domingo, 17 de julio de 2011

Cuentos al calor de la taberna.

¡Saludos buenas gentes! ¡Sentaos por favor! Grór os recibe de nuevo en su humilde morada. Estaba ansioso por volverme a encontrar con vosotros y por ello, sin más dilación, sigo con mi historia, que es vuestra.

Una vez acabado mi trabajo en la espada yo me seguí dedicando a otros objetos de menor calidad durante unas semanas con el mismo entusiasmo pero con menos responsabilidad, lo que me aligeró y me hizo estar de mucho mejor humor. Así que después de esas últimas jornadas de trabajo intenso pude frecuentar, de vez en cuando, la posada “El descanso del Herrero”, la de Olro, y, mejor aún, la compañía de mis amigos. En estas ocasiones que nos fuimos encontrando creció la amistad entre nosotros, les volví a agradecer los esfuerzos por “liberarme” y el tener que aguantar la sorna de mi tío, que ya les advertí que duraría mucho tiempo.

Tengo que reconocer que la primera vez que pisé la taberna tenía cierto miedo por si habría gentes que me mirasen con desprecio o incluso llegaran a enfrentarse a mí por lo acontecido la noche de mi Primer Paseo. Pero enseguida vi que el tiempo fluye y que si alguno de los presentes estuvo en aquella ocasión o bien no me reconoció (cosa probable porque estos 3 años de duro trabajo me habían cambiado, quizá lo suficiente) o consideró lo que dije aquella noche una insensatez producto de la borrachera. La cuestión fue que disfruté de una muy saludable ignorancia por parte de todos los parroquianos que me dejaron de lo más tranquilo. Bueno, en realidad de casi todos los parroquianos. Uno sí que hubo que se acordó de mí y cuando, en la primera noche que pasé por allí me disponía a dar cuenta de mi segunda pinta en compañía de mis compañeros, escuché cómo casi al oído me dijo con una voz muy cansada:

—¿Sabes que he estado esperándote 3 años para seguir explicándote la historia de Azaghâl?

Me giré poco a poco e iba viendo a medida que lo hacía cómo les cambiaba la expresión a mis amigos, de una sonrisa a caras de tensión… Vi cómo Dáin se empezaba a levantar y antes de que dijera nada me anticipé:

—No Bonachón. Ya hablo yo con él—. Me levanté y vi que los 3 años pasados habían hecho mucha mella en el anciano. Daba la impresión que sus ojos estaban aún más ciegos de lo que me lo parecieron en aquella noche. Pero a pesar de ello se dirigía a mí directamente. Me fijé en que su barba y trenzas tenían claros que intentaba disimular y que a pesar de estar limpio y vestido con ropas de calidad denotaba dejadez y poca preocupación por sí mismo. Me dio mucha pena. Las maldiciones de rechazo que le iba a lanzar se me quedaron atrapadas en el nudo que se me hizo en la garganta y me sorprendí, como mis amigos, cuando de mi boca surgieron estas palabras:

 —¿Si Bali? ¡Pues siéntese aquí y termine su relato!

La conmoción en mi grupo de amigos fue increíble. Me pareció que Furin y aún Frálin se levantaban para marcharse pero antes de que lo hicieran entre mi gesto de suplica y el más convincente de Bonachón (un puño cerrado de este gigante convencía a propios y extraños) optaron por quedarse. Algunos clientes se fijaron que lo invitábamos a compartir nuestra mesa pero no dio la sensación de que lo condenaran. Ante esto me quedé más tranquilo y rápido tomé otra silla y me coloqué al lado y solícito le volví a pedir que siguiera explicando lo que para nosotros cinco era casi un cuento.

Bali se arrancó a explicar toda la leyenda de aquel antiguo rey y lo hizo con la maestría del mejor bardo, lo que nos hizo disfrutar de su compañía más de lo que en un principio yo hubiera imaginado. Cuando acabó de contar el último episodio, la muerte del soberano, nos dimos cuenta que éramos los últimos clientes en la taberna y que en nuestra mesa se veían multitud de jarras vacías, prueba evidente de que la charla y compañía del anciano nos había entretenido enormemente.

Como ya os dije en otra ocasión Bali se hospedaba en la taberna y mientras Bonachón lo acompañaba hasta el cuarto que Olro le tenía reservado, éste se dirigió a mí mientras pagaba las cuantiosas consumiciones que habíamos degustado con estas palabras:

—Grór. No hagas mucho caso de lo que os explique Bali, no es más que un anciano medio loco que por una cerveza explicará cualquier fantasía. Escucharlo está bien, no me malinterpretes. Lo que no lo está es hacerle más caso de lo que debieras.

—No mi señor Olro, no. Ya tengo más que aprendida la lección. Locuras y juramentos insensatos no se deben hacer a la ligera, gracias—Repliqué.

Una vez Dáin se reunió con nosotros nos marchamos alegremente cada uno a nuestro hogar, dispuestos a seguir con nuestros quehaceres al día siguiente. Era una noche de primavera bastante iluminada donde no se escuchaba ningún sonido que nos alertara, íbamos también sin armar gran alboroto, si se puede decir esto de un grupo de cinco enanos jóvenes y algo achispados, pero al menos ésa era la intención. Nos encontramos con un par de patrullas de la guardia, que al vernos y explicarles que nos retirábamos a nuestros hogares, nos dejaron ir en paz. Así nos fuimos separando y al final llegué a mi casa. Iba a abrir la puerta cuando de pronto y con un sobresalto escuché de nuevo la voz de Bali:

—No hagas caso de Olro ni de ninguno de los demás. Yo he estado allí y he visto la magnificencia de esos salones olvidados y de esas cámaras atestadas de tesoros. Tú. Sí. Sólo tú eres digno de reclamarlos.

Me giré hacia el lugar de donde partía la voz y no vi a nadie. Me acerqué hasta el sitio dónde me pareció ver que desaparecía su capa ajada y no vi ni escuché a nadie en ese callejón. Grór demasiada cerveza esta noche, pensé. Tienes que hacer caso de Olro. La compañía del anciano cuentista exacerba tu fantasía. Estuve un momento más allí en medio de la calle oscura en mitad de la noche y finalmente convencido de estar sólo y a salvo a las puertas de mi casa, abrí la cancela y entré en el gran hogar. El patio estaba en silencio, como el resto de los edificios y haciendo el menor ruido posible me dirigí directamente a mis aposentos.

En seguida, con cierta desazón en el alma, que no supe a qué atribuir, me metí en la cama para dormir y recuperar las fuerzas. La verdad es que poco dormí. Durante el resto de la noche soñé con corredores oscuros iluminados con la poca luz de una antorcha y con ojos que me vigilaban desde la negrura de unas estancias llenas de polvo.  No fue una pesadilla. O no lo sentí así. Al despertar recordé que lo que notaba en el sueño era curiosidad y ganas de seguir adelante, nada más. Recuerdo que mientras me lavaba me dije: “¡qué sueño más extraño! Debes hacer caso al viejo Olro y no tomar en cuenta a Bali porque si no te convertirás en otro chiflado”.

Poco esperaba que lo que aquella mañana pensé mientras me aseaba para ir a la cocina a desayunar y a prepararme para otra jornada de trabajo, no sólo no lo iba a cumplir en el futuro, sino que me embarcaría en una aventura, llegado el día, que pocos han podido describir.

Pero eso será explicado a su debido momento, no aún. Antes tengo otras cosas que contaros que dejo para la próxima ocasión que nos veamos.
 
Buenas noches mis queridos amigos.

2 comentarios:

  1. Si es que como bien sabe Maese Marce, no es recomendable escuchar historias de hazañas con unas copas de más. Que luego uno se cree que es capaz de cumplirlas, se lía y acaba en casa con la ropa interior en la cabeza y sin saber como acabó la noche.

    A ver como sigue la odisea...

    ResponderEliminar
  2. ¡Gran Kikito! Se nota que como maese Marce, habéis participado en mil y una aventuras, aunque ésta que explicáis no la he podido disfrutar en un grado semejante. No por otra cosa me han dado en llamar "El incansable".
    ¡Hasta pronto!

    Grór hijo de Thrór.

    ResponderEliminar