¡Bienvenidos! Hoy es una noche especial en nuestras reuniones por dos motivos. El primero es porque hoy hablaremos de aquél Día de Mahal de hace tanto tiempo. Dónde se empezó a fraguar nuestra bien merecida fama. Y también es importante porque para maese Marce lo es. Bueno lo es por ser el día de su Dama, lady Elena y tengo una sorpresa para ellos. Sí, sí maese. Hoy habréis de estar raudo a la hora de escribir, no sea que se pierda algo de lo que voy a relatar. Sin más comienzo:
Y por fin llegó el Día de Mahal una de las dos festividades más señaladas del calendario enano. Es la jornada que simboliza el momento en que nuestro hacedor tuvo la imagen de creación de los 7 Padres de los Enanos. Por tradición se conmemora el séptimo día del séptimo mes. Llegó por fin y bien temprano nos preparamos en casa para salir a la calle. Según explicaban los enanos más mayores de Zirak-Dûm aún no se habían acostumbrado a vivir estas celebraciones en lugares abiertos, nosotros que teníamos nuestras ciudades bajo las montañas. La verdad es que a los jóvenes por haber crecido en este asentamiento nos gustaba quizás más por acontecer en días largos y soleados de verano.
Como digo bien temprano estaba yo preparado, expectante por ver cómo iría el día y por encontrarnos con el maestro Glûn. No pudiendo esperar más a mis tíos y prima salí de casa en busca de mis amigos, quedando con mis familiares al mediodía en la Morada del Rey para los actos protocolarios. Tenía más de tres horas por delante para callejear y ver el gran mercado que se montaba, las competiciones y algún espectáculo que fuera de interés.
Nos encontramos a las puertas de la casa de Frálin y estuvimos todos puntuales, aun Náin, que siempre era el más tardón. Decidimos ir hacia el mercado y ver qué productos exóticos y gentes de otros lugares habrían llegado. El año anterior un mercader de Dorwinion con sus excelentes vinos, fue la mayor atracción y consiguió marchar después de vender toda su mercancía. ¡Por cierto! De él eran las últimas reservas de mi tío que degustamos en la cena que tuvimos hacía tres semanas ya. Me dije que si estaba yo compraría una buena barrica y se la regalaría… Mejor. Compraría dos una para mi tío y otra para mí.
En estos pensamientos estaba cuando llegando a una plaza dónde comenzaba el mercado y al lado de la taberna “El Jabalí Alegre”, que regentaba el más alegre aún Dori “Tonel y medio”, vimos, en un improvisado estrado, a un hombre que por sus ricas vestimentas parecía de alguna de las ciudades del reino de Gondor, que a grandes voces estaba llamando a un grupo cada vez mayor de personas: enanos, algún elfo e incluso algún rizo de algún mediano se veía entre los congregados.
—¡Acercaos! ¡Venid y escuchar a este servidor! —dijo con una bonita y grave voz.
—¡Un bardo! ¡Vamos! Veamos que arte tiene —exclamó Náin, a la vez que aceleraba el paso e iba abriéndose camino para estar más cerca. El resto nos miramos y decidimos con un gesto quedarnos y ver qué ofrecía este trovador ambulante.
—¡Venid! ¡Acercaos buenas gentes! ¡Aquí está Maglor de Minas Tirith, bardo entre un millar, para contarles historias y leyendas! Sí. Veo por vuestras caras que censuráis mi poca modestia. Bien. Juzguen vuestras mercedes si corresponde el calificativo, después de escuchar este canto que mi extraordinaria voz les hará llegar. Si les gusta y reconforta dirán allá donde vayan que Maglor realmente es un excelente trovador, sino podrán decir que soy un mentiroso y un fraude. ¿Qué les parece? ¿Quieren escuchar alguna de mis cuantiosas historias y salir de dudas?
Empezaron a oírse voces que reclamaban la historia. A los enanos, como a la mayoría de los pueblos libres siempre nos han agradado una buena canción o cuento y más en días festivos como aquél. Ante las demandas crecientes del público el bardo dijo:
—¡Veo que están listos! Perfecto. Tomen asiento y prepárense porque les contaré algo que no he contado a nadie aún. Sí. Sí. ¡Es cierto! Es un cuento que hoy declamo para todos ustedes por primera vez. Espero que sea de vuestro agrado—. Dejó pasar unos segundos para generar mayor expectación y en seguida comenzó su historia.
<<Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos, muchos años nació una doncella elfa, del pueblo de los noldor, una noche sin Luna y que nada más abrir sus ojos se fijó en las estrellas que la miraban desde la cúpula azul y quiso cogerlas con sus manitas tan pequeñas, y una luz blanca la bañó por completo y ella se rió con una risa limpia y cálida, que era regocijo para las almas que la acompañaban, porque las reconfortó en aquellos momentos tan aciagos. Y esto se tomó como un buen presagio y a pesar de todas las desdichas los que la acompañaban se sintieron mejor y esperanzados. Y nada más nacer era ya tan bella y tenía una luz en los ojos que por todo ello la llamaron Eledhwen, “Doncella de las Estrellas”.
Eran momentos de guerra y de sufrimiento. Nació en las postrimerías de la primera edad del Mundo, cuando el Enemigo Oscuro había conseguido eliminar a los grandes reyes y héroes, poco a poco, con paciencia y usando finalmente la traición de los hombres en la última batalla, la “De las Lágrimas Innumerables”. En esa gran confrontación cuando la alianza de elfos, enanos y hombres creía que podría vencer, vieron cómo parte de este último pueblo se giraba contra las fuerzas élficas y atacaba a traición a los señores que los habían convocado.
Y se perdió la batalla.
Y muchos buenos guerreros cayeron.
Y los orientales, los hombres que se rebelaron, tuvieron un pobre pago por tanto sufrimiento, pero eso se relata en otro lugar y nosotros sabremos de la vida de la Doncella de las Estrellas, que fue la guía y soporte para un grupo pequeño de refugiados que salieron de las Tierras de Beleriand, donde sólo había ya sufrimiento.
Eledhwen, como os digo, nació en aquella tierra que ahora está sepultada bajo las sagradas aguas de Ulmo, señor de los Océanos, en momentos de dolor y sufrimiento. Llegó al mundo en un grupo de refugiados de Hithlum que habían salido de las verdes estancias huyendo de la cólera de Morgoth hacia el sur. En esta desgraciada compañía viajaban mujeres y niños elfos junto con algunas gentes del pueblo de Hador, edain de noble casa, altos hombres dignos y de nobleza sin igual, que no quisieron ser esclavizados o sometidos a los designios del enemigo negro. Eran pocos y había criaturas de poca edad como la propia protagonista de nuestra historia.
Y se dirigieron a escondidas, de noche, hacia el gran Reino de Doriath, aunque no sabían cómo lo encontrarían, pues era sabido que la Cintura de Melian lo protegía. Y tardaron mucho tiempo, pasaron años, décadas, por caminar despacio, escondiéndose, parando para conseguir los alimentos que el bosque les daba porque allá dónde iban todo era desolación: granjas, pueblos y asentamientos destruidos y no se atrevieron en mucho tiempo a salir de la espesura. Y porque recogían a todo huido que se atrevía a unírseles.
Durante este tiempo Eledhwen creció en poder y en belleza y hacía las delicias de todos los refugiados porque nació con el Don del Canto de Poder, y su voz fue asidero contra la desesperación de todos los que la acompañaban. Ella, como todos los refugiados, se entrenó en el manejo de las armas, puesto que todos debían participar en la defensa del grupo, incluso los más jóvenes.
En su largo viaje acampaban para que los ancianos de los edain pudieran recuperarse antes de la siguiente singladura y así llegaron una noche sin Luna al lugar que iban buscando con tanto ahínco: el Bosque de Region, donde se encontraba la ciudad de Menegroth, los salones del Rey Thingol y Melian la Maia.
Pero Glaerin, uno de los pocos exploradores adultos que iba en el grupo, nada más llegar al linde del bosque dijo que algo no iba bien y aconsejó no seguir adelante. Todos exclamaron que tenían que llegar a la ciudad de las Mil Cavernas después de tan largo viaje plagado de peligros. Pero el explorador no cejó en su consejo. Él les dijo que hacía tiempo había venido a este reino en una embajada y que al llegar a este punto no pudieron seguir porque había un hechizo que no permitía franquear la entrada y que rodeaba todas las tierras que el rey Mantogrís reclamaba como suyas, tal era el poder de Melián. Siguió hablando y sostenía que si esa Cintura no estaba y se podía entrar libremente en el bosque era porque sucesos terribles habrían pasado y que la semidiosa ya no tenía poder en este Mundo. <<Además, percibo delante nuestro un poder negro que no deberíamos enfrentar>> Exclamó. Y después de esto dijo que si aún así querían entrar él los acompañaría a pesar de su consejo contrario. Jamás los abandonaría.
Mientras estaban reflexionando para ver qué hacían escucharon un gran alboroto que se acercaba. Por los sonidos tan horrorosos que escucharon supieron que debía de ser una horda de orcos, los negros sirvientes de Morgoth. De este modo se cumplió la visión de Glaerin, así que todos se aprestaron para la huída pero había muchos ancianos, la mayoría de los edain, y no quisieron dejarlos a su suerte. Y todos, hombres, mujeres y niños, se pertrecharon para la lucha. Después de tanto camino andado se prepararon para morir. Y los más ancianos pidieron armas pero los que estaban en plenitud sólo les dieron puñales. Y les dijeron que eran por si ellos caían en el combate protegiéndolos, por si querían quitarse la vida por sus propias manos antes de ser apresados y así evitarse el cruel destino de esclavo o el sufrimiento de la tortura sin sentido que causaban esas negras criaturas.
En ello estaban cuando uno de los más jóvenes elfos, subido a un alto árbol los vio llegar y su corazón se llenó de miedo y desesperanza porque les dijo que era una horda enorme, con cientos de orientales, orcos, lobos y otras criaturas salidas de la más negra imaginación del enemigo. Al escuchar estas palabras el temor se desbocó en los refugiados y flaquearon las fuerzas y estuvo a punto de producirse una desbandada pero en ese momento se alzó una voz.
Era una voz que en un principio no reconocieron y salía del mismísimo centro de su campamento y era un canto que crecía y que enardecía los corazones de todos los que escucharon. Y se alzó más. Y entonces vieron quién entonaba aquel canto de poder. La Doncella de las Estrellas se levantó y en aquel momento parecía una visión de los Poderes o eso les pareció a los que la acompañaban. Quien estuvo allí vio alzarse una doncella rubia, con el pelo casi albino y ojos violetas, refulgentes. Bella como las estrellas y poderosa como la propia Varda, señora de los luceros. Y ese canto se siguió elevando y en el momento que llegó la vanguardia del ejército enemigo todos los desesperados se habían convertido en leones prestos a la lucha y aún los ancianos ya no se resistieron a esperar el desenlace de la lucha o a suicidarse en un rincón y se alzaron y exigieron espadas y lanzas y en verdad os digo que quién los pudo ver admiraron la determinación y la grandeza de aquellos brazos poderosos que se aprestaban para el combate. Y todos estuvieron preparados.
En ese momento, cuando los primeros orcos y orientales llegaron al claro donde estaban los refugiados, vieron dioses preparados para la batalla y tuvieron miedo. Y sobre todo lo tuvieron de la Doncella de la Estrellas, y en adelante, después de esa noche, la llamaron Nimgurth “La Muerte Blanca” y sus negros corazones se llenaron de sombra y desesperación y supieron que iban a morir. Y huyeron en loca desbandada.
Y Eledhwen con una espada refulgente en la mano gritó:
—¡A Elbereth Gilthoniel! ¡Vamos Desesperados! ¡¡Seamos la Llama Blanca que brilla en la Oscuridad!!.
Y se lanzó al combate ella la primera seguida por todo elfo, elfa, hombre y mujer que estaba allí y arrollaron a la hueste negra y sembraron el dolor y la destrucción entre sus enemigos. Y allí cayeron grandes capitanes orcos de Angband y hombres venidos de oriente y trolls y grandes lobos huargos que salieron de sus cubiles para no volver jamás. Y muchos fueron aplastados por sus propios correligionarios en la desbandada y los caídos fueron eliminados sin piedad porque había un clamor de venganza en los corazones de la Compañía de los Desesperados, como se habían dado en llamar.
Pero la victoria no fue tan sencilla como podéis imaginar. Es cierto que habían sembrado la muerte y la destrucción en la vanguardia del ejército que les salió de la espesura y ya giraba el resto de tropas empujadas por la furia de los refugiados cuando, de pronto, de entre unos árboles que fueron apartados como si juncos de una orilla se trataran, apareció un dragón de piedra.
¡Hay amigos! Ese pudo ser el final de todos los valientes aliados. En el momento que se dejó ver la serpiente, grande, acorazada y con unos dientes y una cola que derribaba árboles como si fueran hojas secas, Eledhwen se adelantó. Y se hizo el silencio. Y los refugiados dudaron y tuvieron miedo. Y los orcos pararon su huida. Y se reagruparon. Y se envalentonaron porque pensaron que este campeón les daría la victoria.
Y entonces sucedió lo que muchos bardos deberían haber cantado después en numerosas canciones.
La Doncella de las Estrellas dijo:
—¡Tú! ¡Gusano de Morgoth! ¡Vuelve al cubil de donde no debías haber salido jamás o prepárate a morir!
Realmente era una figura impresionante, terrible y bella, con tal ira en los ojos que todo aquél que no fuera un dragón o criaturas de poder habrían huido a esconderse en cualquier gruta fuera del alcance de su mirada. Y su espada ardía aún con más fulgor. Pero se enfrentaba a un dragón, joven sí, pero dragón al fin y al cabo. Y éste no tuvo miedo, aunque sí respeto por la joven guerrera que se le enfrentaba. Y sintió codicia y deseo de matarla y acabar de una vez con esa luz que desprendía que lo hería. Pero no quiso dar esa impresión y con la voz sibilante de los reptiles del enemigo negro, menospreciándola, dijo:
—¿A quién tenemos aquí? ¿Quién es este gran guerrero que nos amenaza? ¿Hemos oído su nombre en alguna canción? ¿A cuántos de mis hermanos o sirvientes habéis eliminado noble señora? ¡Tiemblo sólo de pensar en ser el siguiente! —Y esto último lo dijo casi en murmullos, inaudibles entre las roncas risas de los secuaces que tenía alrededor.
—Soy Eledhwen, la Doncella de las Estrellas, y con esa alta ayuda morirás tú y todo aquél que se atreva a enfrentarme—. Respondió.
Realmente era como una visión de Poder ella sola, armada con una espada flamígera delante de la monstruosa presencia del gusano y decenas de orcos que estaban detrás. Éstos, rehechos, se iban acercando a ella rodeándola, pero ante un nuevo susurro del dragón se quedaron quietos:
—¡No! ¡Es mía! Yo acabaré con ella y será el primer bocado de una suculenta cena—. Y diciendo esto desplazó su mortal mirada hacia el resto de guerreros que tenía detrás la doncella.
Todos se estremecieron y perdieron fe en la victoria y estaban a punto de soltar las armas y salir corriendo cuando la muchacha gritó:
—¡Por Varda Misericordiosa y con la ayuda de Mamwë, Ulmo y aún Aulë el herrero! Con su ayuda y con la Fuerza que me dan miles de espíritus que han sucumbido ante vuestra sombra y con Nimlhach “Llama Blanca” yo, ¡Eledhwen, Doncella de las Estrellas!, ¡Te daré muerte!—. Y se cayó y se preparó para el combate y adelantó la espada, que brillaba con unas llamas blancas de puro fulgor, pues era un arma de gran poder forjada por los herreros de Fingolfin, rey supremo de los noldor.
Y de nuevo se hizo el silencio y pareció que el tiempo se contara por Edades, en vez de por segundos, de tanta tensión como había. Ni un gruñido, ni un susurro, ni tan sólo una respiración se oyó en esos momentos hasta que el dragón dijo:
—¡Sea!—. Y se lanzó al ataque derribando otros árboles con la cola poderosa, que cayeron sobre sus propios secuaces, lo que no le importó lo más mínimo.
Y entonces cuando los elfos y hombres iban a dar media vuelta para huir, vieron como la joven se lanzaba al combate como un resorte y con una velocidad sobrehumana, propia de los mismísimos dioses. Y antes que la alcanzara el arma letal que era la cola acorazada del gusano, corrió en diagonal hacia la derecha de su enemigo, como queriendo emboscarlo por la espalda, haciendo que éste girase su pesado cuerpo y cuando iba a lanzarle una dentellada mortal, la doncella quebró su carrera, giró a su izquierda y salto apoyándose en el tocón de un árbol del claro y alzando la espada que refulgía como dos soles cayó sobre el reptil antes de que girase de nuevo su enorme boca hacia ella.
Los que estuvieron allí sólo vieron una llama blanca desplazarse con una rapidez inaudita y de pronto vieron a Eledhwen encaramada a la cabeza del dragón aferrada al pomo de la espada que era lo único que se veía salir del ojo derecho del gusano de Morgoth. Un segundo después vieron como caía la cabeza del reptil sin vida, exhalando un último suspiro de hedor fétido. La joven saltó hacia atrás sin poder extraer la espada y rodó sobre la hierba. En ese momento se alzaron cientos de voces unas con un clamor de júbilo y victoria y otras con dolor y pesadumbre. Los elfos salieron en pos de sus enemigos que al ver caer a su campeón huyeron abandonando toda esperanza. Y hubo gran mortandad entre ellos, sobretodo de orcos, huargos y otras bestias horrorosas.
Y el dragón resultó muerto y Eledhwen fue la Llama Blanca y la Matadora de Carakgond, “Mandíbula de piedra” y “La Muerte Blanca” para sus enemigos y otros muchos nombres le dieron que no diré aquí porque ésta que os relato fue su primera aventura. En la calma después del combate y con el dragón muerto a sus pies Eledhwen extrajo la espada, poco a poco, del cadáver. El arma salió inmaculada y con un brillo aún mayor. Y pareció que había sido forjada de nuevo. La doncella, por todo premio, sólo reclamó uno de los grandes colmillos de la bestia, para que este objeto diera fe de su proeza.
Esa noche gloriosa para la Compañía de los Desesperados, tuvo un muy buen fin. Después de la batalla dónde muchos enemigos cayeron y la mayoría huyó se pudieron rescatar a decenas de prisioneros que iban siendo conducidos hacia un destino de esclavitud y dolor. Y también consiguieron pertrechos para armarse y alimentos que se podían comer puesto que eran para los humanos de la hueste enemiga y no les pudo la repulsa al tomarlos. Esto les ayudó a seguir su viaje, ya que durante un tiempo no tuvieron que procurarse sustento y siguieron su camino esta vez hacia el sur. Y Eledhwen los condujo y se convirtió en su líder y prefirió no tener más malos encuentros y yendo hacia la Tierra de los Siete Ríos desapareció junto con sus gentes de la trama de la historia del Oeste de la Tierra Media.
De esa batalla, escaramuza de las guerras de Beleriand, no se habló porque, como os he dicho, los protagonistas de estos hechos partieron hacia el sur del Mundo y desaparecieron para las historias y cantos hasta que yo, Maglor de Minas Tirith, lo rescaté de una polvorienta biblioteca y os lo he hecho llegar hasta vuestros oídos, mis buenas gentes..>>
Y después de esto el bardo hizo una reverencia muy profunda, muy al estilo enano, lo que hizo las delicias de la mayoría de la concurrencia que prorrumpió en aplausos y vítores por lo mucho que les había gustado la leyenda.
¿Qué? Maese Marce, ¿os ha gustado? ¿Sí? Esta es “La Canción de Eledhwen” tal y cómo la cantó Maglor el Bardo hace tanto tiempo y por ser una historia que me gusta y trae gratos recuerdos espero que sea un buen regalo para vos y para vuestra amada en este su día. ¡¡FELICIDADES!!
Bonita balada para ser contada repetidas veces en las mejorese tabernas de la tierra media y parte de Ca n'Anglada!!!
ResponderEliminarFelicidades para vuestra Lady Elena. Yo ya he felicitado a mi mini-Elena ;)
¿Ca n' Anglada decís maese Kikito? ¿Dónde está ese país llamadao así? Bueno ya me daréis más detalles de esa tierra, ¡¡sabéis que estoy siempre dispuesto a aprender!!
ResponderEliminarAunque con retraso felicitat a vuestra mini-Elena.
Deciros también que en los próximos días seguiré con la narración de mi relato.
¡Hasta pronto!
Maese Marce,vuelve de vacaciones y saca del letargo a ese parlanchín de Gróg. Que estamos ansiosos de seguir leyendo sus aventuras.
ResponderEliminar¡Querido Kikito! Sabed que este vuestro humilde servidor, Grór de Erebor, está dispuesto a continuar su relato, pero es el indolente de maese Marce el que no está por la labor. De todas formas me jura y perjura que volverá pronto a trasladar negro sobre blanco más episodios de mi vida.
ResponderEliminar¡Esperemos que cumpla su palabra! ¡Hasta pronto!
Grór hijo de Thrór.