jueves, 18 de agosto de 2011

El Día de Mahal I. Sorpresa para Lady Elena.

¡Bienvenidos! Hoy es una noche especial en nuestras reuniones por dos motivos. El primero es porque hoy hablaremos de aquél Día de Mahal de hace tanto tiempo. Dónde se empezó a fraguar nuestra bien merecida fama. Y también es importante porque para maese Marce lo es. Bueno lo es por ser el día de su Dama, lady Elena y tengo una sorpresa para ellos. Sí, sí maese. Hoy habréis de estar raudo a la hora de escribir, no sea que se pierda algo de lo que voy a relatar. Sin más comienzo:

Y por fin llegó el Día de Mahal una de las dos festividades más señaladas del calendario enano. Es la jornada que simboliza el momento en que nuestro hacedor tuvo la imagen de creación de los 7 Padres de los Enanos. Por tradición se conmemora el séptimo día del séptimo mes. Llegó por fin y bien temprano nos preparamos en casa para salir a la calle. Según explicaban los enanos más mayores de Zirak-Dûm aún no se habían acostumbrado a vivir estas celebraciones en lugares abiertos, nosotros que teníamos nuestras ciudades bajo las montañas. La verdad es que a los jóvenes por haber crecido en este asentamiento nos gustaba quizás más por acontecer en días largos y soleados de verano.

Como digo bien temprano estaba yo preparado, expectante por ver cómo iría el día y por encontrarnos con el maestro Glûn. No pudiendo esperar más a mis tíos y prima salí de casa en busca de mis amigos, quedando con mis familiares al mediodía en la Morada del Rey para los actos protocolarios. Tenía más de tres horas por delante para callejear y ver el gran mercado que se montaba, las competiciones y algún espectáculo que fuera de interés.

Nos encontramos a las puertas de la casa de Frálin y estuvimos todos puntuales, aun Náin, que siempre era el más tardón. Decidimos ir hacia el mercado y ver qué productos exóticos y gentes de otros lugares habrían llegado. El año anterior un mercader de Dorwinion con sus excelentes vinos, fue la mayor atracción y consiguió marchar después de vender toda su mercancía. ¡Por cierto! De él eran las últimas reservas de mi tío que degustamos  en la cena que tuvimos hacía tres semanas ya. Me dije que si estaba yo compraría una buena barrica y se la regalaría… Mejor. Compraría dos una para mi tío y otra para mí.

En estos pensamientos estaba cuando llegando a una plaza dónde comenzaba el mercado y al lado de la taberna “El Jabalí Alegre”, que regentaba el más alegre aún Dori “Tonel y medio”, vimos, en un improvisado estrado, a un hombre que por sus ricas vestimentas parecía de alguna de las ciudades del reino de Gondor, que a grandes voces estaba llamando a un grupo cada vez mayor de personas: enanos, algún elfo e incluso algún rizo de algún mediano se veía entre los congregados.

—¡Acercaos! ¡Venid y escuchar a este servidor! —dijo con una bonita y grave voz.

—¡Un bardo! ¡Vamos! Veamos que arte tiene —exclamó Náin, a la vez que aceleraba el paso e iba abriéndose camino para estar más cerca. El resto nos miramos y decidimos con un gesto quedarnos y ver qué ofrecía este trovador ambulante.

—¡Venid! ¡Acercaos buenas gentes! ¡Aquí está Maglor de Minas Tirith, bardo entre un millar, para contarles historias y leyendas! Sí. Veo por vuestras caras que censuráis mi poca modestia. Bien. Juzguen vuestras mercedes si corresponde el calificativo, después de escuchar este canto que mi extraordinaria voz les hará llegar. Si les gusta y reconforta dirán allá donde vayan que Maglor realmente es un excelente trovador, sino podrán decir que soy un mentiroso y un fraude. ¿Qué les parece? ¿Quieren escuchar alguna de mis cuantiosas historias y salir de dudas?

Empezaron a oírse voces que reclamaban la historia. A los enanos, como a la mayoría de los pueblos libres siempre nos han agradado una buena canción o cuento y más en días festivos como aquél. Ante las demandas crecientes del público el bardo dijo:

—¡Veo que están listos! Perfecto. Tomen asiento y prepárense porque les contaré algo que no he contado a nadie aún. Sí. Sí. ¡Es cierto! Es un cuento que hoy declamo para todos ustedes por primera vez. Espero que sea de vuestro agrado—. Dejó pasar unos segundos para generar mayor expectación y en seguida comenzó su historia.

<<Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos, muchos años nació una doncella elfa, del pueblo de los noldor, una noche sin Luna y que nada más abrir sus ojos se fijó en las estrellas que la miraban desde la cúpula azul y quiso cogerlas con sus manitas tan pequeñas, y una luz blanca la bañó por completo y ella se rió con una risa limpia y cálida, que era regocijo para las almas que la acompañaban, porque las reconfortó en aquellos momentos tan aciagos. Y esto se tomó como un buen presagio y a pesar de todas las desdichas los que la acompañaban se sintieron mejor y esperanzados. Y nada más nacer era ya tan bella y tenía una luz en los ojos que por todo ello la llamaron Eledhwen, “Doncella de las Estrellas”.

Eran momentos de guerra y de sufrimiento. Nació en las postrimerías de la primera edad del Mundo, cuando el Enemigo Oscuro había conseguido eliminar a los grandes reyes y héroes, poco a poco, con paciencia y usando finalmente la traición de los hombres en la última batalla, la “De las Lágrimas Innumerables”. En esa gran confrontación cuando la alianza de elfos, enanos y hombres creía que podría vencer, vieron cómo parte de este último pueblo se giraba contra las fuerzas élficas y atacaba a traición a los señores que los habían convocado.

Y se perdió la batalla.

Y muchos buenos guerreros cayeron.

Y los orientales, los hombres que se rebelaron, tuvieron un pobre pago por tanto sufrimiento, pero eso se relata en otro lugar y nosotros sabremos de la vida de la Doncella de las Estrellas, que fue la guía y soporte para un grupo pequeño de refugiados que salieron de las Tierras de Beleriand, donde sólo había ya sufrimiento.

Eledhwen, como os digo, nació en aquella tierra que ahora está sepultada bajo las sagradas aguas de Ulmo, señor de los Océanos, en momentos de dolor y sufrimiento. Llegó al mundo en un grupo de refugiados de Hithlum que habían salido de las verdes estancias huyendo de la cólera de Morgoth hacia el sur. En esta desgraciada compañía viajaban mujeres y niños elfos junto con algunas gentes del pueblo de Hador, edain de noble casa, altos hombres dignos y de nobleza sin igual, que no quisieron ser esclavizados o sometidos a los designios del enemigo negro. Eran pocos y había criaturas de poca edad como la propia protagonista de nuestra historia.

Y se dirigieron a escondidas, de noche, hacia el gran Reino de Doriath, aunque no sabían cómo lo encontrarían, pues era sabido que la Cintura de Melian lo protegía. Y tardaron mucho tiempo, pasaron años, décadas, por caminar despacio, escondiéndose, parando para conseguir los alimentos que el bosque les daba porque allá dónde iban todo era desolación: granjas, pueblos y asentamientos destruidos y no se atrevieron en mucho tiempo a salir de la espesura. Y porque recogían a todo huido que se atrevía a unírseles.

Durante este tiempo Eledhwen creció en poder y en belleza y hacía las delicias de todos los refugiados porque nació con el Don del Canto de Poder, y su voz fue asidero contra la desesperación de todos los que la acompañaban.  Ella, como todos los refugiados, se entrenó en el manejo de las armas, puesto que todos debían participar en la defensa del grupo, incluso los más jóvenes.

En su largo viaje acampaban para que los ancianos de los edain pudieran recuperarse antes de la siguiente singladura y así llegaron una noche sin Luna al lugar que iban buscando con tanto ahínco: el Bosque de Region, donde se encontraba la ciudad de Menegroth, los salones del Rey Thingol y Melian la Maia.

Pero Glaerin, uno de los pocos exploradores adultos que iba en el grupo, nada más llegar al linde del bosque dijo que algo no iba bien y aconsejó no seguir adelante. Todos exclamaron que tenían que llegar a la ciudad de las Mil Cavernas después de tan largo viaje plagado de peligros. Pero el explorador no cejó en su consejo. Él les dijo que hacía tiempo había venido a este reino en una embajada  y que al llegar a este punto no pudieron seguir porque había un hechizo que no permitía franquear la entrada y que rodeaba todas las tierras que el rey Mantogrís reclamaba como suyas, tal era el poder de Melián. Siguió hablando y sostenía que si esa Cintura no estaba y se podía entrar libremente en el bosque era porque sucesos terribles habrían pasado y que la semidiosa ya no tenía poder en este Mundo. <<Además, percibo delante nuestro un poder negro que no deberíamos enfrentar>> Exclamó. Y después de esto dijo que si aún así querían entrar él los acompañaría a pesar de su consejo contrario. Jamás los abandonaría.

Mientras estaban reflexionando para ver qué hacían escucharon un gran alboroto que se acercaba. Por los sonidos tan horrorosos que escucharon supieron que debía de ser una horda de orcos, los negros sirvientes de Morgoth. De este modo se cumplió la visión de Glaerin, así que todos se aprestaron para la huída pero había muchos ancianos, la mayoría de los edain, y no quisieron dejarlos a su suerte. Y todos, hombres, mujeres y niños, se pertrecharon para la lucha. Después de tanto camino andado se prepararon para morir. Y los más ancianos pidieron armas pero los que estaban en plenitud sólo les dieron puñales. Y les dijeron que eran por si ellos caían en el combate protegiéndolos, por si querían quitarse la vida por sus propias manos antes de ser apresados y así evitarse el cruel destino de esclavo o el sufrimiento de la tortura sin sentido que causaban esas negras criaturas.

En ello estaban cuando uno de los más jóvenes elfos, subido a un alto árbol los vio llegar y su corazón se llenó de miedo y desesperanza porque les dijo que era una horda enorme, con cientos de orientales, orcos, lobos y otras criaturas salidas de la más negra imaginación del enemigo. Al escuchar estas palabras el temor se desbocó en los refugiados y flaquearon las fuerzas y estuvo a punto de producirse una desbandada pero en ese momento se alzó una voz.

Era una voz que en un principio no reconocieron y salía del mismísimo centro de su campamento y era un canto que crecía y que enardecía los corazones de todos los que escucharon. Y  se alzó más. Y entonces vieron quién entonaba aquel canto de poder. La Doncella de las Estrellas se levantó y en aquel momento parecía una visión de los Poderes o eso les pareció a los que la acompañaban. Quien estuvo allí vio alzarse una doncella rubia, con el pelo casi albino y ojos violetas, refulgentes. Bella como las estrellas y poderosa como la propia Varda, señora de los luceros. Y ese canto se siguió elevando y en el momento que llegó la vanguardia del ejército enemigo todos los desesperados se habían convertido en leones prestos a la lucha y aún los ancianos ya no se resistieron a esperar el desenlace de la lucha o a  suicidarse en un rincón y se alzaron y exigieron espadas y lanzas y en verdad os digo que quién los pudo ver admiraron la determinación y la grandeza de aquellos brazos poderosos que se aprestaban para el combate. Y todos estuvieron preparados.

En ese momento, cuando los primeros orcos y orientales llegaron al claro donde estaban los refugiados, vieron dioses preparados para la batalla y tuvieron miedo. Y sobre todo lo tuvieron de la Doncella de la Estrellas, y en adelante, después de esa noche, la llamaron Nimgurth “La Muerte Blanca” y sus negros corazones se llenaron de sombra y desesperación y supieron que iban a morir. Y huyeron en loca desbandada.

Y Eledhwen con una espada refulgente en la mano gritó:

 —¡A Elbereth Gilthoniel! ¡Vamos Desesperados! ¡¡Seamos la Llama Blanca que brilla en la Oscuridad!!.

Y se lanzó al combate ella la primera seguida por todo elfo, elfa, hombre y mujer que estaba allí y arrollaron a la hueste negra y sembraron el dolor y la destrucción entre sus enemigos. Y allí cayeron grandes capitanes orcos de Angband y hombres venidos de oriente y trolls y grandes lobos huargos que salieron de sus cubiles para no volver jamás. Y muchos fueron aplastados por sus propios correligionarios en la desbandada y los caídos fueron eliminados sin piedad porque había un clamor de venganza en los corazones de la Compañía de los Desesperados, como se habían dado en llamar.

Pero la victoria no fue tan sencilla como podéis imaginar. Es cierto que habían sembrado la muerte y la destrucción en la vanguardia del ejército que les salió de la espesura y ya giraba el resto de tropas empujadas por la furia de los refugiados cuando, de pronto, de entre unos árboles que fueron apartados como si juncos de una orilla se trataran, apareció un dragón de piedra. 

¡Hay amigos! Ese pudo ser el final de todos los valientes aliados. En el momento que se dejó ver la serpiente, grande, acorazada y con unos dientes y una cola que derribaba árboles como si fueran hojas secas, Eledhwen se adelantó. Y se hizo el silencio. Y los refugiados dudaron y tuvieron miedo. Y los orcos pararon su huida. Y se reagruparon. Y se envalentonaron porque pensaron que este campeón les daría la victoria.

Y entonces sucedió lo que muchos bardos deberían haber cantado después en numerosas canciones.

La Doncella de las Estrellas dijo:

—¡Tú! ¡Gusano de Morgoth! ¡Vuelve al cubil de donde no debías haber salido jamás o prepárate a morir!

Realmente era una figura impresionante, terrible y bella, con tal ira en los ojos que todo aquél que no fuera un dragón o criaturas de poder habrían huido a esconderse en cualquier gruta fuera del alcance de su mirada. Y su espada ardía aún con más fulgor. Pero se enfrentaba a un dragón, joven sí, pero dragón al fin y al cabo. Y éste no tuvo miedo, aunque sí respeto por la joven guerrera que se le enfrentaba. Y sintió codicia y deseo de matarla y acabar de una vez con esa luz que desprendía que lo hería. Pero no quiso dar esa impresión y con la voz sibilante de los reptiles del enemigo negro, menospreciándola, dijo:

—¿A quién tenemos aquí? ¿Quién es este gran guerrero que nos amenaza? ¿Hemos oído su nombre en alguna canción? ¿A cuántos de mis hermanos o sirvientes habéis eliminado noble señora? ¡Tiemblo sólo de pensar en ser el siguiente! —Y esto último lo dijo casi en murmullos, inaudibles entre las roncas risas de los secuaces que tenía alrededor.

 —Soy Eledhwen, la Doncella de las Estrellas, y con esa alta ayuda morirás tú y todo aquél que se atreva a enfrentarme—. Respondió.

Realmente era como una visión de Poder ella sola, armada con una espada flamígera delante de la monstruosa presencia del gusano y decenas de orcos que estaban detrás. Éstos, rehechos, se iban acercando a ella rodeándola, pero ante un nuevo susurro del dragón se quedaron quietos:

—¡No! ¡Es mía! Yo acabaré con ella y será el primer bocado de una suculenta cena—. Y diciendo esto desplazó su mortal mirada hacia el resto de guerreros que tenía detrás la doncella.

Todos se estremecieron y perdieron fe en la victoria y estaban a punto de soltar las armas y salir corriendo cuando la muchacha gritó:

—¡Por Varda Misericordiosa y con la ayuda de Mamwë, Ulmo y aún Aulë el herrero! Con su ayuda y con la Fuerza que me dan miles de espíritus que han sucumbido ante vuestra sombra y con Nimlhach “Llama Blanca” yo, ¡Eledhwen, Doncella de las Estrellas!, ¡Te daré muerte!—. Y se cayó y se preparó para el combate y adelantó la espada, que brillaba con unas llamas blancas de puro fulgor, pues era un arma de gran poder forjada por los herreros de Fingolfin, rey supremo de los noldor.

Y de nuevo se hizo el silencio y pareció que el tiempo se contara por Edades, en vez de por segundos, de tanta tensión como había. Ni un gruñido, ni un susurro, ni tan sólo una respiración se oyó en esos momentos hasta que el dragón dijo:

—¡Sea!—. Y se lanzó al ataque derribando otros árboles con la cola poderosa, que cayeron sobre sus propios secuaces, lo que no le importó lo más mínimo.

Y entonces cuando los elfos y hombres iban a dar media vuelta para huir, vieron como la joven se lanzaba al combate como un resorte y con una velocidad sobrehumana, propia de los mismísimos dioses. Y antes que la alcanzara el arma letal que era la cola acorazada del gusano, corrió en diagonal hacia la derecha de su  enemigo, como queriendo emboscarlo por la espalda, haciendo que éste girase su pesado cuerpo y cuando iba a lanzarle una dentellada mortal, la doncella quebró su carrera, giró a su izquierda y salto apoyándose en el tocón de un árbol del claro y alzando la espada que refulgía como dos soles cayó sobre el reptil antes de que girase de nuevo su enorme boca hacia ella.

Los que estuvieron allí sólo vieron una llama blanca desplazarse con una rapidez inaudita y de pronto vieron a Eledhwen encaramada a la cabeza del dragón aferrada al pomo de la espada que era lo único que se veía salir del ojo derecho del gusano de Morgoth. Un segundo después vieron como caía la cabeza del reptil sin vida, exhalando un último suspiro de hedor fétido. La joven saltó hacia atrás sin poder extraer la espada y rodó sobre la hierba. En ese momento se alzaron cientos de voces unas con un clamor de júbilo y victoria y otras con dolor y pesadumbre. Los elfos salieron en pos de sus enemigos que al ver caer a su campeón huyeron abandonando toda esperanza. Y hubo gran mortandad entre ellos, sobretodo de orcos, huargos y otras bestias horrorosas.

Y el dragón resultó muerto y Eledhwen fue la Llama Blanca y la Matadora de Carakgond, “Mandíbula de piedra” y “La Muerte Blanca” para sus enemigos y otros muchos nombres le dieron que no diré aquí porque ésta que os relato fue su primera aventura. En la calma después del combate y con el dragón muerto a sus pies Eledhwen extrajo la espada, poco a poco, del cadáver. El arma salió inmaculada y con un brillo aún mayor. Y pareció que había sido forjada de nuevo. La doncella, por todo premio, sólo reclamó uno de los grandes colmillos de la bestia, para que este objeto diera fe de su proeza.

Esa noche gloriosa para la Compañía de los Desesperados, tuvo un muy buen fin. Después de la batalla dónde muchos enemigos cayeron y la mayoría huyó se pudieron rescatar a decenas de prisioneros que iban siendo conducidos hacia un destino de esclavitud y dolor.  Y también consiguieron pertrechos para armarse y alimentos que se podían comer puesto que eran para los humanos de la hueste enemiga y no les pudo la repulsa al tomarlos. Esto les ayudó a seguir su viaje, ya que durante un tiempo no tuvieron que procurarse sustento y siguieron su camino esta vez hacia el sur. Y Eledhwen los condujo y se convirtió en su líder y prefirió no tener más malos encuentros y yendo hacia la Tierra de los Siete Ríos desapareció junto con sus gentes de la trama de la historia del Oeste de la Tierra Media.

De esa batalla, escaramuza de las guerras de Beleriand, no se habló porque, como os he dicho, los protagonistas de estos hechos partieron hacia el sur del Mundo y desaparecieron para las historias y cantos hasta que yo, Maglor de Minas Tirith, lo rescaté de una polvorienta biblioteca y os lo he hecho llegar hasta vuestros oídos, mis buenas gentes..>>

Y después de esto el bardo hizo una reverencia muy profunda, muy al estilo enano, lo que hizo las delicias de la mayoría de la concurrencia que prorrumpió en aplausos y vítores por lo mucho que les había gustado la leyenda. 

¿Qué? Maese Marce, ¿os ha gustado? ¿Sí? Esta es “La Canción de Eledhwen” tal y cómo la cantó Maglor el Bardo hace tanto tiempo y por ser una historia que me gusta y trae gratos recuerdos espero que sea un buen regalo para vos y para vuestra amada en este su día. ¡¡FELICIDADES!!

martes, 16 de agosto de 2011

Preparativos.

¡De nuevo ante vosotros para seguir relatando lo que aconteció hace tantos años! No me entretendré con más preámbulos.

Después de la noche en que celebramos la cena en casa, dónde la Compañía de los Imberbes obtuvo su primer encargo, cada uno de nosotros volvimos a nuestras ocupaciones por un tiempo. Mi trabajo en la forja me dejaba poco tiempo, como al resto de mis amigos sus ocupaciones, pero aún así nos fuimos viendo en varias ocasiones para poder avanzar en los preparativos. Decidimos que marcharíamos al día siguiente del día de Mahal, el séptimo del séptimo mes. Cuando se lo comuniqué a mi tío. Le pareció bien y me dijo que enviaría alguna misiva al señor Elendur para que supiera que su espada le sería entregada en unos meses. 
Ante su aprobación, como digo, seguimos preparando el viaje en nuestros ratos de ocio.

Hicimos acopio de material para la ruta: ropas de viaje, sacos de dormir, alguna antorcha, cuerdas, yesca y pedernal, todo lo necesario para poder partir exceptuando los alimentos que los cogeríamos el mismo día de la partida. Todo ello lo almacenamos en mi casa. Allí guardamos el material el común. El personal cada uno lo traería cuando emprendiéramos la marcha.

Con dinero que habíamos ahorrado decidimos comprar algún mapa para poder orientarnos en nuestro viaje. Lo empezamos a estudiar y decidimos que partiríamos por el camino del Este hasta la aldea de Bree y una vez allí veríamos si tomaríamos dirección sur hacia Tharbad o bien pasaríamos las Montañas Nubladas y del lado Este de la cordillera descenderíamos hacia Minas Tirith. Las posturas estaban divididas y unos queríamos ir hacia el sur lo antes posible y otros pasar las montañas y estar lo más cerca posible de Khazad-Dûm, la gran ciudad de los enanos de nuestro linaje abandonada desde hacía casi mil años. Al final y después de una larga discusión, decidimos que en Bree y según nos fuera en el camino hasta ese momento acabaríamos de decidir cuál sería nuestra decisión definitiva. En esto sí estuvimos de acuerdo.

Unos días más tarde me enteré por mi tío que un grupo de enanos de las Colinas de Hierro partiría hacia el este, hacia su hogar, en la misma fecha que nosotros. Así que podía ser más fácil parte del viaje si nos permitían caminar con ellos. Quedamos encargados Frálin y yo en ir a hablar con su líder, Glûn “Mano de Piedra”, hijo de Gloin, un enorme picapedrero y maestro constructor, que vino con sus hombres hacía ya unos 20 años para construir la Morada del Rey y otros edificios gubernamentales y comunales. Acabado su trabajo volvían con sus familias a su tierra, las colonias mineras de las Colinas de Hierro, muy al este, más allá de Erebor.

Al día siguiente fuimos a los cuarteles de la guardia, donde estarían alojados hasta que marcharan el grupo de constructores. Nos dimos a conocer y pedimos que llamaran al maestro. 

Al cabo de unos diez minutos llegaba un enano mayor con el pelo y la barba encanecidos por la edad y el duro trabajo de la piedra. A pesar de ello su presencia destilaba poderío y fuerza, daba la impresión de que era tan sólido como el propio material que trabajaba. Antes de que pudiéramos casi presentarnos habló con la serenidad y la premura que hablan las personas que ultiman los preparativos para realizar una expedición:

 —¡Saludos jóvenes amigos! ¿Qué se os ofrece?

—¡Mi señor Glûn!—exclamé mientras Frálin miraba expectante.— Nos ha llegado que próximamente partís con un grupo de vuestros enanos hacia el este, ¿es así?

—Es cierto. Al día siguiente del Día de Mahal partiremos hacia las Colinas de Hierro, nuestro hogar. ¿Se os ofrece algo?

—Habíamos pensado que podríamos compartir parte del viaje nuestras humildes personas y tres amigos más, si a usted y a su compañía no les molesta. —Esta vez fue Frálin quien habló.

 —¿Vuestros tres amigos son tan jóvenes como vosotros?

—Sí. Más o menos de nuestra edad, pero tanto ellos como nosotros estamos lo suficientemente preparados para poder salir en expedición. —Dije con un tono un poco encendido. Estaba un poco harto de que nuestra juventud fuera motivo de mofa casi constante.

—Lo de la preparación se verá. Sin conoceros no os voy a juzgar, pero lo que está claro es que es vuestra primera expedición y eso siempre se nota. Os advierto que si no sois capaces de seguir el ritmo de un grupo de veteranos, no os esperaremos. Vamos a ir muy deprisa. No queremos que las primeras nevadas nos cierren los pasos de las montañas, así que esta es mi única condición. Si seguís el ritmo seréis parte de mi compañía, sino tendréis que apañároslas. ¿Entendido?

—¡Claramente! —Dije yo.

—Ningún problema—respondió Frálin.

—Otra cosa para acabar. Si hay dificultades espero que no os tiemble el pulso a la hora de luchar. En el camino es difícil que un grupo de enanos sea asaltado, pero en un vivac podríamos ser atacados y espero que sepáis defenderos y que no os amedrentéis a las primeras de cambio. Por otro lado, si hay posibilidad de botín os quedaréis lo que consigáis excepto el diez por ciento que lo entregaréis en concepto de gastos de manutención. ¿Estáis de acuerdo? —Diciendo esto nos tendió su enorme mano encallecida por el duro trabajo.

Respondimos los dos afirmativamente estrechándosela y quedamos que el día de Mahal nos presentaríamos ante él para acabar de ultimar los detalles sobre el momento de la partida.

Los días iban pasando lentamente, más de lo que yo hubiera deseado pero el tiempo inexorable nos acercaba a la jornada de nuestra marcha.

Como digo el tiempo es inexorable incluso hasta para quien relata esta historia y me obliga a hacer un alto en el camino de mi relato. Espero teneros a todos conmigo la próxima ocasión.

Conversaciones en la forja.

Sigo con vosotros, amigos míos, para relataros un pedazo más de mi vida. Espero que os siga interesando: 

En estas semanas el trabajo en la forja se incrementó para mí. Frenrir me pidió que estuviera más tiempo con él para así poder avanzar en la entrega de otros encargos, con lo que me mantuve bastante ocupado. Un día, entre los sonidos de martillos golpeando yunques, siseos de metales al rojo que se enfrían al entrar en recipientes de agua, mi tío me preguntó:

—Grór. ¿Una vez entregues la espada del señor Elendur qué harás?

—Tío, ¿qué quieres decir?

—Pues que si después de hacer el encargo volverás o te quedarás en el Sur o si seguirás viajando… ¿sabes qué vas a hacer con tu vida después de que lleves la dichosa espada?

La verdad es que me sorprendió la pregunta. Estuve unos momentos meditando qué decirle y al cabo respondí:

—La verdad es que aún no lo sé. Por un lado sólo el hecho de llevar a buen término el encargo que nos haces ya me parece toda una aventura y a mis amigos también, ¡qué duda cabe! Lo que me llena de satisfacción. Pero también imagino que si tenemos éxito en adelante estaré más en movimiento si tú no lo ves mal.

 —Lógico. —Fue la respuesta lacónica que Frenrir exclamó.

—Si no vuelvo o no tenemos éxito, ¡Mahal no lo quiera!, supongo que estaremos en otras preocupaciones, ¿no crees?

 —¡Desde luego! Pero no tengo la menor duda de que cumpliréis el encargo sin grandes contratiempos. Veo grandes capacidades en este grupo que habéis formado.

—De todas formas. —prosiguió después de unos momentos de reflexión. —Si al volver quieres establecerte aquí he comprado un terreno dónde, si quieres, podrás construirte un casa. 

—Tío. ¡No tenías que hacerlo!

—Considéralo un préstamo a cuenta de tus primeros honorarios. Si quieres, durante tu viaje puedo dar orden de que construyan tu nueva morada, así cuando estés de vuelta podrás vivir con completa independencia.

—No sé. Es muy grata la idea de tener un hogar propio al volver de este largo viaje, pero creo que aún es pronto para tener una morada propia. ¡No! No me malinterpretes. Lo que quiero decir es que quizá, cuando regrese de este primer viaje me aguarden otros hasta lugares aún más lejanos. No tío mejor será que no me construyas nada, o mejor… En el solar que has adquirido constrúyete un nuevo almacén porque lo vas a necesitar más que yo una casa. Sí quizá sea lo mejor. Espero que mi respuesta no sea muy decepcionante para ti.

—Querido Grór. No me decepcionas. Para nada. Ya me imaginaba esta respuesta. Eres muy joven para pensar en tener un único lugar dónde establecerte. Además, por lo que voy descubriendo de ti creo que tus viajes serán frecuentes y seguramente arrastrarás a estos amigos tuyos a más de una aventura. De todas formas mientras no tengas un lugar propio por supuesto ésta es tu casa. Cuando estés en Zirak-Dûm ¡que no me entere yo que te alojas en alguna posada! Este es tu hogar.

—Descuida. Así es y no veo porque debe de cambiar.

Seguimos trabajando y dando forma a diversos objetos de labranza de buena calidad para unos agricultores adinerados, que era el encargo que teníamos en ese momento entre manos y la conversación giró hacia otros derroteros.

—Hablando de tus amigos. ¿Cómo son? ¿Confías en ellos? ¿Crees que son de fiar?

—¡Por supuesto! Si no fuera con ellos no estaría tan seguro de realizar la misión con éxito. Realmente nos llevamos bien, somos un grupo que congeniamos, no hay grandes egos, bueno quitando el de Náin que piensa que sus composiciones pasarán a la historia, los demás somos enanos que cuando tenemos un objetivo común trabajamos por conseguirlo sin peleas ni disensiones. ¡Estoy convencido!

—¡Bien! Me alegra saberlo. Y de Frálin, ¿qué opinas?

—De Fralin… No sé. Diría que es el más inteligente de los cinco. La verdad es que nos compenetramos todos muy bien. Él es inteligente y astuto, Dáin es fuerte como la roca y noble, Náin es optimista y animoso, por último Furin, que es el que menos conozco, me parece que es obstinado y constante. Sólo quedo yo… Aunque la verdad es que no sabría cómo definirme…

—Tú, hijo mío, eres empático, aventurero, me da que eres valiente y serás el centro de este grupo. Tú enlazas, tiendes puentes y, llegado el momento, podrás sostener a la Compañía de los Imberbes, porque habrá egos, si no los hay ya, que son disgregadores e intentarán disolverla. Bueno, quizá me equivoque pero es lo que veo.

—¿Tú crees? ¿Así me ves? No sé. Tío me conoces mejor que yo a mí mismo. Es posible.

 —¡Otra cosa! ¿Desde cuándo le gusta tu prima a Frálin? ¿Y desde cuándo le gusta él a ella?

“¡Mahal Bendito! Se dio cuenta. ¿Qué le digo?” —Pensé. En seguida respondí:

—Tío no sé de qué me hablas.

—¡No me trates de estúpido! ¿Te piensas que no me di cuenta? La cuestión es que esto, como te he dicho antes, no sea un problema para vuestra joven compañía.

—¿Problema? ¿El qué? No te entiendo.

—¡En fin! Ya veo que la perspicacia ni la inteligencia son tus mejores virtudes. Te lo tengo que explicar: puede ser un gran problema que tu prima elija a cualquiera de los dos: Frálin o Naín, el otro se sentirá desairado. ¡Mahal bendito! ¡Cierra esa boca! ¿No me digas que no te diste cuenta de que ella los miraba a los dos sin saber por cuál decidirse? ¡Si estuviste toda la cena mirando!

—Sí. Sí. Miré y me fijé pero pensé que ella estaba contenta de tener compañía y de que disfrutábamos una cena con más gente desde hacía mucho tiempo. Nada más.

 —¡Pues vaya! Eres más Imberbe que la compañía esta que habéis montado. Tu prima, aparte de ser algo más mayor que tú, es una mujer. Y tanto ella, como tu tía como yo mismo empezamos a ver las opciones de matrimonio que puedan haber ya sean estos amigos tuyos, como otros pretendientes que lleguen. Esperemos que el que ella finalmente elija la quiera a ella también. Ya sabes lo obstinada que es. Si no es así, es posible que en el futuro, si no lo evito, la compañía tenga una sexta componente.

—¿Beris? ¿La dejarías tío?

 —Sabes cuáles son nuestras costumbres y leyes y estamos en tiempos aciagos que me hacen tener todavía más cuidado por mi hija querida, pero si ella tiene una decisión tomada ni yo, ni su madre, ni los siete ancianos místicos, ni el propio rey la harán cambiar de opinión. Ya lo sabes.

—Sí. Supongo que es así.

—Seguro. Pero no adelantemos acontecimientos y dejemos fluir el tiempo y ya se pondrán los remedios a los males que acontezcan, si finalmente llegan. Por ahora lo que si te pediría es que disuadas a tus amigos de hacer algún tipo de locura que nos obligue a tu tía y a mí a tomar medidas. ¿Entendido?

—Sí. Sí por supuesto.

—Muy bien. Vamos a ir terminando esto, que se me está abriendo el apetito y no quiero comer tarde.

—Sí tío.

Redoblemos nuestro esfuerzo para acabar cuanto antes para poder descansar e ir a comer y me quedé meditando todo lo que habíamos hablado. Debía de hablar con ellos y saber qué querían para con mi prima. Tendría mucho tiempo para hablar con ellos. Habíamos calculado que el viaje duraría, en el mejor de los casos, medio año sin ningún contratiempo así que podría hablar con ellos largo y tendido.

Queridos amigos ahora debo dejaros pero no desesperéis porque en seguida vuelvo.

viernes, 5 de agosto de 2011

Grata sorpresa III.

¡Estimados! Gracias por la paciencia. Sigo con mi historia:

Nos encontrábamos cómodamente sentados en la sala de estar de la casa de mi tío, después de la cena tan magnífica que habíamos podido disfrutar y a la espera de que Frenrir, por fin, nos dijera para qué nos había reunido.

Mi tío había dispuesto en la mesa central de la habitación una nueva botella de hidromiel y en otra más pequeña, de servicio que había al lado, el barrilete de tabaco que había seleccionado unas horas antes. El barril estaba abierto y dejaba escapar un aroma excelente de hierba para pipa. Al lado había 5 pipas nuevas que nos invitó a coger. Eso hicimos y empezamos a cargar las cazoletas, mientras él encendía ya la suya y después de la primera bocanada nos dijo:

—¡La Compañía de los Imberbes! Juro que este nombre aparte de que os define claramente me gusta cada vez más. Sí, lo admito. Pues con este nombre o con cualquier otro que tuvierais, os he reunido en mi casa para proponeros algo a todos, a la compañía entera. El encargo será para el grupo completo. Si alguno no quiere participar, demostrará que la compañía era más un nombre que una realidad.

En este momento miré a Frálin y Náin y después a mi tío y no atisbé ningún gesto que me hiciera sospechar que sus rencillas hubieran sido evidentes para él, aunque con su perspicacia era posible que ese detalle no se le escapase. Mi tío prosiguió con su discurso:

—El motivo por el cual os he reunido aquí es para ofreceros un encargo, un trabajo. La posibilidad que vuestra compañía comience a ganar nombre y vosotros unos honorarios que, desde luego, no serán cortos. ¿Qué decís? ¿Sorprendidos? No tenéis por qué. A medida que maduráis vais ganando experiencia y creo que podréis realizar esta empresa que os propongo con éxito para todos, aunque no esté exenta de ciertos riesgos como veréis.

Sabía que lo que nos quería proponer sería algún tipo de misión, pero no esperaba que fuera una empresa comercial. La perspectiva, de entrada, me gustó y por lo que había sucedido esa misma mañana imaginé cuál iba a ser el trabajo. De todas formas decidí esperar a que mi tío siguiera explicando y mientras lo hacía, miré como se iban depositando en mis amigos las palabras de Frenrir y me pareció ver que en la mayoría había cierta satisfacción y deseo de saber más. Esto lo advertí sobretodo en Náin y Dáin. Los dos estaban ávidos por poder dejar sus nombres escritos en empresas, cuanto más difíciles mejor, que les dieran la fama que ellos querían alcanzar. Frálin estaba expectante. No pude entrever si era remiso o estaba también animado. Furin era el único que mostraba claramente su poca predisposición y así habló:

—¡Mi señor! En mi caso me hace muy feliz el que nos tenga en tan alta estima como para encargarnos una misión o empresa que no dudo será muy provechosa para todos nosotros, pero como le he explicado durante la cena, en mi casa me necesitan para poder llevar a cabo los trabajos que son urgentes en la mina y no podré participar en esta empresa. ¡Créame que lo siento!

—Furin, hijo de Fundin. No temas. Esta misión no se debe realizar al salir de esta casa ni mucho menos. Es un trabajo que os llevará un tiempo preparar y que si al resto no les parece mal se puede posponer hasta que tú dispongas de tiempo libre.

El resto asentimos. Frálin añadió la pregunta que todos teníamos en mente:

—Mi señor Frenrir, ¿cuál es exactamente el encargo? Nos ayudará a decidir saber con más detalle qué es lo que nos ofrecéis.

—¡Hijo! Hablas con inteligencia. A veces peco en exceso de misterio. El encargo es…—mientras dejaba en el aire la frase se levantó y fue hasta un armario que tenía la habitación y de uno de los cajones más grandes sacó el estuche de madera con el barco y las siete estrellas.

—Lo que os pido es que llevéis esta maravilla a la persona que me la encargó. Tanto el señor Elendur de Fanuilond, como yo mismo os recompensaremos si lleváis este buen acero hasta su casa.

Mi tío abrió el estuche y nos mostró la espada que habíamos forjado para que la observaran mis amigos. Las exclamaciones de aprobación se mezclaron con la sorpresa por el encargo. Fue de nuevo Frálin quién habló:

—¡Nos abrumáis mi señor! ¿Creéis que somos dignos de este encargo? Esta espada es sin duda un arma de gran valor y quizá nuestra humilde compañía no sea merecedora de tan alto honor.

—¡Tonterías! Podemos llevar este objeto hasta ese gran señor. Pero, si tú no tienes arrestos suficientes para participar en esta empresa no hables en nombre del resto. Aquí hay enanos valerosos que están deseosos de demostrar su valía, ¿no es así Bonachón? ¿Tú qué opinas Grór? No has dicho nada aún—Replicó Náin.

—Debemos pensarlo bien. En eso tiene razón Frálin. Aunque no creo que lo diga por falta de valor, sino por no decidir a la ligera y sin tener toda la información—Percibí en ese momento cierto asentimiento en el prudente Frálin.

—De todas formas tío, algo así me esperaba desde esta mañana por lo que no me pilla tan por sorpresa como a mis amigos tu oferta—Me fijé en el resto de compinches y continué: “Sabéis de mis ganas de viajar, de ver otras tierras, por lo tanto. Mi decisión es, no puede ser de otra manera, afirmativa. ¡Me embarco en esta aventura!”

—¡Yo también participaré! —Se añadió raudo Náin.

—¡Lo mismo digo! —Esta vez fue Dáin.

—A mí también me interesa. ¡Cómo no! Siempre y cuando me deis un tiempo para poder dejar los trabajos dónde soy necesario en la mina de mi padre.

—¿Cuánto tiempo necesitarás? —Preguntó Frálin.

—Unas dos o tres semanas. Una vez hechos los pozos y hayamos sacado la tierra y rocas suficientes para poder trabajar en horizontal, creo que mi padre no tendrá inconveniente en que parta en esta misión.

—Siendo así y estando mis cuatro compañeros enrolados, alguien debe poner un poco de prudencia e inteligencia en esta empresa. ¡Contad conmigo mi señor Frenrir!—Exclamó Frálin, lo que nos llenó a todos de satisfacción, puesto que los cinco podríamos partir hacia el sur.

—¡Bien! Por lo tanto la Compañía de los Imberbes podrá partir con todos sus miembros para realizar el encargo que os he hecho. ¡Perfecto! No debéis preocuparos por el equipo ni por la manutención. Eso corre de mi cuenta. En cuanto a la recompensa ya hablaremos en el momento de vuestra partida. Debo deciros que esta espada es un objeto valioso y que está destinada al que será su legítimo dueño, el señor Elendur. A ningún otro, aunque os quiera ofrecer mucho más, se debe librar. Mi palabra está empeñada en su entrega. ¿Entendido?

Todos respondimos afirmativamente.

 —¡Muy bien! ¿Tenéis alguna pregunta?—Esperó y al ver que no había ninguna continuó—Pues si no es así podemos dar por zanjado el asunto. Furin, cuando estés cerca de terminar tu trabajo y si a tu padre no le parece mal que partas hacia el sur, nos avisas y mantendremos una segunda reunión aquí para ultimar detalles. ¿Os parece bien?

De nuevo la respuesta fue positiva.

—Entonces si no se os ofrece nada más me retiro. Grór. Podéis estar un rato más. Rognar estará a tu disposición, pero si no lo necesitas déjale retirarse. ¡Lo dicho! Buenas noches.

—¡Buenas noches! Respondimos mientras mi pariente se encaminaba a sus habitaciones.
Nos quedamos un buen rato más disfrutando de la camaradería y del buen tabaco y mejor hidromiel de mi tío, hasta bien entrada la noche. Durante la conversación que siguió esbozamos un plan de ruta y una lista de material mínimo necesario para tan largo viaje.

Debo dejaros de nuevo amigos míos. Me entristece pero bien pronto volveré con otra porción más de esta mi historia, nuestra historia.