¡Hola de nuevo amigos míos! Henos aquí, otra vez, con vosotros. El relato avanza, ¡aunque no os lo parezca! Maese Marce está a mi lado, plumas en mano y con ganas de saber más de lo que nos aconteció en aquellos días de hace tanto tiempo. Bien, espero que vosotros también. Por ello, sigo adelante con mi historia.
Salí de la Morada del Rey y me encaminé a la explanada donde estaba el resto de los habitantes del asentamiento. Imaginé que mis amigos estarían allá. Como me iba de camino, pasé por la taberna de Olro, “El descanso del Herrero”, por asegurarme de que no estuvieran allí antes de salir de la ciudad. Mientras escudriñaba el local atestado, para hacer más amena la exploración pedí una buena pinta de la espumosa cerveza que Olro expendía en su taberna. Desde luego la búsqueda, aunque infructuosa, al menos fue placentera.
Al cabo de unos minutos salí de nuevo a la calle. Por lo concurrida que estaba se podía presumir que mucha gente ya estaba de vuelta de la comida del mediodía e iban deambulando por las calles del asentamiento en busca de alguna ganga en el mercado o de algún espectáculo de los muchos que se podrían ver en estos días. En ese momento yo no sabía ya a dónde acudir: ir, como tenía previsto, a la explanada; acercarme al mercado para volver a hablar con el mercader sureño que habla conocido esa mañana; volver a la Morada del Rey (esto en seguida me lo quité de la cabeza por el mero hecho de recordar a Borin). Seguía con esas dudas cuando, de pronto, unas manos poderosas, acompañadas de una no menos fuerte voz, me hicieron dar la vuelta a la vez que oía.
—¡Estás aquí! ¡Por fin te encuentro! ¿Dónde os habéis metido?
Ayudado, como digo, por esas manos enormes me dí la vuelta y vi a Dáin, con unas mejillas más rubicundas si cabe que de costumbre y unos ojos más iluminados que de ordinario y al ver que se inclinaba algo hacia mí mientras esperaba respuesta le dije:
—¡Dáin! Veo que tu espera no ha sido muy aburrida—respuesta que le debió parecer de lo más graciosa porque entre grandes risas intenté proseguir—. He ido a comer con mi familia y, una vez liberado de mis penosas obligaciones, estaba dispuesto a disfrutar de mis amigos y de unas buenas jarras de cerveza, ¡pero veo que ya no te alcanzo de ninguna de las maneras!
—¡Venga no te lamentes! ¡Que pocos son los que comen en la misma sala que el Rey! ¡No te hagas la víctima, que no cuela, por muy borracho que esté! —dijo con la sinceridad que sólo puede venir de las personas que te conocen bien, por muy achispadas que en ese momento estén.
—¡Tienes razón! ¡Venga, entremos de nuevo! Ahora te invito yo. Por cierto, ¿estás sólo? ¿No estabas con un compañero de la guardia? ¡Sí! ¿No estabas con Bór?
—¡Hace rato que se marchó! Estaba bastante perjudicado y los veteranos en estos días deben de estar preparados para cualquier situación y de pronto me ha dejado con la pinta en la mano y no he podido devolverle mi quinta invitación, así que, según los cánones del buen anfitrión y del sacrosanto decálogo del buen juerguista, ¡estoy en deuda con él! Creo que para desquitarme de este mal sabor de boca, te invitaré a ti, en compensación al abandono de mi anterior compadre. ¿Qué te parece?
—¡Cómo podría negarme! ¡A vuestro servicio!—respondí con una reverencia que me hizo perder el equilibrio y casi da con mis incipientes barbas en el suelo y que arrancó una estrepitosa carcajada en mi amigo.
—¡Al vuestro mi buen señor! ¡Olro! ¡Dos pintas! ¡Se están secando nuestras bocas y gargantas! —gritó a pleno pulmón, mientras se giraba, para hacerse oír por encima de la mucha gente que seguía llenando la posada.
—¡Marchando! ¡Voy raudo y veloz! ¡Antes de que estos dos pozos sin fondo se vayan a llenar a cualquier otro abrevadero! —respondió el tabernero.
—¡No hay mejor charca que la tuya hermano! Beso el suelo por dónde pasan tus pies cada vez que sirves esas pintas de ese espumeante caldo, sólo apto para los mejores paladares, ¡digno de dioses, si señor!
—¡Dáin! Por mucha rosca que me hagas las pintas las vas a pagar, como todos, ¿entendido? —advirtió sonriendo Olro.
—¡Por supuesto! ¡Yo pago lo que bebo! Y si no me alcanza, he aquí un nuevo compinche que será mi tabla de salvación ante tus precios, al mismo nivel de tu excelso brebaje.
Estaba bebiendo mi primer gran sorbo de la jarra mientras veía atónito cómo Dáin replicaba al mismísimo Olro, conocido por su ingenio y su rápida mente. Paré de beber, miré el líquido que contenía y volví la vista a mi amigo que seguía en su conversación con el posadero y me di cuenta que con una ayudita, sin abusar, hasta el más tímido se convertía en un locuaz conversador. Tomé nota del asunto por si en el futuro me pudiera ser de utilidad. Regresé a la realidad que me envolvía, en parte porque parecía que la discusión entre los dos enanos ya había acabado y en parte porque desde el fondo de la sala se oían unas voces que iban entonando una canción que a medida que otras se unían se iba alzando en volumen, fuerza y en poder, lo que contagiaba a otros a añadirse. De pronto la recordé y sin darme cuenta mi voz se añadió a la del resto y sólo se oyeron las voces y dejaron de sonar jarras y platos y de oírse bancos o taburetes en movimiento y todos los presentes conocíamos la tonada y todos nos sumamos y cantamos lo siguiente:
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir antes que el día nazca.
Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.
Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.
En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Allí para ellos mismos labraban las vasijas
y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.
Los vientos ululaban en medio de la noche,
y los pinos rugían en la cima.
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
los árboles como antorchas de luz resplandecían.
Las campanas tocaban en el valle,
y hombres de cara pálida observaban el cielo,
la ira del dragón, más violenta que el fuego,
derribaba las torres de las casas.
La montaña humeaba a la luz de la luna;
los enanos oyeron los pasos del destino,
huyeron y cayeron y fueron a morir
a los pies del palacio, a la luz de la luna.
Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a quitarle nuestro oro y las arpas,
¡hemos de ir, antes que el día nazca!
Y después de la canción se hizo un espeso silencio. Sólo se veían caras sombrías. En ese momento a todos nos pareció que la mayor de las injusticias y el peor hado posible se había apoderado de nosotros, de nuestro pueblo. Y se inflamó el deseo de venganza y el de la justa compensación y las manos se comenzaban a crispar alrededor de las asas de las jarras y alguna que otra mirada era más oscura que antes y nadie hablaba; y otros ojos comenzaban a mirar con recelo alrededor y alguna mano se acercaba a tentar las bolsas colgadas al cinto, como para comprobar que todo estaba en su sitio y al volver se quedaban, entretenidas, sobre las vainas de espadas o mazas y en ese momento me desperté como de un sueño y vi que el silencio se empezaba a hacer demasiado incómodo y Olro, con una mirada de alerta, me pareció, intervino rápido gritando:
—¡No nos desanimemos! ¡¡Es el Día de Mahal! Él nos protege y algún día con su ayuda recuperaremos los Salones Perdidos—al ver que no sacaba a todos los presentes de ese ensimismamiento añadió— y para que no digáis que soy un tacaño ¡¡la próxima ronda va de parte de la casa!!
Con ello consiguió que en la mayoría de las caras se borrara el sombrío semblante, aunque creo que no en los corazones de todos.
Amigos míos, es recordar esa antigua canción y vuelvo con más nitidez a aquellos tiempos de mi juventud. Maese Marce creo que por hoy no añadiré más. Ese canto, como tantos otros, tiene el poder de transportarte a otras épocas o lugares o de sacar de dentro de ti recuerdos, sensaciones, emociones. Es una balada poderosa, que en tiempos más recientes se ha hecho muy famosa en todo el Oeste de la Tierra Media gracias al mediano Bilbo Bolsón, ¡que sus andarines pies sigan llevándole a tierras cada vez más exóticas y a las mejores aventuras! Digo bien, él la ha hecho llegar a mil y un lugares gracias a sus memorias: “Historia de una ida y una vuelta” porque en uno de los primeros pasajes es cantada por la Compañía de Thorin Escudo de Roble y él transcribe la parte que nosotros hemos puesto en estas notas que este humilde servidor dicta a este devoto amanuense y que juntos queremos haceros llegar para que conozcáis más de mi vida.
Es suficiente por hoy. Buenas noches,
Hechamos de menos a Grog a través de las letras de Maese Marce.
ResponderEliminarVuelve...!!!!!