miércoles, 21 de agosto de 2013

El Día de Mahal XII.



Buenas noches amigos míos, estoy renovado después del merecido descanso que me he tomado tras nuestro largo encuentro de ayer. Sí. Fue larga la historia que aquel día nos contó el bardo Maglor de Minas Tirith, en las calles atestadas de mi añorada Zirak-Dûm, pero lo que nos declamó no fueron más que las primeras estrofas de un gran canto, que años más tarde tuve la suerte de seguir escuchando. Sí, queridos. Conozco más de la historia de la Doncella de las Estrellas, pero más adelante os daré otra porción si tenéis a bien de seguir viniendo a ésta que es vuestra morada. Hoy me apetece seguir con mi propia crónica. ¿Os parece bien? Me alegro. Pues si maese Marce está preparado, seguiré dónde lo dejé anoche:

El bardo volvió a bajar del estrado y se encaminó a la posada, igual que muchos de los presentes. Esperé unos instantes a que se fuera disgregando la concurrencia, y así me fuera más fácil ir hacia mi casa. Decidí que el día había sido muy largo, había visto lo suficiente y quería dejar todo dispuesto y descansar, porque lo que más ansiaba era marchar sin ningún inconveniente a la mañana siguiente.

Mis pasos me llevaron de nuevo hacia el lugar del mercado dónde estaba la parada del comerciante sureño, pero no lo vi y no quise demorarme más. En el futuro vería más mercaderes de tierras lejanas, que me explicarían cosas maravillosas de sus hogares.

No tardé mucho en llegar a casa, no había nadie. Ni tan siquiera Rognar y Ducila, los sirvientes de mi tío. Eso me pareció perfecto. Así podía hacer mis bártulos sin nadie revoloteando (seguro que de haber estado en casa mi tía no habría podido resistir mirar si lo llevaba todo en orden).  Recogí mi zurrón nuevo para el viaje. Preferí un zurrón llevado en bandolera, porque así podría cargar fácilmente con mi escudo. 


Lo cierto es que en él cabían menos cosas que en mi mochila, pero esto no era una excursión campestre. Debía ir bien armado y sin un escudo no quería emprender el viaje. El zurrón nuevo me vendría muy bien.

Repasé también el material en común que habíamos reunido y me quedé completamente tranquilo, todo estaba en su sitio y empacado.

Así, una vez hechas las últimas comprobaciones y viendo que comenzaba a oscurecer me pareció el momento para tomar una cena ligera e irme a continuación a descansar. Debía levantarme temprano, suponiendo que pudiera conciliar el sueño.

Contra todo pronóstico, dormí a pierna suelta y fueron las primeras luces del alba las que me sacaron de mi sopor y me trajeron a la consciencia de este día tan ansiado.

Mis queridos amigos. Os dejo unos minutos porque voy a preparar unas viandas para maese Marce, para vosotros y para este anciano que dará cuanta en seguida de ellas, para seguir la crónica en seguida.

¡No os marchéis!

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