Aquí estamos de nuevo para seguir con
el relato. ¿Han sido de vuestro agrado las viandas que os he preparado? ¡Me
alegro! Comida y bebida de la mejor calidad, ¿no es así? Tengo a bien declararme
como un buen gourmet, ¿esa es la palabra correcta maese? Desde la llegada de
este extraño amigo no dejo de aprender nuevos términos, como éste. Dice mi amanuense
que allí de dónde él procede a quien es amante de la buena cocina y del buen
beber, se le da en llamar de esta forma. Como me identifico perfectamente con
esos placeres, creo que se me puede clasificar de esa forma y, además, es una denominación
que me agrada, ¡sí señor!
¡Realmente me gusta andarme por las
ramas! Soy incorregible. En fin, suerte que me he dado cuenta, ¿verdad? Bien,
volvamos al relato. Allá voy:
Desperté muy temprano, veía despuntar
las luces del alba a través de mi ventana. Pude dormir sin problemas, pero fue
abrir los ojos y un impulso fuertísimo me hizo levantar del lecho. Me aseé y
vestí en seguida con mis ropas de viaje y mi armadura con refuerzos de cuero
endurecido. Salí de mi habitación y escuché ruidos en la cocina. Antes de
llegar a ella, escuché un gran aldabonazo que retumbó por toda la casa, haciéndome
pensar que era el mismísimo Mahal el que había aporreado la puerta y que mis
familiares y, aún los vecinos del otro lado de la calle, se habrían despertado
con los tremendos golpes. Seguro que es Dáin, pensé. Rápidamente me dirigí a la
entrada y abrí yo mismo la puerta antes
de que de nuevo la martilleara con sus grandes manazas. Comprobé que era
efectivamente mi amigo.
—¡Chico!
¡Menudos golpes! ¡Controla esa fuerza! Cualquier día de estos nos echas abajo
la puerta —exclamé entre divertido e indignado.
—¡Perdona!
Es que no mido bien y es que…
—¡No
me digas más! —le interrumpí—. Seguro que no has ido a dormir, ¿me equivoco?
Acerté. Llegaba con los ojos rojos, del
que no ha echado ni una cabezadita en toda la noche, pero sí me parecía que
estaba bastante sobrio, y más teniendo en cuenta cómo lo dejé la tarde
anterior.
—¿Y
el resto? ¿Dónde están los otros?
—Quedamos
en que yo te vendría a buscar y que nos encontraríamos todos en la puerta de
los Elfos, dónde habéis quedado con el maestro Glûn.
—¿Pero
cómo pueden tener una cara tan dura? Te lo dijeron para no tener que echarse
encima la carga, ¿no? Bueno. Será hasta que nos reunamos. Luego cada uno debe
llevar su parte del equipaje, porque si no se quedará allí mismo. No. Tú no
llevas la parte de nadie. Cada cual debe hacerse responsable de lo suyo.
—Me
parece bien —musitó Dáin.
—¿Has
desayunado algo? —le pregunté.
—No.
Y la verdad, ¡tengo hambre!
—Ven.
Sígueme. Pero no te atiborres que tenemos que hacer un largo trecho hoy.
Asintió
sin decir nada y me siguió hasta la cocina. Llegamos y estaba la mesa preparada
para cinco comensales. Mi tío estaba hablando con mi tía y Duzila y al vernos
llegar preguntó:
—¿Y
el resto de la Compañía?
—¡Parece
ser que prefieren quedarse en casa, apurando, antes que venir y echar una mano
para llevar los bártulos! —respondí malhumorado—. Sólo ha podido venir Dáin.
—Sí.
Ya veo y ya he escuchado, ya. No te preocupes Grór. Cálmate. Seguro que estarán
allí. Ahora comed algo y cuando termines ven a mi despacho.
Salió
de la cocina y mi tía y Duzila siguieron hablando sobre qué comprarían en el
mercado. Mientras comíamos en silencio, escuche pasos que se acercaban. Era mi
prima Beris. Todos en la casa estaban bien despiertos. Estaba visto que tendría
que aligerar con las despedidas si no quería llegar tarde. Entró y se fue
directa a uno de los mármoles y cogió una galleta.
—¡Ah!
¡Estáis aún aquí! Pensaba que ya habríais marchado. Bueno, mejor. Así me puedo
despedir de vosotros —dijo mientras mordisqueaba el dulce.
—Ya
nos vamos —dije a la vez que me alzaba, terminando mi última rebanada—. ¿Vamos
Dáin?
—¿No
tienes que hablar con tu tío?
—Sí.
¿Me esperas aquí?
—¡Con
mucho gusto! —respondió no sé si por poder seguir desayunando o por quedarse
con mi prima, o ¡por la dos cosas a la vez!
Salí
de la cocina para dirigirme al despacho de mi tío y escuché como Beris le decía
a mi amigo:
—¡Cuídamelo
mi buen Dáin! ·Es un tonto de remate, bastante patoso además, pero lo quiero
mucho, como lo que es, como a un hermano.
—¡Descuida! Te lo devolveré sano y salvo. Por
cierto, de los otros dos, que seguro pones en lista ¿por quién tengo que velar?
¿En qué orden? —dijo entre grandes risas el grandullón.
—¡Pero bueno! ¿Qué preguntas haces? No sabes
que eso….
Mi
prima bajó la voz y entre las carcajadas de Dáin y los cachetes que ésta le
daba en las poderosas espaldas no puede escuchar cómo continuaba la
conversación. No pude escuchar por esto y porque ya había llegado hasta el
despacho de mi tío. Llamé a la puerta y entré. Estaba esperándome fumando en su
pipa y sobre la mesa estaba el estuche de madera que protegía la espada. Dejó
la pipa en la mesa y levantó con delicadeza la caja. La abrió despacio y me
mostró el fruto de nuestro trabajo diciéndome:
—¡Hijo
mío! Te confío esta espada para el señor Elendur. Espero que la puedas llevar a
su próximo dueño y con la ayuda de tus amigos el viaje sea, además, de lo más
placentero.
Me
tendió la caja cerrándola y me dio la bolsa de cuero en la que iba ir metida
ésta. Una bolsa que, me daba la impresión, debía ser impermeable y que se podía
colocar en la espalda terciada para llevar el objeto más cómodamente. Frenrir debió
de ver mi cara contrariada al meter el arma en la bolsa y en seguida me
pregunto:
—¿Algún
problema?
—No,
tío no. Sólo es que tenía previsto llevar mi escudo y estaba pensando cómo
llevar la bolsa, ¡eso es todo!
—¡Ah! Bueno. Es tu MISIÓN. Y TÚ DECIDES cómo
debes partir. Pero si quieres mi consejo y viendo que llevas tu armadura de
cuero reforzado y siendo tiempos bastante tranquilos, quizás no tengas que
llevar todo tu armamento, pero claro eso es cosa tuya.
—¡Quizás
tengas razón!
—Muy
bien. Aunque también es cierto que como no vas a llevar escudo, creo que si las
cosas se ponen feas, si deberías llevar esto —dice mientras se gira para coger
su hacha de combate, que acto seguido me entrega.
—¡Tío!
Esto… No. No puedo aceptarla. Es tu arma. Tú no te puedes separar de “Dolor de
Trasgo”. La has llevado siempre y según me dices ¡lleva siglos en nuestra
familia! —exclamé.
—¡Es
tuya! ¡Te la doy! Eso sí úsala bien. Es un arma maravillosa, ¿ves? Casi no
pesa. Y tiene algunas características especiales. Si dices en alto “Dolor….
—¡”Dolor de Trasgo”! La hoja se ilumina y
¡pobre del trasgo que ose ponerse delante! Realmente le produce gran dolor —acabé
la frase sin querer dar más detalles—. Me abrumas tío. Es un gran presente. Un
arma de alguien que ya se ha labrado gloria y honor. No de un, de un… De un
imberbe como yo.
—¡No
digas más sandeces! Es un arma realmente magnífica. Hecha con la sabiduría de
antaño y de ahora en adelante es tuya. Yo ya no la necesito. Mi tiempo se
acorta y creo que poco saldré ya de Zirak-Dûm y, además, dados los momentos
pacíficos que corren, no creo que nadie se atreva a atacarnos. Y por último en
esta casa si necesitamos defendernos, no te preocupes que por armas no será. ¡Y
no se hable más! —sentenció.
—Gracias.
No sé más que decir.
—No
tienes que decir nada más. Colócala en el cinto y sal ya de una maldita vez. Al
final llagaréis tarde al encuentro con el maestro Glûn. Perfecto, así. Que
quede en equilibrio para que no te impida caminar o correr y que sea fácil de
soltar. ¡A ver! ¡Oh Grór! Estás soberbio. ¡¡Tus padres estarían tan orgullosos
como yo!! Anda. Marcha. Recoged vuestros paquetes, que estoy harto de verlos en
el vestíbulo y llévate a ese gigante amigo tuyo antes de que nos destroce algo.
—¡Hasta
la vista tío!
—¡Que
Mahal te guarde!
Salí
de la habitación y llamé a Daín. Éste, seguido de mi prima y mi tía, vino hasta
le vestíbulo. Allí lo estaba esperando yo y nada más entrar en él empezamos a
recoger las bolsas con todos los enseres que nos llevaríamos. También había
comida en otros paquetes lo más herméticos posible. Entre los dos nos cargamos
con todo y cuando ya íbamos a salir. Me abracé a mi prima y a mi tía. Ésta antes
de retirarse me entregó una bolsa más pequeña en la que pude apreciar por el
tacto que había una buena cantidad de monedas.
—Tía
Beru. Nosotros….
—¡Llévatelas!
Necesitas dinero como líder de la expedición. Ellos te acompañan. No puedes
dejar que paguen —zanjó con gran sentido mi tía.
Me
abracé a Ducila y a Rognar y me despedí de todos con un ¡hasta pronto! Y salimos
de casa. Dejé mi hogar con un nudo en el estómago. Era el resultado de la lucha
de dos sentimientos que tenía en mi interior: una gran excitación por poder
viajar, mezclado con la responsabilidad por hacer el encargo y no defraudar a
mi tío.
Nos
dirigimos hacia la puerta que lleva a los Puertos Grises y calculé que aún no
eran las 7 de la mañana, así que íbamos bien después de todo. Justo en la placita que hay antes de llegar a
la puerta vimos un grupo de hermanos enanos preparados para partir. ¡Llevaban
unos equipajes enormes! Debían de llevar pertenencias y mercancías acumuladas
durante mucho tiempo en esas enormes mochilas. Había algunas que abultaban más
que alguno de los más bajos de nuestros congéneres que esperaban la orden de
partida. En un extremo de la plaza, en un banco, separados del otro contingente,
vimos a Frálin y Náin, sentados, y a Furin de pie enfrente de los otros. No se
dieron cuenta de que llegábamos hasta que estuvimos casi a su lado. Una vez
allí, y después de un saludo rápido a los tres, dejé a Dáin con ellos y me
acerqué a ver al maestro Glûn. Él se me acercó también, nos estrechamos la mano
y dijo:
—Habéis
llegado a tiempo. ¡Perfecto! Partimos ya. ¡Por cierto! Ayer por la mañana me
dijiste que pasarías más tarde para verme y hablar de muchas cosas que querías
preguntarme, ¿qué te pasó? Estuve esperando.
—¡Disculpadme
mi señor Glûn! Esa era mi intención, pero entre las obligaciones familiares y
las de esa camarilla que tengo por amigos no tuve un momento para poder
buscaros. Después pensé que cómo íbamos a hacer mucho trecho juntos creí que
habría tiempo para mis muchas preguntas. Y, además, no quería cansaros con mi
curiosidad antes de emprender el viaje, no fuese que después no quisierais que
os acompañásemos —expliqué.
—Bien,
bien. Pues cuando quieras preguntar, hazlo. Si no tengo ganas de contestar o lo
que cuestionas es impertinente ya te lo haré saber, no te preocupes. Así que si
todos tus compañeros están preparados para salir os podéis unir a nosotros. Yo
voy a dar orden de iniciar la marcha ya.
Nos
separamos y a una orden suya, la trentena de fornidos compañeros, recogen todas
sus pertenencias y se colocan en una doble fila con una rapidez inaudita. Nosotros
no lo hacemos tan rápido, a pesar de llevar menos bultos que ellos, pero nos da
tiempo a colocarnos al final del grupo antes de que salgan. Estoy muy nervioso
pero feliz. Mis amigos, sin darme cuenta, se han dispuesto también en dos filas:
Frálin al lado de Dáin y detrás Náin y su primo Furin. A mí me han hecho gestos,
entre risas, para que me ponga delante de ellos, como líder de nuestra
Compañía, esto último lo ha dicho Náin con bastante sorna, lo que hace que
todos riamos con ganas. Me iba a girar para decirles algo ocurrente, cuando veo
cómo la columna comienza a caminar a muy buen paso.
Les
seguimos por las calles que dan a la Puerta de Los Puertos Grises, la de los
Elfos, como la llaman algunos, y veo cómo salen mucha gente para despedirlos. En
seguida llegamos a la puerta y veo que en ella está el mismísimo Guardián del
Tesoro, el príncipe Thorin Escudo de
Roble.
Nos
demoramos un poco en esta ceremonia de despedida en la que Glûn, solemnemente
entrega las Llaves de las Estancias. Las llaves de las construcciones que han
hecho durante todos estos años. Thorin, le entrega a su vez un documento y le
da un abrazo. Después nos dice:
—¡Queridos
hermanos! ¡Gracias! Gracias por vuestra dedicación, por vuestro esfuerzo y por
vuestro talento. Os doy las gracias porque por fin nuestro señor Thráin tiene
los salones que se merece. ¡Id en paz y que Mahal os acompañe!
—¡Salve
Thorin!
—¡Salve
Thorin!
—¡Salve
Thorin!
Grita
Glûn y acto seguido nos unimos todos a sus gritos, mientras caminamos fuera de
Zirak-Dûm, unos hacia las lejanas Colinas de Hierro y otros hacia el reino de
Gondor.
Queridos
míos. Creo que por hoy ha sido suficiente. Mañana por la noche, si queréis,
venid de nuevo a mi morada y os seguiré contando un pedacito más de mi
historia.
¡Gracias
por acompañarme!
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