Buenas noches amigos míos, estoy
renovado después del merecido descanso que me he tomado tras nuestro largo
encuentro de ayer. Sí. Fue larga la historia que aquel día nos contó el bardo Maglor
de Minas Tirith, en las calles atestadas de mi añorada Zirak-Dûm, pero lo que
nos declamó no fueron más que las primeras estrofas de un gran canto, que años
más tarde tuve la suerte de seguir escuchando. Sí, queridos. Conozco más de la
historia de la Doncella de las Estrellas, pero más adelante os daré otra
porción si tenéis a bien de seguir viniendo a ésta que es vuestra morada. Hoy
me apetece seguir con mi propia crónica. ¿Os parece bien? Me alegro. Pues si
maese Marce está preparado, seguiré dónde lo dejé anoche:
El bardo volvió a bajar del estrado y
se encaminó a la posada, igual que muchos de los presentes. Esperé unos
instantes a que se fuera disgregando la concurrencia, y así me fuera más fácil
ir hacia mi casa. Decidí que el día había sido muy largo, había visto lo
suficiente y quería dejar todo dispuesto y descansar, porque lo que más ansiaba
era marchar sin ningún inconveniente a la mañana siguiente.
Mis pasos me llevaron de nuevo hacia el
lugar del mercado dónde estaba la parada del comerciante sureño, pero no lo vi
y no quise demorarme más. En el futuro vería más mercaderes de tierras lejanas,
que me explicarían cosas maravillosas de sus hogares.
No tardé mucho en llegar a casa, no
había nadie. Ni tan siquiera Rognar y Ducila, los sirvientes de mi tío. Eso me
pareció perfecto. Así podía hacer mis bártulos sin nadie revoloteando (seguro
que de haber estado en casa mi tía no habría podido resistir mirar si lo
llevaba todo en orden). Recogí mi zurrón
nuevo para el viaje. Preferí un zurrón llevado en bandolera, porque así podría
cargar fácilmente con mi escudo.
Lo cierto es que en él cabían menos
cosas que en mi mochila, pero esto no era una excursión campestre. Debía ir
bien armado y sin un escudo no quería emprender el viaje. El zurrón nuevo me
vendría muy bien.
Repasé también el material en común que
habíamos reunido y me quedé completamente tranquilo, todo estaba en su sitio y
empacado.
Así, una vez hechas las últimas
comprobaciones y viendo que comenzaba a oscurecer me pareció el momento para
tomar una cena ligera e irme a continuación a descansar. Debía levantarme
temprano, suponiendo que pudiera conciliar el sueño.
Contra todo pronóstico, dormí a pierna
suelta y fueron las primeras luces del alba las que me sacaron de mi sopor y me
trajeron a la consciencia de este día tan ansiado.
Mis queridos amigos. Os dejo unos
minutos porque voy a preparar unas viandas para maese Marce, para vosotros y
para este anciano que dará cuanta en seguida de ellas, para seguir la crónica en
seguida.
¡No os marchéis!

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