martes, 16 de agosto de 2011

Conversaciones en la forja.

Sigo con vosotros, amigos míos, para relataros un pedazo más de mi vida. Espero que os siga interesando: 

En estas semanas el trabajo en la forja se incrementó para mí. Frenrir me pidió que estuviera más tiempo con él para así poder avanzar en la entrega de otros encargos, con lo que me mantuve bastante ocupado. Un día, entre los sonidos de martillos golpeando yunques, siseos de metales al rojo que se enfrían al entrar en recipientes de agua, mi tío me preguntó:

—Grór. ¿Una vez entregues la espada del señor Elendur qué harás?

—Tío, ¿qué quieres decir?

—Pues que si después de hacer el encargo volverás o te quedarás en el Sur o si seguirás viajando… ¿sabes qué vas a hacer con tu vida después de que lleves la dichosa espada?

La verdad es que me sorprendió la pregunta. Estuve unos momentos meditando qué decirle y al cabo respondí:

—La verdad es que aún no lo sé. Por un lado sólo el hecho de llevar a buen término el encargo que nos haces ya me parece toda una aventura y a mis amigos también, ¡qué duda cabe! Lo que me llena de satisfacción. Pero también imagino que si tenemos éxito en adelante estaré más en movimiento si tú no lo ves mal.

 —Lógico. —Fue la respuesta lacónica que Frenrir exclamó.

—Si no vuelvo o no tenemos éxito, ¡Mahal no lo quiera!, supongo que estaremos en otras preocupaciones, ¿no crees?

 —¡Desde luego! Pero no tengo la menor duda de que cumpliréis el encargo sin grandes contratiempos. Veo grandes capacidades en este grupo que habéis formado.

—De todas formas. —prosiguió después de unos momentos de reflexión. —Si al volver quieres establecerte aquí he comprado un terreno dónde, si quieres, podrás construirte un casa. 

—Tío. ¡No tenías que hacerlo!

—Considéralo un préstamo a cuenta de tus primeros honorarios. Si quieres, durante tu viaje puedo dar orden de que construyan tu nueva morada, así cuando estés de vuelta podrás vivir con completa independencia.

—No sé. Es muy grata la idea de tener un hogar propio al volver de este largo viaje, pero creo que aún es pronto para tener una morada propia. ¡No! No me malinterpretes. Lo que quiero decir es que quizá, cuando regrese de este primer viaje me aguarden otros hasta lugares aún más lejanos. No tío mejor será que no me construyas nada, o mejor… En el solar que has adquirido constrúyete un nuevo almacén porque lo vas a necesitar más que yo una casa. Sí quizá sea lo mejor. Espero que mi respuesta no sea muy decepcionante para ti.

—Querido Grór. No me decepcionas. Para nada. Ya me imaginaba esta respuesta. Eres muy joven para pensar en tener un único lugar dónde establecerte. Además, por lo que voy descubriendo de ti creo que tus viajes serán frecuentes y seguramente arrastrarás a estos amigos tuyos a más de una aventura. De todas formas mientras no tengas un lugar propio por supuesto ésta es tu casa. Cuando estés en Zirak-Dûm ¡que no me entere yo que te alojas en alguna posada! Este es tu hogar.

—Descuida. Así es y no veo porque debe de cambiar.

Seguimos trabajando y dando forma a diversos objetos de labranza de buena calidad para unos agricultores adinerados, que era el encargo que teníamos en ese momento entre manos y la conversación giró hacia otros derroteros.

—Hablando de tus amigos. ¿Cómo son? ¿Confías en ellos? ¿Crees que son de fiar?

—¡Por supuesto! Si no fuera con ellos no estaría tan seguro de realizar la misión con éxito. Realmente nos llevamos bien, somos un grupo que congeniamos, no hay grandes egos, bueno quitando el de Náin que piensa que sus composiciones pasarán a la historia, los demás somos enanos que cuando tenemos un objetivo común trabajamos por conseguirlo sin peleas ni disensiones. ¡Estoy convencido!

—¡Bien! Me alegra saberlo. Y de Frálin, ¿qué opinas?

—De Fralin… No sé. Diría que es el más inteligente de los cinco. La verdad es que nos compenetramos todos muy bien. Él es inteligente y astuto, Dáin es fuerte como la roca y noble, Náin es optimista y animoso, por último Furin, que es el que menos conozco, me parece que es obstinado y constante. Sólo quedo yo… Aunque la verdad es que no sabría cómo definirme…

—Tú, hijo mío, eres empático, aventurero, me da que eres valiente y serás el centro de este grupo. Tú enlazas, tiendes puentes y, llegado el momento, podrás sostener a la Compañía de los Imberbes, porque habrá egos, si no los hay ya, que son disgregadores e intentarán disolverla. Bueno, quizá me equivoque pero es lo que veo.

—¿Tú crees? ¿Así me ves? No sé. Tío me conoces mejor que yo a mí mismo. Es posible.

 —¡Otra cosa! ¿Desde cuándo le gusta tu prima a Frálin? ¿Y desde cuándo le gusta él a ella?

“¡Mahal Bendito! Se dio cuenta. ¿Qué le digo?” —Pensé. En seguida respondí:

—Tío no sé de qué me hablas.

—¡No me trates de estúpido! ¿Te piensas que no me di cuenta? La cuestión es que esto, como te he dicho antes, no sea un problema para vuestra joven compañía.

—¿Problema? ¿El qué? No te entiendo.

—¡En fin! Ya veo que la perspicacia ni la inteligencia son tus mejores virtudes. Te lo tengo que explicar: puede ser un gran problema que tu prima elija a cualquiera de los dos: Frálin o Naín, el otro se sentirá desairado. ¡Mahal bendito! ¡Cierra esa boca! ¿No me digas que no te diste cuenta de que ella los miraba a los dos sin saber por cuál decidirse? ¡Si estuviste toda la cena mirando!

—Sí. Sí. Miré y me fijé pero pensé que ella estaba contenta de tener compañía y de que disfrutábamos una cena con más gente desde hacía mucho tiempo. Nada más.

 —¡Pues vaya! Eres más Imberbe que la compañía esta que habéis montado. Tu prima, aparte de ser algo más mayor que tú, es una mujer. Y tanto ella, como tu tía como yo mismo empezamos a ver las opciones de matrimonio que puedan haber ya sean estos amigos tuyos, como otros pretendientes que lleguen. Esperemos que el que ella finalmente elija la quiera a ella también. Ya sabes lo obstinada que es. Si no es así, es posible que en el futuro, si no lo evito, la compañía tenga una sexta componente.

—¿Beris? ¿La dejarías tío?

 —Sabes cuáles son nuestras costumbres y leyes y estamos en tiempos aciagos que me hacen tener todavía más cuidado por mi hija querida, pero si ella tiene una decisión tomada ni yo, ni su madre, ni los siete ancianos místicos, ni el propio rey la harán cambiar de opinión. Ya lo sabes.

—Sí. Supongo que es así.

—Seguro. Pero no adelantemos acontecimientos y dejemos fluir el tiempo y ya se pondrán los remedios a los males que acontezcan, si finalmente llegan. Por ahora lo que si te pediría es que disuadas a tus amigos de hacer algún tipo de locura que nos obligue a tu tía y a mí a tomar medidas. ¿Entendido?

—Sí. Sí por supuesto.

—Muy bien. Vamos a ir terminando esto, que se me está abriendo el apetito y no quiero comer tarde.

—Sí tío.

Redoblemos nuestro esfuerzo para acabar cuanto antes para poder descansar e ir a comer y me quedé meditando todo lo que habíamos hablado. Debía de hablar con ellos y saber qué querían para con mi prima. Tendría mucho tiempo para hablar con ellos. Habíamos calculado que el viaje duraría, en el mejor de los casos, medio año sin ningún contratiempo así que podría hablar con ellos largo y tendido.

Queridos amigos ahora debo dejaros pero no desesperéis porque en seguida vuelvo.

1 comentario: