdad!—nos alivió.

—¡Gracias! Sois muy generoso conmigo y con mi familia—agradeció mi pariente.

—¡Bien! La cota tendrá el lugar que se merece con el resto de armas y armaduras del rey en su Cámara. Ya he dado orden que sea la que sustituya a la que normalmente usa. Sin duda sabéis que yo también soy herrero y sé apreciar vuestro  trabajo. Además, el acero rojo es el metal más resistente que podemos forjar en estas instalaciones. Bueno, lo cierto es que no tengo que ensalzar una cosa que ya conocéis de sobra. Sin más os tengo que dejar, debo ir con él y ser su soporte en esta larga jornada, ¿lo entendéis verdad?

—¡Mi señor! Repito. No hacía falta esta explicación, aunque la agradezco enormemente y sabed que tenéis un humilde herrero entregado a vos y al rey.

—¡Bien!  Marcho junto a él antes de que se impaciente. Saludos noble señora, jovencita y tú muchacho… ¿has ido ya a visitar los Salones de Belegost? Has de saber que muchos lo han intentado y pocos han pasado del Umbral y menos aún lo han hecho y han vuelto para contarlo. Así que ten cuidado y entrégate a causas más útiles o lucrativas.

—¡Sí señor!... Así lo haré—conseguí balbucear mientras observaba como se alejaba hacia el estrado—.

—¡Vaya! ¡Me va a perseguir aquello que dije hace ya más de 3 años!—comenté para mí pero en voz demasiado alta.

—¡Pues que te creías! Es que lo que soltaste en esa noche de borrachera no fue cualquiera de las tonterías a las que nos tienes acostumbrados, querido—metió el dedo en la llaga mi prima—.

—Basta de discusiones. Lo que dijo tu primo sin duda fue una gran estupidez, pero creo que ya entendió que hay que saber qué decir y cómo. Además, con lo dicho hoy por el Guardián del Tesoro espero que le quede claro que son cosas que no se olvidan y tienen su importancia. Nada más se dirá de esto ahora. Dirijámonos hacia la Plaza Pública. Antes o después tendremos que ir hasta allí. Y aquí todavía hay para rato—zanjó mi tía Beru antes de que Frenrir pudiera decir algo.

—Tía Beru, tío Frenrir la verdad es que me apetece dar un paseo y admirarme de la construcción. Id vosotros, en seguida os alcanzo—pedí—.

—De acuerdo. Pero no te demores mucho. ¡Vamos a ver si se me acaba de pasar el disgusto con una buena pinta de cerveza! —exclamo algo más alegre mi tío, mientras conducía a su esposa e hija en la dirección que iba tomando la mayoría de la gente.

Esperé un momento viendo como se alejaban con algún otro grupo de invitados y estuve dudando unos instantes para ver hacia dónde me dirigiría yo.

Bueno, estimados amigos por hoy os debo dejar. Hablar del banquete y de la cerveza que mi tío deseaba tomar me ha hecho caer en la cuenta de que también necesito un refrigerio ¿y vos maese? ¿Qué decís a una pinta y unas viandas? ¡Ya imaginaba! Perfecto. Parto a prepararlo todo mientras vos recogéis las herramientas de escritura.

Buenas noches. Nos vemos de nuevo muy pronto.

domingo, 23 de octubre de 2011

El Día de Mahal IV.

Buenas noches mis queridos amigos. Os abro de nuevo la puerta de mi hogar para poder recordar con todos vosotros más peripecias de mi larga vida. Maese Marce está a mi lado preparado para tomar nota de todo lo que voy relatando como siempre.

Después del emotivo discurso de Thorin y de la atronadora ovación que cientos de gargantas entonaron en cuanto acabó, se dio por comenzada la celebración del día de Mahal. La gente empezó a marchar de los Atrios del Rey poco a poco, cada uno hacia sus quehaceres, con una sonrisa en la cara. En mucho tiempo no se notaba en las gentes de Zirak-Dûm una alegría tan palpable y una confianza en el futuro como las que veíamos en nuestros congéneres.

Pasaron unos minutos y se empezaban a vislumbrar grandes claros en la plaza lo que me sirvió para poder buscar más fácilmente a mi familia y al resto de mis amigos que seguro estaban todavía en el recinto. A medida que buscaba, me fijé en que los invitados a la ceremonia y al banquete oficial se agolpaban en frente de la puerta de la Morada del Rey y también en que iban avanzando de uno en uno un tramo, hasta que luego se volvían a reunir por grupos y ascendían los 7 grandes escalones que jalonaban el sendero hasta alcanzar la puerta. Vi que a medida que subían los invitados del rey algunos se giraban y señalaban hacia el lugar donde el resto de comensales caminaba muy despacio y en fila. Me llamó mucho la atención, así que intenté ver qué era lo que hacía que algunos invitados, por un rato, se quedaran rezagados, provocando además un gran atasco, que por otra parte, y  cosa extraña, nadie protestaba.

Estaba en esas indagaciones cuando oí a Frálin decirme:

—¡Ahí vienen Grór! ¡¡¡Eh !!! ¡¡¡Estamos aquí!!! ¡Náin, Furin! —los llamó.

Al poco ya los teníamos con nosotros. Me pareció que tenían las mejillas más rubicundas de lo normal y los ojos más cristalinos de lo que normalmente los tienen, cosa que no me extrañó porque la cerveza en abundancia en una taberna produce esos síntomas. En seguida les pregunté:

—¿Qué tal en la posada? ¿Siguió Maglor cantando?

—¡Sí! ¡Ha sido maravilloso! A parte de él se han lanzado otros bardos a cantar sus piezas. Aunque ha estado muy bien sólo ha habido un par de gran nivel. El gondoriano y un elfo llamado Arys o Aeirs no sé muy bien. No consigo recordarlo, pero si el apellido: Althadir. Según él comentaba es de una noble familia que se remonta a la Primera Edad. Bueno, se llame como se llame tiene una bellísima voz y canta muy bien. Yo diría que nos hacía “ver” lo que nos explicaba cantando. ¿No es así Furin? —pidió la colaboración de su primo.

—¡¡Sí!! ¡Es cierto! ¡Ha cantado el romance de Beren y Luthien de una manera increíble! ¡Tanto que me ha parecido que en cualquier momento los dos amantes iban a aparecer abrazados en mitad de la plaza! —aseveró Furin.

—¿Hechizos? Yo más bien creo que han sido las pintas que habéis trasegado entre canción y canción. ¿No es así? —preguntó Frálin entre risas

—¡Celebro que lo hayáis pasado tan bien! —dije— Nosotros hemos visto algunas paradas increíbles en el mercado…

—¡Ah! ¡¡Se me olvidaba!! —me interrumpió Furin— Náin ¿cómo se llamaban aquellos dos medianos tan graciosos? ¿Y qué era lo que cantaban?

—Creo que Bill y Alfred. Sí. Y la canción era para desternillarse. Ummm ¿cómo era? ¡Ah! Sí. Ya me acuerdo del comienzo:

—¡¡EL OSO Y LA DONCELLA!!

—¡¡EL OSO Y LA DONCELLA!! —se sumó Furin a la tonada.

—Había un oso, un oso, ¡un oso! —continuó Náin— Era negro, era enorme, cubierto de pelo horroroso….

—Pero lo más gracioso no era la letra que, según dijeron después, la improvisaban mientras cantaban  —interrumpió Furin—, sino el baile que hacían subidos a una mesa. Uno imitando a la doncella y el otro al oso. ¡Con esos pies tan grandes y velludos! Realmente muy cómico ¿verdad Náin? —finalizó éste.

—Sí, sí. Muy divertido ¿Y por el mercado? ¿Qué tal? —preguntó Náin.

—¡Muy bien! Hay más paradas que el año pasado y han venido comerciantes de tan lejos como Gondor, Dol Amroth y de mucho más al sur. Incluso uno ha venido desde el lejano Harad, ¡Teníais que haber visto que productos! ¡Qué frutos y que ricos ropajes tiene a la venta! Si puedo me acercaré esta tarde para comprar algo—comenté.

—¿Alguien ha visto a Dáin? —preguntó Frálin después de unos segundos de silencio.

—No —respondimos al unísono.

—Esperemos a que siga marchándose la gente. Seguro que está por aquí, con sus compañeros de la guardia—dije mientras ellos asentían—. Venid. Voy a comprobar una cosa, ahora que se ha marchado la mayor parte del público.

Todos me siguieron. Me dirigí hacia dónde se acumulaba el grupo mayor de invitados a la recepción del rey. A medida que nos acercamos pudimos ver cuál era la razón de este atasco. Para llegar a la Morada del Rey todos debían pasar por un puente, más bien una pasarela la cual se debía cruzar de uno en uno. Este puente salvaba un gran foso que dividía en dos los Atrios. Cuando pude acercarme más vi que el foso tenía por lo menos 20 metros de profundidad y unos 30 de largo. Por el único lugar que se podía acceder a las puertas de la Morada era desde el puente que, en caso de necesidad, sería fácilmente defendible. Nos maravillamos aún más del trabajo del Maestro Glûn y de sus hombres.

—¡Mahal! ¡Es una réplica del Puente de Durin! Según dicen los ancianos es el puente que comunica la entrada Este de Khazad-Dûm con los primeros salones orientales. Es un puente estrecho que hace muy fácil la defensa de esta entrada. Salva un abismo que, según cuentan no tiene fondo y llega hasta las mismísimas entrañas de la Tierra—informó Furin.

Estábamos mirando el foso y escuchando las explicaciones de Furin cuando de pronto vi, entre nosotros, a Beris que nos saludaba.

 —¡Hola! ¿Verdad que es increíble? Por fin nuestro rey tiene el lugar que le corresponde en Zirak-Dûm. ¿No es así?

—¡Sí! Sí. Eso mismo decíamos ahora—respondió raudo Náin.

—Realmente el Maestro Constructor y sus hombres han hecho un trabajo estupendo. Imagino que el rey y su hijo están orgullosos del lugar que han construido…—respondió Frálin. Iba a volver a hablar cuando fue interrumpido por Náin.

—¡Beris! Perdona mi atrevimiento ¡Estás radiante! ¡Me faltan las palabras para poder describir tu belleza! ¡Y créeme! ¡Hacerme enmudecer no es tarea fácil! La otra noche, en la cena, no quise acapararos ni a ti ni a tus padres pero hoy, aquí, si quisieras, te podría cantar una canción que he compuesto en tu honor y que no pude cantarte ese día —pidió Náin esperanzado.

Mi prima entre divertida y un poco contrariada casi sin voz dijo:

—Mi buen Náin no tenías que  molestarte. Además no puedo quedarme mucho tiempo. Tengo que regresar con mis padres. Sólo he venido a saludaros.

—¡Pero si no es molestia! Es, como digo, cuestión de honor. Es de justicia el declarar al mundo entero tu belleza sin par. Y será sólo un momento. ¡Ten piedad! ¿Sí? ¡¡Tengo tu permiso!! ¡Oh! Mil gracias—se deshizo en agradecimientos al ver que mi prima asentía con timidez, después de lo cual se lanzó a decir los versos siguientes:

—“De veras siento que el día llega
Si el azar nos une en el camino
A la dicha de ese su destino
Sin más este corazón se entrega.

Tu mirada cándida ardor lega
A este tu esclavo palatino,
Lo que yo digo no es desatino
Sólo es el amor que a mí llega

¡Oh mi Dulce Beris! ¡Luz que me guía!
He de decirte que no podré vivir,
Si no veo tus ojos cada día

Es más, penaré en un duro sufrir,
Mi alma tornará muda y fría
Si tu corazón no hago sonreír.”

Beris enrojeció aún más si cabe, en el momento que Naín hacía una profunda reverencia una vez declamada la poesía. A la vez Frálin comenzó a aplaudir y dijo:

—¡Náin! Deberías haber participado en ese encuentro de bardos y rapsodas de la posada del viejo Tonel y Medio. ¡Qué belleza! Creo que yo no podría explicar mejor lo que nuestra dulce Beris nos causa. Gracias por esta bellísima poesía.

Nosotros, Furin y yo, nos limitamos a aplaudir y a sonreír. Náin, por su parte, con un gesto sentido agradeció las palabras de Frálin e iba a decir algo cuando todos escuchamos a mi tío llamar a mi prima.

—¡¡Beris!! Tenemos que marchar. Disculpad jóvenes amigos que os la arrebatemos pero tenemos que ir a la Morada del Rey.

La aludida se despidió de todos un poco turbada y caminó hasta donde se encontraban mis tíos. Quedaba poca gente al lado del puente e iban a cruzar cuando, Frenrir exclamó:

—¡Por Mahal Bendito! ¡Grór! ¿Qué haces? ¿A qué esperas? ¿Pensabas que te librarías del boato y la etiqueta? ¡Pues no! ¡Tú también vienes! ¡Y compórtate desde ya!

Con la excitación de lo vivido en la mañana se me olvidaba que mi tío me había dicho que al ser él el jefe del Gremio de Herreros del asentamiento, tenía el derecho de participar en el banquete oficial del rey con su familia. Por otro lado me empezaba a fastidiar ese tono continuo de regañina que empleaba mi tío cuando estaba con mis amigos. Ya sabía que era despistado, curioso y un poco indolente, pero no hacía falta que a cada paso que daba fuera de mi casa mi tío me lo recordara delante de mis amigos, ¡no señor! ¡Hoy mismo se lo pensaba decir! Eso sí, también era cierto que me hacía una gran ilusión poder asistir a la recepción y al banquete.

—¡Bueno chicos!  Yo también tengo que ir. Nos vemos esta tarde—me despedí.

Y como en aquel momento hace tanto tiempo os debo despedir por hoy mis entrañables amigos, pero no os preocupéis que bien pronto tendréis noticias nuestras. Buenas noches.

viernes, 14 de octubre de 2011

El Día de Mahal III.

Parece que el escriba está decidido a trabajar. Eso está bien. Espero poder contar con sus ganas de transcribir mi relato por un tiempo más y, espero, sin grandes interrupciones, amigos.

Como os decía el otro día, en la época que os explico yo era un joven de lo más distraído y bobalicón y mirad en lo que me he convertido: en un viejo y gruñón enano. Sí, sí podéis reíros pero es verdad. Ya habéis visto lo fácil que era para mí distraerme, bueno la verdad es que me sigue pasando y, ¿cómo decís maese? ¿Que a vos también os pasa? ¡Vaya! Parece ser que tenemos más cosas en común de las que pensaba. Bueno, pues para contradecirme a mí mismo vamos a ponernos ya manos a la obra y sigamos con el relato, ¡que mañana es tarde!

Llegamos corriendo, sudorosos y jadeantes a los atrios de la Morada del Rey. Se había congregado una gran multitud. Toda la población de Zirak-Dûm estaba allí y ¡nosotros habíamos llegado los últimos! O casi. Pudimos ver cómo, desde el otro lado de la calle, venían charlando animadamente y más despacio Náin y su primo Furin. Me disponía a llamarlos cuando Frálin tiró de mí hacia dentro del recinto e iba a protestar cuando lo que vi me dejó sin palabras. Realmente lo que contemplamos nos deslumbró.

Este complejo, que se dio en llamar la Morada del Rey, era un conjunto de edificios gubernamentales que se habían ido construyendo durante años a las órdenes de Glûn, el maestro Constructor, y el resultado desde luego nos impactó. Hasta este día no se pudieron ni visitar las obras y hoy, delante de todo su pueblo, nuestro Señor Thráin nos lo mostraba a todos. Y repito fue un descubrimiento que nos llenó de regocijo y a muchos nos hizo pensar en el resurgir de nuestro antiguo poderío.

Todo el recinto estaba amurallado  con un lienzo de pared de sillares de granito de por lo menos 3 metros de grosor, lo que podría permitir transitar a una columna de al menos 2 enanos en fondo, codo con codo, por encima de ella. En diversos lugares tenía escaleras que la hacían fácilmente accesible. La muralla alcanzaba en todo su perímetro una altura de unos 7 m y las puertas estaban abiertas y dispuestas en el mismo centro de los atrios. Estaban situadas, como digo, en el justo centro de la muralla que en esta parte frontal tenía unos 200 m de longitud.

Las Puertas en sí mismas eran el primer edificio defensivo de todo el conjunto. Además de las dos hojas de madera de roble reforzadas con espadañas de acero colado, éstas estaban rematadas por una torre almenada que hacía las veces de torre de vigía y de transmisión de señales al resto de la ciudad. Para ello se había colocado un enorme gong que, en momentos de necesidad, congregaría a toda la población del asentamiento.

Entramos como pudimos al interior del recinto apartando a las gentes allí ya reunidas con la idea de acercarnos al máximo a un estrado que se veía al fondo. Debía de ser alto porque desde nuestra posición podíamos ver a varios enanos de gran importancia que estaban preparados para abrir el Día de Mahal. Aún así decidimos seguir acercándonos. Nos costaba cada vez más puesto que otros muchos también querían hacerlo, todos con caras llenas de admiración y orgullo.

El estrado quedaba debajo de una grandiosa bóveda nervada de mármol que ofrecía sombra y protección a la mayoría de las personas que íbamos a presenciar el rito. La bóveda estaba sostenida por 7 grandes columnas de unos 5 m de diámetro y unos 25 de altura. Todo esta parte central de los Atrios, como supimos más tarde, se llamó la Avenida de los Reyes, recordando a los 7 Reyes Enanos, fundadores de las 7 Casas.

A los lados de esta gran plaza, siguiendo los dos lienzos de murallas y dándoles soporte, se habían construido otros sólidos edificios. En el lado izquierdo, al fondo, se hallaban los Cuarteles del Dûmgarul, la Guardia de la Mansión y su armería. A continuación estaba la herrería del Soberano y por último la Chancillería, el lugar dónde se despachaban todos los documentos relativos a la ciudad y dónde se depositaban los contratos ya firmados. Este edificio había duplicado su espacio respecto del anterior, que estaba en la plaza del Mercado.   
En el lado derecho, al fondo, estaba La Despensa del Rey, los almacenes del soberano. Una soberbia construcción que guardaba los excedentes y los impuestos que el rey cobraba a toda la población de Zirak-Dûm. A continuación se había habilitado un gran palacio para albergar a embajadas ilustres. Y por último  en otro edifico más sencillo se alojaban los 7 Ancianos Místicos, el Alto Consejo, que ayudaba a Thráin a gobernar. 



No pudimos acercarnos más y calmados, desde dónde estábamos, nos dedicamos a observar como casi todos los que allí estábamos, la magnificencia y la sencillez con la que estaba todo construido. Por lo que vimos la ceremonia acababa de empezar, aunque aún seguía llegando gente. Me fijé que Frálin estaba mirando alrededor e imaginé que buscaba entre el gentío a mi prima.  Yo no la vi a ella ni a mis tíos y ya hacía un rato que había perdido a mis dos amigos. A Dáin no lo había visto desde que nos separamos esa mañana.

Para intentar ver mejor me ayudé del hombro de Frálin y casi subiéndome encima pude ver más allá del estrado. Con este vistazo me fijé que el lado de enfrente de los Atrios era la Montaña. Pude ver que las dos murallas acababan y cerraban el perímetro soldándose con la ladera de las mismísimas estribaciones de las Montañas Azules y justo enfrente nuestro se abría una única gran entrada a unas cuevas que seguro eran la Morada del Rey. Una lágrima de pura emoción me resbalaba por la mejilla y no pude resistirme más:

—¡Mahal misericordioso! ¡Qué belleza!

—¡Eh! ¡Qué has visto? —me preguntó Frálin.

—La Morada del Rey está excavada en la ladera de la montaña. Es impresionante. ¡El Maestro Constructor y su gente se han ganado muy merecidamente sus honorarios! —respondí.

—¿Sí? ¡Déjame ver! ¡Ayúdame!

Lo hice y él también se percató que realmente la sola visión de aquella construcción era todo un espectáculo.

—¡Es magnífico!

En ese momento desde detrás del estrado, se dejó oír un redoble de tambores que permitió que todas las conversaciones y exclamaciones de admiración se fueran apagando y cuando terminó se alzó, imponente, un silencio sobrecogedor en un lugar que hasta ese mismo instante había estado inundado de sonidos.

Este silencio se alargó unos instantes más y fue uno de los enanos que estaban en el estrado, el que habló poco después:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! ¡Y nobles invitados! Sed bienvenidos a la Morada del Rey Thráin! —. Debía de ser el líder de los 7 Ancianos Místicos. Era un gran enano con el pelo y la barba blancos. Ésta la llevaba en dos gruesas trenzas con unas borlas doradas que la anudaban y por lo que brillaban debían de ser de oro. Sostenía en su mano derecha un báculo de acero muy bruñido que estaba rematado por un orbe de obsidiana o algún otro material negro y liso.

Mientras decía esto se giraba para dar paso al único enano que estaba sentado en una gran silla de madera con un enorme respaldo. En él, en la parte más alta, estaban grabadas en relieve las 7 Estrellas sobre la Corona, el Martillo y el Yunque, los símbolos de la soberanía de Thráin. El Soberano en el Exilio se alzó y dio unos pasos hacia el borde del estrado. Todos lo podíamos ver. Era un enano alto, fuerte, con el pelo encanecido, más por las preocupaciones y los estragos de su infortunio que por la edad; tenía una ligera cojera y un parche en el ojo derecho fruto de las heridas que sufrió en la pasada guerra contra los orcos en venganza de la ignominiosa muerte de Thrór, su padre. Una vez situado en el linde y sin necesidad de alzar mucho la voz los congregados pudimos escuchar claramente lo que nos dijo:

—En esta jornada que celebramos el Glorioso Día de Mahal os abrimos nuestras humildes puertas y, desde la más sincera de las muestras de hospitalidad, os invitamos a disfrutar de estas nuestras pobres riquezas.

Hizo una pausa y se oyeron algunos murmullos y a mí me pareció que alguno de los enanos que estaban en el estrado se agitaban ligeramente, entre ellos su hijo y heredero Thorin Escudo de Roble.

—¡Sed bienvenidos, como digo, a esta Casa en el Exilio. A este humilde hogar, pobre remedo de los Salones de Nuestros Padres!

Una nueva pausa. Los murmullos fueron mayores y los gestos nerviosos se hicieron aún más claros. Thorin fue a dar un paso y el Anciano Místico, con una señal le pidió que se contuviera, lo que acrecentó los cuchicheos. En seguida el rey volvió a hablar:

—¡Pueblo de Zirak-Dûm! Divertíos y solazaros en estos días y recordad nuestra antigua Gloria Perdida—después de lo cual se giró y se disponía a marchar cuando con un sonido casi atronador la voz joven, fuerte y conminadora de Thorin se alzó por encima de todo el ruido que se había extendido por toda la plaza.
  
—¡¡Padre!! ¡¡Padre!! ¡Rey Thráin en el Exilio! ¡Yo soy consciente, tanto como tú, de nuestros pesares, pero creo ver la Luz al final del Túnel. Este no es nuestro lugar definitivo. Todos lo sabemos —y mientras decía esto nos señalaba a todos y después de unos segundos continuó—. Pero YO sé que este es NUESTRO HOGAR en este momento y que es digno y que lo hemos hecho bien y que lo haremos más grande y que cuando todo esté preparado no habrá nadie que nos contenga y recuperaremos lo que fue nuestro.

—¡Padre mío este es tu PUEBLO! ¡Esta es tu CASA! ¡¡¡Y JURO ANTE LOS 7 PADRES FUNDADORES QUE ALGÚN DÍA RECUPERAREMOS EREBOR!!!

Lo que aconteció a continuación fue algo increíble, más aún, mágico. A la vez que Thorin acababa su juramento me pareció ver cómo el Anciano místico que había hablado antes hacía un ligero movimiento con el bastón y de pronto ¡las 7 columnas que sostenían la bóveda se convertían en la representación de los 7 padres fundadores! El cuerpo central de cada de las columnas había desaparecido para dejar ver 7 estatuas de los primeros 7 enanos creados por Mahal esculpidas sobre los pilares.

La locura se desató en un momento y cientos de voces graves, calladas hasta ese momento, empezaron a gritar como si fueran una:

—Baruk Khazâd!! Khazâd ai-mênu!!

—Baruk Khazâd!! Khazâd ai-mênu!!

—Baruk Khazâd!! Khazâd ai-mênu!!

Y luego, sin previo aviso pero en la sincronía que sólo nuestra gente puede demostrar en momentos como estos, de nuevo se alzaron al cielo cientos de voces llamando:

—EREBOR!!

—EREBOR!!

—EREBOR!!

El rey, como la totalidad de su pueblo gritaba y agitaba los brazos como desafiando al dragón que aún mantenía en su poder nuestra añorada morada.

Y el grito parecía incansable y siguió sin desfallecer, hasta que después de unos momentos el rey se acercó a su hijo y lo abrazó ante lo cual todos los presentes comenzaron a gritar sus nombres. Y así estrechamente abrazados partieron hacia la Morada del Rey, dando por acabada, de la mejor manera posible, esta ceremonia de apertura del Día de Mahal. El resto de los ritos más importantes se celebraban dentro de los salones de Thráin, junto con el banquete para la familia real, los altos dignatarios y  los invitados ilustres. Para el resto de los ciudadanos a las afueras del pueblo se habían montado 7 enormes carpas que darían cobijo a todo aquél que quisiera participar de esta celebración.

Estimado maese Marce parecéis cansado, ¿es así? ¡Claro! Después del tiempo de inacción no podéis seguir el ritmo. No os preocupéis, yo también y, además, necesito refrescar mi garganta después de tanto relatar y de recordar aquel día histórico. Siendo así, amigos, os dejamos por esta noche y espero encontraros a todos en la próxima ocasión.

miércoles, 12 de octubre de 2011

El Día de Mahal II.

De nuevo ante vosotros mis queridos amigos. Siento la tardanza. ¡Este maese Marce, cada día está más indolente! ¡Me cuesta horrores hacerlo reaccionar! En fin, ¡nunca es tarde si la dicha es buena!, ¿no tenéis un dicho así? Se lo he oído alguna vez a este escriba perezoso.

Bueno, volviendo al relato ¿os gustó la canción? Espero que sí, a mi me trae muy gratos recuerdos… ¡En fin! Sigo con ellos. Aquí tenéis esta nueva porción:

El bardo obtuvo una gran aclamación y varias rondas gratis por lo mucho que gustó su canción. Náin estaba extasiado y casi no articulaba palabra. Frálin nos hizo la propuesta de seguir adelante, acercarnos a las paradas más interesantes del mercado y ver artesanías de otros lugares. Ya nos íbamos hacia la plaza central cuando Náin, que recuperó el habla dijo:

—¡No! ¡No podemos irnos ahora! ¡Seguro que en breve cantará otra canción o declamará algún poema! ¿No queréis quedaros a escucharlo? ¡Quizá otro bardo se le una y podamos ser testigos de un encuentro histórico!

—La verdad es que es un buen bardo, no lo dudo, pero yo quiero ver los puestos del mercado. Dicen que en esta ocasión han llegado gentes de muy al sur, ¡de más allá de la Ciudad de los Corsarios! —exclamó Frálin. El resto no decíamos nada—. Se me ocurre que podemos dividirnos, si no os parece mal—continuó.

—Está bien—dijo Náin—. Furin, ¿tú te quedas o marchas?

—Me quedo contigo primo—respondió éste.

—¡Perfecto! Pues estamos de acuerdo. Vosotros dos os quedáis aquí y nosotros vamos a seguir explorando el mercado. ¿Dáin? ¿Te vienes o te quedas?

El interpelado, con la duda en la cara y sin saber por qué decidirse, empezaba a enrojecer y antes de que pudiera manifestar su predilección vino en su ayuda Bór, uno de los aspirantes a entrar en el “Dûmgarul”, la Guardia de la Mansión. Éste, sin dejarle ni decir media palabra se lo llevó a dentro de la taberna y Dáin se dejó hacer. Antes de que entrase en el establecimiento grité para que me escuchara tanto él como el par que también se quedaba a seguir escuchando al bardo:

—¡Nos vemos al mediodía en los atrios de la Casa del Rey!

Nain casi no me dejó ver si nuestros amigos respondían y empujándome fuimos hacia la plaza del mercado. En seguida empezamos a callejear y a ver puestos de telas, de alimentos, de objetos raros venidos de todos los lugares del norte. Nada más desembocar en la calle de los caldereros vimos varias paradas con orfebrerías venidas de Framsburg, vidrieros de Bree, e incluso algún joyero llegado desde los Puertos Grises. Ante éste, Frálin se detuvo un buen rato y estuvo estudiando los diseños de collares, pulseras, y algún anillo increíblemente trabajados, como sólo los elfos lo hacen: simples cordones trenzados de algún material parecido al cuero dónde se engarzaban piezas de coral rojo y ónice, lo que les daba un colorido realmente exquisito.

—Hay que reconocer que los elfos hacen unas joyas realmente bonitas. Aunque no tienen ni la solidez, ni la utilidad de nuestros diseños, ¡eso está claro!—apostillé para alabar el oficio de mi amigo. Éste me sonrió pero no dijo nada, ante lo cual seguimos paseando.

Evitamos algunos grupos que observaban a artistas callejeros que hacían las delicias de grandes y pequeños y mientras revisábamos el género de otras paradas, un hobbit, a voz en grito, ensalzaba su producto para todo aquél que quisiera escuchar:

—¡Tabaco! ¡Tabaco de la Cuaderna del Sur! ¡No hay mejor para pipa! ¡Jóvenes señores! ¿No desean degustar este gran producto? Tengo aquí preparadas unas pipas que si quieren….

—¡No gracias! En este momento  no nos apetece—contestó en seguida mi amigo.

—¡Está bien! ¡Está bien! Si en otro momento quieren degustar los estaré esperando. ¡Wilfred de Gamoburgo a vuestro servicio!

—¡¡Lo tendremos en cuenta noble señor!! ¡Nos ponemos al vuestro mi querido Wilfred! —respondí haciendo una reverencia aún mayor que casi da conmigo de bruces en el suelo.

Seguimos caminando, observando otros puestos y al  llegar al recodo de la calle que daba a la plaza mayor, Frálin no se contuvo y a bocajarro me preguntó:

—Grór, ¿le gustó el broche a Beris?

—Sí. Mucho—respondí rápidamente.

Iba a explicarle que hoy me había parecido que se lo había puesto pero justo en el momento que me disponía a hablar de nuevo nos sorprendieron unos gritos, entre divertidos y de alerta. Una vez distraída esa determinación, me convencí que a Frálin le haría más ilusión si veía al mediodía a mi prima con su joya puesta y me callé y aceleré el paso para ver qué era lo que divertía y aterraba por igual a las gentes que estaban en este lado de la plaza.

Después de algún empujón y un buen uso de los codos llegamos hasta estar cerca del claro para ver mejor y en ese momento vimos como una llamarada se alzaba por encima de las cabezas de las personas que estaban en primera línea. Ante esa bola de fuego pensamos que como poco sería un draque de arena o algo parecido lo que se habría liberado de alguna jaula de algún comerciante loco y ya íbamos prestos a empuñar algún trozo de madero como improvisada arma, cuando nos dimos cuenta de que no era más que otra atracción más del mercado.

Vimos que ese fuego era exhalado por la boca por una especie de mago que estaba al lado de uno de los puestos con más productos exóticos que yo haya visto jamás. El hombre era muy alto, mediría por lo menos un metro ochenta, sino más, y manejaba dos antorchas con asombrosa maestría, haciendo unos malabares que eran la alegría de todos los espectadores. La tez de este mago era muy oscura, casi negra, no tenía cabellos y su piel brillaba por el sudor que sí que se veía salir de todos sus poros. Además del fuego que manejaba estábamos en un día muy soleado del mes de julio, lo que hizo que subiera la temperatura hasta alcanzar un calor sofocante en esta hora ya casi del mediodía.

Un poco más retrasado que el malabarista había otro hombre dando a probar a todo aquél que se acercaba parte de los productos que tenía expuestos. Llevaba unas ropas muy coloridas y una especie de pañuelo que le cubría el cabello.  De vez en cuando se le oía entre la algarabía de los parroquianos alardear de sus mercancías, con un marcado acento, que se me antojó debía de ser de alguien venido de muy lejos.

 —¡Frutas! ¡Marfil! ¡Plumas de Ave del Paraíso! ¡Estas son una parte de las mercancias que Garlan Det os ha traído del Lejano Sur.  

¡Mahal bendito! ¡Un mercader del lejano Harad! Ahora entendía que hubiera tanta gente alrededor del puesto. A parte del malabarista pude ver frutos muy extraños, de vivos colores y formas increíbles. Algunos eran grandes, redondos y con cortezas duras y de un verde muy oscuro que, sin embargo, una vez abierto y troceado tenía un color rojo intenso y un dulzor y frescor que lo hacía muy agradable en un día tan caluroso como éste. El mercader nos llamó la atención sobre otros pequeños, muy dulces y arrugados, que según dijo son de gran provecho para atravesar el Gran Desierto, puesto que dan mucha energía con poco tamaño.

Estábamos encantados en apreciar estos productos, cuando entre los objetos que había dentro del carro que hacía de tienda, vi un gran colmillo muy blanco. Estaba, o eso me pareció, mal escondido entre un montón de pliegues de telas. Debía de medir casi 40 cm, quizás más porque no lo veía, de entre las telas, en todo su tamaño, y estaba muy finamente tallado. Las tallas representaban a un caballero o un mago, no lo pude apreciar bien, encarándose a un dragón. ¡Era una cosa realmente extraordinaria! No sé que me pasó pero era cómo si el objeto me llamara, notaba algo en mi interior que me hacía desear tenerlo, quería poseer esa joya. 

Fue una sensación muy extraña y lo que me dio más miedo fue que me gustó. Estaba tan embelesado en su contemplación que  no escuché a mi amigo cómo me llamaba y creo que no reaccioné hasta que me zarandeó y me dijo:

—¡Grór! ¿Qué te pasa? ¿Es que no me oyes?

Fue como volver de un lejano lugar. No supe cuanto tiempo pude estar mirando el colmillo, pero lo que sí tuve claro era que quería tener ese objeto. O ¡algo peor! ¡Me pareció que el objeto quería que yo lo tuviera! Rápidamente miré al mercader y no me pareció que estuviera al caso de mi conversación con Frálin ni de mi clara turbación.

—¡Ya te oigo! ¡No me chilles! Estaba pensando cuánto costará ese colmillo. ¿Qué crees? ¿Será muy caro? Es precioso, ¿verdad?

Mi amigo que por lo visto no se había percatado aún del objeto lo miró y no pareció que le impactara tanto como a mí. En seguida me dijo:

—Es bonito. Aunque a mí me gusta más, como sabes, nuestra orfebrería y quizás algún collar o anillo élfico. Además, ¿qué utilidad puede tener ese colmillo?

En ese momento. Llegó hasta nosotros el mercader. Sin casi darnos tiempo para marcharnos respondió a Frálin pero mirándome a mí.

 —¡Mis jóvenes señores! Este objeto es un objeto magnífico y muy antiguo. Además os sorprenderiais de lo útil que me ha sido en mi largo camino hasta aquí. Es una joya que ha pasado de padres a hijos en mi familia desde hace cientos de años. ¿Os gusta? Realmente es de una exquisitez increíble. Puedo deciros que soy un mercader con muchas millas recorridas y jamás he visto otra pieza de marfil de Mûmakil tan finamente trabajada. Y lamento deciros que no está en venta.

—¡¡¿¿De Mûmakil??!! ¿De Olifante? Creo que así es como se llaman en nuestra lengua. ¿Son animales enormes, como casas, que pueden llevar grandes pesos y a muchos hombres sin siquiera notarlos, como nosotros podemos tener encima a una mosca? —mientras decía esto ahuyenté a un par de estos pesados insectos que me empezaban a incordiar.
  
—Sí. Mi querido señor. Pero no os creáis todas las leyendas. Son animales muy grandes pero no tanto como los han descrito aquéllos que no los han visto nunca. Yo, si tenéis un rato, os podría hablar de ellos y de otras muchas maravillas que hay en mi lejana tierra.

Ya me disponía a buscar un lugar dónde sentarnos a resguardo del sol cuando un carraspeo de mi amigo me recordó, con fastidio, que él seguía allí. En seguida decliné el ofrecimiento, lo más educadamente posible:

—¡Mil perdones mi querido Garlan Det! Obligaciones nos hacen tener que dejar vuestra grata compañía. Si estáis esta tarde, por poco que pueda, regresaré para seguir la charla dónde la dejamos en este momento.

—¡Cómo deseéis mi noble señor! Aquí estaremos durante toda la semana de Mahal. —dijo esto haciendo una inclinación muy elegante y se volvió para dirigirse de nuevo al resto de gentes que estaban curioseando sus mercancías, atendidos por un par de ayudantes y el malabarista. Éste había cambiado sus antorchas por un par de alfanjes a la espalda que le daban un aspecto de lo más amenazador y que seguramente ahuyentaría a más de un “amigo de lo ajeno” que quisiera probar la habilidad de vigilancia del mercader y los suyos.

Antes de que diéramos dos pasos no pude contenerme y le pregunté:

—¡Mi señor Garlan Det! ¡Por curiosidad! Ya sé que el colmillo, por ser un objeto familiar que tiene un gran valor sentimental para vos no está a la venta; pero en el hipotético caso que por alguna necesidad ¡Mahal no lo quiera! quisierais venderlo, ¿por cuánto lo haríais? ¿En cuánto tasáis esa maravilla?

—¡Querido amigo! —dejó pasar unos segundos mientras sonreía de una forma enigmática, después de lo cual prosiguió—Creedme cuándo os digo que no está a la venta, en realidad no puedo venderlo. De todas formas dudo que pudierais pagarlo si me encontrara en tamaña necesidad—volvió a sonreír y inclinándose de nuevo partió con esa misteriosa sonrisa en los labios hacia dónde estaban los clientes comprando de todos los objetos que atesoraba la gran carreta de Garlan Det.

Ya iba a intentar de nuevo preguntar cuando Frálin me espetó:

—¡Dioses Grór! ¡Que no llegamos! ¡Faltan poco más de 5 minutos para que comience la “Hora de Mahal”! ¡Corre demonios! ¡Corre! ¡No quiero llegar más tarde que Náin!

Y corrimos. ¡Vaya si corrimos! Teníamos que atravesar casi todo el asentamiento, atestado de gente. Muchos enanos se acercaban también hacia la Mansión del Rey y gentes de otros pueblos intentarían ver lo máximo que se pudiera de este rito ancestral, símbolo de la creación de los 7 Padres Enanos y de Durin I el Inmortal como líder de nuestra Casa.

Bueno mis queridos amigos. Esta noche creo que ha sido suficiente. Espero no haber cansado en demasía a maese Marce, no sea que de nuevo desaparezca y no pueda seguir relatándoos mi historia. Así pues buenas gentes ¡nos vemos pronto!