martes, 27 de agosto de 2013

Despedidas.


Aquí estamos de nuevo para seguir con el relato. ¿Han sido de vuestro agrado las viandas que os he preparado? ¡Me alegro! Comida y bebida de la mejor calidad, ¿no es así? Tengo a bien declararme como un buen gourmet, ¿esa es la palabra correcta maese? Desde la llegada de este extraño amigo no dejo de aprender nuevos términos, como éste. Dice mi amanuense que allí de dónde él procede a quien es amante de la buena cocina y del buen beber, se le da en llamar de esta forma. Como me identifico perfectamente con esos placeres, creo que se me puede clasificar de esa forma y, además, es una denominación que me agrada, ¡sí señor!

¡Realmente me gusta andarme por las ramas! Soy incorregible. En fin, suerte que me he dado cuenta, ¿verdad? Bien, volvamos al relato. Allá voy:

Desperté muy temprano, veía despuntar las luces del alba a través de mi ventana. Pude dormir sin problemas, pero fue abrir los ojos y un impulso fuertísimo me hizo levantar del lecho. Me aseé y vestí en seguida con mis ropas de viaje y mi armadura con refuerzos de cuero endurecido. Salí de mi habitación y escuché ruidos en la cocina. Antes de llegar a ella, escuché un gran aldabonazo que retumbó por toda la casa, haciéndome pensar que era el mismísimo Mahal el que había aporreado la puerta y que mis familiares y, aún los vecinos del otro lado de la calle, se habrían despertado con los tremendos golpes. Seguro que es Dáin, pensé. Rápidamente me dirigí a la entrada y abrí  yo mismo la puerta antes de que de nuevo la martilleara con sus grandes manazas. Comprobé que era efectivamente mi amigo.

—¡Chico! ¡Menudos golpes! ¡Controla esa fuerza! Cualquier día de estos nos echas abajo la puerta —exclamé entre divertido e indignado.

—¡Perdona! Es que no mido bien  y es que…

—¡No me digas más! —le interrumpí—. Seguro que no has ido a dormir, ¿me equivoco?

Acerté. Llegaba con los ojos rojos, del que no ha echado ni una cabezadita en toda la noche, pero sí me parecía que estaba bastante sobrio, y más teniendo en cuenta cómo lo dejé la tarde anterior.

—¿Y el resto? ¿Dónde están los otros?

—Quedamos en que yo te vendría a buscar y que nos encontraríamos todos en la puerta de los Elfos, dónde habéis quedado con el maestro Glûn.

—¿Pero cómo pueden tener una cara tan dura? Te lo dijeron para no tener que echarse encima la carga, ¿no? Bueno. Será hasta que nos reunamos. Luego cada uno debe llevar su parte del equipaje, porque si no se quedará allí mismo. No. Tú no llevas la parte de nadie. Cada cual debe hacerse responsable de lo suyo.

—Me parece bien —musitó Dáin.

—¿Has desayunado algo? —le pregunté.

—No. Y la verdad, ¡tengo hambre!

—Ven. Sígueme. Pero no te atiborres que tenemos que hacer un largo trecho hoy.

Asintió sin decir nada y me siguió hasta la cocina. Llegamos y estaba la mesa preparada para cinco comensales. Mi tío estaba hablando con mi tía y Duzila y al vernos llegar preguntó:

—¿Y el resto de la Compañía?

—¡Parece ser que prefieren quedarse en casa, apurando, antes que venir y echar una mano para llevar los bártulos! —respondí malhumorado—. Sólo ha podido venir Dáin.

—Sí. Ya veo y ya he escuchado, ya. No te preocupes Grór. Cálmate. Seguro que estarán allí. Ahora comed algo y cuando termines ven a mi despacho.

Salió de la cocina y mi tía y Duzila siguieron hablando sobre qué comprarían en el mercado. Mientras comíamos en silencio, escuche pasos que se acercaban. Era mi prima Beris. Todos en la casa estaban bien despiertos. Estaba visto que tendría que aligerar con las despedidas si no quería llegar tarde. Entró y se fue directa a uno de los mármoles y cogió una galleta.

—¡Ah! ¡Estáis aún aquí! Pensaba que ya habríais marchado. Bueno, mejor. Así me puedo despedir de vosotros —dijo mientras mordisqueaba el dulce.

—Ya nos vamos —dije a la vez que me alzaba, terminando mi última rebanada—. ¿Vamos Dáin?

—¿No tienes que hablar con tu tío?

—Sí. ¿Me esperas aquí?

—¡Con mucho gusto! —respondió no sé si por poder seguir desayunando o por quedarse con mi prima, o ¡por la dos cosas a la vez!

Salí de la cocina para dirigirme al despacho de mi tío y escuché como Beris le decía a mi amigo:

—¡Cuídamelo mi buen Dáin! ·Es un tonto de remate, bastante patoso además, pero lo quiero mucho, como lo que es, como a un hermano.

—¡Descuida! Te lo devolveré sano y salvo. Por cierto, de los otros dos, que seguro pones en lista ¿por quién tengo que velar? ¿En qué orden? —dijo entre grandes risas el grandullón.

—¡Pero bueno! ¿Qué preguntas haces? No sabes que eso….

Mi prima bajó la voz y entre las carcajadas de Dáin y los cachetes que ésta le daba en las poderosas espaldas no puede escuchar cómo continuaba la conversación. No pude escuchar por esto y porque ya había llegado hasta el despacho de mi tío. Llamé a la puerta y entré. Estaba esperándome fumando en su pipa y sobre la mesa estaba el estuche de madera que protegía la espada. Dejó la pipa en la mesa y levantó con delicadeza la caja. La abrió despacio y me mostró el fruto de nuestro trabajo diciéndome:

—¡Hijo mío! Te confío esta espada para el señor Elendur. Espero que la puedas llevar a su próximo dueño y con la ayuda de tus amigos el viaje sea, además, de lo más placentero.

Me tendió la caja cerrándola y me dio la bolsa de cuero en la que iba ir metida ésta. Una bolsa que, me daba la impresión, debía ser impermeable y que se podía colocar en la espalda terciada para llevar el objeto más cómodamente. Frenrir debió de ver mi cara contrariada al meter el arma en la bolsa y en seguida me pregunto:

—¿Algún problema?

—No, tío no. Sólo es que tenía previsto llevar mi escudo y estaba pensando cómo llevar la bolsa, ¡eso es todo!

—¡Ah! Bueno. Es tu MISIÓN. Y TÚ DECIDES cómo debes partir. Pero si quieres mi consejo y viendo que llevas tu armadura de cuero reforzado y siendo tiempos bastante tranquilos, quizás no tengas que llevar todo tu armamento, pero claro eso es cosa tuya.

—¡Quizás tengas razón!

—Muy bien. Aunque también es cierto que como no vas a llevar escudo, creo que si las cosas se ponen feas, si deberías llevar esto —dice mientras se gira para coger su hacha de combate, que acto seguido me entrega.

—¡Tío! Esto… No. No puedo aceptarla. Es tu arma. Tú no te puedes separar de “Dolor de Trasgo”. La has llevado siempre y según me dices ¡lleva siglos en nuestra familia! —exclamé.

—¡Es tuya! ¡Te la doy! Eso sí úsala bien. Es un arma maravillosa, ¿ves? Casi no pesa. Y tiene algunas características especiales. Si dices en alto “Dolor….

—¡”Dolor de Trasgo”! La hoja se ilumina y ¡pobre del trasgo que ose ponerse delante! Realmente le produce gran dolor —acabé la frase sin querer dar más detalles—. Me abrumas tío. Es un gran presente. Un arma de alguien que ya se ha labrado gloria y honor. No de un, de un… De un imberbe como yo.

—¡No digas más sandeces! Es un arma realmente magnífica. Hecha con la sabiduría de antaño y de ahora en adelante es tuya. Yo ya no la necesito. Mi tiempo se acorta y creo que poco saldré ya de Zirak-Dûm y, además, dados los momentos pacíficos que corren, no creo que nadie se atreva a atacarnos. Y por último en esta casa si necesitamos defendernos, no te preocupes que por armas no será. ¡Y no se hable más! —sentenció.

—Gracias. No sé más que decir.

—No tienes que decir nada más. Colócala en el cinto y sal ya de una maldita vez. Al final llagaréis tarde al encuentro con el maestro Glûn. Perfecto, así. Que quede en equilibrio para que no te impida caminar o correr y que sea fácil de soltar. ¡A ver! ¡Oh Grór! Estás soberbio. ¡¡Tus padres estarían tan orgullosos como yo!! Anda. Marcha. Recoged vuestros paquetes, que estoy harto de verlos en el vestíbulo y llévate a ese gigante amigo tuyo antes de que nos destroce algo.

—¡Hasta la vista tío!

—¡Que Mahal te guarde!

Salí de la habitación y llamé a Daín. Éste, seguido de mi prima y mi tía, vino hasta le vestíbulo. Allí lo estaba esperando yo y nada más entrar en él empezamos a recoger las bolsas con todos los enseres que nos llevaríamos. También había comida en otros paquetes lo más herméticos posible. Entre los dos nos cargamos con todo y cuando ya íbamos a salir. Me abracé a mi prima y a mi tía. Ésta antes de retirarse me entregó una bolsa más pequeña en la que pude apreciar por el tacto que había una buena cantidad de monedas.

—Tía Beru. Nosotros….

—¡Llévatelas! Necesitas dinero como líder de la expedición. Ellos te acompañan. No puedes dejar que paguen —zanjó con gran sentido mi tía.

Me abracé a Ducila y a Rognar y me despedí de todos con un ¡hasta pronto! Y salimos de casa. Dejé mi hogar con un nudo en el estómago. Era el resultado de la lucha de dos sentimientos que tenía en mi interior: una gran excitación por poder viajar, mezclado con la responsabilidad por hacer el encargo y no defraudar a mi tío.  

Nos dirigimos hacia la puerta que lleva a los Puertos Grises y calculé que aún no eran las 7 de la mañana, así que íbamos bien después de todo.  Justo en la placita que hay antes de llegar a la puerta vimos un grupo de hermanos enanos preparados para partir. ¡Llevaban unos equipajes enormes! Debían de llevar pertenencias y mercancías acumuladas durante mucho tiempo en esas enormes mochilas. Había algunas que abultaban más que alguno de los más bajos de nuestros congéneres que esperaban la orden de partida. En un extremo de la plaza, en un banco, separados del otro contingente, vimos a Frálin y Náin, sentados, y a Furin de pie enfrente de los otros. No se dieron cuenta de que llegábamos hasta que estuvimos casi a su lado. Una vez allí, y después de un saludo rápido a los tres, dejé a Dáin con ellos y me acerqué a ver al maestro Glûn. Él se me acercó también, nos estrechamos la mano y dijo:

—Habéis llegado a tiempo. ¡Perfecto! Partimos ya. ¡Por cierto! Ayer por la mañana me dijiste que pasarías más tarde para verme y hablar de muchas cosas que querías preguntarme, ¿qué te pasó? Estuve esperando.

—¡Disculpadme mi señor Glûn! Esa era mi intención, pero entre las obligaciones familiares y las de esa camarilla que tengo por amigos no tuve un momento para poder buscaros. Después pensé que cómo íbamos a hacer mucho trecho juntos creí que habría tiempo para mis muchas preguntas. Y, además, no quería cansaros con mi curiosidad antes de emprender el viaje, no fuese que después no quisierais que os acompañásemos —expliqué.  

—Bien, bien. Pues cuando quieras preguntar, hazlo. Si no tengo ganas de contestar o lo que cuestionas es impertinente ya te lo haré saber, no te preocupes. Así que si todos tus compañeros están preparados para salir os podéis unir a nosotros. Yo voy  a dar orden de iniciar la marcha ya.

Nos separamos y a una orden suya, la trentena de fornidos compañeros, recogen todas sus pertenencias y se colocan en una doble fila con una rapidez inaudita. Nosotros no lo hacemos tan rápido, a pesar de llevar menos bultos que ellos, pero nos da tiempo a colocarnos al final del grupo antes de que salgan. Estoy muy nervioso pero feliz. Mis amigos, sin darme cuenta, se han dispuesto también en dos filas: Frálin al lado de Dáin y detrás Náin y su primo Furin. A mí me han hecho gestos, entre risas, para que me ponga delante de ellos, como líder de nuestra Compañía, esto último lo ha dicho Náin con bastante sorna, lo que hace que todos riamos con ganas. Me iba a girar para decirles algo ocurrente, cuando veo cómo la columna comienza a caminar a muy buen paso.

Les seguimos por las calles que dan a la Puerta de Los Puertos Grises, la de los Elfos, como la llaman algunos, y veo cómo salen mucha gente para despedirlos. En seguida llegamos a la puerta y veo que en ella está el mismísimo Guardián del Tesoro, el príncipe Thorin  Escudo de Roble.

Nos demoramos un poco en esta ceremonia de despedida en la que Glûn, solemnemente entrega las Llaves de las Estancias. Las llaves de las construcciones que han hecho durante todos estos años. Thorin, le entrega a su vez un documento y le da un abrazo. Después nos dice:

—¡Queridos hermanos! ¡Gracias! Gracias por vuestra dedicación, por vuestro esfuerzo y por vuestro talento. Os doy las gracias porque por fin nuestro señor Thráin tiene los salones que se merece. ¡Id en paz y que Mahal os acompañe!

—¡Salve Thorin!

—¡Salve Thorin!

—¡Salve Thorin!

Grita Glûn y acto seguido nos unimos todos a sus gritos, mientras caminamos fuera de Zirak-Dûm, unos hacia las lejanas Colinas de Hierro y otros hacia el reino de Gondor.

Queridos míos. Creo que por hoy ha sido suficiente. Mañana por la noche, si queréis, venid de nuevo a mi morada y os seguiré contando un pedacito más de mi historia.

¡Gracias por acompañarme!

No hay comentarios:

Publicar un comentario