Como os decía aquella noche de mediados de junio se reunió en mi casa la Compañía de los Imberbes, por demanda de mi tío. Éste quería proponernos algo a los cinco que ni a mí me quiso explicar durante el día. Mientras pasaba la tarde intenté que me adelantara algo de lo que se proponía pero no cejó en su mutismo y no conseguí saciar mi curiosidad.
Aquella tarde paramos antes en nuestras tareas en la forja y con nuestra ayuda mi tía Beru y mi prima Beris, prepararon las viandas que se debían servir. Como iba a ser una cena con más comensales de los habituales en mi casa, para que todo estuviera preparado como mi tía quería, contamos con la ayuda del viejo Rognar y de su mujer la paciente Ducila, los únicos sirvientes de mis tíos que sobrevivieron a la huída de Erebor. Se ocupaban de todo lo concerniente al cuidado de la casa y las idas y venidas al mercado. Frenrir les tenía mucho cariño y los tuvo en su casa hasta que Mahal se los llevó a los dos una noche de invierno unos años después.
Cómo digo, toda la casa estuvo patas arriba para preparar el encuentro de la Compañía de los Imberbes. Se cocinaron carnes en abundancia, verduras de todo tipo fueron asadas, fritas y hervidas para que todos los gustos tuvieran oportunidad de saciarse. Se prepararon setas de la alacena de reserva, que quedó ciertamente diezmada y por último Ducila preparó los postres por los cuales yo la adoraba desde mi más tierna niñez. Mi tío mandó a Rognar a la bodega para que trajera el último barril de vino de Dorwinion. Ante esta muestra de generosidad hacia mis amigos me convencí que de lo que quería hablarnos era de la máxima importancia. Frenrir nos obsequiaría con las últimas existencias de su vino más preciado. Por último sacó de su cava un barrilete de tabaco de la Cuaderna del Sur y 5 pipas de fumar, para, según dijo, tratar los temas importantes al olor y al sabor de un excelente tabaco de pipa.
Después de estar toda la tarde todos muy ocupados en los preparativos y una vez aseados y cambiados esperamos a nuestros invitados.
El primero en llegar fue el “pequeño” Dáin. Creo que toda la casa y sus ocupantes nos sobresaltamos de la fuerza con que sacudió la aldaba en forma de martillo que tenía la puerta principal. Él mismo se debió de dar cuenta de ello porque cuando entró su cara tenía el color rojo encarnado que se le ponía cuando estaba muy nervioso. Rognar lo hizo pasar a la sala de estar dónde estábamos mi tío y yo. Iba a balbucear una disculpa cuando mi pariente le interrumpió.
—¡Muchacho! ¡Un poco más fuerte y no sólo nos destrozarías la puerta sino que echas la casa abajo! Palabras que hicieron que el color de la cara de Bonachón pasará del rojo hasta casi el morado de pura timidez.
—Lo siento mi señor Frenrir. ¿Podréis disculparme? Es que a veces no controlo estas manos tan patosas— Alcanzó a decir mi amigo.
—Nada, nada. ¡Por cierto! ¿Tienes trabajo? Esa fuerza tuya nos vendría muy bien en la forja, ¿qué me dices?
Mi amigo estaba enrojeciendo de nuevo y reuniendo el valor para responder negativamente a mi tío cuando decidí adelantarme para aliviarle el momento.
—¡Tío! Ya te expliqué que Dáin se está preparando para ejercer de escolta y guerrero. ¿No es así? ¿No es cierto que ninguno de los aspirantes ha conseguido tumbarte ni una sola vez?
—Sí. Sí. Ninguno—Dirigiéndose a mi pariente continuó: “Estoy preparándome para poder entrar en el Dûmgarul”.
—¡Hijo! Si a pesar de tu juventud te aceptan en la Guardia de la Mansión habrás alcanzado un gran honor. ¡Sí señor! Bueno. Habrá que ver si finalmente aceptan a un imberbe como tú entre los más avezados guerreros del Asentamiento. ¡Suerte!
En ese momento escuchamos un nuevo aldabonazo, no tan fuerte como el anterior y al poco aparecieron en la estancia siguiendo a Rognar Náin y su primo Furin. Los dos entraron haciendo grandes reverencias y, sobretodo el primero, con una enorme sonrisa en el rostro. Casi al unísono se les oyó decir:
—¡Saludos gran Frenrir! ¡Maestro herrero y tío de nuestro cofrade Grór, hijo de Thrór!
—Adelante, adelante. No os quedéis en la puerta. Dejaos de ceremonias y tomad asiento—los invitó mi tío.
En ese momento mientras los dos primos entraban y se acomodaban se oyó un nuevo toque de campana, esta vez algo menos enérgico y detrás del anciano entró Frálin en la estancia.
—¡Buenas noches noble señor Frenrir! Buenas también a vosotros queridos amigos. Espero no llegar tarde mi señor.
—Lo cierto es que llegas en el momento justo. Estábamos a punto de dar cuenta de una copa de hidromiel de Rhovanion, si gustáis—Respondió Frenrir. Ante lo cual mis amigos aceptaron alegremente. Rognar apareció en ese momento con una botella de cristal con el líquido ambarino y seis copitas, también de cristal en las que escanció la bebida. Mi tío iba a tenderlas a cada uno de nosotros cuando Frálin dijo:
—Mi señor Frenrir gracias por esta invitación. En compensación aquí os traigo unos presentes que espero sean de vuestro agrado y del de vuestra esposa e hija.
Mi amigo sacó de su bolsa dos pequeños estuches de madera que dejó en la mesa donde reposaba la botella y las copas. Mi tío devolvió la copa que tenía en la mano y fue a abrir el primer estuche, pero se lo pensó y dijo:
—Bebamos y esperemos que vengan mi dulce Beru y la luz de mi vida Beris. Si son presentes para ellas es mejor que sean ellas las que los abran. De todas formas muchas gracias Frálin, hijo de Dwalin. ¡Salud señores! —Alzando la copa esperó a que todos tuviéramos las nuestras y de un trago se tomó todo el contenido. Nosotros lo imitamos.
En ese momento aparecieron mi tía y mi prima, con sus ropas más lujosas. Se veía que estaban contentas de tener invitados y me fijé que Beris sonreía a todos mis amigos, coqueta, aunque a quién me pareció que miraba con mayor atención fue a Frálin o ¿quizá me lo pareció? No obstante la que se dirigió a todos fue mi tía.
—¡Nobles caballeros! ¡Gracias por honrar esta humilde casa! ¡Espero que vuestros padres gocen de buena salud y sus barbas crezcan por muchos, muchos años más!—Después del saludo formal de cortesía mi tía añadió:
—¿Pasamos al comedor o mi querido Frenrir los vas a aburrir solemnemente con tus explicaciones sobre cómo conseguir el mejor acero para forjar espadas?
Frenrir sonrió a Beru y señalando los estuches que estaban sobre la mesa dijo:
—¡Mi amor! Sé que puedo ser de lo más locuaz cuando se trata de hablar de mi trabajo pero tranquila que no os haré esperar. Sólo decirte que este joven os ha traído un presente. Decidnos que os parecen.
Mi tío les dio los dos estuches uno a mi tía y el otro a mi prima y las dos, ávidas, los abrieron y sacaron sendos broches de oro en forma de hoja de encina. Estábamos todos maravillados del fino trabajo de orfebrería, cuando Frálin nos dijo:
—La hoja de la encina tiene para mí la belleza de lo sencillo. Es la parte bella de ese árbol que tanto nos representa. No muy alto pero fuerte y de gran resistencia. Resiste los envites del viento y el rayo y soporta todos los contratiempos con serenidad.
En el momento que Frálin dejaba de hablar me pareció fijarme que Beris sonreía mientras mantenía sus ojos fijos en su presente. Se hizo un silencio un poco incómodo hasta que Frenrir habló:
—¡Hijo! ¿Los has hecho tú? —Ante la respuesta afirmativa mi tío siguió diciendo: ¡Un gran trabajo muchacho! Llegarás lejos como orfebre. ¡Gracias en mi nombre y en el de mi esposa e hija! —Ellas sonrieron a Frálin y este les hizo una reverencia y exclamó:
—¡A vuestro servicio!
Mi tía, encantada y con su broche puesto, abrió la comitiva hasta el comedor. El resto de mis amigos se sintieron un poco incómodos y Náin sobretodo le lanzó una mirada glacial a Frálin y me pareció cómo le susurraba algo que no pude escuchar. En ese momento Dain se me acercó, y bajito, me dijo:
¡Náin debe estar hecho una furia! Había compuesto una canción en honor de tus parientes y Frálin se le ha adelantado con esos presentes. ¡La verdad es que los demás hemos quedado fatal!
—No te preocupes. No creo que os lo tengan en cuenta—Intenté tranquilizarlo.
Una vez a la mesa Rognar y Ducila comenzaron a servir los platos de la estupenda cena que habíamos preparado. Primero los entrantes de verduras que dimos cuenta con verdadero deleite. La conversación mientras comíamos fue de lo más intrascendente. Se habló de lo que cada uno de nosotros haríamos en el día de Mahal. Mi tía, por ejemplo, nos preguntó si participaríamos en alguna de las competiciones que se celebraban. Frenrir se interesó en las excavaciones mineras del padre de Furin. Quiso saber si les iba bien, si habían encontrado alguna veta más. Éste le explicó a mi tío que proyectaban hacer una segunda galería más profunda, para lo cual ya tenían los pozos de ataque y ventilación. Según dijo en poco más de una semana ya se podría trabajar en horizontal en este segundo nivel.
Mientras todos hablaban yo me quedé observándolos. Me fijé en que mi prima miraba a Frálin y Náin y éstos a su vez lanzaban miradas a Beris, con el mayor disimulo posible y, además, se descuartizaban entre ellos con la vista. ¡Qué ciego había estado! ¿Desde cuándo conocían a mi prima? ¿Desde cuándo estaban los dos interesados en ella? Y lo más importante… ¿En quién estaba ella interesada? En estas cavilaciones estaba, pensando si esto podía ser motivo para que la joven Compañía de los Imberbes se disolviera aún antes de conseguir renombre, cuando mi tío me llamó:
—¡Grór! ¿Es que no me oyes? ¿Estás dormido?
—¡Perdona tío! Estaba distraído pensando en las tareas de mañana. Tengo que dar forma a la armadura de Glóin, y preparar las mezclas para las dos hachas de combate que tenemos que nos han encargado recientemente.
—¡Bueno hijo! ¡Descansa! Deja el trabajo para mañana. ¿Ves Beru? Ya te decía yo que este sobrino nuestro nunca está dónde tiene que estar. Chico me decía tu amigo Furin que esperan sacar el doble de mineral del que extraen ahora en menos de un año. Y que nos dan la exclusiva de la explotación, ¿Qué te parece? Es una oferta extraordinaria, ¿verdad? Aunque la verdad es que el precio que pagaremos por el mineral también es extraordinario. ¡Furin dile a tu padre que no tiene mejor comerciante que a su propio hijo!
—¡Gracias mi señor! —Respondió lacónico éste.
Así seguimos comiendo y hablando el resto de la cena en buena compañía y desde mi tranquila serenidad seguí observando a todos los comensales. De vez en cuando intercambiaba algunas palabras con Bonachón sobre las pruebas que debía pasar si quería formar parte de la guardia, sobre sus deseos de convertirse algún día en un Guerrero Místico, uno de los 49 elegidos que eran la escolta personal del soberano y de su familia.
También en un momento me sorprendí pensando: “¿y tú? ¿Qué quieres hacer de tu vida? Tus amigos parece que lo tienen muy claro: Frálin será un orfebre reputado, Furin un maestro minero, Dáin un gran guerrero y hasta Náin, al cual el trabajo no es una cosa que entusiasme, quiere que su nombre se asocie a las grandes baladas que dice compondrá y que se cantarán en el futuro. ¿Y tú? ¿Te convertirás en un maestro herrero? No. No lo tengo claro. Me gusta el oficio es cierto. Incluso diría que se me da bien y que tengo buena maña, pero no creo que me apasione, que me lleve la vida hacer objetos, construir armaduras, yelmos, espadas… No. La forja está para mantener la mente ocupada y los brazos fuertes, pero yo creo que mi vida no está entre estas cuatro paredes ni aunque fueran en la mismísima Erebor. No. Mi espíritu no tendrá descanso si no viajo, sino encuentro tesoros y lugares lejanos y extraordinarios. Creo que eso fue lo que vio en mí el viejo Bali el día de mi Primer Paseo”.
Mientras estuve pensando todo esto la cena transcurrió plácida, excepto por las “glaciales” miradas y algunas pullas que se lanzaban Frálin y Náin que parecía que sólo veíamos Beris y yo, hasta que acabamos los postres de Ducila que todos alabamos. Una vez los acabamos mi tío fue el primero en levantarse de la mesa y dijo.
—¡Muchachos! Está siendo esta una velada extraordinaria. Sólo quiero robaros un poco más de tiempo, si no es demasiado tarde para vosotros. Aún debemos de hablar del motivo por el cual os he convocado.
Todos asentimos y nos levantamos. Mi tío nos conducía de nuevo a la sala de estar cuando mi tía Beru nos habló a todos:
—¡Mis señores! ¡Querido esposo! Nosotras nos retiramos y os dejamos finalizar vuestra conversación, ¿no es cierto Beris?
—Si madre—. Respondió mi prima.
—¡Así pues! ¡Buenas noches caballeros!
—¡Buenas noches! —Respondimos todos y mis amigos añadieron unas vistosas reverencias que en el caso de Frálin y Náin de haber mantenido sus capuchas de viaje en las manos hubieran limpiado el suelo a sus pies.
Mi tía y prima se dirigieron hacia sus habitaciones y nosotros nos acomodamos en la sala de estar. Esperamos a que lo hiciera mi tío y que fuera él el primero en hablar.
¡Queridos amigos! Debo dejaros un momento otra vez puesto que todo contador y más si es tan viejo como yo necesita unos minutos para descansar.
¡En seguida vuelvo!
Gran Gróg y Maese Marce, cada día me tenéis más enganchado a la lectura de vuestro relato. Seguid así!
ResponderEliminarMaestro, en mi pueblo a ésto se le llama coitus interruptus. No entraré a explicaros la expresión en detalle, pero por favor! No nos tengáis más en ascuas! Qué pasó después de la cena? Para qué armó tanto revuelo vuestro tío? Por los siete malditos mares , hablad gran maestro!
ResponderEliminar¡Buenas noches amigos míos!
ResponderEliminar¿"Coitus interruptus"? Esas palabras a mí no me dicen nada, pero por la cara que pone maese Marce, deben ser algo relacionado con.... Bueno. Mejor no entremos en detalle como muy bien decís querido Juan Luís.
De todas formas y volviendo a las misivas que nos hemos intercambiado últimamente, debo deciros a los dos que en seguida vais a saber cómo acabó esa velada en casa de mi buen Frenrir ¡tantos años hace ya!
Sin más se despide este vuestro humilde servidor,
Grór hijo de Thrór.