martes, 20 de agosto de 2013

El Día de Mahal XI.



De nuevo nos encontramos ante vosotros mis muy queridos amigos. Hoy estoy de buen humor, la verdad no sé por qué. Supongo que el semblante de maese Marce me contagia. Él está de lo más animado, ¿no es cierto? Si queréis saber por qué lo está, preguntad, preguntad sin miedo, seguro que os lo dice. No tiene secretos para vosotros.

Aunque ¡lo primero es lo primero! Debo seguir con mi relato antes de que preguntéis y de que maese Marce pueda responder. Para eso habéis venido de nuevo hasta mi morada, mis buenas gentes ¿digo bien?

Pues sin más perorata sigo con mi historia:

Dejé a mis compinches esperando a que empezase la prueba de lanzamiento de hachas y mis pasos se encaminaron en el sentido contrario a la mayoría de la gente con la que me cruzaba, lo que no me importó en absoluto. Sin darme cuenta llegué hasta el lugar que había estado al mediodía escuchando al trovador dunadan y quiso la Fortuna que en el mismo momento que yo pasaba, él volvía a subir al estrado. No había tanto público como unas horas antes, lo que me facilitó encontrar un buen lugar para escuchar su declamación. Si que aprecié que una vez que vieron que se disponía a contar una de sus historias, algunos de los parroquianos se acercaron, con lo que me congratulé de haber llegado en el momento preciso. En seguida las voces, se convirtieron en murmullos y la del cantor se alzó por encima de todo:

—¡Damas y caballeros! De nuevo Maglor de Minas Tirith con ustedes para seguir el relato de “La Doncella de las Estrellas” —se inclinó ante su público que empezó a corear su nombre. Después de un par de minutos de parsimoniosa puesta en escena sin impedir que los clientes dejaran de aclamarlo, retomó su relato:

<<Una vez eliminado el dragón y haber conseguido poner en fuga a la mayor parte del ejército enemigo “La Compañía de los Desesperados” creció en efectivos porque una gran parte de los cautivos que acababan de liberar prefirió unirse a ellos antes que volver a sus casas, seguramente destruidas.

Decidieron, entonces, buscar un sitio alejado del lugar del combate, por seguridad y para poder dar descanso a los heridos. Desde allí enviarían a exploradores para tener noticias del reino de Doriath. Se desplazaron hacia el Este un par de jornadas, hasta encontrar una elevación del terreno que les diera una mejor protección si eran encontrados por nuevos enemigos.  Construyeron unas estructuras encima de los árboles más altos que les sirvieron de refugio y hogar durante un tiempo.

Al poco de instalarse, Glaerin con un grupo de los más avezados exploradores, consiguieron llegar hasta la ciudad de Menegroth y al volver contaron lo allí ocurrido, el por qué se había deshecho la Cintura de Melian. Los enviados supieron por boca de Mablung que el rey Thingol había sido asesinado por los artífices enanos de Nogrod a los que el soberano había encargado que engarzaran el Silmaril al famoso Nauglamir, collar de maravillosa belleza que había llegado a las manos del soberano. Los naugrim no quisieron entregar el trabajo hecho, se lo quedaron para sí, mataron al rey y huyeron ante la desdicha del pueblo de los elfos grises. Éstos, enfurecidos, los persiguieron y en venganza los mataron y recuperaron el collar. Este fue entregado a Melian, pero la maia, sin su adorado esposo, rehusó tenerlo y emprendió viaje a Valinor para nunca regresar.

Así Mablung, el fiel servidor, actuó de regente hasta que volviesen Beren y Luthien o el hijo de éstos a hacerse cargo de Doriath.

Estas fueron las noticias que dieron Glaerin y sus hombres al conjunto de la compañía, lo que les llenó de una inmensa tristeza, puesto que veían con claridad cómo el mal se cierne incluso entre los aliados, tales son los designios del Enemigo. 

Por otro lado pensaron que una vez se restableciera el gobierno en Doriath, podrían pedir que los dejaran quedarse en estas tierras si a los herederos de Thingol y Melian les parecía bien. Esto opinaba la mayor parte de la compañía, cansados de vagar por la espesura y con ganas de establecerse en un lugar, entre amigos. Pero no era el pensamiento de todos. Un grupo más reducido, encabezado por el propio Glaerin y por Eledhwen, creían que lo mejor sería lo antes posible marchar lo más al sur que se pudiera. No creían que Doriath pudiera ser un refugio duradero ante el poderío de Melkor, y más sin el poder protector de la semidiosa.

Como no querían enemistarse, decidieron que mientras los heridos no se recuperaran se quedarían y después acabarían de decidir si el refugio se convertiría en definitivo o bien partirían hacia el sur. Además, así esperaban pasar mejor el invierno de este aciago año.

Con todo ello se establecieron en este lugar y desde ese momento se convirtieron en los guardianes de esa parte del Bosque de Region. Y tuvieron que emplearse a fondo en la defensa porque las incursiones de hordas de orcos se hicieron cada vez más numerosas y por ello la elfa ganó el sobrenombre que entre el enemigo iba de boca en boca: “Nimgurth”, Muerte Blanca, la llamaron, porque era para ellos como una terrible aparición que les daba muerte sin esperar cuartel a cambio. Así, con tan sólo 20 años, Eledhwen ya había participado en muchos hechos de guerra con el mayor arrojo, cual veterana capitana.

Y pasó todo un año en el lugar que habían elegido como refugio y en este tiempo todos los heridos habían recuperado fuerzas y quizá era el momento de decidir si continuaban su periplo hacia el sur o por fin se quedaban en estas tierras. En otoño se procedió a formar consejo y en ese círculo todos tuvieron voz y voto y después de intensos debates, la mayoría de la Compañía de los Desesperados decidió quedarse, pese al consejo contrarío de Glaerín y Eledhwen. Éstos, junto a unas decenas de elfos noldorin más jóvenes, creían que debían salir lo antes posible de estas tierras. Y las posiciones fueron tan cerradas que al final se llegó al siguiente compromiso: los que quisieran marchar podían hacerlo, nadie lo impediría, puesto que no había una voluntad que se impusiera a nadie, pero el grupo mayor se quedaría en estas tierras y unos representantes irían a encomendarse a Dior Eluchíl, el nuevo señor de Doriath que estaba reorganizando el reino. Ante esta disposición todos estuvieron de acuerdo.

Así decidieron enviar una embajada al nuevo rey en la primavera siguiente para pedirle el poder instalarse definitivamente en Doriath. Glaerin y Eledhwen pidieron que a pesar de ser los que más abogaban por marchar, les dejaran participar de esta comitiva como último servicio a la compañía. Fueron admitidos con grandes demostraciones de afecto en ella.

En la primavera de 505 PE la comitiva partió contenta hacia Menegroth para encomendarse al rey. Cada día de camino era más bonito que el anterior, tal era el despertar del bosque después del crudo invierno. Y se demoraron por amor a las plantas y a los árboles que jalonaban el camino hacia la ciudad de las mil cavernas.

Entrado el verano llegaron a las estancias de Dior y el asombro fue la primera sensación que embargó a Eledhwen nada más ver la colina dónde se asentaba la ciudad, pues ella nunca había visto nada semejante en su corta vida. Era ésta una montaña que se veía horadada con perfectas balconadas y terrazas ricamente labradas en la dura roca. En ellas crecían árboles y plantas de los más maravillosos colores y con los aromas más embriagadores. A la entrada a la villa se llegaba después de atravesar el caudaloso río Esgalduín a través de un poderoso puente guarnecido por una guardia de elfos sindar ante los cuales la comitiva se sintió algo avergonzada, tal era el poderío de vestidos, armas y armaduras de éstos. De todas formas fueron recibidos con muestras de aprecio por el capitán y los hicieron pasar y fueron alojados con todos los honores como parientes y aliados.

Durante la espera para ser recibidos por el rey pudieron admirar la belleza que atesoraba la ciudad. Vieron las estancias subterráneas sin ninguna prohibición, salvo los aposentos del propio rey, conducidos por Árastor, un elfo gris de elevada estatura y rango que se convirtió en su cicerone.

Unos días después de la llegada a la ciudad, en uno de los paseos alabando la belleza de la villa, Glaerin y Eledhwen se hacían acompañar sólo por Árastor, y el primero preguntó por Mablung, el regente que lo había atendido con gran amabilidad casi un par de años antes, a pesar de la pena que le atenazaba el corazón por la muerte del rey Thingol. La noticia que les dio sobre él y lo que había pasado en la villa en este tiempo, los llenó de pesar. El regente había sido asesinado y con él muchos otros buenos elfos por una gran tropa de enanos venidos de Nogrod para vengar la muerte de sus artífices. Además de matar a tantos hermanos, habían reventado la cámara del tesoro y se lo llevaron como botín de guerra hacia su propia ciudad. Entre todas las maravillas que robaron estaba la primera, el Nauglamír, la joya venerada.

Árastor, siguió explicando los trágicos sucesos. Después del saqueo de la ciudad, los elfos se reorganizaron y comandados por Beren y por Dior alcanzaron al ejército enano y los aplastaron, matándolos a todos y recuperando el propio Beren el magnífico collar de manos del señor de Nogrod, muerto a sus pies. Así los supervivientes de los elfos se dirigieron de nuevo a la ciudad y Dior se convirtió en el nuevo señor y comenzaron los trabajos de reconstrucción. Se reunieron con él su esposa Nimloth y sus hijos Eluréd, Elurín y Elwing, todos de corta edad. 

A finales de año, según siguió explicándoles, un elfo Silvano venido de Tol Galen, entregó a Dior un labrado estuche de madera de parte de sus señores padres Beren y Luthien. En él iba el Nauglamir, maravilla entre maravillas. Y en ese momento el nuevo soberano supo que sus parientes habían muerto y ya no seguían en este Mundo. Tomó posesión de su heredad sabiendo que ello le daría más poder y conseguiría refundar Doriath, ligándose, no obstante, al Mal Hado del Silmaríl. Se aceleraron los trabajos de reparación y se recuperó una pequeña parte del tesoro robado por la tropa enana. El resto siguió perdido en el río Ascar. Y la ciudad empezó a prosperar y muchos huidos volvieron a las estancias y durante todo el año anterior la mejoría fue palpable Y Dior, en todo su  esplendor se mostraba con la joya y era el ser más bello de la tierra y muchos venían hacia la ciudad atraídos por su égida.
Árastor, finalizó sus explicaciones sobre lo ocurrido en los casi dos años que Glaerín hacía que no visitaba la ciudad.

Eledhwen, advirtió un gesto de pesadumbre en el narrador, justo en el momento de acabar su relato, como queriendo explicar algo, con la duda de si debía de hacerlo o no. Así ésta se adelantó y le preguntó:

—¿Qué os aflige mi buen Arastor? ¿Podemos ayudaros en algo estos pobres enviados?

—Mi señora un grave contratiempo se cierne sobre Doriath y pocos son los que prestan oídos a mis advertencias y soy tildado de ave de mal agüero.

—Explicaos y por poco que podamos contribuiremos a ayudaros en lo que nos pidáis, tal ha sido vuestra amabilidad —dijo en este momento Glaerin.

—El motivo de mi desazón es el del orgullo del rey y de la mayoría de nuestro pueblo…

—¡El Nauglamir! —exclamó la elfa interrumpiendo a su interlocutor. Éste siguió su explicación después de una breve pausa.

—¡Sí mi señora! ¡El Nauglamír, con el Silmaril engarzado es el artefacto de mayor poder que haya conocido y que conoceré jamás! Le da al rey, si cabe, aún más prestancia y como digo a todos nos hincha el corazón de orgullo por estar bajo su dominio. Pero… Es un objeto sobre el que pesa un mal Hado.

—¿Son ciertas las afirmaciones que dicen que está Maldito? —quiso saber Glaerín.

—Yo no sabría decir si está o no maldito —dijo Árastor bajando la voz—. Lo que sí sé es que ante su sola presencia siento la necesidad de tenerlo. Y veo en otros ese oscuro deseo y no me gusta, no. No me gusta nada.

—Quizá sea la belleza del objeto que os aturde, ¿no?

—No mi señora, no. Es algo peor, más siniestro, como si despertara algo oscuro en mi interior. Por ello procuro no estar cerca de las estancias del rey. Así me ofrecí a haceros de guía en vuestra estancia. De todas formas vos misma y vos mi buen Glaerin, podréis en breve comprobar esto que siento y quizás me daréis la razón o veréis que cómo dicen otros soy un espíritu desazonado. Me han dicho que os trasmita que seréis recibidos mañana por el soberano.

—¡Por fin! —exclamó Eledhwen.

—Si no os soy de utilidad, me retiraré. Si necesitáis mis servicios en cualquier momento del resto del día mandadme llamar, no lo  dudéis ni un instante —dijo Árastor mientras se levantaba y salía de la habitación, dejando a los dos amigos sumidos en un mar de dudas.

—¿Será cierto? —preguntó Glaerin.

—Como mínimo el buen Árastor está de veras consternado. Lo he visto. Y siento que en verdad algo se cierne sobre estas paredes y sobre nosotros. Mejor no explicar al resto lo que nos ha contado a nosotros. Por lo menos hasta que podamos entrevistarnos con el rey, ¿no crees? —dijo la joven.

—Sí, mejor será. Por si acaso.

Se quedaron es sus aposentos un rato y después anunciaron al resto que serían recibidos por el rey al día siguiente.

Las horas pasaban lentamente para Eledhwen, después de tener la certeza del próximo encuentro con Dior, y poder comprobar los miedos de Árastor.

A lo largo de la noche ruidos en la ciudad hacen que despierten sobresaltados. Salen de sus aposentos e intentan saber qué ha pasado pero nadie puede darles razón del alboroto. Intentan encontrar a Árastor, pero no lo hallan. Después de esto Glaerin dice que no hay sentido de estar por los pasillos y el grupo vuelve a sus habitaciones.

Al alba Árastor viene a buscarlos. Los reúne y les dice que sintiéndolo mucho el rey no puede recibirlos. Ha habido varias nuevas en las últimas horas que hacen que la entrevista quede aplazada. La más alarmante ha sido el avistamiento de una gran fuerza enemiga arrasando Dimbar, en la frontera noroeste del reino. Si deciden seguir en dirección sur es probable que se deba salir al encuentro de ellos. De todas formas la Compañía tiene el permiso del soberano para instalarse en la zona siempre y cuando se comprometa a defender esa parte del territorio ante ataques del enemigo.

El grupo se queda contrariado y querrían saber si podrían ser recibidos en los próximos días, con la idea de que el acuerdo quede asegurado de boca del regente. Árastor no sabe cuánto deberán esperar puesto que los otros asuntos requieren la máxima atención de éste y de la corte. Pueden, no obstante, volver con el resto de la Compañía puesto que tienen el permiso de Dior, que es ley. Después de esto el enviado los deja.

Deciden esperar unos días por si hay oportunidad para tener la ansiada audiencia.

Pasa una semana y no ha sido posible el encuentro. Tampoco les han podido dar noticias de Árastor lo que les hace estar más impacientes y nerviosos. También son testigos de la organización de la defensa. Muchos elfos son convocados y llegan a la ciudad para marchar hacia el norte. Estas fuerzas no se demoran mucho y salen al cabo de 4 días en esa dirección. Entre estas fuerzas les dicen que ha de ir Árastor. Se demoran unos días más en la ciudad, pero finalmente deciden que algunos deben marchar de vuelta hasta el campamento. Sólo quedarán Glaerín y Eledhwen para certificar el acuerdo si es posible con el rey, si accede a verlos.

Esperan en una ciudad en tensión noticias sobre la expedición. Al cabo de casi un mes llega la hueste victoriosa. La gran horda ha sido prácticamente aniquilada con pocas bajas en las filas élficas, Hay regocijo en Menegroth, lo que llena a casi todos los corazones de sus habitantes del orgullo de la victoria. Y en ese momento se creen poderosos, tanto como para retar al Enemigo Negro y así muchos puños se alzan encarados hacia el norte jurando que pronto el poder de Doriath saldrá para erradicar el mal para siempre.

Eledhwen y Glaerin buscan a Árastor entre los recién llegados y nadie sabe si estaba entre los que han regresado de la batalla. En ese momento se alza el sonido de unas fanfarrias que anuncian la llegada del rey, de Dior Eluchíl hijo de Beren y Luthien, nieto de Thingol y Melian la Maia. En él confluyen la sangre de maiar, elfos y hombres y esa sagrada mezcla se ve potenciada por el Nauglamír, dándole una belleza sobrehumana. Es altísimo incluso para los elfos noldor y tenía los rasgos muy hermosos, los ojos azules intensísimos y el cabello largo y plateado. Todos los presentes alzan la mirada extasiados, incluso la pareja que ve por primera vez al soberano.

Durante unos segundos la elfa siente celos de la belleza del rey y ansía tener en su cuello el pesado collar con la gema bendita. Poco después ese ansia se convierte en deseo de tenerlo y se ve a sí misma avanzando entre la gente con ganas de arrebatarle el Don de Fëanor a ese elfo que se da en llamar rey. Cuando va a precipitarse para ir a por la preciada joya, mira alrededor y ve que los ojos que pueden aguantar la mirada, que son pocos, porque la mayoría los baja en señal de sumisión, tienen el mismo deseo, que claramente muestran: el de poseer la preciada joya. Y recuerda las palabras de Árastor, y despierta como de un hechizo. Se reúne con Glaerin que ha bajado la mirada abrumado por la excelsa presencia de Dior. Y conducidos por Eledhwen abandonan la plaza y regresan a sus estancias. Allí sienten que el Hado se hace cada vez más fuerte y que deben salir de la ciudad lo antes posible. Les piden a los sirvientes que se ocupan de ellos provisiones para poder regresar rápidamente con sus compañeros, sin necesidad de tener que procurarse ellos mismos el alimento.

Mientras esperan que les traigan los pertrechos otro elfo les visita. Es un compañero de armas de Árastor y viene a decirles que se ha perdido, que iba en la vanguardia del ejército que sirvió de cebo para dar tiempo a rodear a los enemigos. La mayoría de bajas sufridas han sido de esta tropa, pero él es uno de los pocos que cuentan como desaparecidos.

El elfo sigue relatando y les explica que después de la batalla se organizaron patrullas de rastreo para encontrarlos y algunos de los perdidos fueron liberados de manos de grupos de orcos que se replegaban hacia el norte con cautivos. Otros antes de poder ser liberados eran asesinados a sangre fría por esas inmundas bestias. Las patrullas sin embargo tenían la orden de no ir más allá del rio Mindeb muy a su pesar. Así que Árastor ha muerto o, aún peor, está siendo llevado cautivo a la locura de Angband. Esto último lo relató con verdadero pesar, con lágrimas en los ojos, lo que hizo que sus interlocutores se apiadaran de él y, sobretodo, del infeliz Árastor.

En ese momento, como si se disparase un resorte en sus piernas, Eledhwen se alza y lanza el siguiente juramento:

 —¡No sufras por Árastor! ¡Yo Eledhwen iré en su busca y lo liberaré de su cautiverio!

—Pero, ¿qué decís mi señora? ¿Vos? ¿Sola?  —responde sorprendido el emisario.

—¡No sola por cierto! —apunta Glaerin.

—Ni yendo los dos, mis valerosos amigos, podréis arrebatar de las fauces de una horda a nuestro amigo —se lamentaba Lindur. Después de unos segundos continuó:

—Además el rey ordena que no salgan elfos de Doriath fuera de sus fronteras. Aún no podemos mostrar todo nuestro poder en una batalla campal.

—Nosotros no somos siervos de Dior. Somos sólo huéspedes que pueden partir cuando queramos, ¿no es así? —razona Eledhwen.

—Sólo os pedimos un favor mi querido Lindur  —dice Glaerin—. Podréis hacer  llegar un mensaje a nuestros hermanos para que sepan que tardaremos un tiempo en reunirnos con ellos. ¡Porque vamos a ir de cacería!

—¡Por supuesto! No os preocupéis. Redactar una nota y yo mismo iré hasta vuestro campamento y haré entrega de ella y daré noticia de la épica aventura que vais a emprender.

La pareja escribe la nota y se la entrega a Lindur, que no se demora más en sus estancias y se despide de ellos con muestras de agradecimiento y de amistad eterna.

Al poco les llegan las viandas para el camino. No es un gran paquete porque la mayor parte de la comida son Lembas, un pan élfico mágico que da gran vigor y reconstituye las fuerzas con tan sólo un par de bocados. Les entregan también un par de cantimploras mágicas que se llenan solas y algunos otros enseres útiles, entre ellos dos capas también mágicas que les ayudarán a pasar desapercibidos, de parte del Señor Lindur les dicen los sirvientes.

Así, con todo preparado, deciden pasar su última noche en Menegroth y partir al alba siguiente. Y en esa noche se materializa algo que estaba en sus corazones desde hacía tiempo y que ante la incertidumbre de los días por venir no quieren demorar más: despierta el deseo y el amor que se profesan el uno por el otro. Y lo gozan con la alegría y la pasión de la juventud. Y ante los dioses por testigos se dan el uno al otro para siempre.

A la mañana se encaminan hacia la puerta y antes de traspasar el puente Lindur, sale a despedirlos y a desearles suerte. Les entrega un salvoconducto para poder atravesar las defensas que hay apostadas en la frontera norte. Ellos le agradecen el gesto y sin mirar atrás atraviesan el puente y se encaminan en dirección a DIMBAR.

La pareja avanza rápidamente, más que una gran compañía, y lo hacen en casi susurros para no ser descubiertos por ojos enemigos. Así consiguen llegar en sólo 1 semana hasta el lugar dónde se libró la batalla bajo los árboles de Doriath. En este sitio quedan restos de una gran hoguera donde fueron quemados los cuerpos de todos los enemigos caídos. También, en el claro que dejaron los troncos cortados para la gran pira, se erigen tres grandes túmulos con los elfos caídos. No se demoran mucho tiempo. Solo el necesario para entonar un lamento por las almas de todos los que se han perdido para siempre.

Siguen raudos avanzando y tres días más tarde llegan  al río Mindeb y buscan un lugar por donde vadearlo. Hasta este momento no han tenido ningún sobresalto y durante el camino han ido evitando incluso a grupos de elfos que vagaban por los bosques.

Deciden ir en dirección norte hasta que vean un buen punto por dónde atravesar nadando.  Al cabo de una jornada encuentran un vado que les permite cruzar, cuando de la espesura a sus espaldas surge una voz.

—¡No tan deprisa! ¿Quiénes sois y a dónde vais?

Se giran y ven a un poderoso elfo sinda con un arco en la mano. Su actitud es de curiosidad y prevención más que de alerta. Miran a los lados y creen entrever a otras 6 o 7 presencias que los vigilan.

—Somos Eledhwen y Glaerin y viajamos con prisa en pos de un amigo que creemos cautivo de los restos de la hueste orca que habéis destruido hace unas semanas. Tenemos permiso del rey para cruzar vuestra frontera —explica Glaerin, sacando lentamente el salvoconducto —.

—¡Desgraciadamente llegáis tarde! Los mejores rastreadores de estas landas no hemos podido encontrar más partidas enemigas. Vuestro amigo debe estar muerto. Guardaos el pliego. No os preocupéis, podéis vadear el río. O si lo preferís os podemos llevar nosotros al otro lado sin que se os moje un cabello. ¡En esta época del año el agua comienza a estar verdaderamente fría.

Hace un gesto y de pronto de entre los juncos de la orilla un grupo de 5 elfos sacan una balsa muy robusta que permite cruzar con garantías. Nuestros amigos aceptan el generoso  ofrecimiento y en poco tiempo son llevados al otro lado y abandonan terreno seguro. Los guardianes les desean mucha suerte en su búsqueda y vuelven a cruzar, dejándolos solos.

No dudan ni un momento en reanudar la cacería y buscan rastros que les puedan orientar. No encuentran pistas certeras y se dejan llevar por el instinto y emprenden una loca carrera para alcanzar los pasos del Sirion antes que los orcos crucen a la Anfauglith, donde será muy peligroso adentrarse.

A medida que se internan en la planicie que es Dimbar, ven la desolación que se ha cernido sobre estas tierras. No hay granjas, ni pastos ni siquiera fuentes. Todo está destruido y mancillado. Otra cosa que les llena de temor son las ominosas cumbres de las Ered Gorgoroth, montañas que ni siquiera los orcos se atreven a cruzar. Así que procuran no mirar a su derecha y fijan su vista al frente.

Al cabo de cinco jornadas después de abandonar Doriath, ven a lo lejos una imagen que les llena de terror. ¡Buitres! Van acercándose a la montonera de cuerpos de estas grandes aves y antes de llegar junto a ellos ven rastros de grandes pisadas, junto a las de otras más pequeñas. Deducen rápidamente que son trolls y orcos en un número que aún no pueden adivinar. Deberán ir con mucha precaución en adelante porque no hay tanta espesura como para avanzar con cobertura.

Llegan al lugar donde las aves están dando cuenta del cuerpo de algún pobre desdichado. Se acercan con el corazón encogido esperando que no sea de ningún cautivo. Sin pensárselo mucho los ahuyentan y comprueban con alivio que los que están siendo pasto de esas alimañas son varios orcos, pero no pueden ver si han sido muertos por armas élficas o de sus propios correligionarios.

Siguen avanzando y pueden ver que desde este momento les es mucho más fácil seguir el rastro de los supervivientes que continúan su camino en dirección norte. Glaerin, cree quienes iban disimulando el rastro deben ser parte de los que son pasto de los buitres. Dice, también, que el grupo ha pasado por este lugar no hace ni un día.  

Aceleran la marcha y al cabo de unas horas ven en lontananza una mancha que avanza con dificultad. Aprietan el paso y antes del ocaso pueden ver que la compañía que les precede está formada por 8 grandes orcos, 2 trolls enormes y en medio parece haber tres figuras pálidas que desde la distancia no aprecian bien.

La extenuante cacería no para y tienen la esperanza de darles alcance lo antes posible. Al llegar la noche los enemigos no se detienen. Lo que sí que pueden ver  es que una de las figuras blancas es llevada en volandas de un orco a otro.

La pareja se toma un respiro para recuperar fuerzas y calcular cuando los alcanzarán. Después de ese momento de descanso continúan la carrera durante toda la noche.

Poco antes del alba están muy cerca y pueden apreciar que los cautivos son tres: dos varones y una mujer elfa, que parece estar muy mal herida. No pueden ver las facciones de ninguno de los tres, pero sí ven que están desnudos y con hematomas y heridas muy recientes, sobretodo la elfa, en casi todo su cuerpo. Ven como los enemigos se preparan a hacer un vivac. El lugar elegido no les proporciona gran cobertura con lo cual nuestros protagonistas toman posiciones y deciden actuar en el momento justo de la salida del sol Eledhwen dará la señal.
Esperaron hasta el alba.

Vieron cómo los orcos que hacían guardia decidieron divertirse a costa de los cautivos. Y en seguida, entre risas odiosas, alzaron a la elfa y la ataron a uno de los pocos troncos que resistían en lo que antaño debió ser un bosquecillo. Y empezaron a hacerle cortes entre gritos de dolor de su víctima lo que les producía no cierto regocijo.

Y en ese momento por el este salió el sol.

Y en esta hora temprana los vapores de Morgoth no lo taparon.

Y se alzó un viento que impidió que esas nubes hediondas pudieran esconder la visión a los pocos ojos que estaban presentes de lo que iba a ocurrir.

Eledwhen con el Sol a su espalda, rojo y refulgente como sólo puede ser el amanecer de un día de otoño, se alzó y desplegó su Poder con un canto que heló a los orcos que, aterrados, miraron en esa dirección y no supieron qué hacer. Los dos trolls, sin embargo, no se dejaron amedrentan y despacio, con la simpar torpeza de esas inmundas criaturas, se levantaron para ir a por ella.

En ese mismo momento desde el otro lado Glaerin actuó y antes de que se dieran cuenta que se les venía encima mató a los dos orcos que habían estado torturando a la elfa.

Y los dos gritaban como posesos:

—¡Victoria o Muerte!

—¡Victoria o Muerte!

—¡Victoria o Muerte!

Y en ese instante Eledhwen cargó contra los trolls. Y fue una centella blanca y con Nimlhach en su mano derecha, llameante, se lanzó contra uno de ellos, el que le venía por su izquierda. Y fue tal la fuerza que desplegó con su rapidez que de un solo tajo decapitó a su primer oponente que, confiado, no había tomado una posición defensiva. La elfa no detuvo su carrera y se mantuvo lejos del segundo troll que ya no se movió del sitio y que estaba atento para, en el momento que su contrincante se acercase, asestarle un golpe brutal. Ella, sin miedo, se situó flotando alrededor del monstro, hasta encontrar una fisura en su defensa. Debía intentar eliminarlo rápidamente puesto que el resto de orcos ya reaccionaban, se habían levantado y dos de ellos se acercaban para ayudar a su enorme correligionario.

Glaerín se encaró a los otros cuatro enemigos que ya le encimaban con las fauces abiertas después de ver cómo él había matado a sus dos compinches. Para poder encararlos, un segundo antes, Glaerín embrazó su escudo y se preparó para enfrentarse a todos. Se desplazó a un lado alejando de los cautivos a los orcos que antes de atacar intentan rodearlo. En el momento que ven posibilidad uno de ellos, el que está enfrente del elfo, se lanzó y Glaerin le finta a la vez que aprovecha ese movimiento para evitar cualquier ataque por la espalda. Con su escudo paró al oponte que tiene a su izquierda y descargó un golpe de arriba abajo con tal fuerza que rompe la defensa del que está situado a la derecha, consiguiendo herirlo de seriedad. Ya solo son tres.

En el otro lado la elfa decide lanzarse al ataque antes que lleguen los dos orcos que vienen en pos del trol. Rápida como el rayo le lanza lo primero que coge de su zurrón, la cantimplora. Ese movimiento despista al lento trol que baja la guardia para parar lo que cree que es el ataque y ella se lanza como un resorte y le descarga un golpe directo a la cabeza que consigue abrírsela como si de un melón se tratara, con lo que el segundo enemigo cae.

El resto del combate se desarrolla rápidamente.

Los dos elfos a pesar de sus heridas se alzan y con unos palos atacan por la espalda a dos de los oponentes que intentan acabar con Glaerín. Éste, con gran destreza para el ataque del tercero y consigue eliminarlo de un gran tajo de izquierda a derecha. Después, entre los tres, consiguen acabar fácilmente con ellos.

Los que están encarados a Eledhwen, viendo cómo se desarrolla la contienda salen huyendo para salvar la vida.

Una vez puestos en fuga ella se acerca a su amigo y a los cautivos. Al ver la muchacha que podrán con ellos, ella libera a la elfa torturada.

Después de todo el combate pueden ver que uno de los elfos es Árastor que demacrado ha sobrevivido y casi les besa las manos en agradecimiento. Deciden darles de comer y de beber para ver si se recuperan y consiguen alguna ropa para tapar sus cuerpos desnudos.
Se ponen en camino de inmediato en dirección sur para intentar llegar lo antes posible a Doriath. Los dos elfos tienen fuerzas pero la mujer está muy débil y necesita ayuda, así que Glaerin carga con ella.

Y en unos diez días, sin ser molestados, consiguieron arribar al lugar por dónde habían vadeado el río unos días antes. Cuando llegaron hasta allí ya estaban los elfos guardianes con la balsa para poder cruzarlos. Los centinelas los han visto desde lejos.

Una vez seguros en los bosques de Doriath se alojan por unos días en el campamento de la guardia fronteriza, recuperando fuerzas. Aún así la elfa, Níriel que así se llama, no da muestras de recuperarse. Su mal no es tanto físico como espiritual. Árastor les dice que la han torturado con saña, de los tres es la que más ha sufrido y ven que ha perdido las ganas de seguir viviendo. Cree que la única opción es llegar cuanto antes a Menegroth. Quizá allá, segura, con su familia, pueda recuperarse. Están todos de acuerdo y deciden partir al día siguiente hacía la  ciudad de las Mil Cavernas. Glaerín y Eledhwen los acompañaran y después partirán a  reunirse con sus amigos. El capitán de la guardia destina a 4 de sus hombres para acompañarlos.

La travesía es plácida, sólo estorbada por la preocupación por Níriel. Ésta camina, pero con desgana, dejándose llevar de la mano, como ausente, y la mayor parte del día se la pasa llorando y su descanso es muy agitado, despertándose entre gritos. Entre toda la comitiva se turnan para que no se encuentre en  ningún momento sin una presencia amiga. Quién más tiempo pasa con ella es Meneldir, el otro cautivo, que le canta canciones que de vez en cuando le arrancan alguna sonrisa.

Por el camino, en un momento que los dos protagonistas están a solas con Árastor, hablan de lo que sintieron al ver por primera vez al rey. Le dicen que ellos sintieron algo parecido a lo que él les había explicado. Éste, después de un momento de duda, les da una noticia que les llena de temor:

—Amigos míos. La Suerte de Menegroth y de Doriath está echada. ¡El Juramento de Fëanor ha despertado!

—¿Estás seguro?—pregunta Glaerín—. Pensaba que ya se habría olvidado. Hace décadas que no se sabe nada  de los Hijos de Fëanor.

—La noche antes de mi partida con la vanguardia que salió al encuentro del ejército de orcos sucedió otra cosa, que me dejó aún más preocupado. Siento no haber podido venir a explicároslo, pero mis órdenes eran partir de inmediato.

—No te disculpes y dinos qué pasó—le apremia Eledhwen.

—Esa misma noche llegó un emisario de los Hijos de Fëanor exigiendo la entrega inmediata del Silmaril. Y según pude saber es el segundo mensaje que llega a la ciudad.

—¿Sabes cuál fue la respuesta de Dior? —quiso saber Glaerín.

—No les ha dado respuesta y creo que no piensa hacerlo. El Nauglamír, donde está engarzada la joya bendita, lo considera su heredad más preciada y bajo ningún concepto querrá dividirlo y entregar la piedra preciosa. Además después de conseguirlo con tanta sangre, mucho menos.

—Entonces, tu visión es cierta. La Maldición de Mandos caerá sobre la ciudad—apostilla sombrío Glaerín.

—Quizás os equivoquéis. Quizás los hijos de Fëanor esta vez desistan y dejen las cosas como están, ¿no creéis? —preguntó esperanzada Eledhwen.

Después de unos segundos sin decir nada, Galerín con una sonrisa en los labios explica:

—¡Mi amor! ¡Ojalá fuera así! Pero lo dudo. Si no han exigido el Silmaril hasta ahora ha sido porque lo tenían Luthien y Beren, que fueron los que lo consiguieron de las fauces del Enemigo Negro. Y porque nadie osaría ponerle las  manos encima a Luthien la Bella. Pero la cosa ahora ha cambiado. Dior, aunque es hijo de esa maravillosa pareja, no tiene para los orgullosos parientes de Fëanor el mismo ascendente y si no les da la respuesta que ellos quieren, serán capaces de luchar por conseguirlo, tal es la fuerza del juramento que hicieron junto a su padre.

—¡Pero eso no puede ser! ¡Elfos contra elfos por la posesión de una joya, por muy bendita que sea! No tiene sentido, ¿qué tiempos nos han tocado vivir? ¡Ah! Melkor seguro que se regocija con estas miserias.

—Sí mi querida Eledhwen, parece un ardid más del Negro Enemigo del Mundo, como lo llamó por primera vez el propio Fëanor—finalizó Árastor.

Eso fue lo  último que dijeron sobre el asunto los tres y quedaron callados por un tiempo sin saber qué mas decir para animarse. Y en Eledhwen creció la necesidad de marchar lo antes que pudieran de esta parte de Beleriand.

Al día siguiente llegaron a la espléndida ciudad y la noticia de su arribada ya había sido anunciada y los recibieron con grandes muestras de regocijo y admiración. Y Árastor se desvivió por contar la hazaña de la liberación.

Durante  unos días estuvieron en casa de Árastor alojados y se encontraron de nuevo con Lindur y éste les explicó que  sus amigos esperan su llegada y que han dejado de darse a sí mismos el nombre de la Compañía de los Desesperados y a la aldea que están construyendo la llaman El Hogar en las Alturas, puesto que todos viven en casas montadas sobre los árboles, como los elfos silvanos. Y a la pareja les pareció un bonito nombre. Preguntaron por la salud de Níriel, y su anfitrión les pudo dar noticias de que mejoraba aunque muy lentamente, lo que los dejó algo más esperanzados. Y sintieron ganas de volver con los suyos y en ese momento anunciaron que partirían al día siguiente. Y todos los presentes lo aceptaron, no sin tristeza puesto que se habían convertido en gentes muy queridas.

Y se prepararon para volver al bosque con su gente.

Y unos días antes de que llegara el inverno de ese año se despidieron en el puente de Menegroth de Árastor, de Lindur, de Meneldir y de Níriel, agarrada a la mano de éste último.

Y marchan, con una opresión en el corazón por dejar a estos amigos, pero a la vez, sienten que marchan de un lugar con un destino funesto>>.

—¡Y después de esta aventura la pareja, junto con algunos compañeros, decidieron partir y dejar Beleriand. Pero esto es otra fracción de la historia de Eledhwen, la Doncella de las Estrellas, que yo Maglor de Minas Tirith os contaré en otro momento mis queridos amigos!

Después de estas últimas palabras se levanta de su asiento y hace una profunda reverencia que es acompañada por un estruendo de aplausos, vítores y silbidos que llenarían a cualquiera de orgullo.

Fue un cuento hermoso el que nos explicó el bardo aquel día, hizo las delicias de grandes y chicos. Lo que no esperaba yo en ese momento es que mi destino se ligara tan estrechamente a ese canto. ¿Cómo? ¿Queréis saber cómo se ligó mi destino a esta canción? Bueno. Os lo explicaré, pero tendrá que ser en otra ocasión. Hoy estoy muy cansado. Dejad que descanse este viejo parlanchín, mañana nos volveremos a encontrar.

Gracias por haber venido.

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