¡Buenas noches hermosa gente! ¿Cómo estáis? Espero que después de unos días separados todo siga bien. Maese Marce ha estado un tiempo un poco alicaído. Hablaba de que seguramente se quedaría a vivir aquí, en Erebor, ¡para siempre! En los momentos peores llegó a decir que renegaba de su tierra… Como os dicho alguna vez (y que siga quedando entre nosotros) es un hombre algo extraño. Tan pronto está contento de estar aquí como echa de menos su Lugar en el Mundo, como él dice… Y a su lady Elena, por supuesto… Y otras veces lo veo echar pestes de gentes que deben ser una especie de gremios muy poderosos en su patria, que según su opinión, están destruyendo todo lo que sus padres y los padres de éstos habían construido para garantizar el bienestar de todos…. Desde luego se me hace extraño. Aunque lo más raro de todo es que dice que la mayoría de su pueblo no hace nada. Sostiene, y esto es lo más increíble, que están desanimados, sin ganas de luchar por defender esas cosas… Realmente entiendo que se quiera…. ¿cómo dice? ¡Ah sí! Exiliar. Huir de allí para vivir entre nosotros. La verdad es que a mí no me importaría y ¿a vosotros mis queridos amigos? En fin. Imagino que también vosotros le ofreceréis ayuda si decide quedarse a vivir entre nosotros…
¡Ah! ¡Por fin llega! De esto que hemos hablado ni una palabra, ¡por favor! Ya os digo que es muy sensible y quizás no le gustara que estemos hablando de él.
¡Querido amigo! ¿Estás preparado para seguir anotando pasajes de mi historia? ¿Sí? ¿Puedo comenzar? Pues allá vamos:
Después del encuentro con el maestro constructor y el Sumo Anciano Místico los dejé charlando animadamente y regresé por la avenida hacia el Salón del Trono. En un momento llegué allí y vi que ya quedaba poca gente y que la orquesta se había retirado del lugar. El rey seguía sentado en el trono pero me dio la impresión de que estaba muy aburrido, tanto que me pareció verlo bostezar. En ese momento agradecí que nosotros hubiéramos sido de los primeros en saludarlo, porque sino quizá mi tío se hubiera sentido más despreciado aún viendo cómo casi ni devolvía los saludos de las personas que seguían acercándose al estrado. Thorin seguía detrás de él presentando a cada uno de los invitados y recogiendo los regalos que todos le tendían al soberano.
Iba ya en dirección a la plaza pública cuando recordé que también quería ver las estancias del rey. Me acerqué hacia el pasillo que comunicaba el salón del trono con los aposentos del regente cuando vi que la entrada estaba muy bien custodiada por 7 recios guardias, su escolta personal, el Tharkarûl. En otro tiempo los efectivos que la constituían eran 49 guerreros seleccionados de entre todas las casas y gremios, pero en Zirak-Dûm se optó por elegir a los 7 soldados más fuertes y leales. Estaban colocados en dos líneas de 3 una enfrente de la otra con el capitán al final del pasillo que formaban, justo debajo del arco de la puerta de la cámara. Debían de ser unos guerreros extraordinarios, los escogidos de entre el Dûmgarul, los más poderosos de todos los enanos que servían en la milicia del asentamiento. Iban, como no podía ser de otro modo, soberbiamente equipados. Coraza de acero y yelmos completos que no dejaban entrever ni un punto débil donde ser atacados. Sus armas no se quedaban atrás respecto de sus armaduras: las dos líneas de 3 portaban escudos torreones tan grandes como ellos mismos, que en caso de lucha se convertían en paredes móviles que daban una cobertura casi completa y en la mano derecha los seis guardias empuñaban unas mazas de combate increíbles. ¡Qué armas más formidables! Las apoyaban sobre el hombro derecho y con el brazo izquierdo alzaban los escudos sin dejar que tocaran el suelo. ¡Eso da la impresión de la fuerza que tenían! ¡Sostener escudos como estos, de unos 20 kg de peso, durante toda la ceremonia sin dejarlos caer! Desde luego sólo los más fuertes podían estar en ese puesto. El capitán de la guardia llevaba como armadura el mismo tipo de coraza y yelmo que el resto de sus hombres pero no embrazaba escudo alguno. Tenía como única arma una espléndida hacha a dos manos que sostenía en vertical con sus brazos extendidos, como mostrándola a todos los que quisieran mirar. Según supe más tarde, el cargo de capitán de la Guardia Real no fue nunca hereditario pero la familia que lo había ostentado en los últimos tiempos hasta la disolución de la unidad había sido propuesta para que uno de los suyos lo ejerciera de nuevo, si pasaba las durísimas pruebas de admisión; sólo uno de sus enanos más fuertes y capaces podría estar al frente. Esta decisión del Guardián del Tesoro fue respaldada por la mayoría de las casas nobles, puesto que la familia nombrada tenía un prestigio bien ganado en mil y una batallas. Y así fue como se constituyó la Guardia Real después de estar disuelta desde el ataque de Smaug, el dragón dorado. Durante 7 años se prepararon los aspirantes y finalmente después de una selección realmente dura, que dejó a 3 de ellos lisiados para toda la vida, se eligieron a los 7 enanos que serían la sombra del soberano. Cómo no podía ser de otra manera Oín, hijo de Orlo, el dueño de “El descanso del herrero”, la mejor taberna de Zirak-Dûm, se convirtió en su capitán. Su tío Oroma había sido el último en ostentar este puesto al servicio del padre del actual soberano. Este joven enano fue el que mejor se preparó y todos los instructores quedaron gratamente convencidos de que sería un excelente oficial, por lo que la decisión de nombrarlo fue ratificada por el propio Thorin.
No conocía a ninguno de los 7, pero aunque hubiera sido así, tenía la certeza de que no me saludarían y ni mucho menos me dejarían entrar en los aposentos del soberano. Antes de marcharme pude ver como varios ordenanzas ricamente vestidos iban y venían del estrado del trono hasta la cámara real llevando los presentes que los invitados iban haciendo entrega, la mayoría sin abrir.
Me acerqué todo lo que pude hasta la entrada para ver, aunque fuera un momento, parte de la estancia mientras me dirigía hacia el lugar donde se iba a celebrar el banquete. Miré un momento a través de los guardias y sólo pude vislumbrar que la cámara era grande, con tapices en las paredes y arcones abiertos dónde los sirvientes iban dejando alguno de los presentes que seguían introduciendo en ella. Entre los objetos que vi con claridad estaba la cota de malla de acero rojo que había forjado mi tío, colocada ya sobre un pedestal de madera con forma de enano. ¡Realmente era soberbia! Estaba trabajada con primor y era de una resistencia increíble. Hay quien dice que estas armaduras podían ser tan duras como una cota hecha de mithril, la plata verdadera como la llaman también los elfos, aunque no tan valiosa. El acero rojo es el material más fuerte que se puede forjar en nuestro asentamiento. Mi pariente me había explicado que en las fraguas de Erebor y aún de Khazad-Dûm se habían logrado hacer aleaciones todavía más duras. Me explicó también que los herreros, llegado el momento, siguen pasando a sus aprendices la forma de construirlas para que jamás se pierda ese arte y para cuando en el futuro se reconquisten nuestras ciudades se vuelvan a forjar.
Salí de la cámara del trono siguiendo a un grupo de elfos que iban con ese andar tan cadencioso y ligero que me sigue maravillando. Iban ricamente vestidos. Botas de fieltro en varias tonalidades del marrón, polainas de lino en colores que iban del azul más intenso hasta el negro y todos llevaban unos blusones de seda verde, entallados por unos cinturones hechos con ramas trenzadas de algún misterioso árbol que sólo ellos conocen, me pareció. Caminaban entre risas, alegres y confiados y no se percataron de mi presencia. Así me acerqué y me fijé en que eran elfos espigados, pero no excesivamente altos, joviales y risueños, con el cabello rubio y ojos de un azul intenso. Uno de ellos, el que debía de ser su líder, observaba al resto en silencio, como un maestro observa a un grupo de sus alumnos, aunque por su apariencia no daba la impresión de ser el mucho mayor que el resto. Eso me hizo pensar en que alguien, no recordaba quién, me había hablado de la eterna juventud de los elfos, de que sólo envejece su espíritu y su mirada y para comprobarlo me fui acercando a ellos para intentar mirar más de cerca a este elfo que me intrigaba. En ello estaba, cuando escuché a mi espalda una voz que hacía tiempo no escuchaba:
—¡Gror! ¡No seas impertinente! Deja de mirar así a estos nobles invitados. ¡Querido Gaeron! ¿Cómo estás? Ya veo que tus hijos y nietos siguen al patriarca. ¡Eso está bien!
Me giré y vi a Báli, el anciano que se alojaba en la posada de Olro, el que me había llevado a lanzar aquel alocado juramento la noche de mi “Primer Paseo”. Vi cómo el elfo que lideraba el grupo se giró también y con una voz increíblemente melodiosa y con una amplia sonrisa se inclinó para hacer una reverencia al más puro estilo enano, a modo de saludo, a la vez que decía:
—¡Noble Báli! ¿Cuánto hace? ¡Más de 50 años que no nos vemos! ¿No es así? ¡Seguís igual de imponente que siempre!
—¡No mientas! ¡Estoy con un pie en la tumba! Tú sí que estas bien. ¡Vamos! ¡Como siempre! Por ti sí que no pasan los años, ni aún las centurias. ¡A ver Grór! ¿Cuántos años crees que tiene nuestro joven amigo, Gaeron del Bosque de Forlond, al otro lado de las montañas?
Me debí de turbar apreciablemente porque vi cómo el resto de elfos sonreían y unos a otros se avisaban para estar todos atentos a mi respuesta.
—¡No sé mi buen Báli! Yo diría unos… ¿200 años? —dije sin mucho convencimiento, puesto que a mí me parecía que no debía de tener más de 25, como el resto del grupo. Aunque el anciano había dicho que lo acompañaban ¡hijos y nietos!
En seguida me percaté de que la respuesta debió de agradarles mucho porque todos rieron con ganas, lo que a mí no me hizo ni pizca de gracia.
—¡Chico! ¡Menudo ojo! ¿Cuántos elfos has visto antes de hoy? —siguió peguntando.
—Creo que es el grupo más grande que he visto nunca, tan de cerca, si me permiten la expresión. —Respondí un poco azorado por si los elfos se molestaban.
—¡Se nota! ¡Hijo! ¡Has de viajar! ¡Debes de salir ya de este villorrio! Sí ya sé que partes en unas horas. Eso está bien. Pero una vez cumplas con el encargo, sigue viajando porque ¡por Mahal bendito! ¡Es la única forma de ampliar tus horizontes! —esto lo dijo mientras me daba empujoncitos en la espalda como exhortándome a marchar ya, en ese preciso instante. En un momento continuó—. Este buen amigo tiene por lo menos…. ¡Creo que ya perdí la cuenta! Más de 1000 años, ¿no es cierto?
—Tienes buena memoria mi buen amigo. 1357 para ser exactos. Comienzan a ser muchos años… Suerte que vivo rodeado de los míos y en ocasiones de otros que me son muy queridos.
Las risas se alzaron un poco en el grupo de acompañantes al ver, seguro, mi cara de estupefacción. ¿Cómo era posible? ¿Qué magia era esa? ¡Más de 1300 años y ni una arruga, ni una cana en su dorada cabellera? Realmente los elfos son seres extraordinarios, sin duda. Me fijé entonces en los ojos del elfo. De un azul intenso, insondables. Parecían pozos llenos a rebosar de experiencias, de alegrías y males acumulados en tantos años vividos, en varias vidas de enanos u hombres. Esos ojos me impresionaron por la seriedad y la tristeza que rezumaban por todo lo que debían haber visto, por el peso de tantas preocupaciones, por el dolor por los amigos caídos en guerras antiguas, que no son más que leyendas para jóvenes como yo. En ese momento, movido por mi fantasía había visto pasar toda su vida y me apiadé. ¡Sí! ¡Qué insolencia! ¿No? Sentí su dolor y su pesar y me conmoví por todo el sufrimiento que deben soportar estos seres inmortales. Y nunca más envidié su inmortalidad. No codicié el Hado de los Primeros Nacidos: no morir por muerte natural y enraizarse y fundirse con la esencia de Arda para siempre.
Mientras miraba y pensaba, Báli siguió hablando:
—Gaeron viejo amigo. Te presento a Grór, hijo de Thrór. Joven enano, casi un niño, ¡del que espero grandes cosas!
Al decir el anciano mi nombre me incliné e hice una reverencia al grupo, que pareció gustar a todos los presentes, a la vez que dije:
—¡A vuestro servicio!
—¡Alzaos mi joven amigo! —dijo. Me levanté y me miró muy fijamente unos momentos que me parecieron años y noté su mirada cómo si me sondeara el alma, como una presencia dentro de mí. Gaeron un momento después sonriéndome ampliamente continuó hablando—. Grór, Bali qué os parece si nos apartamos de la avenida y vamos hasta una de esas mesas. ¡Las bebidas y aperitivos que hay en ellas tienen muy buena pinta!
—¡Andando! —respondió el viejo Bali. Seguidamente se cogió de mi brazo izquierdo y nos adentramos por fin en la plaza pública.
Ésta era un espacio abierto enorme. Tenía por lo menos 200 metros de largo por unos 50 o 60 de ancho. La altura era también grandiosa, unos 30 metros. Se habían excavado unos locales a ambos lados del rectángulo que era la plaza para que sirvieran en el futuro como espacios para comercios. En ese momento estaban, por lo menos los dos primeros que vi, los más próximos, llenos de alimentos y toneles de bebidas. En el de nuestra derecha se habían dispuesto unos grandes espetones que estaban acabando de dorar unos enormes bueyes, que sólo de mirar me hicieron la boca agua.
Me di cuenta de que en la gran nave que era la plaza pública se veía perfectamente y no se percibían ni el olor de la carne asándose ni ningún otro de los que se deberían de oler en una caverna cerrada. Ello me llevó a pensar en que sería interesante buscar la ventilación de la sala. Seguro que los locales tenían sus propias chimeneas, sobretodo el que preparaba los asados, pero aún así la atmosfera era de un aire limpio y aún diría que ligeramente perfumado, muy agradable.
Recorrimos unos 20 metros hasta llegar a unas mesas que se habían dispuesto para que los invitados que iban llegando pudieran tomar un refrigerio. No estaban muy ocupadas, porque la mayoría ya se iban sentando en los lugares que les correspondían para el banquete. Nos acercamos a una de las 7 mesas que estaban dispuestas para esto y vimos como un grupo de enanos que allí estaban se marchó a ocupar sus asientos, sin saludar ni despedirse, lo que no me gustó en absoluto, ¡qué iban a pensar estos nobles invitados de gentes que se comportan con tan poca educación! Báli debió de ver mi malestar porque se apresuró a hablar:
—Grór. Tranquilo. Ya sabes que no soy muy grato a muchos de nuestros congéneres.
—¡Sí! ¡Pero dónde está la educación y la cortesía para con un anciano venerable y hacia una embajada élfica, nada menos! —me quejé en voz alta.
No vi que nadie viniese a ofrecer disculpas o excusas ante semejante falta de educación y empezaba a sentir cómo me hervía la sangre. Los elfos no dieron importancia a la conversación y siguieron llenándose vasos de un vino excelente que acababan de traer y degustando quesos de distintos sabores y olores, ¡por cierto! Al poco, Gaeron fue el único que quiso hacer un comentario:
—¡Grór! ¡No te preocupes! Son viejas rencillas que deberían estar olvidadas, sobretodo porque sucedieron hace tanto tiempo que ni yo mismo había nacido.
—¡Pero… Es que me parece…
—¡Ni peros ni manzanas! —Ahora fue Báli quien habló— ¡Ya has oído la voz de los mayores! ¿No? ¡Pues relájate! Y prueba estas cecinas, ¡están deliciosas! Deben de ser de… Por la textura de… Bree o…. ¡no! Seguro que son de Cavada Grande, sí ¡eso es! Desde luego a los medianos no hay quién les gane preparando estos manjares. ¡Por cierto! Hemos tenido suerte que estos compañeros nuestros sean vegetarianos —me susurro el anciano entre risas quedas—.
—¿Todos los elfos son vegetarianos?—pregunté extrañado.
—No. Todos no. Pero no sé porque motivo Gaeron, su familia y gran parte de su pueblo, en el Bosque de Forlond lo son. Desde luego en este momento me alegro que lo sean, ¡sí señor!—respondió el anciano.
—¿Todos los elfos son vegetarianos?—pregunté extrañado.
—No. Todos no. Pero no sé porque motivo Gaeron, su familia y gran parte de su pueblo, en el Bosque de Forlond lo son. Desde luego en este momento me alegro que lo sean, ¡sí señor!—respondió el anciano.
Yo asentí y sonreí mientras daba cuenta de varios trozos de esa deliciosa cecina que me tendió. Disfruté de esos momentos sin hablar y viendo cómo comían y bebían entre risas mis joviales nuevos amigos. El flujo de gente que entraba en la sala fue decreciendo y vi cómo la mayoría de comensales estaban ya sentados en sus asientos. Fue en ese momento que me acordé de mis parientes y entre reverencias, manos estrechadas, varios “¡a vuestro servicio!” y un largo abrazo del anciano, me despedí de ellos y me dirigí a las mesas largas dispuestas para el banquete. Descubrí a mi prima y mis tíos en la cuarta y me reuní con ellos.
Bien. Queridos míos. Os he de dejar por esta noche. En la próxima ocasión os hablaré del magnífico banquete con que fuimos obsequiados por el Guardián del Tesoro, no por el soberano. ¡Nos vemos pronto!
Buenas noches.
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